PINCELADAS RURALES DE UN NIÑO DE CIUDAD

Pinceladas RuralesPinceladas rurales de un niño de ciudad” es ante todo un viaje mágico al pasado. A un pasado lejano en el tiempo, pero próximo en el recuerdo que el autor rememora con lujo de detalles a través de los distintos escenarios en los que tienen lugar los hechos que narra utilizando un lenguaje sencillo y cercano, impregnado de un humor sutil y cargado de ternura y sensibilidad, en ocasiones de nostalgia, pero al mismo tiempo culto y rico en conceptos. Es una generosa invitación a conocer y compartir las vivencias de un niño de Madrid que todos los años, durante las vacaciones escolares tiene la oportunidad de sumergirse en un entorno rural con el que se siente plenamente identificado.

La acción que  transcurre en localidades como Cercedilla (Madrid), Nava de la Asunción (Segovia), el Paular (Madrid), San Sáez (Ávila), y diversas playas españolas e inglesas, tiene como denominador común: el amor y el respeto al medio natural. Con el decurso implacable de los años, el niño se va convirtiendo en adolescente, al mismo tiempo que aquel medio natural tan querido y respetado se va degradando y va siendo engullido por el progreso y la especulación. Pero, a pesar de todo, aquel universo de sensaciones, de experiencias, de emociones que forjaron una infancia y una adolescencia cargadas de amor y felicidad permanecen vivas en el recuerdo…

“Pinceladas rurales de un niño de ciudad” atrapa al lector desde las primeras páginas hasta culminar en un emotivo epílogo, identificándonos con el autor quien ha sabido plasmar con maestría una forma de entender la vida basada en el amor y el respeto a los mayores y a las cosas sencillas.

Roberto Laborda Grima

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Cercedilla acortada

 

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CERCEDILLA

Muchos de mis primeros recuerdos tienen como escenario Cercedilla, pueblo madrileño recostado bajo el regazo de Siete Picos a más de mil metros de altitud en el que hasta los veranos más calurosos se pasaban sin agobio alguno, no sobrando por las noches el abrigo de una buena manta.

Asentada a la vera de la calzada romana que unía Titulcia con Segovia y sin renunciar a sus tradicionales actividades forestales y ganaderas se había convertido desde principios de siglo en residencia estival de la naciente burguesía madrileña como también lo fueran San Rafael, Miraflores de la Sierra, La Granja de San Ildefonso o El Escorial, localidad está última con la que los mozos del pueblo mantenían una notable rivalidad como buenos vecinos que eran y siguen siendo.

Se trataba de un pueblo largo y estrecho que comenzaba, casi como continuación de los Molinos, no demasiado lejos de la carretera de la Coruña a la altura de Guadarrama y terminaba ya cerca de la subida al puerto de Navacerrada. Sin embargo para nosotros casi se limitaba a la Quinta de los Guindos, hotel de principios de siglo rodeado de un frondoso jardín con vocación de fraga y protegido por gruesas tapias de granito que nos aislaban del resto del mundo.

La finca de algo menos de cuatro mil metros cuadrados la compraron mis abuelos ya con su correspondiente hipoteca, a principios de los años treinta para que mi abuela Concha que según decía ella sufría de los bronquios pasara los calurosos y entonces largos veranos de la capital con su incipiente prole …

 

 

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