Razones para un manifiesto

1. No podemos seguir enseñando, simplemente, para que se completen adecuadamente los exámenes; no podemos seguir enunciando contenidos y esperando a que se reproduzcan con mayor o menor precisión; no podemos creer que formamos ciudadanos creativos y solventes, autosuficientes y críticos, mediante la mera repetición de lo explicado. No queremos, en fin, que nos sigan dando clase.

2. Formar a ciudadanos capaces de interpretar e interpelar la realidad requiere enfrentarles a la resolución de problemas reales en contextos auténticos o, al menos, verosímiles, mediante la suma de sus respectivas experiencias, pericias y habilidades. Necesitamos desarrollar una nueva cultura del aprendizaje en la que pongamos la imaginación al servicio de los extraordinarios retos y riesgos que deberemos afrontar. Parte de la respuesta en: A New Culture of Learning: Cultivating the Imagination for a World of Constant Change;

3. No cabe esperar ninguna clase de innovación o emprendimiento novedoso de personas que han sido educadas para la pasividad y la recepción. Al contrario: podemos esperar aceptación del riesgo y orientación a la creación cuando las personas han sido educadas en contextos colaborativos y reales orientados a la resolución de problemas concretos;

4. El conocimiento no algo discreto que quepa ser depositado en una alacena. Ese sueño de una biblioteca o una institución donde la sabiduría pudiera guardarse y transmitirse sosegadamente, es sólo un sueño ilustrado. La proliferación de nuevos espacios al margen de las instituciones clásicas –MIT Media Lab, DSchool, Kaos Pilot, Medialab, y muchas otras-, del surgimiento de universidades corporativas, asociaciones ciudadanas y colectivos de diversa índole agrupados en torno a intereses comunes, ponen de manifiesto hasta qué punto el conocimiento no se deja apresar entre las paredes de las viejas instituciones;

5. Aprender no es algo que ocurra de una sola vez para siempre y pueda ser sencillamente rubricado mediante una certificación expedida por la institución concebida para acreditar esa experiencia. Aprender es algo continuo e inacabable, perpetuo e interminable, sucede en contextos distintos a los previstos y el reconocimiento de su valor no siempre proviene de expertos acreditados sino del común de las personas que lo refrendan. Ya existen Universidades de todos los saberes donde la apuesta no es por la exclusividad, sino por la inclusividad;

6. La verdadera apuesta del siglo XXI no es que proliferen instituciones excelsas cerradas sobre sí mismas. De lo que se trata es de pensar la forma en que se tiendan puentes entre las instituciones universitarias tradicionales y los nuevos entornos de producción del conocimiento. Algunos lo llaman Ciencia 2.0, Modo 2 de la ciencia, otros Ciencia expandida. Admiro a Ivan Illich. Fui, incluso, su editor. Pero su crítica a los sistemas informales de educación frente a la universidad no se sostienen en un mundo donde la red ha puesto la escuela al alcance de todos, donde el movimiento Edupunk no es cosa ya de unos pocos tipos marginales y periféricos. Sí, el mundo es la escuela. El futuro de las instituciones de enseñanza en la era digital es diferente.

7. Internet permite crear formas enteramente nuevas de educación. La escuela o el centro ya no es el único lugar, ni siquiera el principal, donde las cosas deban o puedan transcurrir: las plataformas digitales de trabajo abierto y colaborativo, las bibliotecas de recursos compartidos, el teletrabajo digital o el encuentro síncrono o diferido gracias a aplicaciones informáticas gratuitas. La educación es expandida y móvil por dos razones: porque contamos con los mecanismos para hacerlo pero, sobre todo, porque esos mismos mecanismos nos ponen en contacto con multitud de fuentes de información diversas que podemos consultar y explotar y porque nos permiten construir una red sólida de trabajo colaborativo. Y no se trata, solamente, de experimientos más o menos radicales, como el de la WikiUniversity o el de la ITunes University, que ponen en solfa los procedimientos de acreditación tradicionales, sino de aprovechar el poder transformador y emancipador de las redes;

8. el conocimiento erudito es un ornamento inservible, en todo caso un pasatiempo sugestivo para quien lo practica. Sólo cabe aprender haciendo: los proyectos no son distintos a los contenidos sino que solamente puede haber proyectos al servicio de los que se ponen conocimientos, herramientas, recursos y contactos. La Team Academy en Finlandia o el laboratorio de proyectos de la D-School, son dos ejemplos extraordinarios de un proceso de generación de ideas rápidamente prototipado y puesto al servicio de un problema social previamente identificado que se convierte en un negocio viable;

9. Seguiremos necesitando profesionales de la educación, qué duda cabe, pero no profesores conferenciantes, o profesores reproductores, o profesores fiscalizadores. Necesitaremos, más bien, catalizadores, intermediadores, mentores capaces de madurar al tiempo que lo hacen sus alumnos. Claro, ni siquiera los profesores se libran de continuar aprendiendo.

10. Ni siquiera los espacios que antes encarnaban la jerarquía y el orden tradicionales del aprendizaje nos sirven. Si el aprendizaje es continuo, expandido, se orienta a la resolución de problemas y al desarrollo de proyectos, bebe y se inspira en muy diversas fuentes, la mayoría de las cuales son accesibles en la web, y se refuerza mediante la colaboración de las personas que forman un equipo, necesitamos otros lugares para aprender. Debemos rediseñar nuestras escuelas.

