LOS INCENDIOS FORESTALES SE APAGAN EN INVIERNO

timothy-meinberg-206976Con el verano llamando a la puerta, se inicia la época del año con más riesgo de incendios. A partir de ahora, raro será el día en el que los medios de comunicación no hagan referencia a alguno de ellos, haciendo alarde de los medios que se han puesto en funcionamiento para extinguirlo, probablemente con notable éxito.

Sin embargo y sin desmerecer la labor de las personas que, por cierto en muchas ocasiones se juega la vida en ello, creo que es el momento de recordar a todos que muchos de los fuegos que se van a iniciar en las próximas semanas se podrían haber apagado a durante el invierno.

Parece un juego de palabras o un chiste fácil, pero no lo es en absoluto. Cuando prende la chispa es incuestionable la necesidad de aplicar todos los medios, humanos y materiales, a su extinción, pero ¿cuántas veces nos preguntamos a lo largo del año, ¿qué podemos hacer para que no se de esa circunstancia o si se materializa, minimizar sus consecuencias?

Es evidente que no las suficientes, porque cada año se producen más siniestros, si bien con el paso de los años se atajan antes y las hectáreas calcinadas son menos. Esto, no obstante, no debe complacernos. Por el contrario, debemos trabajar para evitar cualquier conato, por pequeño que sea.

En este sentido me atrevo a hacer un repaso de las medidas que a mi juicio podrían coadyuvar a la prevención del fuego en verano:

Conclusión: No nos acordemos de Santa Bárbara, sólo cuando truene y pensemos más en el futuro, para prevenirlo y que este no nos sorprenda o, mejor dicho, no nos abrase.

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¿Quién paga los servicios que proporciona el bosque?

stijn-te-strake-125328Cada una de las personas que habitan nuestro planeta consume anualmente el oxígeno que producen aproximadamente 10 árboles. Esto implica, sin lugar a dudas, que las sociedades en cuyos países no hay árboles están en deuda con las que sí los tienen. Por ejemplo, América latina o el África tropical proporcionan ingentes cantidades de oxígeno a los países productores de petróleo del Golfo Pérsico, que se enriquecen con la venta de un recurso que además deteriora el entorno y todo ello sin pagar nada a aquellos que les proporcionan con qué respirar.

Si descendemos a nivel nacional, o incluso regional, nos encontramos con el mismo caso. Los habitantes de las ciudades consumen el Oxígeno que producen las zonas forestales sin dar nada a cambio. El sector forestal permite que las ciudades se desarrollen y crezcan ante la indiferencia, cuando no desprecio de los responsables públicos.

Este ejemplo debería bastar para convencer a aquellos que nos administran y que se diesen cuenta de la importancia de los bosques y en consecuencia actuasen valorando y compensando a sus titulares por el servicio que prestan a la sociedad. Pero con ser importante este aspecto no podemos olvidar otros muchos que, sin ánimo de ser exhaustivos, pasamos a enumerar a continuación:

Por estas y por otras muchas más razones, el monte debería ser objeto de un tratamiento muy especial por parte de las Administraciones Públicas que reconociese explícitamente los servicios que presta a la sociedad y en consecuencia los valorase y retribuyese. Del mismo modo que el contamina paga o incluso repara, el que crea valor debería ser recompensado. Esto significa que no debe bastar con tratamientos fiscales favorables, que también, sino que además se tendría que pagar por el O2 generado, el CO2 secuestrado o el agua captada.

Sin embargo, hoy en día se da la paradoja de que no sólo no se recibe apenas nada a cambio de los beneficios producidos, si no que se discute, incluso, su titularidad. Todo el mundo se cree con el derecho de penetrar en los espacios forestales y extraer sus recursos gratuitamente, sin embargo y sólo por poner un ejemplo, a nadie se le ocurriría entrar en una huerta y hacerse con las lechugas o los tomates que se están cultivando, sin tener, al menos, el sentimiento de no estar obrando bien.

¿Por qué se penaliza a aquellos que tienen el coraje de invertir en naturaleza?  De seguir las cosas así, nadie invertirá en el medio forestal, los bosques se abandonarán y el poco capital que queda en ellos se irá a la bolsa o al ladrillo. ¿Es eso lo que queremos? O mejor dicho ¿Es eso lo que necesitamos?

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BIOECONOMIA FORESTAL Y ECONOMIA CIRCULAR

svqevmck9pe-john-priceCada vez con mayor frecuencia, el sector ambiental se nutre de nuevos términos que, en cierto modo, tratan de tomar el relevo a otros tantos que han perdido, o están a punto de hacerlo, su significado original como consecuencia del abuso que se hace de ellos. Parece que en este mundo global, las palabras, al igual que los objetos, tienen la obsolescencia programada en origen y que ésta es cada vez más precoz.

En este momento, el término emergente es La BIOECONOMIA que más que nacer, se rescata del olvido porque ésta siempre ha existido. Por tanto mi propósito, a la hora de dar a la luz  este artículo, no es tanto definirla y defender lo que ha sido a lo largo de la historia, como intentar convencer a todos los que se acerquen a este foro de que es la garantía de continuidad de la actividad económica y el progreso de la humanidad.

