Por una nueva política del bien común (III): el turno de las empresas

Sería impensable, incluso ridículo, creer que la gestión de los bienes comunes pudiera realizarse sin ninguno de los agentes que participan e intervienen en la cadena de valor: la sociedad civil, las instituciones públicas y, cómo no, las empresas. Es cierto que los imperativos morales a los que aludía la primera entrada de esta serie o la necesidad de repensar los indicadores macroeconómicos basados en una visión estrechamente productivista, no suelen hacer demasiado mella en los planes estratégicos de las organizaciones, pero algo empieza a cambiar profundamente cuando las empresas entienden que todas ellas, sin distinción, forman parte de una frágil cadena de valor de la que dependen completamente, una cadena de valor que deben preocuparse en mantener, sustentar y gestionar coordinada y responsablemente. De otra manera, no sólo los recursos de los que se abastacen y el medio del que los extraen estarán amenazados, sino que la supervivencia y continuidad misma de la empresa se verá en entredicho. Esta evidente amenaza, que pende como una espada de Damocles sobre muchos negocios y empresas, ha hecho caer en la cuenta a muchos administradores que el futuro pasa, indefectiblemente, por el gobierno colegiado del procomún. Así lo dice Peter Senge en esa obra fundamental que es The Necessary revolution. Working together to create a sustainable world: “cuando se abandona el paradigma tradicional basado en asumirlo como un peso o un gravamen, podemos comenzar con la restauración de los bienes comunes. Las organizaciones descubrirán de manera inevitable que muchos de los límites con los que en realidad tiene que enfrentarse son commons compartidos por otros miembros de la industria y por la sociedad”.

Efectivamente, cuando las organizaciones reparan en que la restricción en el uso de los recursos y bienes comunes no es una limitación externa y arbitraria sino una necesidad infranqueable, pueden empezar a rediseñar sus cadenas de valor para integrar a todos los agentes que, de una u otra manera, están implicados en su usufructo y en su mantenimiento. Existen múltiples ejemplos dentro de cada sector. S reparamos en la circunstancia de que dependemos de un recursos finito y común, regenerable pero potencialmente agotable, y que compartir información sobre el estado de los caladeros puede conducir al beneficio colectivo y que convenir periodos de suspensión de las capturas puede contribuir a la autoregeneración del recurso común, es posible que comenzáramos a comprender que todos formamos parte de un sistema mucho más amplio y global en el que la gestión del procomún es indispensable.

Unilever. La mayor empresa del mundo en comercialización de productos derivados del pescado.  Ya no jugamos. En el año 1997 caen en la cuenta de que tienen que aprender a gestionar de manera conjunta un procomún fundamental para sus negocios pero, también, para el mundo entero: los océanos. Dan un paso inusitado hasta ese momento: se asocian con la WWF (World Wilde Foundation), una ONG que algunos hubiera tenido por refractaria y que se convierte en el socio y aliado perfecto. Se dan una visión compartida que gobierna todo su proceder: “nuestra visión es aquella en la que los océanos de todo el mundo están rebosantes de vida y en la que las reservas de productos del mar están garantizados para ésta y futuras generaciones”; y generan la primera y más comprehensiva certificación internacional sobre pesca sostenible, una ecoetiqueta que distingue a aquellos que han comprendido que todos formamos parte de la cadena de  valor y aprovisionamiento que comienza en los océanos y termina en nuestros platos.

Si hablamos de un recurso tan esencial e insustituible como el agua, quizás el ejemplo siguiente pueda darnos una idea de cómo incluso las grandes multinacionales asumen el imperativo de la corresponsabilidad de la gestión del procomún: en el año 2007 el por entonces CEO de Coca-Cola, E. Neville Isdell, en una alocución dentro del UN Global Compact (el Pacto Mundial promovido por las Naciones Unidas que la EOI ha suscrito), dijo: “we should not cause more water to be removed from a watershed than we replenish”, no debemos desecar los acuíferos, utilizar más recursos de los que somos capaces de reponer.

El primer aviso se lo habían dado a la multinacional en la India: aun cuando la compañía utilizaba acuíferos -para la elaboración de la bebida y para el funcionamiento de las plantas embotelladoras- a profundidades que excedían la de los pozos que utilizaba la población para su abastecimiento-, las ONG denunciaron un uso abusivo de los recursos naturales. En lugar de contraponer la fuerza a la acusación, de enrocarse en los despachos o de utilizar la eficacia disuasoria de los lobbys, Coca Cola lanzó un comunicado de prensa en el que decía: “Coca-Cola reaffirms its commitment to Water Stewardship and Community Development in India”, un proyecto de compromiso con el medio y con su entorno social circundante que, a partir de aquel momento, se ha tornado en ejemplo de sostenibilidad económica, medioambiental y social. Sus equipos de investigación publicaron poco tiempo después un estudio extensísimo y ejemplar titulado “Quantifying watershed restoration benefits in community…“.