El #manifiesto EOI. Open Learning es un esfuerzo por precisar y desarrollar estos puntos, pero no solamente eso. Es el resultado de tres años de trabajo al servicio de una experiencia pedagógica renovadora que, seguramente, dará sus frutos en el futuro.


Ecoemprendedores

Dice John Elkington en El poder de la locura. Empresas rentables que cambian el mundo, que”el mundo se encuentra en las primeras etapas de cambios poderosos, competitivos y dominantes que, para bien o para mal, transformarán nuestras economías, culturas y las ideas de la gente sobre quiénes son y qué representan”. Sus protagonistas son “emprendedores sociales y medioambientales que lideran mediante el ejemplo. Atacan problemas intratables, asumen riesgos enormes y nos obligan a mirar más allá de lo que paercen posible. Persiguen objetivos extravagantes como, por ejemplo, la sostenibilidad económica y medioambiental y la equidad social”.

Denominarles ecoemprendedores quizás sea una forma de simplificación porque, en el fondo, todos los empresarios extravagentes capaces de asumir esos retos aparentemente insalvables, generan productos y servicios simultánea e inherentemente valiosos para la sociedad, siendo estrictamente respetuosos con el medio y con los entornos de donde obtienen los recursos primarios, vigilando personalmente los eslabones de su cadena de valor y preocupandose porque todo ello sea financieramente viable.

No todos los que se denominan verdes o empresas verdes son, claro, lo mismo. En inglés se ha acuñado ya el concepto de greenwashing para aludir al comportamiento promocional de aquellas empresas o instituciones que no tienen la economía verde por un elemento inherente a sus modelos de negocio, sino por una mera estrategia ornamental que varía en su importancia en función de la cuenta de resultados financiera.

En Alemania, uno de los países pioneros en el lanzamiento y desarrollo de modelos de ecoemprendeduría, lo tienen claro: empresas como Manomama, Alnatura, Tegut o GLS Bank, en sectores tan diferentes como la confección textil, la coméstica y los productos de limpieza, los supermercados y cadenas alimentarias o la banca alternativa, todos coinciden, unánimemente, en que la acción empresarial es una palanca de cambio y progreso social, lo que implica que las fibras textiles sean de cultivo ecológico y sean compostables; que los principios activos de los productos cosméticos procedan de cultivos controlados cuyos beneficios revierten en las poblaciones de donde han sido extraídos; que los alimentos que conforman la cesta de las cadenas de alimentación procedan de agricultores ecológicos en un perímetro no superior a 50 km. o que el dinero es para la gente, y no al contrario, como reza el eslogan de la banca social alemana. Todos ellos han sido por eso informalmente distinguidos por el semanario Die Zeit como los mejores proyectos de ecoemprenduría del 2012.

En realidad, no debería existir ya proyecto empresarial que no fuera un ecoproyecto empresarial, porque de lo que estamos hablando, en el fondo, es de una refundación sostenible de un modelo económico que no prestó atención a los fundamentos de su viabilidad: en el Manifesto for Sustainable Capitalism publicado el 14 de diciembre de 2011 por Al Gore y David Blood, puede leerse:

Necesitamos por eso ecoemprendedores con el poder que da la locura de enfrentarse a problemas aparentemente irresolubles, capaces, de paso, de generar un modelo económico indisociablemente social, financiero y medioambiental.

 


Durban, penúltima oportunidad

Hoy, 28 de noviembre, comienza en  Durban una de las cumbres mundiales sobre el cambio climático, encuentro que precede a la cumbre mundial de Río+20 y sucede a los acuerdos esperanzadores de Cancún.

Los hechos científicos contrastables, según la UNEP, son que “The globally averaged mixing ratios of carbon dioxide (CO2), methane (CH4) and nitrous oxide (N2O) reached new heights in 2009. These values are greater than those in pre-industrial times (before 1750) by 38 per cent, 158 per cent and 19 per cent, respectively”. El último informe de la UNEP, Bridging the emission gap, opta por el optimismo cuateloso y afirma que podríamos ser capaces de revertir, antes del 2020, la tendencia empíricamente contrastada (algo que no coincide, por ejemplo, con el último informe de la Agencia Internacional de la Energía, que cifraba en cinco años el tiempo de reacción que nos quedaba). Para que esa presunción optimista se cumpliera, de acuerdo con el gráfico inferior que puede encontrarse en la página 12 del mencionado estudio, deberíamos, eso sí, ser capaces de alcanzar el cuarto de los escenarios propuestos (If countries adopt higher-ambition pledges and are also subject to “strict” accounting rules, the median estimate of emissions in 2020 is 51 GtCO₂e, within a range of 49 – 52 GtCO₂e). Lo más probable, sin embargo, es que nos parezcamos más a la curva superior, “Business as usual”, que a la cuarta de sus dimensiones.

A nadie se le escapa, sin embargo, que la decisión no es tanto técnica como política. Tal como dice Daniel Innerarity en La democracia del conocimiento, la política es aquello que se se hace después de realizar los cálculos, siendo conscientes, como es el caso, que esos cálculos son objeto de controversia, manipulación e interpretación, y que precisamente es la política junto a la ciudadanía quien debe asumir la responsabilidad de enjuiciar el alcance de la información que la ciencia proporciona y valorar la repercusión que pueda tener sobre nuestras vidas y nuestras sociedades.