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Como es obvio, la solución no estriba en una vuelta radical y naif a la situación pre industrial. Todo lo contrario, la bioeconomía moderna debe mirar al futuro. Comprendiendo los procesos biológicos, aprovechando los conocimientos científicos y aplicando la razón, podremos contribuir al desarrollo de una nueva economía basada en un sistema productivo más eficiente, más limpio y por ende más sostenible, de manera que se satisfagan nuestras necesidades actuales sin comprometer las de las generaciones futuras.

3tdvwonxvbw-collie-coburnAhora bien, dentro de este esquema, en esta ocasión me quiero centrar en el componente forestal de la bioceonomía, y no sólo porque este sector suponga la principal infraestructura biológica de la Unión Europea o porque ocupe más de la mitad de la superficie española, si no que porque supone un recurso renovable clave, solidario y resilente que nos brinda la oportunidad de repensarnos el concepto de economía y cambiar de una vez por todas el paradigma de la economía lineal por el de economía circular.

Pero, además de la dimensión filosófica de este concepto, que someramente acabamos de abordar, su aplicación práctica se podría poner en marcha en un plazo muy corto, entre otros, en los siguientes sectores:

Sin embargo y con ser importante lo anteriormente abordado, hay otros aspectos transversales  de la Bioeconomía Forestal que no se pueden obviar:

En resumen, podemos decir que a partir de la biomasa se puede producir lo mismo que a partir del petróleo y que en España tenemos una cantidad ingente de recursos forestales homogéneamente distribuidos por nuestra geografía y disponemos de la tecnología necesaria para sacar el máximo provecho ellos, por lo que para que esa bioeconomía forestal ocupe el puesto que se merece, tan sólo le falta el impulso político y el desarrollo normativo estable que permita ponerla en funcionamiento.

 

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Si no tienes pueblo, no eres nadie

Lavanda

Foto: Rodolfo Mari

Hubo un tiempo en que, medio en serio medio en broma, siempre que surgía la ocasión me aventuraba a decir que en Madrid, quien no tenía pueblo no era nadie y a fuerza de repetirlo una y otra vez llegué a convencerme de la veracidad de este aserto. Exageraciones aparte, las ciudades modernas, diseñadas en estudios asépticos y construidas de espaldas a quienes las han de habitar son espacios sin alma y sin barro, en los que es prácticamente imposible que germine semilla alguna y menos aún donde alguien pueda echar raíces.

A pesar de la cantidad de recursos que consumen los exiguos espacios naturales que adornan muchas de nuestras ciudades, son efímeros remedos de naturaleza, insuficientes para que podamos interactuar mínimamente con los factores que nos modelaron como especie. Por eso si queremos no ser un mero eslabón, una pieza de un engranaje en una sociedad que no comprendemos del todo y deseamos sentirnos algo más protagonistas de nuestro paso por este mundo, deberemos escabullirnos del entorno urbano y fundirnos con el mundo rural, mucho más próximo a nuestro origen.

Ahora bien, tener pueblo no es lo mismo que ser de pueblo, de haber nacido allí, de haber convivido estrechamente con personas, animales y plantas, de haber colaborado en las labores del campo, de haber ayudado a traer la vida y haber tratado de cerca con la muerte.

Cerezas by Inma Ibañez

Foto: Inma Ibáñez

En mi caso ni soy de pueblo ni he tenido un verdadero pueblo, lo que no ha sido óbice para haber mantenido una relación más o menos intensa con algunos de ellos, aunque haya sido de una forma parcial, discontinúa y en cierto modo infiel, ya que mi amor por el medio rural siempre fue sucesivo cuando no compartido. Pero a pesar de todo, esa breve convivencia marcó tanto mi vida que gran parte de lo que siento y muchas de mis aficiones tienen su origen en ella.

También es verdad que a pesar de la influencia que pueda tener el entorno natural en nosotros, la mayoría de nuestros recuerdos y sobre todo los más gratos suelen coincidir con el verano, tanto por ser la época del año con más luz y en que con más facilidad se impresiona la película de nuestra memoria, como por corresponderse en la mayoría de los casos con los periodos vacacionales en los que con mayor libertad y autonomía nos movíamos.

Sea cual sea la importancia de los factores, el caso es que nuestras vidas están en gran parte informadas por esos primeros momentos transcurridos con más intensidad y libertad en contacto con la naturaleza, por eso en mi opera prima “Pinceladas rurales de un niño de ciudad” los acontecimientos que en ella se suceden y que suponen la arqueología de mis recuerdos están integradas por escenas estivales con fuerte impronta natural.

Cereales by Silvestre Matteo

Foto: Silvestre Matteo

Por otra parte y sin perjuicio de las consideraciones plasmadas en los párrafos anteriores, siempre he tenido una clara inclinación por los pequeños pueblos castellanos que ya conocí tras los estragos que en ellos estaba causando la emigración, pero en los que todavía se adivinaba un modo de vida sencillo a la par que duro, en el que el contacto con la naturaleza era permanente, la solidaridad presidía las relaciones humanas y la familia en su sentido más amplio estaba siempre presente y dispuesta a echar una mano.

