Presentaciones eficaces: ¿actuar o no actuar?

En el curso de presentaciones eficaces Jorge Maidana nos explicaba que la labor del presentador es similar a la del actor. Aunque de entrada uno pueda ser reticente a esta afirmación, pues pudiera parecer que para realizar una presentación eficaz hay que huir de la interpretación artística, no cabe duda de que en mayor o menor medida todos actuamos constantemente en nuestra relación con los demás. El cómo contamos las cosas influye enormemente en la imagen que proyectamos a los demás. Lejos de ser meros transmisores de información, inevitablemente sazonamos el mensaje con nuestra particular mezcla de condimentos emocionales. Intentar ser neutro o aséptico emocionalmente durante una presentación es un error doble: primero porque es misión imposible y segundo porque generaremos desconfianza en nuestra audiencia.

¿Pero qué papel hemos de adoptar en nuestra “interpretación efectiva”? Esta era mi gran duda hasta que Jorge Maidana nos explicó que en realidad un actor no finge del todo, si no que siente el papel que está interpretando. Teniendo en cuenta esto, me parece que hay una solución magnífica ante mi resistencia inicial a desarrollar un papel ante el público, la solución es interpretarse a uno mismo. Aunque a priori esto pueda parecer un sinsentido o una obviedad, analizándolo desde el punto de vista conceptual de la ventana de Johari  tiene gran interés. Mi objetivo es hacer partícipe a la audiencia de mi presentación, algo que no podría lograr de forma efectiva si no establezco un terreno común con ellos, es decir, si no ampliamos el cuadrante abierto o libre de la ventana (lo que yo sé de mí y lo que los demás saben de mí). Añadir una chispa interpretativa basada en mis propias emociones me permitirá dar a conocer a la audiencia mis creencias y mis intenciones de forma natural, haciendo así que perciban mucho mejor el sentido de la presentación.

Por otro lado, también es un ejercicio enriquecedor, aunque duro, intentar reducir el cuadrante ciego (lo que yo no sé de mí, pero los demás sí saben). Y aquí es donde también entra en juego el aspecto interpretativo que comentaba antes. Al interpretarme a mí mismo inevitablemente me descubro ante los demás, mostrando aspectos que incluso yo mismo desconozco. Por lo tanto, una tarea indispensable es descubrir los aspectos que los demás han visto en mí durante mi interpretación y que han escapado a mi propia auto-percepción.


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