El grupo socialdemócrata de la Unión Europea, dentro de la Comisión parlamentaria de Medio Ambiente y en la persona de Jo Leinen, ha solicitado que se defiendan cosas en Durban que parecen irrebatibles:

  • Debemos impulsar la diplomacia del clima para conseguir la masa crítica que hace falta para salvar la distancia entre la fecha en la que expira el Protocolo de Kioto I, a finales de 2012, y la firma del nuevo protocolo.
  • Todas nuestras energías deberían centrarse en tratar de lograr el apoyo de los países emergentes y que Estados Unidos avance hacia un acuerdo completo que sea jurídicamente vinculante para 2015.
  • También debemos ocuparnos de las lagunas jurídicas y redefinir los compromisos realizados en Copenhague y Cancún. Los compromisos oficiales existentes representan solo la mitad de lo que hace falta para limitar el aumento de la temperatura a 2°C. Y esa temperatura es la línea roja para mantener el cambio climático bajo control.
  • Mientras hablamos, los glaciares se están derritiendo. Necesitamos urgentemente encontrar nuevas medidas para cerrar la gigantesca brecha que queda entre nuestro “presupuesto” de gases con efecto invernadero para 2020 y nuestras actuales trayectorias de emisiones”.

En estos momentos de zozobra financiera, inestabilidad política y amenaza medioambiental, cobra si cabe más relevancia la propuesta que en el año 2008 realizó Naciones Unidas con su programa Global Green New Deal, una suerte de plan mundial de dinamización de las finanzas basadas en las inversiones verdes, en la estabilización de las democracias y en la reversión del cambio climático. Es hora de que los ciudadanos, los científicos y los economistas hagan oir su voz #Durban.

 


El negocio de la sostenibilidad, en cinco años

En un reciente documento, The future of sustainability, publicado por McKinsey fruto de una encuesta a los ejecutivos de grandes empresas, las conclusiones que se derivan paracen ser evidentes en lo que atañe a la preocupación por la sostenibilidad a largo plazo de sus modelos de negocio:

“Muchas compañías están integrando activamente los principios de la sostenibilidad en sus negocios, […] y lo están haciendo mediante la aplicación de objetivos que van más allá de la preocupación por la reputación; mediante una gestión preocupada, por ejemplo, por el ahorro de energía, el desarrollo de productos verdes, y la retención y motivación de los empleados, todo lo cual ayuda a las empresas a capturar el valor mediante el crecimiento y la rentabilidad sobre el capital. […]  desde el año pasado una mayor proporción de ejecutivos dicen que los programas de sostenibilidad constituyen una propuesta de valor positiva para sus empresas a corto y largo plazo. Este estudio explora por qué y cómo las empresas están abordando la sostenibilidad y en qué medida los ejecutivos creen que afecta a los resultados de las empresas, ahora y durante los próximos cinco años. En un artículo de opinión relacionado, “poniendo en práctica,” al final de este estudio, los autores sostienen que más empresas tendrán que adoptar una visión estratégica a largo plazo del problema mediante la identificación y búsqueda de oportunidades de la sostenibilidad que tengan el mayor valor potencial”.

Casualmente, ayer miércoles 9 de noviembre, la Agencia Internacional de la Energía (IAE) publicaba su informe anual, World Energy Outlook 2011, un informe tenido tradicionalmente por conservador, que sin embargo, en esta ocasión, alertaba sin titubeo alguno sobre la situación en la que vivimos y sobre el aciago pronóstico del porvenir:

Existen pocos indicios de que el cambio urgente en la dirección de las tendencias energéticas mundiales esté en marcha. A pesar de la recuperación de la economía mundial desde el año 2009 ha sido desigual, y las perspectivas económicas siguen siendo inciertas, la demanda mundial de energía primaria aumentó de forma notable en un 5% en 2010, empujando a las emisiones de CO2 a una nueva altura. Los subsidios que fomentan el consumo excesivo de combustibles fósiles aumentó a más de $ 400 mil millones (£ 250.7bn)

Así es: desde el año 2000, cuando ya se hablaba de cambio climático inducido por el ser humano, las emisiones en el mundo habían crecido un 30% y un 45% desde 1990. Los seis mayores emisores del mundo eran responsables del 70% del total de las emisiones. España fue el país, en el mismo periodo, en el que más crecieron las emisiones (un 26% frente al descenso del 15.5% de la UE). Y la evidencia, tozuda, muestra que las emisiones no disminuyen, sino que se trasladan (desde 2003 las emisiones de China se han duplicado y las de India han aumentado un 60%). El diario inglés The Guardian titulaba ayer la noticia de la publicación del informe de manera taxativa: World headed for irreverisble climate change in five years, IEA warns, el mundo se dirige a un cambio climático irreversible en cinco años, advierte la AIE. Y esa irreversibilidad es provocada, mayoritariamente, por la ineficiencia energética de las edificaciones existentes, el modelo energético de las industrias en funcionamiento, el patrón de transporte basado en el petróleo y, claro, la continua construcción de plantas productoras basadas en las energías fósiles.