La naturaleza no entiende de negociaciones y la dilapidación de un recurso como el agua hubiera supuesto cercenar la materia prima con la que la compañía trabajaba. Su propia viabilidad económica dependia de una gestión inteligente de ese recurso fundamental, pero para hacerlo comprendieron que resultaba imprescindible comprender el funcionamiento de los propios acuíferos para preservarlos, y que resultaba no menos indispensable integrar en los procesos de gestión y decisión a las comunidades indígenas propietarias y -más sorprendentemente todavía, al menos por entonces, cuando nadie podía pensar que esa práctica fuera plausible- a las organizaciones no gubernamentales que había puesto sobre alerta a la población. De ahí surgió el acuerdo firmado entre Coca Cola y la WWF (World Wilde Foundation), cuya directora general, Marcia Marsh, consciente también del reto que se les planteaba y de lo decisivo que podía resultar para el futuro de todos el trabajo colaborativo, dijo: “The simple fact is that we are failing relative to our larger goals. Despite our successes in raising public awareness and funding, species are disappearing at historic rates. Habitat continues to be destroyed. Working alone, NGOs are simply unable to reverse the tide of global change. To do this, we will have to develop new partnerships with businesses and governments, partnerships whose scale of impact is commensurate with the problem we face”.

La World Wild Foundation en Alemania realizó en el mes de octubre de 2009 un análisis titulado Tala de bosques tropicales para libros infantiles en el que demostró que 19 de los 51 libros analizados aleatoriamente contenían pulpa de maderas de bosques tropicales sin trazabilidad ninguna, la mayoría de ellos impresos en China, país que importa el 50% de la pasta de papel producida (a menudo ilegalmente) en Indonesia. Esa constatación levantó en la última Feria del Libro de Frankfurt un revuelo comedido. En todo caso, eso hizo recapacitar a alguna de las empresas editoras más importantes de Alemania y, de paso, del mundo, como Random House-Mondadori (parte del grupo alemán de Bertelsmann), que a partir de aquel momento comenzó a utilizar pastas papeleras con certificación FSC, lo que entraña respetar los ciclos de vida naturales de las maderas empleadas en la fabricación; incluir en el diseño de las explotaciones a las comunidades donde esas masas forestales se ubican; revertir parte de los beneficios obetenidos en mejoras de los cultivos y en beneficio de la propia comunidad propietaria, etc.

Hemos llegado a un punto en que sin el concurso de todos -empresas, sociedad civil e instituciones públicas- el cambio es imposible y el desastre climático altamente probable. Lo paradójico a mi juicio parece ser, sin embargo, que buena parte de las iniciativas más dinámicas, ágiles, imaginativas y comprometidas de los últimos tiempos en pro de la gestión coordinada del procomún como fundamento de la supervivencia compartida, son las empresas, en todos los sectores y en todos los ámbitos, grandes y pequeñas, y ahí debe radicar gran parte de la fuerza de este cambio de actitud inevitable.


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Comentarios ( 2 )

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Tweets that mention commons » Por una nueva política del bien común (III): el turno de las empresas -- Topsy.com enviado el 08/11/10 17:20

Cada vez veo a mi alrededor más ejemplos de esta nueva manera de gestionar el bien común; creo que vamos superando el modelo de la búsqueda del beneficio salvaje, a costa de cualquier otro recurso, (que no esté en mi core de negocio, naturalmente), y siendo conscientes de lo limitado de los recursos naturales. Y lo bueno, es que cualquier eslabón de esta nueva cadena de valor extendida, hace que cambien el resto de los eslabones; es decir, si coca-cola toma una iniciativa como la que comentaba Joaquín, provoca cambios en el resto de la cadena, de manera que, por ejemplo, los suministradores también cambian, y los clientes cambian su percepción de la marca, y los gobiernos tambien,….
En este sentido, las Escuelas de Negocios tenemos mucha responsabilidad en la transmisión de estos nuevos conceptos de sostenibilidad; estamos ayudando a formar y conformar una nueva manera de mirar nuestro entorno y nuestro futuro. Y yo creo que los más jóvenes están haciendo suyos todos estos conceptos y esta forma de mirar más allá del beneficio, hacia el beneficio sostenible. El futuro, ahora más que nunca, depende de todos nosotros, de que a nivel grupal y también individual, sepamos llevar a cabo esta nueva manera de gestionar nuestro mundo.

Paola Ravina enviado el 12/11/10 10:01