Los clásicos siguen vivos (2/6). Taylor y la organización científica del trabajo

El nombre de Frederik Taylor es sinónimo de organización científica del trabajo. Está tan unido a este concepto que resulta imposible separarlo.

Nacido en 1856, empezó a trabajar a los catorce años como aprendiz en una empresa siderúrgica de Filadelfia, pasando posteriormente a operario de máquinas, jefe de equipo y maestro de taller aprovechando su tiempo libre para graduarse como ingeniero. La experiencia laboral le sirvió para observar los problemas de la empresa de la época.

Como consultor, observó la necesidad de modificar actividades internas de la empresa para lograr una mejor organización del trabajo. Su primera obra, Dirección científica, tuvo menos divulgación que su famosa Principios de administración científica (1911). La sociedad de la época, comienzos del siglo XX, hizo necesaria la utilización de nuevas técnicas y normas para dirigir las unidades de producción (ya empresas) que se desarrollaban a gran velocidad.

Taylor

Frederick Winslow Taylor (fuente: Wikimedia Commons)

Para lograr este objetivo Taylor se basaba en:

Nuevas tecnologías. Era necesario sustituir las viejas formas de trabajar y acudir a maquinarias y herramientas diseñadas específicamente para cada actividad.
• Promover el trabajo en serie. El trabajador debe especializarse en una tarea concreta y el empresario debe facilitar el engranaje productivo.
• Utilización de nuevas fuentes de energía, como la electricidad.
Cambio de mentalidad en los trabajadores, a los que Taylor pide mayor cooperación y rendimiento con el fin de aumentar la productividad industrial.
• La experiencia como conocimiento para dirigir, organizar y planificar una empresa.

Hay que señalar que las tesis de Taylor están todavía ligadas al liberalismo económico y mantienen una concepción del trabajador como la de un individuo que sólo se mueve por estímulos económicos. La principal fuente de motivación es la retribución. Su idea de organización está a favor de una estructura jerarquizada y piramidal donde la oposición y la crítica no caben.

Al trabajador se le exige que esté capacitado física y mentalmente para cumplir las órdenes que le van a indicar. Por ello la actitud del trabajador es impersonal, más bien como la prolongación de la máquina que está manipulando.

La organización científica del trabajo pierde la idea tradicional del trabajador artesano, que ponía su esfuerzo personal en cada paso del proceso de elaboración del producto y aparece, por el contrario, la imagen de un trabajador industrial y mecánico, profesionalmente más preparado y económicamente mucho más rentable.

El rigor, la norma, el control, el proceso férreo, la disciplina semicarcelaria y los comportamientos absolutamente alineados que Taylor propugna son todavía aplicados con frecuencia en empresas de todo tipo. Directores de Recursos Humanos aún chapados a la antigua, organizaciones súper burocratizadas, sectores exigentes en la tarea y no en el conocimiento y algunas empresas multinacionales o de gran tamaño que han diversificado su actividad, se unen a Taylor como el gurú del management y de la gestión.

¡Qué gran oportunidad están perdiendo para evolucionar hacia los criterios del futuro inmediato! Pero como dice el refrán: “Más dura será la caída”.


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