También siento cierta curiosidad por una forma de vida vislumbrada quizás a través de la obra de Miguel Delibes, presidida por el respeto y la admiración que se profesaba a los mayores y la naturalidad con que se encaraban los diversos aspectos de la vida desde los más atractivos y efervescentes hasta los más penosos como la enfermedad, la soledad, la vejez o incluso la muerte y ¡cómo no! la relación que se establecía con un entorno en el que apenas había objetos, pero en el que abundaban los seres vivos que además de aliviar las fatigas de sus amos con su trabajo eran verdaderos amigos y compañeros de juegos y andanzas.

Tampoco me puedo olvidar de las viejas profesiones, del herrero en la fragua, martilleando el metal sobre el yunque; del resinero recorriendo los pinares en pos de la miera; de los pastores de a pie, tras las ovejas o de los otros montados en su borriquillo, flanqueando sus reses y de tantas otras que van desfilando por cada uno de los capítulos que conforman la mencionada obra.

Recobrar aquel tipo de vida es poco menos que utópico, pero mantener el cordón umbilical que nos vincula con la tierra de la que procedemos es posible y es mi propósito, al igual que han hecho otros, dejar un pequeño testimonio de lo que vi para que los que vienen detrás puedan valerse de él y tengan la posibilidad de plantearse vivir de otra manera, a caballo entre lo que eran aquellos tiempos y esos pueblos y lo que tenemos ahora, tomando lo bueno de ambos mundos y superando y dejando de lado lo peor de cada uno de ellos.

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EL BOSQUE NO SOLO ES MADERA

IMG_2262Dependiendo de que seamos habitantes de una gran ciudad o de que vivamos más cerca del mundo rural solemos percibir el monte casi exclusivamente como proveedor de paisaje o como fuente de madera. Sin embargo, a poco que se reflexione sobre los beneficios que el bosque puede proporcionarnos, tanto los “urbanitas” como los que moran en pueblos y aldeas no tardarían en percatarse de que un bosque bien gestionado ayuda a proteger el suelo, colabora a mantener la biodiversidad, que gracias a él mejora la calidad del aire y que su presencia, sobre todo en las cabeceras de las cuencas fluviales es fundamental para evitar las avenidas y mejorar la calidad del agua.

La mayoría de los beneficios, más arriba apuntados, tienen un carácter intangible y no por ello son menos importantes, sin embargo, a lo largo de las siguientes líneas me gustaría centrarme en media docena de beneficios económicos directos que además de poder contribuir a la explotación sostenible del monte en su faceta social y económica, generando empleo y riqueza, no sólo no tienen porque perjudicar el medio natural, sino que incluso pueden protegerlo y mejorarlo.

No cabe duda de que es imprescindible respetar escrupulosamente nuestro entorno y velar por la conservación de los diferentes recursos naturales que alberga, ahora bien, la humanidad no se puede permitir el lujo de no aprovechar unos recursos renovables y saludables en su propio beneficio y con el objetivo fundamental de que más gente viva mejor.

#MICOLOGIA

En este sentido me atrevo a mencionar actividades económicas, ligadas al monte que sin embargo no están relacionadas directamente con la explotación de la madera. En primer lugar me quiero referir a la explotación de las resinas naturales que tras décadas de abandono se vuelven a extraer de los pinos pinaster en amplias zonas de Castilla, también a la industria corchera, antaño boyante y hoy en día con serios problemas de viabilidad en muchas de sus empresas transformadoras, tampoco nos podemos olvidar del piñón, de la trufa, de las explotaciones micológicas, poco no nada reguladas, de la caza o de las múltiples variantes del turismo y el ocio.

Estas actividades fijan población al medio rural, generan empleo y riqueza en zonas donde no lo hay y contribuyen a la conservación del recurso forestal manteniendo limpio el monte y por tanto protegido de los incendios. Es incuestionable que cuando a cualquier recurso se le dota de un valor económico se favorece su cuidado y conservación y en consecuencia se produce una mejora y un incremento de la producción, entrando en un círculo virtuoso.

Ahora bien la explotación de los recursos propuesta no se puede hacer de cualquier modo y a costa de todo. Se deben regular, sin asfixiar, las actividades productivas y se tiene que proteger la titularidad de esos bienes para que el propietario se implique en su gestión. De lo contrario, el furtivismo y la técnica de tierra quemada impedirá una explotación racional y sostenible en el tiempo de unos recursos que periódicamente son esquilmados por gente ajena a ese entorno que queremos proteger.

Por último sería muy importante que estas explotaciones no sólo se modernizasen y se incardinaran, en la media de lo posible, en la era tecnológica sino que sobre todo rebasasen el umbral tradicional de la mera obtención del recurso y diesen el salto a su procesamiento y trasformación de modo que la riqueza que de por sí generan se pudiese multiplicar en aquellas regiones donde se generó.

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Directivos y Mundo Digital

CEOEn plena era tecnológica en la que casi todo el mundo tiene un perfil digital que  gestiona con relativa proactividad, llama la atención que un sector como el de la alta dirección que se supone en la cúspide social y que, en principio, cuenta con la mejor formación y la mayor experiencia esté prácticamente ausente.