Leídos los resultados de la encuesta de McKinsey de esta manera, no es ya que en cinco años los ejecutivos de las grandes, medianas y pequeñas empresas deban plantearse estrategias de eficiencia energética y diseño integral del ciclo de vida de sus productos para hacer sus modelos de negocio sostenibles; la cuestión es más bien, y conviene dramatizar en esta ocasión para evitar cualquier coartada que apele a la economía, que no cabe pensar negocio alguno sin reflexionar sobre su modelo de abastecimiento energético, uso y producción de materiales, ciclo de vida integral de sus productos, reutilización de las materias primas y reintegración en sus respectivos metabolismos técnicos. De no ser así, el vaticinio más agorero, expresado por un organismo internacional poco sospechoso de connivencias de ninguna clase, se harán realidad.

Lo más paradójico de este augurio es que viene a coincidir con lo que algunos servicios de inteligencia y militares europeos han resaltado recientemente: que el pico de producción energética en lo que a las energías fósiles se refiere está muy cerca y que esa escasez presentida provocorá cambios drásticos en las relaciones políticas internacionales, llegando a afectar, incluso, a la conformación de los mercados globales y a los modelos económicos de los gobiernos occidentales. Lo dice, para que no haya duda de la relevancia de la fuente, el Future analysis department del Ejército alemán. El estudio, al alcance de cualquiera, se titula PEAK OIL. Security policy implications of scarce resources.

El informe de McKinsey termina diciendo: “La elección de las empresas de hoy no es si sino cómo deben gestionar sus actividades de sostenibilidad. Las empresas pueden optar por percibir esta agenda como un mal necesario, como una mera cuestión de cumplimiento o como un riesgo que debe ser gestionado al mismo tiempo que continúan con el negocio de sus negocios, o pueden pensar, más allá, que es una manera diferente de abrir nuevas oportunidades de negocio, creando valor sostenible para la sociedad”.


Innovación y revolución industrial

Para ser capaz de innovar hoy es necesario, en primer lugar, pensar en el diseño integral del ciclo de vida del producto y/o el servicio que pretenda producirse u ofrecerse, lo que es tanto como decir preocuparse por la naturaleza de los materiales que se utilizan, por su proceso de producción y el impacto que pueda causar en el entorno, por su uso y, sobre todo, por su reutilizacion, reciclado y plena reincorporación a su metabolismo técnico propio. En consonancia con esa preocupación, habrá que interesarse por la naturaleza renovable de las energías que se utilicen en el proceso productivo y por la huella hídrica que todo el proceso genere.

En Europa, bajo el paraguas del programa Interreg IVC, Innovation & Environment. Regions of Europe sharing solutions, se desarrolla una iniciativa paneuropea denominada C2C Network, o lo que es lo mismo, Cradle-to-Cradle network, la red de ciudades y regiones europeas que han adoptado los principios de C2C como plataforma de innovación industrial sistemática: las áreas metropolitanas de Milán, Graz, Copenhagen o regiones enteras como las de Limburg y Almore en Holanda o Suffolk en el Reino Unido, se han dado como principios irrenunciables de innovación industrial, a partir de los que reconstruir los añejos procesos productivos, la gestión sostenible de los materiales; no waste, no environmental pollution.

Y esa iniciativa no se concentra, simplemente, en pequeñas industrias donde la escala de los procesos productivos permitera, hipotéticamente, un rediseño más asequible. Al contrario: esas plataformas de innovación industrial acometen la reforma de sectores enteros de la automoción, la industria química y textil, la construcción, la arquitectura y la planificación urbanística.

Grandes empresas han comprendido ya que la economía circular y regenerativa es la única vía de futuro plausible, que es necesario repensar la estructura de los negocios desde esos preceptos: pasar de la idea de la venta y posesión de un producto que una vez utilizado se podía arrojar a la basura, a la idea de un servicio que se presta y, una vez agotado, se devuelve a su origen para que sea reutilizado: de poseer un automóvil y llevarlo al desguace a pensar en la prestación de un servicio de movilidad en el que el fabricante se hace responsable de todo lo que comporta la logística inversa, la recuperación y reutilización de unos materiales que se reintegran a su metabolismo técnico original. Eso es innovación industrial, eso es ser capaces de repensar nuestro sistema productivo y nuestros modelos de negocio.

Cuando se crean platormas de innovación se crean, adicionalmente, redes de colaboración. No es importante tanto el realizar la cartografía supuesta de la innovación de una región como el de documentar la fortaleza y densidad de los vínculos que unen esos puntos, es decir, la frecuencia y calidad de la colaboración que la red propicia. Porque hace ya mucho tiempo que las empresas que pretenden innovar comprendieron que para propulsar, acelerar y abaratar la innovación eran clave dos cosas: generar plataformas y redes que permitieran compartir, como hace MaterialconneXion o GreenXchange, y aprender a utilizar la propiedad intelectual y las patentes no como armas arrojadizas sino como valor de intercambio. A eso se le llama open innovation, innovación abierta, un concepto corriente en el ámbito anglosajón y por completo extraño entre nosotros.

Ayer, en la “Mesa de los sectores de la innovación industrial” convocada por el Ayuntamiento de Madrid y su Area de Gobierno de Economía, empleo y participación ciudadana, expusimos estos principios como fundamento sobre el que propulsar la innovación, como palancas sobre las que generar un nuevo modelo económico basado en la innovación sistemática medioambientalmente respetuosa, socialmente fructuosa y financieramente viable.


