Si no tienes pueblo, no eres nadie

Lavanda

Foto: Rodolfo Mari

Hubo un tiempo en que, medio en serio medio en broma, siempre que surgía la ocasión me aventuraba a decir que en Madrid, quien no tenía pueblo no era nadie y a fuerza de repetirlo una y otra vez llegué a convencerme de la veracidad de este aserto. Exageraciones aparte, las ciudades modernas, diseñadas en estudios asépticos y construidas de espaldas a quienes las han de habitar son espacios sin alma y sin barro, en los que es prácticamente imposible que germine semilla alguna y menos aún donde alguien pueda echar raíces.

A pesar de la cantidad de recursos que consumen los exiguos espacios naturales que adornan muchas de nuestras ciudades, son efímeros remedos de naturaleza, insuficientes para que podamos interactuar mínimamente con los factores que nos modelaron como especie. Por eso si queremos no ser un mero eslabón, una pieza de un engranaje en una sociedad que no comprendemos del todo y deseamos sentirnos algo más protagonistas de nuestro paso por este mundo, deberemos escabullirnos del entorno urbano y fundirnos con el mundo rural, mucho más próximo a nuestro origen.

Ahora bien, tener pueblo no es lo mismo que ser de pueblo, de haber nacido allí, de haber convivido estrechamente con personas, animales y plantas, de haber colaborado en las labores del campo, de haber ayudado a traer la vida y haber tratado de cerca con la muerte.

Cerezas by Inma Ibañez

Foto: Inma Ibáñez

En mi caso ni soy de pueblo ni he tenido un verdadero pueblo, lo que no ha sido óbice para haber mantenido una relación más o menos intensa con algunos de ellos, aunque haya sido de una forma parcial, discontinúa y en cierto modo infiel, ya que mi amor por el medio rural siempre fue sucesivo cuando no compartido. Pero a pesar de todo, esa breve convivencia marcó tanto mi vida que gran parte de lo que siento y muchas de mis aficiones tienen su origen en ella.

También es verdad que a pesar de la influencia que pueda tener el entorno natural en nosotros, la mayoría de nuestros recuerdos y sobre todo los más gratos suelen coincidir con el verano, tanto por ser la época del año con más luz y en que con más facilidad se impresiona la película de nuestra memoria, como por corresponderse en la mayoría de los casos con los periodos vacacionales en los que con mayor libertad y autonomía nos movíamos.

Sea cual sea la importancia de los factores, el caso es que nuestras vidas están en gran parte informadas por esos primeros momentos transcurridos con más intensidad y libertad en contacto con la naturaleza, por eso en mi opera prima “Pinceladas rurales de un niño de ciudad” los acontecimientos que en ella se suceden y que suponen la arqueología de mis recuerdos están integradas por escenas estivales con fuerte impronta natural.

Cereales by Silvestre Matteo

Foto: Silvestre Matteo

Por otra parte y sin perjuicio de las consideraciones plasmadas en los párrafos anteriores, siempre he tenido una clara inclinación por los pequeños pueblos castellanos que ya conocí tras los estragos que en ellos estaba causando la emigración, pero en los que todavía se adivinaba un modo de vida sencillo a la par que duro, en el que el contacto con la naturaleza era permanente, la solidaridad presidía las relaciones humanas y la familia en su sentido más amplio estaba siempre presente y dispuesta a echar una mano.

También siento cierta curiosidad por una forma de vida vislumbrada quizás a través de la obra de Miguel Delibes, presidida por el respeto y la admiración que se profesaba a los mayores y la naturalidad con que se encaraban los diversos aspectos de la vida desde los más atractivos y efervescentes hasta los más penosos como la enfermedad, la soledad, la vejez o incluso la muerte y ¡cómo no! la relación que se establecía con un entorno en el que apenas había objetos, pero en el que abundaban los seres vivos que además de aliviar las fatigas de sus amos con su trabajo eran verdaderos amigos y compañeros de juegos y andanzas.

Tampoco me puedo olvidar de las viejas profesiones, del herrero en la fragua, martilleando el metal sobre el yunque; del resinero recorriendo los pinares en pos de la miera; de los pastores de a pie, tras las ovejas o de los otros montados en su borriquillo, flanqueando sus reses y de tantas otras que van desfilando por cada uno de los capítulos que conforman la mencionada obra.

Recobrar aquel tipo de vida es poco menos que utópico, pero mantener el cordón umbilical que nos vincula con la tierra de la que procedemos es posible y es mi propósito, al igual que han hecho otros, dejar un pequeño testimonio de lo que vi para que los que vienen detrás puedan valerse de él y tengan la posibilidad de plantearse vivir de otra manera, a caballo entre lo que eran aquellos tiempos y esos pueblos y lo que tenemos ahora, tomando lo bueno de ambos mundos y superando y dejando de lado lo peor de cada uno de ellos.

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