Podríamos pensar que los directivos no tienen nada que decir, sin embargo la verdad es que otra cosa no harán, pero en las docenas de reuniones que ellos mismos convocan, la mayoría no pierde ocasión para sentar catedra en relación con cualquiera de los temas que surjan, estén o no en el orden del día.

También se podría creer que este tipo de personas lo que busca es presentar un perfil bajo que les haga pasar desapercibidos y no les cause problemas ni a ellos ni a sus organizaciones, pero desde el punto de vista personal el alarde que suelen hacer si mismos no es baladí y en cuanto a lo que la organización se refiere, si se lo pueden permitir, no dudan en contratar a profesionales y agencias de comunicación para que la coloquen en el lugar más visible posible.

Entonces ¿Por qué las personas que se suponen más preparadas, que conocen la empresa mejor que nadie, que tienen tantas ideas y tan claras y a los que les gusta hacérselo saber a los que tienen alrededor no se atreven a aparecer en el ecosistema digital con voz propia y por el contrario permanecen recluidos en su despacho, agazapados tras una mesa de caoba?

En mi opinión, esto se debe al miedo escénico que sufren la mayoría de nuestros directivos que asumen una posición extremadamente conservadora, pensando que su comparecencia ante la sociedad real o virtual no les va a aportar nada mejor y por el contrario les va a suponer correr numerosos riesgos. Quizás muchos de nuestros dirigentes no estén tan seguros de sí mismos como pudiera parecer y en consecuencia no están dispuestos a someterse a la “revalida” permanente que supone estar al alcance de la crítica o la alabanza de la sociedad.

DelfosSea o no acertado mi diagnóstico, estoy convencido de que en una sociedad como la actual, cada vez más dinámica y global, las organizaciones no pueden permitirse el lujo de que la pieza más importante del tablero se enroque y no colabore en su promoción y desarrollo. Creo que se deben de superar esos modelos de dirección en los que sus representantes, como si del mismísimo Oráculo de Delfos se tratara, permanecen recluidos en su templo ante cuyo altar los demás hacen ofrendas y reciben consejo.

Seguro que no les han faltado méritos para llegar a tan privilegiada posición, pero eso no se debería tomar como una mera meta o una simple recompensa. Por el contrario, los máximos responsables de las organizaciones deberían luchar por sacarlas adelante también en la palestra del mundo digital, perdiendo el pánico que les provoca comparecer ante el mundo virtual.

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Colaboración público privada

GobiernoEl origen del debate entre la conveniencia de lo público y lo privado se pierde en la noche de los tiempos. No es objeto de este artículo analizar el origen de esta aparente dicotomía, sin embargo, tengo el convencimiento, con el debido respeto a Rousseau, de  que el ser humano, desde que se empezó a configurar tal como lo conocemos hoy, debió de darse cuenta de que algunos aspectos de su vida debían de ser gestionados por un ente colectivo familiar, en un principio, que posteriormente y de forma paulatina fue evolucionando hacia una incipiente y primitiva sociedad. Por el contrario, otros temas, más relacionados con sus esferas más íntimas de actuación, seguramente  prefirió que fuesen ejercidos individualmente por cada uno de los componentes del grupo.

El ser humano, a diferencia de los animales, se caracteriza, entre otras cosas, por un sentimiento profundamente arraigado de libertad. Un rasgo definitorio del hombre es su necesidad de ejercer su libre albedrio y en consecuencia vivir su diferencia voluntaria y conscientemente, de modo que ninguna instancia superior le diga en esos determinados aspectos lo que tiene que hacer, si bien es cierto que a lo largo de la historia no han faltado ejemplos en los que, bien el poder político, bien el religioso o ambos lo hayan intentado.

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Por esta razón, cuando en el debate político se enconan las posiciones entre lo público y lo privado, y los representantes de las diferentes facciones se atrincheran en un bando u otro, lo que hacen es ir en contra de esa esencia dual del ser humano que por una parte es social y colectivo y necesita de la colaboración de sus semejantes y por tanto de lo público para poder sobrevivir, y por otra es un ser individual y libre, distinto de todos sus demás congéneres, que se realiza como persona en la medida que puede ejercer su individualidad personal y económica.

Y esa dualidad público-privada alcanza todos los ámbitos de la vida. Por este motivo la comunidad, es decir lo público, debe generar un entorno que garantice la viabilidad de la sociedad y procure unos mínimos de justicia, equidad y dignidad. Pero también es imprescindible que permita la existencia de amplios márgenes de libertad a la acción del individuo para que con su esfuerzo, su ilusión y su coraje ocupe todos aquellos espacios a donde lo público no llega y complemente o supere los objetivos de la acción social a la vez que crece y se realiza como persona.

individuosEn esta colaboración entre lo público y lo privado el Medio Ambiente no puede ser una excepción. El estado en sus diferentes niveles puede y debe intervenir, pero lo que no tiene que hacer es intentar regular todos y cada uno de los aspectos ambientales y menos aún ejecutar la gestión de los mismos, y no sólo por lo que de intromisión en la esfera particular de las personas supondría, sino que también por la ineficiencia a la que se vería abocada su intervención. Por el contrario, en mi opinión, los poderes públicos, cada uno en su ámbito de competencias deberían establecer unas reglas de juego claras y sencillas que permitiesen que los diferentes actores sociales pudieran trabajar libremente para conseguir un aprovechamiento sostenible de los recursos desde el punto de vista social, ambiental y económico y como consecuencia se favoreciese que la conservación del entorno fuese beneficiosa tanto para el propio planeta y la sociedad como para los que utilizando sus recursos colaboran con su conservación.

