Aceptar a los demás

Cada persona es única en sí misma. No existen los duplicados. Somos irrepetibles. Precisamente las diferencias distinguen a las personas. Resulta que lo más común (que es la vida relacionada con otras vidas) resulta lo más difícil. Las diferencias llevan a conflictos, de ahí las antipatías y las decepciones, pero también pueden complementarse, surge la amistad o el amor.

De igual manera que “los otros” nos aceptan, nosotros estamos obligados a aceptarles aunque no nos gusten todas sus cosas (actitudes, opiniones, etcétera). Es esencial para mantener una vida social normal aceptar la singularidad de cada quien. Más allá de la empatía está la aceptación: te acepto tal cual eres y esa aceptación no me produce un esfuerzo adicional, simplemente actúo de forma positiva ante una realidad que se repite miles y miles de veces a lo largo de mi vida.

Hablamos de aceptar a los demás y debemos empezar por aceptarnos a nosotros mismos. Las obligaciones cotidianas, las rutinas diarias nos han impuesto unas fronteras que limitan los horizontes y limitan también nuestras actitudes. Por eso debemos hacer un esfuerzo diario por alcanzar un estado de aceptación global en donde aceptar a los demás será una parte (otra parte puede referirse al mundo laboral, a nuestras creencias, a expectativas, a inquietudes culturales o ideologías, etcétera).

 

Si nosotros nos sentimos condicionados tenemos que ser conscientes de que los demás también lo están. Claro está que “mal de muchos, consuelo de tontos” nunca fue una gran solución a los problemas. Los demás no se diferencian de nosotros. Cada uno con sus limitaciones somos iguales.

Merlina Meiler decía:

“Con el tiempo he aprendido a aceptar a los demás tal y como son. Pretender cambiar al otro genera frustración. Las imposiciones externas provocan resistencia y con frecuencia se llega al resultado distinto del pretendido”.

 

Las organizaciones no deben comportarse de manera diferente. Tendrán que aceptar a sus colaboradores tal y como son, siempre y cuando sus actitudes, comportamientos, deseos o expectativas no vayan en contra de la propia compañía. En muchos casos hemos visto como multinacionales de gran marca quieren imponer a sus colaboradores el marchamo de su cultura organizativa. Todos los que trabajan en la empresa están cortados por el mismo patrón. Es cuestión puramente educativa. Pero aunque así fuera, los colaboradores no pierden sus diferencias, como tampoco las pierden los niños o jóvenes que son educados en tal o cual institución que también impone reglas rígidas de comportamiento.

“Cuando dejé de intentar cambiar al ser querido y le acepté tal y como era, empecé a disfrutar el tiempo que pasábamos juntos” (Leo Babante en ‘Vida Zen’).

 

Si esta situación la aplicamos a la vida en general resulta estupenda la frase de Paulo Coelho:

“Es mejor aceptar la vida tal como es en realidad y no como yo imaginaba”.


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