El poder de lo abierto

Esta mañana he tenido la oportunidad de escuchar a Jo Ito, Director del MIT Media Lab, hablar de The Power of Open, el poder de lo abierto, esa publicación donde se recogen casos en los que el uso de las licencias Creative Commons han modificado la manera en que se crea, distribuye, usa y reutiliza el contenido creado. En la publicación pueden encontrarse ejemplos de sectores muy afines relacionados con el periodismo, la edición y la educación: Pratahm Books, una iniciativa sin ánimo de lucro que crea libros educativos que se distribuyen en India bajo licencias CC a partir de cuyos materiales se crean obras derivadas que las comunidades usan y asumen; la Public Library of Science (PLOS), ejemplo prototípico tantas veces mencionado que construye su modelo a partir de la evidencia de que el conocimiento y la ciencia se construyen, siempre, sobre las evidencias preliminares y gracias a los comentarios que la comunidad de los pares dispensa; el caso de Global Voices, periodismo ciudadano y amateur que alerta y resalta sucesos y acontecimientos que, de otra manera, podrían pasar desapercibidos o al albur de las dependencias de los grupos de comunicación; autores como Jim Kelly, que libera los contenidos de sus novelas de ciencia ficción a una comunidad de lectores y fans que decide pagar por ellas una vez que las ha leído; sitio de creación de historias colectivas, de literatura polifónica, como del de Ficly o, por terminar con otro ejemplo relevante y conocido, la Academia Khan, ese repositorio colectivo de contenidos educativos en abierto que está transformando, en buena medida, la forma en que entendemos la docencia y el aprendizaje.

Extraigo seis ideas fundamentales de la charla de Jo Ito (cada uno podrá sacar las suyas escuchándole), entre ellas la de que no tiene una respuesta clara a cuál será el tipo de modelo de negocio que pueda sustituir, al menos en parte, al de la industria tradicional de generación y distribución de contenidos:

1. la tecnología democratiza la creación y difusión de contenidos, abate las barreras de entrada, facilita la cooperación;
2. las nuevas licencias que regulan la disposición de los contenidos creados facilitan las transacciones entre posibles interesados, rebajan los costes de la innovación y reducen drásticamente el tiempo, el dinero y los recursos que son necesarios para hacerlo,
3. surgen, además (resurgen, me atrevería a decir, si uno cree en lo que ya se ha discutido en otro momento), otras formas de compensación y reconocimiento, otras recursos para valorar y atribuir la autoridad, distintas a las que se obtenían mediante el estricto uso del copyright;
4. la difusión prima en la mayoría de los modelos, y el momento del eventual pago se difiere, porque de lo que se trata es de pensar sobre cuál es el momento o el punto en el que el usuario percibe que existe un valor que merece un desembolso. Eso, claro, no es nada fácil y puede requerir un lugar distinto para cada caso;
5. el hecho de que la sobreabundancia de contenidos gratuitos en la red sea un hecho, hace más cierta la afirmación anterior: un usuario estará tanto más predispuesto a emplear parte de su tiempo y de sus recursos en algo cuanto más valor perciba en la propuesta;
6. todo lo anterior no comporta, en caso alguno, que se fuerce a nadie a renunciar a la propiedad de lo que crea sino a reflexionar, simplemente, sobre la conveniencia o no de emplear otra clase de recursos jurídicos que amplifiquen la voz del creador, muy claro en determinadas circunstancias (el conocimiento científico, por ejemplo), y menos plausible en otras.

La formulación de Jo Ito es deliberadamente rousseauniana y, dicho sea de paso, la de la mayoría de los que defienden que compartir es un impulso natural y lúdico. Pertenezco, más bien, al mundo de Elinor Ostrom, la investigadora norteamericana que lleva décadas de su vida investigando las razones que llevan a los colectivos humanos a cooperar, la manera en que se regulan y se dan principios y procedimientos para hacerlo, y los casos en que eso triunfa o fracasa. Sea como fuera, y para no adormercer más a mis improbables lectores en estas tardes de la canícula de julio, merece la pena pensar en lo que Jo Ito deja dicho y en la forma en que eso modificará (o no) la manera en que creamos, trabajamos, gestionamos, difundimos y compartimos lo que hacemos.


Cradle to cradle como plataforma de innovación

Imaginemos que en lugar de diseñar un producto o un negocio que no tiene en cuenta ninguna variable medioambiental (en la ilusa idea de que los recursos naturales son un bien inagotable e imperecedero, sin valor alguno, por cuanto nos son dados de manera natural), pensamos cómo introducir indicadores, métricas y variables que nos alertan del impacto que nuestra manera de obrar puede ocasionar sobre el entorno y sobre nuestros congéneres. Mejor aún: imaginemos que en lugar de pensar, a posteriori, cuál es el impacto que nuestra actividad genera o puede llegar a generar sobre el medio que nos sustenta y nuestros semejantes, diseñamos nuestros productos y nuestros servicios con la intención no solamente de que no sean dañinos, sino de que sean beneficiosos en términos ecológicos y sociales; no tanto de cómo reciclar las basuras y deshechos que producimos sino de cómo no generarlos, de cómo comportarnos, siguiendo en eso los preceptos de la biomímesis, como otros seres vivos, capaces de convertir sus excrementos en nutrientes, de reintegrar al metabolismo de la vida sus residuos.