Es muy gráfico y todo el mundo comprende  el principio  “el que contamina paga”. Nadie duda que los poderes públicos puedan exigir una compensación a todo aquel que daña el Medio Ambiente. Sin embargo, no es tan frecuente que se paren a pensar cómo se podría favorecer a quien, lejos de perjudicarlo, contribuye a su recuperación, conservación o mejora. En este sentido sería de suma importancia que las Administraciones Públicas, asumiendo decididamente que se debe ayudar al que conserva, se alineasen con el sector privado en pos de unos objetivos claros para que ámbitos como el de la agricultura, la ganadería, el forestal, el agua, el turismo rural, la caza o la gestión del patrimonio histórico y cultural se puedan poner a trabajar, más aún si cabe, en beneficio de nuestro entorno.

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Los árboles para la Tierra

ONUTodos los años desde 1970,  y sobre todo desde que en 2009 Naciones Unidas lo designase oficialmente, cada 22 de abril se celebra el día de la Tierra con objeto de que al menos por un día todos los habitantes de nuestro planeta nos paremos a pensar en la necesidad de proteger nuestro entorno de la contaminación, la superpoblación, la extinción de la biodiversidad o el abuso de los recursos naturales, entre otras amenazas.

Este año, se ha elegido como tema central la protección de los árboles por su indiscutible importancia para el mantenimiento de la vida en la tierra, y la decisión es verdaderamente acertada. Gracias a ellos nos proveemos del oxígeno necesario para respirar y de las materias primas con las que calentarnos y construir muchos de los ingenios que nos han permitido evolucionar como especie, pero además constituyen el refugio de gran parte de la biodiversidad, protegen nuestros suelos de la erosión, garantizan la calidad del agua que bebemos y representan, a pesar de los adelantos tecnológicos, el medio de vida de multitud de comunidades.

Sin embargo, siendo todo esto cierto, el objetivo de este artículo no es, ni mucho menos, analizar la conveniencia de celebrar este día ni tampoco corroborar las bondades que proporcionan los árboles al entorno y a la humanidad. El interés que me mueve a escribir estas líneas no es otro que compartir con mis lectores una triste constatación, como es que no protegemos suficientemente los árboles porque no los amamos y no lo hacemos porque no los conocemos.

Para la mayoría de la población española, habitantes de un mundo urbano sobrevenido, los árboles no son otra cosa que el decorado de autopistas y carreteras, sin otra función que la de un vago ornato o una leve distracción en un paisaje muchas veces árido y monótono. Desconocen y además no les interesa a que familia pertenecen, cuándo pudieron nacer, qué vieron sus copas a veces centenarias  y quien vive todavía de ellos. Y ante tanto desconocimiento, cuando no desprecio, ¿qué podemos esperar?

Por otra parte, los responsables públicos, con notables excepciones, banalizan la importancia de nuestros compañeros de escenario vital, y amparándose en la importancia real de éstos, utilizan magnitudes aparentemente importantes para calmar conciencias propias y extrañas. No es raro escuchar que se han repoblado varios miles de metros cuadrados de tal o cual especie, como si eso fuera algo extraordinario, cuando lo que verdaderamente se está haciendo es plantar poco menos que un estadio de fútbol. Tampoco es inusual que se informe de la plantación de miles de ejemplares de una determinada especie autóctona, sin advertir que la mayoría de los plantones se perderán, porque es ley de vida y porque además no se van a poner los medios para que no sea así.

Por todo esto para que efemérides como el día la tierra, el del árbol o el de los bosques tengan verdadero sentido, debemos empezar por dar a conocer los árboles a los niños, enseñarles a distinguirlos y ponerlos en contacto con ellos para que vean y vivan el bosque, comprendan como nacen los árboles, cuanto tardan en crecer, quién vive de ellos y cómo todo se interrelaciona entre sí, y de esta manera aprendan a amarlos y sean conscientes de su importancia.

En cuanto a los responsable públicos, a los que en celebraciones como la que nos ocupa, se les llena la boca de elogios al Medio Ambiente, a los árboles y a los bosques, les pediría que repartiesen ese entusiasmo a lo largo de todo el año y además de utilizar el lenguaje y las cifras con más rigor y honestidad decidieran abordar con energía y seriedad las políticas forestales, tan frecuentemente relegadas en el océano de ministerios y consejerías de agricultura y apoyasen a quienes con su esfuerzo han mantenido y mantienen un patrimonio natural que reporta multitud de beneficios a toda la sociedad aunque los desconozcan e incluso desprecien.

