CRÓNICAS DE UN OLMO HERIDO

portada300-cronicas-de-un-olmo-heridoEn Crónicas de un Olmo herido se desgrana la vida de un olmo, poco menos que tricentenario, que relata, unas veces con minuciosidad descriptiva y otras con los sentimientos que provoca la pasión, su larga existencia desde que germinara su semilla hasta que, vencido por la enfermedad, entrega su alma, no sin antes intentar trascender más allá de la muerte en una sencilla ceremonia en la que traspasa el testigo a un joven al que había visto crecer.

Foto Roberto LabordaCrónicas de un olmo herido es una obra eminentemente descriptiva en la que se combina poesía y rigor con una elegancia que resulta cautivadora. Es un canto a la vida  llevado de la mano del respeto, expuesto con un lenguaje culto, pero cercano, sin pedantería, que subyuga hasta el punto de la emoción cuando aborda la triste pérdida del oso o del lobo. Su lectura es un auténtico placer.

Roberto Laborda Grima

 

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PRIMERA PARTE 

El nacimiento de un gigante 

 

Hace ya casi tres siglos que una mañana del mes de mayo, tras un largo invierno de no pocas nieves, sentí por vez primera el tibio aliento de la primavera sobre mi tierno tallo. Aquel día, aturdido como estaba, me imaginé sólo y abandonado, más al cabo de un par de semanas de denodados esfuerzos por despegarme del suelo, pude atisbar, desde la cuarta sobre la que me alzaba, cómo, a mi vera, varias docenas de camaradas pugnaban, entre la maleza, por hacerse con el aliento que, ya con cierto éxito, nos empezaba a regalar el mismo sol que, superado el letargo invernal, hoy caldea mi viejo cuerpo cansado.

A pesar de que mi entendimiento era escaso y la experiencia ninguna, pronto me percaté de que no todos éramos iguales. Muchos, como yo, canijos y apiñados, habíamos nacido esa misma primavera; otros, aunque menos y más dispersos, nos doblaban la talla; algunos eran tres o cuatro veces más altos y sólo unos pocos se atrevían a hacernos sombra. Además, diseminados entre nosotros, pretendían medrar, con dispar fortuna, algunos vástagos despistados de otras estirpes montunas. 

Pero, a decir verdad, antes que la claridad del día, lo primero que percibí de este mundo fue el amor de la tierra húmeda en cuyo seno me guarecí varias semanas, adormilado, desde que una ráfaga amable de viento mañanero me arrancara de los brazos de mi madre y me arrojara sobre el lecho de hojarasca bajo el que me refugié en espera de las primeras lluvias y de que la pezuña de un jabalí me hundiera en el blando barro nutricio de la olmeda. Se trataba de un enorme verraco, cosido a cicatrices y ya entrado en años que, asistido de su joven escudero, merodeaba por el monte, hozando el pasto en busca de alguna golosina con la que matar el hambre aquella madrugada. 

Allí permanecí día tras día, casi inerte, sin saber ni poder hacer nada, hasta que de pronto me percaté de que el cuerpo, en contra de mi voluntad, se me hinchaba hasta explotar, surgiendo de mi interior una vida nueva que se dirigía, empecinada, primero hacia las profundidades para luego, tímidamente, abrirse paso, deslumbrada, en pos del cielo. 

Sí, lo habéis adivinado, soy un árbol, un viejo olmo que después de largos años de lucha victoriosa con los meteoros y una no siempre fácil convivencia con el ser humano y, ni recuerdo, con cuántos animales, ahora que parezco una fortaleza, casi mineral, estoy herido de muerte por obra de una diminuta criatura que ha invadido mi cuerpo hasta la médula, sin que ni mi experiencia ni mi vigor ni siquiera mis ansias de vivir puedan aliviar mi agonía. 

Aquella primavera de comienzos del XVIII, el azar quiso que de los millones de semillas que habían esparcido las olmas del valle, fuera la mía una de las afortunadas que cayera en suelo fértil, fresco y profundo y no sobre la roca yerma y abrasada o el surco siempre hoyado del camino. También es cierto que yo me trabajé la suerte, y en vez de distraerme contemplando lo que acontecía a mi alrededor, no perdí un instante y empeñé todos mis recursos en barrenarme lo más profundo que pude hacia las entrañas de la madre tierra, buscando la humedad que, pasadas un par semanas, iba a ser tan vital para mi supervivencia. Estiré mi raicilla en línea recta con todas mis fuerzas, sorteando cuantos obstáculos se interponían en mi particular peregrinar, hasta que se agotaron mis reservas. Entonces me centré en desplegar, con el mismo entusiasmo, un humilde tallo y un racimo de hojitas con las que arrebatar una pizca de energía al sol y comenzar a ganarme la vida por mí cuenta. Lo tuve claro desde el primer momento. No había un segundo que perder si quería hacer algo en este mundo. Antes de que los rigores del estío abrasaran el entusiasmo juvenil que acababa de comenzar en bosques y prados, tenía que afianzar mis posiciones y atrincherarme hasta el año siguiente y aun así no lo tendría nada sencillo. Luché denodadamente por conseguirlo y, sin embargo, mis afanes habrían sido vanos, si no llega a ser porque, allá por la Virgen de Agosto cuando más arreciaban los calores, un providencial chaparrón nos empapara a todos, dándonos cuartelillo hasta la siguiente temporada.

 

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