Cradle-to-cradle (de la cuna a la cuna) es, por eso, lo contrario de Cradle-to-grave (de la cuna a la tumba): idear, diseñar y producir de manera que los elementos que compongan nuestros productos puedan reintegrarse con plenas garantías a sus metabolismos técnicos naturales, que sus elementos integrantes puedan ser plenamente reutilizados, reaprovechados. Eso supone, obviamente, una concepción radicalmente revolucionara de nuestro sistema de producción tradicional, porque exige anteponer la idea de ecoefectividad, de equilibrio entre la economía, la equidad y la ecología, en el centro mismo del desarrollo de nuestros negocios. De paso, Cradle-to-Cradle es también la negación de la economía del decrecimiento, del management de la culpa (guild management), porque no resulta necesario renuncia al bienestar material y a cierta forma de abundancia siempre que lo que construyamos pueda restituirse a su ciclo de vida propio.

Cradle-to-cradle es, así, una nueva y radical plataforma de innovación para los negocios. Algunos pudieran pensar que como planteamiento téorico, puede tener atractivo, pero que le falta concreción. Otros, sin embargo, saben que empresas como CENTRIA, Method Products, Inc., Alcoa, Inc.,Steelcase Inc., Byrne Electrical Specialists, Inc., The Quantum Group, Inc., Desso B.V., Nestlé Waters North America, Aveda Corporation, Procter & Gamble, United States Postal Service, ACCO Brands Europe, Schwan-STABILO Schwanhäußer GmbH & Co. KG, Basf, Nike, o toda la región autónoma de Limburg, en Holanda (donde el mismo gobierno ha realizado una declaración institucional por la que establece como prioridad estratégica reconceptualizar los procesos de producción y las cadenas de valor de sus industrias de acuerdo con los principios de Cradle-to-Cradle), han comenzado a realizar esfuerzos para repensarse, para reconstruir la economía según unos nuevos principios donde la equivalencia waste = food sea real.

Cradle-to-Cradle, tal como Braungart adujo en el Stanford Institute for the Environment & Stanford Center for Social Innovation, dentro del Business and Sustainability Group, es la palanca principal de la innovación en los negocios, la plataforma sobre la que cabe pensar una vida equilibrada y rica, que incremente la calidad de los productos para los consumidores, que no genere riesgo alguno para nuestra salud y nuestras vidas y que sea económica y ecológicamente beneficiosa.


Globalización, globalismo, gobernanza global

La crisis de identidad de la Unión Europea; sus tendencias centrífugas que delatan una voluntad de nacionalismo indisimulado que aflora en cuanto vienen mal dadas; la tentación de extirpar de entre sus miembros a la que fue cuna de la cultura occidental, Grecia; la evidencia de que los planes de ajuste son de una naturaleza tan severa que, como han aducido varios premios nobeles de economía (Stiglitz y Krugman), retrasarán objetivamente la recuperación de los países que padecen la crisis después de haber privatizado buena parte de su patrimonio público y común; la crisis financiera internacional, de naturaleza sistémica y estructural, no aislada y particular, capaz de arrastrar a las economías nacionales y a gobiernos democráticamente elegidos a una crisis sin parangón; la falta de voluntad por poner coto a los desmanes monetarios de quienes incurrieron en delitos flagrantes; la crisis climática mundial, para la que no existen fronteras nacionales ni muros de contención particulares, originada, inicialmente, por los países industrializados y continuada ahora, a bocajarro, por los países que pretenden emular sus más que dudosos éxitos; las políticas económicas miopes que siguen utilizando las métricas del PIB como un mantra que invoca y propicia el crecimiento cuando sus mimbres están hechos, paradójicamente, de los parches de productos y servicios con lo que pretenden repararse los recursos que se depredan en su fabricación; la inmesa tropa de desarraigados que cruzan fronteras sin que arriesgar sus vidas les importe demasiado, cuando ya las tenían perdidas, y la respuesta altiva y desdeñosa de quienes deberían acogerles y presumir su necesidad y su inocencia….

A todo esto -y sigo en ello a uno de los maestros principales en la materia, Ulrich Beck, Catedrático de la London School of Economics y de la Universidad de Munich-, no cabe llamarle globalización, sino globalismo. La globalización sería la inevitable y enriquecedora convergencia de todas las sociedades y culturas; la segundo sería la reducción de los procesos político y económicos a un modelo financiero uniforme y universal en el cual el protagonismo pasa de los ciudadanos a los inversores, en el que la apertura de fronteras y la desregulación del movimiento de los capitales sirve para un propósito las más de las veces desestabilizador. La globalización solamente se impulsa y se respalda con más globalización, con una verdadera globalización que implique respeto a los derechos humanos fundamentales, entre los que se encuentran, claro está, viabilidad y prosperidad económica, acceso y disfrute a los recursos naturales, educación y servicios sanitarios, cosas que, hoy por hoy, siguen más bien al pairo de un globalismo interesado.

