Más vale prevenir

 

Todos sabemos que, independientemente de que un cliente sea una gran empresa o una pyme, lo más importante para calificarle de buen cliente, es que pague sus deudas, y las pague a tiempo.  Somos muchos los que hemos estado acostumbrados a cerrar acuerdos “de palabra”, pues bien es cierto que las relaciones comerciales en España están inspiradas por una relación personal, por el conocimiento y  fortalecimiento en el tiempo de la confianza mutua, y quizá, por la falta de conocimiento y rigor que exige un trato comercial.  Confiados en la buena voluntad del interloculor, bastaba una conversación, una “comida de negocios”, para cerrar un trato, “mi palabra es lo que vale” ¿cuantas veces lo hemos oído e incluso empleado?

Pero con la crisis llegaron los impagos, llegaron las caras de estupor, las frases como “esto no puede ser posible”, “nunca me había ocurrido esto con este cliente”, “este señor es un hombre de palabra, seguro que paga”, y muchas otras, variopintas, pero con el mismo fondo… he confiado y así me ha ido.

Debo reconocer que no estoy acostumbrado a los contratos, y que todos ellos se me hacen tema nuevo, pero también me doy cuenta de que necesitamos profesionalizar la gestión de la empresa, y en las relaciones comerciales debemos instaurar permanentemente la figura del contrato, adecuandolo al tipo de relación que vayamos a establecer.  Doña Wilma, con buen criterio, nos ha aconsejado el “piensa mal y acertarás”, “dejalo atado como si la contraparte fuera a actuar de mala fé”, y que el contrato debe de ser adecuadamente redactado, con todos los puntos posibles claramente detallados, con las responsabilidades inequivocamente establecidas y… para aquellos como yo que no estamos familiarizados con los contratos, asesorarnos adecuadamente con un buen profesional, cde un abogado con experiencia en estos temas.  No se trata de tener mala fé, ni mucho menos, pues aquel que no sea honesto en los negocios, tarde o temprano se va a encontrar ahogado en el más estrepitoso fracaso, se tratará finalmente de asegurarnos de que la otra parte también quiere y se compromete a cumplir con el acuerdo, bien sea pagar nuestros productos o servicios, o suministrar “según contrato” sus productos y servicios.

El contrato es aquello de “¿no nos vamos a hacer daño, verdad?”

 

 

 


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