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Smart cities, una nueva dimensión

Fernando-Najera_th_3En el número 266 de Forum Calidad correspondiente al mes de noviembre de 2015 me publicaron un artículo sobre Smart Cities que reproduzco a continuación. Pero, si lo preferis, podeis leerlo a partir de la página 32 en su versión original junto al resto de artículos de la revista en el siguiente enlace: Forum Calidad

 

OTRA  DIMENSIÓN DE LAS SMART CITIES

Aunque el concepto de smart city es relativamente nuevo y no está completamente consolidado, es ampliamente aceptada su vinculación con la sostenibilidad en su triple dimensión ambiental, social y económica y por tanto todas las acciones ligadas al mismo, en principio van encaminadas hacía la mejora del entorno urbano en esos aspectos, es decir hacia la consecución de ciudades más verdes, más eficientes y más justas.

Ahora bien con independencia de la bondad de esas medidas y dando por hecho que en esta empresa se hayan adoptado  las más idóneas y que no se hayan caído en los campos del marketing puro y la demagogia, que dicho sea de paso es bastante habitual, debemos de ser críticos con el modelo, ampliar el foco y preguntarnos si a las personas que habitan esas ciudades les satisfacen esas  medidas o si por el contrario estamos empeñados en mejorar entornos y modelos sociales que sería preferible cambiar por completo y no empecinarnos en mantenerlos, aunque sea en mejores condiciones, siendo preferible destinar esos recursos en otra dirección.

#smartcity Como cuestión previa sería de agradecer que los diferentes representantes sociales ya sean públicos o privados utilizaran con rigor el término Smart city y no como coartada para  vender cualquier cosa a una ciudadanía altamente sensibilizada con la mejora ambiental y social de las ciudades. Esto es lo que en buena medida ha pasado con otro término muy relacionado con el que nos ocupa como es la sostenibilidad que quizás con toda la buena intención sirvió para presentar como respetuoso con el medio ambiente lo que en verdad tan sólo era bello, cómodo, rápido o eficaz. De este modo y sin perjuicio de la necesidad que hubiera de  tomar esas medidas su incorrecta denominación lo que hace es confundir cuando no desprestigiar el término Smart city y contribuir a que las personas se desvinculen de él.

En este sentido me gusta hacer referencia a un tema tan de actualidad como es el de los coches eléctricos tan ligados a las Smart cities. Es más que probable que estos vehículos sean más eficientes que los tradicionales pero su fabricación y utilización implican una asignación de recursos bastante discutible desde la perspectiva de la ecología y la sostenibilidad y aunque puedan constituir un avance y una herramienta útil, por lo que deberíamos trabajar es por no tener que necesitar coches, ni eléctricos ni de explosión

Las ciudades son muy importantes y hasta ahora en ellas se ha dado el caldo de cultivo necesario para que se lleve a cabo el progreso de la humanidad, sin embargo muchas de ellas se están convirtiendo en entidades que lejos de proporcionarnos ningún estímulo parece que nos vayan a engullir. Si nos lo proponemos podemos cambiar el paradigma de organización social y productiva basada en grandes aglomeraciones humanas que esclavizan al ser humano y le convierten en un mero eslabón de un sistema productivo desbocado y alienante y comenzar a pensar en un modelo en el que convivan las ciudades con un entorno rural moderno en el que los recursos más deslocalizados, sean autónomos y libres aunque cohesionados por medio de las nuevas tecnologías y un mercado más amable, más laxo y menos omnipresente que nos deje un mayor espacio de libertad y no nos coaccione tanto.

La ciudad en buena medida y para muchos de sus pobladores se está convirtiendo en un entorno sumamente agresivo y despersonalizado en el que las personas han perdido parte de su libertad para convertirse en vasallos de la escasez de tiempo, de la cada vez más difícil movilidad, del consumismo compulsivo y de la incomunicación. En los países en desarrollo el flujo del campo a la ciudad es todavía un fenómeno vivo al que aún le queda bastante recorrido, sin embargo en las sociedades occidentales y en concreto en muchas de sus grandes ciudades creo que se ha superado el umbral a partir del cual estas dejan de aportar  a sus habitantes los beneficios que se les suponía inherentes a su propia naturaleza.

El Progreso y el crecimiento han propiciado que no sepamos donde meter los automóviles que nos vemos compelidos a adquirir, que no tengamos la posibilidad de conocer a nuestros vecinos, que no podamos pasear con nuestros perros o montar en bicicleta o que ir a un museo o un restaurante se haga tan difícil como coger un avión o un tren. Muchas ciudades están a punto de morir de éxito y de hecho sus moradores empiezan a vivir fuera aunque regresen todavía para trabajar en ellas, pero fijémonos en lo que ha pasado en Detroit donde  grandes espacios de la ciudad han sido completamente abandonados por no ser capaces de satisfacer las necesidades de sus habitantes.