“Lo que impulsa la globalización”, dice Ulrich Beck en Las paradojas de la globalización, “no es la libertad global del capital, sino la falta de libertad global de las víctimas de la  globalización. La resistencia frente a la agenda neoliberal de la globalización impone una agenda cosmopolita de globalización. Todas las crisis, los conflictos, los descalabros de la globalización tienen uno y el mismo efecto: refuerzan la apelación a un régimen cosmopolita, abren (pretendiéndolo o no) el espacio a una ordenación del poder y del derecho”.

Lo que necesitamos, pues, tal como se ocupa de recordarnos el Secretario General de las Naciones Unidas en todos los foros en los que interviene, es una verdadera gobernanza global, una gobernanza global que acabará imponiéndose aunque solamente sea porque la alternativa contraria es la de “un pacto por el suicidio global”. “La agenda de desarrollo sostenible”, dijo Ban Ki-Moon en Davos, “es la agenda de crecimiento para el siglo XXI. Para llegar allí necesitamos su participación y sus inciativas. Necesitamos dar un paso hacia adelante. Liderar mediante la acción. Predicar con el ejemplo”. Nuestro mundo necesita de políticas, líderes y empresarios capaces de comprender que la única vía que queda por seguir -bajo la amenaza de disgregación política, crísis económica global, cataclismo ecológico y persecución humanitaria- es la de un plan de gestión global -tal como adujera en la malograda cumbre de Copenhague Herman Van Rompuy- que constituya el primer paso hacia una forma de cospolitismo renovado fundamento para la verdadera gobernanza global.

 

 


El agua como bien común

El agua es rara y escasa, indispensable, no se puede incrementar su abastecimiento y no tiene sustituto conocido. Con esas características, si nos rigiéramos por los principios economicistas clásicos, nos frotaríamos las manos: el agua tiene un mercado permanente, una demanda que crece exponencialmente, un precio que aumenta de acuerdo con el incremento de su escasez y un consumidor que estaría dispuesto a pagar cualquier precio por obtenerla. Mejor todavía: de acuerdo con Earth Trends, la tendencia empíricamente constatada de aquí al 2025 es la de la desecación progresiva de grandes áreas del litoral, o lo que es lo mismo, la creación de grandes áreas de stress hídrico en las que, para abastecer a una demanda creciente, sea más que probable que alguien quiera obtener un beneficio reprobable.

El gran Riccardo Petrella, autor de ese trabajo de obligada consulta que es El Manifiesto del agua, ya adviritió hace algunos años que “las guerras por el oro azul ya había comenzado”, algo que viene corroborado de manera alarmante y fehaciente por Harald Walzer en ese libro que cualquiera interesado en el devenir del planeta debería consultar: Guerras climáticas. Por qué materemos y nos matarán en el siglo XXI: “El agua y los alimentos básicos serán más preciados que el petróleo: la desertización y la erosión de los suelos, la desaparición o la escasez de ciertas materias primas fundamentales para la supervivencia de poblaciones enteras, junto con la contaminación y el agotamiento del agua estarán en el origen de las próximas (y despiadadas) guerras”. Basta echar un vistazo a la lista de los conflicos vivos cuyo origen es la apropiación del agua para comprender la trascendencia del asunto.

Guerras del agua

A penas parece necesario defender que el agua es un bien común, público y universal, al que todos deberían tener acceso por igual. Susan George, en el Transnational Institute, dentro del estudio The politics of achieving the right to water, asegura: “el único medio de evitarlo es gestionar el agua como un bien público universal y promover el control democrático del suministro, tratamiento y distribución”. No otra cosa es lo que se pidió y corroboró en el UN World Water Day 2011 celebrado en Capetown bajo el lema “Reclaiming public water for our cities“. Tal como defendió en ese foro la profesora Mildred E. Warner, de la Universidad de Cornell, “los defensores de la privatización afirman que ésta ahorra costes debido a las presiones competitivas a los que se enfrentan los proveedores privados para ser más eficientes, pero nuestro exhaustivo análisis científico no halló ninguna prueba empírica que sustentara el supuesto del ahorro de costes”.

Ban Ki Moon_agua

Ban Ki-Moon nos lo recordó en el último encuentro de Davos, en la sección dedicada al agua del World Economic Forum: “nuestra sociedad globla encarará pronto la necesidad de repensar la manera en que vemos el agua y la lo que representa para nosotros como seres humanos. Esta reflexión tendrá profundas implicaciones filosóficas, religiosas, políticas, económicas y estructurales. No existen alternativas tecnológicas o substitutos del agua; tenemos que gestionar mejor, simplemente, el recurso. Ningún gobierno, negocio u ONG podrá resolver el problema del agua por sí mismo. Ninguna institución es propietaria del problema del agua así que no puede esperarse de ninguna institución que tome las riendas para resolverlo. Las instituciones globales no están actualmente configuradas para proporcionar las plataformas multidisciplinares en las que todos los agentes deberían discutir, arrojar luz y resolver colectivamente el problema del agua antes de que se convierta en una crisis global. ¿Qué podemos hacer?”.

Parte de la respuesta la proporciona la propia organización de las Naciones Unidas: iniciativas incluidas dentro del Pacto Mundial: “ The CEO Water Mandate recognizes that the business sector, through the production of goods and services, impacts water resources – both directly and through supply chains. Endorsing CEOs acknowledge that in order to operate in a more sustainable manner, and contribute to the vision of the UN Global Compact and the realization of the Millennium Development Goals, they have a responsibility to make water-resources management a priority, and to work with governments, UN agencies, non-governmental organizations, and other stakeholders to address this global water challenge. The CEO Water Mandate covers six elements: Direct Operations; Supply Chain and Watershed Management; Collective Action; Public Policy; Community Engagement; and Transparency”.

