Políticas ambientales para la reducción de gases invernadero
Cuando se habla de políticas ambientales para reducir las emisiones de CO2, es frecuente asociar estas exclusivamente a las políticas energéticas.
Aunque es cierto que las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) son, en más de un 80%, debidas a la producción y consumo de energía, existen otras actividades que tienen también emisiones apreciables, especialmente en el sector agrícola y ganadero donde las emisiones de N2O, derivadas especialmente del uso de fertilizantes, o las de CH4 emitidas en la ganadería, pueden ser importantes, sobre todo teniendo en cuenta que estos gases tienen, respectivamente, potenciales de invernadero 296 y 23 veces mayores que el CO2.
En relación con las políticas energéticas, hay que tener en cuenta que las emisiones se producen tanto en la producción como en el consumo de energía. La producción suele estar muy asociada con el sector de la electricidad. El consumo de energía se realiza en varios sectores, principalmente transporte, industrial, residencial y doméstico. En general, aproximadamente un 40% de las emisiones derivadas de la energía se emiten en el sector de la producción de electricidad, un 30% se emiten en el transporte y el resto en los otros sectores. Por tanto, el abanico de las políticas ambientales en relación con la energía debe cubrir planes y estrategias en todos los sectores mencionados.
En la producción de energía, se tiene la ventaja de que los focos de emisión (las centrales eléctricas) están más concentrados, son de mayor tamaño, y pueden ser mejor dirigidos y controlados con adecuados sistemas regulatorios, por lo que las políticas suelen ser más directas y eficaces. Los otros sectores son mucho más difusos, más difíciles de controlar y dependen mucho del comportamiento individual, por lo que las políticas dirigidas a estos sectores son más complejas y deben atender a cuestiones de diverso tipo: técnico, fiscal, logístico y sobre todo cultural, incentivando el cambio de comportamiento social e individual. En estos casos, las cuestiones de formación y sensibilización son muy importantes.
De acuerdo con las recomendaciones de la Agencia Internacional de la Energía de la OCDE, las estrategias que se consideran más eficaces para conseguir la sostenibilidad energética – entendiendo por tal, la sostenibilidad ambiental, económica y social de la producción y consumo de energía- deben ir dirigidas a los siguientes aspectos:
1. Cambios en la producción de electricidad hacia tecnologías bajas en carbono
- Promoción de las energías renovables
- Introducción de las tecnologías de secuestro y almacenamiento de CO2
- Mantenimiento de la energía nuclear e introducción, en su día, de la Generación IV de centrales nucleares.
- Fortalecimiento de los mercados de carbono y los mecanismos previstos en el protocolo de Kyoto.
2. Incremento de la eficiencia energética
- Mejora de la eficiencia de los vehículos y nuevos combustibles para el transporte
- Mejora de las redes de transporte y distribución eléctrica
- Mejora de la eficiencia energética en la edificación (con sistemas activos y pasivos)
- Cambios en la industria hacia tecnologías de bajo carbono
- Mejora en la eficiencia en los electrodomésticos y otros equipos de uso cotidiano
3. Otras estrategias para la reducción del consumo
- Cambios en los modelos de transporte (público – privado)
- Cambios en el comportamiento individual (consumo responsable)
Todas estas políticas deben ir acompañadas de algunas otras, de carácter más general, que implican profundos cambios sociales y son más difíciles de implementar en el corto o medio plazo, como la modificación del modelo de urbanismo (ciudades más amigables), de la agricultura y del estilo de vida, en general.




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