#puebloAntes de que esto ocurra en nuestro entorno, parémonos a pensar y empecemos a hacer las cosas de modo que no asfixiemos a nuestros ciudadanos porque termináremos por degradar y en su caso dejar morir a nuestras ciudades  y por el contrario facilitemos las condiciones para que la gente ejerciendo su derecho a decidir pueda desarrollarse en los entornos rurales de siempre, pero incardinados en  la modernidad que permiten las nuevas tecnologías de modo que puedan ser más libres, puedan pensar, comunicarse con los que les rodean y combinar el trabajo físico con el intelectual sin necesidad de frecuentar un gimnasio.

No es necesario, ni siquiera recomendable prescindir de las ciudades, por el contrario apliquemos en ellas todas las herramientas de la modernidad pero simultáneamente recuperaremos nuestros pueblos y conectémoslos con ellas, pero ¿cómo lo podríamos hacer? 

No puede ser que habiendo tanta gente que anhela la llegada de las vacaciones o los fines de semana para abandonar las ciudades en tropel y dirigirse al campo, los pueblos estén cada vez más vacíos. No es lógico que se considere el mundo rural como un espacio de retiro o último recurso, habitado tan solo por viejos o desahuciados laborales sin perspectiva alguna de crecimiento o superación personal. Tampoco se entiende el divorcio existente entre el agro y la innovación o el emprendimiento,  habiéndose quedado los pueblos relegados a las labores tradicionales, muy loables y dignas de protección pero evidentemente insuficientes para el desarrollo equilibrado de cualquier comunidad humana moderna.

Hasta ahora vivir en una gran ciudad ha sido símbolo de modernidad, de progreso, de desarrollo o de cultura, pero esto debería cambiar en las sociedades modernas postindustriales y  tecnológicas que van a surgir de la superación de la crisis que nos afecta hoy en día. Estoy convencido de que está a punto de surgir una corriente de gente preparada, con inquietudes y espíritu emprendedor que va a llevar  a cabo una revolución rural convertirá al campo en protagonista de progreso junto a las ciudades.

puebloSi no nos planteáramos llevar a cabo algo parecido a lo propuesto en los párrafos anteriores  lo que estaríamos haciendo no es otra cosa que tratar de  prorrogar el actual modelo,  permitiéndole pervivir un poco más, de modo que en nuestros hogares ahorrásemos en calefacción, los automóviles que utilizásemos contaminarán menos y pudiésemos recoger a nuestros hijos del colegio más a menudo, sin embargo y a pesar de todos estos avances seguiríamos viviendo a dos horas de nuestro trabajo, continuaríamos haciendo poca vida familiar y para disfrutar de la naturaleza nos deberíamos trasladar a un “parque temático” en el que nos explicaran sus excelencias desde un “vehículo ecológico”

¿Queremos esto realmente? ¿Deseamos prorrogar la vida de este modelo? ¿O por el contrario preferimos encajar todas estas piezas del rompecabezas en un esquema nuevo y superador del actual?

Yo personalmente creo que lo queramos o no y gracias a los avances que se están produciendo vamos silenciosamente hacia otras formas de organización social que nos permitirán vivir mejor y poder competir con las economías emergentes a la vez que nos liberamos de muchas de las actuales servidumbres.

En este sentido y aun siendo consciente del grado de utopía que puedan contener estas consideraciones, me atrevo a pensar que las tensiones y contradicciones que ya se están dando  en relación con el uso del territorio nos tienen que llevar poco a poco a superar esta situación caracterizada por la asignación de  compartimientos estancos entre los diferentes usos del mismo. No es lógico que haya ciudades para dormir, ciudades para trabajar, ciudades para el ocio y parques de naturaleza, cuando en la mayoría de los casos no debería haber ningún problema en que el trabajo, la residencia y la naturaleza convivieran y sin embargo en la actualidad tenemos un país con media docena de aglomeraciones urbanas, varias docenas de reservas naturales y el resto del territorio  casi vacío, subvencionado y con serios problemas de viabilidad.

Por otra parte también se están dando cambios en la organización del trabajo que tímidamente se va reorientando de modo que no sea necesario  medir el desempeño de las personas por las horas que pasen en una oficina porque por  un lado el uso cotidiano de las telecomunicaciones,  el trabajo por objetivos y la asunción de mayores cuotas de  responsabilidad por parte los trabajadores permitirá desarrollar una labor profesional mucho más eficiente sin tener que acudir diariamente a centros de trabajo distantes, radicados en los centros urbanos, lo que ahorrará tiempo y dinero en beneficio de la empresa y los trabajadores.

En definitiva los estrangulamientos del modelo actual nos deberán llevar a abandonar ciertas inercias y empezar a aprovechar recursos hasta ahora poco utilizados y liberar otros de las presiones a que se ven sometidos sobre todo en determinadas zonas urbanas. Ahora bien esta tendencia deberá ser facilitada y tutelada por la Administración ya que al ejercer una influencia tan fuerte sobre la ordenación del territorio y el mercado laboral puede favorecer o dificultar  este proceso.

photo-1447722939828-559fee94b1f5Habría que definir qué ciudades y pueblos queremos e ir hacia ellos para que cada año tuviéramos un entorno un poco mejor. Invirtamos en derribar lo obsoleto, lo caduco, lo que afecta más al medio natural y realcemos y mejoremos lo que merezca la pena. Rehabilitemos las ciudades y los pueblos, construyamos parkings, plazas, paseos y parques. Dejemos un poco de lado las autopistas y construyamos carriles bici de verdad, seguros y agradables y no meras coartadas electorales. Mejoremos las carreteras comarcales que conectan los pueblos. Hagamos depuradoras y colectores, alejemos el tráfico y busquemos alternativas de transporte público para librarnos del ruido.

A lo largo de décadas y atraídos por las oportunidades que las ciudades nos ofrecían nos hemos apiñado en torno a núcleos relativamente pequeños y carentes de las infraestructuras necesarias, lo que nos ha empujado a prescindir de aceras, bulevares y plazas y cuando ya no podíamos vivir allí nos hemos trasladado a las afueras dejando los viejos barrios al albur del olvido y la degradación. Deberíamos pararnos a pensar qué queremos y actuar con procesos ambiciosos de rehabilitación integral de barrios, aplicando la piqueta en donde sea necesario y la reconstrucción en la mayoría de los casos, dotando de servicios, armonizando edificios y calles de modo que a medio plazo vivamos en la ciudad que nos hubiera gustado habitar.

Esto mismo se puede y se debe hacer en el mundo rural, tenemos 8.000 municipios, la mayoría de los cuales languidece poco a poco por falta de población, cuando hoy en día con la revolución tecnológica mucha gente se puede liberar de la esclavitud del trabajo presencial y conciliar una actividad profesional con el disfrute de una vida más próxima a la naturaleza a la vez que evitamos la pérdida de valores y costumbres tradicionales, terminamos con el abandono del campo y ensayamos nuevos modelos de desarrollo económico y social que nos hagan más felices.

Lo que quizás nos deberíamos replantear es que para remediar la situación a la que hemos llegado debamos huir hacia adelante, construyendo túneles y autopistas que nos permitan atravesar las ciudades sin detenernos, Palacios de congresos, líneas de alta velocidad, macro estaciones, aeropuertos y un sinfín de instalaciones que si bien nos proporcionaran mejores condiciones de vida en muchas ocasiones en muchas otras nos empujan hacia el abismo del  despilfarro, la deuda y la destrucción de nuestros activos ambientales.

Fernando Nájera García-Segovia

 

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Economía Circular ¡larga vida!

Hay algunas expresiones que de tanto utilizarse y, sobre todo de hacerlo con  tan poco rigor, se van desgastando hasta llegar a tal punto que su significado comienza a desvanecerse y en ocasiones puede que con una dosis mínima de ironía llegue a querer decir lo contrario de lo que significaba inicialmente.

# economia circualr pixabay.comEn mi opinión esto es lo que ha ocurrido con términos como Ambiental, Ecológico o Sostenible. El uso, indiscriminado y, muy a menudo poco meditado, de estas palabras por parte de políticos y comunicadores ha contribuido a la confusión de los receptores de sus mensajes que a la postre lo único que perciben es la intención de aquellos por venderles algo.

Se ha llegado a decir que un coche eléctrico es ecológico sin preguntarse de dónde viene esa electricidad que quizás lo haga de una central térmica que queme carbón de baja calidad. También es habitual que los representantes municipales hablen de ciudades sostenibles porque tienen más parques, sin plantearse que su mantenimiento requiere cantidades de agua de las que apenas se dispone. Esto no quiere decir que estas medidas no sean necesarias. Es muy probable que lo sean, pero en estos casos deberíamos de hablar de vehículos limpios o de ciudades bellas.

Ahora bien, con independencia de cómo llamemos a las cosas, lo cierto es que la gente está cada vez más convencida de que debemos cuidar el entorno. Por eso según van perdiendo vigor los términos y expresiones con los que nos referimos al respeto por la naturaleza, los vamos sustituyendo por otros nuevos que inicialmente irrumpen con fuerza, pero que parece que tuviesen programada la obsolescencia del mismo modo que  los electrodomésticos o los automóviles.

Esto es lo que está pasando también con las Smart Cities que ya no sabemos si son inteligentes, elegantes, modernas o todo al mismo tiempo. El caso es que las ciudades son cada vez más Smart, pero menos sostenibles, tanto desde los puntos de vista social o económico como desde la perspectiva ambiental. Y esto es lo que debemos evitar que ocurra con la última adquisición del arsenal terminológico ambiental, con la Economía Circular. Este concepto lo podríamos definir como un movimiento que, inspirándose en la naturaleza donde en vez de residuos hay recursos, pretende que la actividad humana se asemeje a aquella. Para eso distingue entre recursos orgánicos que se pueden reintroducir en el medio natural cuando su uso ya no sea rentable y recursos tecnológicos que no son reintroducibles en las cadenas biológicas por lo que se deben reutilizar cuantas veces sea posible.

Esperemos que con la economía circular rompamos el círculo vicioso que hace que los términos que utilizamos para designar el respeto por la naturaleza se corrompan rápida y sucesivamente y por el contrario hagamos entrada en el círculo virtuoso en el que generemos recursos en vez de residuos.

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