La gestión consciente y responsable de la cadena de valor del agua, inevitablemente participada por administraciones públicas, empresas privadas y organizaciones no gubernamentales, debe afrontar el reto esencial de anteponer el bien común y solidario al mero usufructo de un bien escaso. Ejemplos como el de Veolia trabajando codo a codo con Grameen, procurando agua libre de arsénico a precios asumibles, pueden ser parte del camino a seguir. O el caso, igualmente destacado, de Coca Cola en India, ocupada en procurar una gestión colectiva razonable y de mutuo provecho -después de una campaña en la que se denunciaron prácticas abusivas en el uso de los acuíferos-.

La reponsabilidad última, claro, no acaba en los gobiernos ni en las multinacionales, sino en nosotros mismos como usuarios y consumidores conscientes de la valía de ese recurso fundamental: Water Sense es una iniciativa del gobierno norteamericano para ayudar y capacitar a los ciudadanos a gestionar y consumir conscientemente el agua, y Water Sense, también, es una aplicación desarrollada por la Universidad de Castilla La Mancha para concurrir al Imagine Cup 2011, una pieza de software que prentende empoderar a comunidades en vías de desarrollo en todo el mundo para  medir la potabilidad dela gua, detectar las necesidades más urgentes a la hora de construir nuevos pozos o puntos de agua de mayor escasez y globalizar la urgencia de actuación animando a las personas a realizar donaciones para tareas concretas.

El agua es, sin duda alguna, el bien común fundamental.


Cuestionario de finanzas para no financieros

No tengo experiencia financiera. Soy, por tanto, un no financiero, lo que no quiere decir, claro, que no me importe el papel que el dinero y las finanzas jueguen en la procuración del bienestar o el malestar sociales. De ahí que plantee este minicursillo de finanzas para no financieros -tanto más pertinente hoy, cuando Portugal ha sido el tercer país democrático de la Unión Europea que ha solicitado el rescate, calculado en unos 90.000 millones de €- en forma de preguntas y conjeturas con el ánimo de que alguien con más conocimiento y experiencia pueda responderme.

En los últimos meses -como si la crisis financieria desatada por las hipotecas basura norteamericanas y el monstruoso nivel de apalancamiento de sus bancos y de las entidades internacionales que adquirireron esos productos graciosamiente calificados como completamente solventes (AAA) por las agencias calificadoras no tuvieran nada que ver con lo que ha pasado-, solamente oímos hablar de inestabilidad de la deuda soberana y de recrudecimiento de la fiscalidad. En los últimos meses -como si los bonos exorbitados de los ejecutivos de las corporaciones financieras no tuvieran relación alguna con la crisis sistémica internacional- solamente oímos ya hablar de control y rebaja de los salarios y de estricta convergencia fiscal bajo pena de exclusión. Desde que se celebró la última cumbre de Jefes de Estado para dictaminar el paquete de medidas dedicadas al saneamiento de la economía internacional, oímos hablar, sobre todo, de cuatro cosas:

  1. De restricciones fiscales y severos límites al endeudamiento de las economías nacionales bajo amenaza de severas sanciones o, simplemente, expulsión.
  2. Del pacto de competitividad, que consiste, fundamentalmente, en el control y rebaja de los salarios de funcionarios y trabajadores con nómina corriente;
  3. De pruebas de strees a las entidades financieras de acuerdo con los parámetros anteriores a la crisis;
  4. De la naturaleza y cantidad del Fondo de estabilidad financiera que la UE pondría a disposición de los países que lo necesitaran.

Pero, como no financiero, me pregunto, en relación con los cuatro puntos anteriores:

  1. ¿Alguien ha puesto coto a los abrumadores niveles de apalancamiento de los bancos, valorados en trillones de dólares, principal causa de la debacle sistémica? ¿Alguien ha leído a Keynes y/o a Stiglitz y/o a Krugman, y ha pensado si esas restricciones sitemáticas sobre los niveles de endeudamiento, justo ahora, no generarán una anemia creciente del sistema económico, un declive en la la productividad, una espiral negativa de inestabilidad?
  2. ¿Alguien ha levantado la mano para proponer, por ejemplo, que se liguen los salarios y bonos de los ejecutivos a la productividad, la economía real y el beneficio social? ¿Alguien se ha sonrojado cuando los jefes de Moodys ganan, de nuevo, salarios record?
  3. ¿Alguien se ha preguntado por qué Grecia cayó cuando la mitad de la deuda soberana estaba depositada en bancos franceses y alemanes, que no se avinieron a compartir las cargas que se avecinaban, salvados por sus propios gobiernos? ¿No convendría, quizás, rediseñar los test de stress para que no fueran meros ejercicios gimnásticos e incorporaran criterios claros y transparentes sobre cantidad y calidad de los capitales y valores que los bancos poseen? ¿Alguien, a todo esto, ha advertido a las grandes entidades financieras, a las Too-big-to-fail, a las corporaciones que habían adquirido un tamaño tan desmesurado que dejarlas caer hubiera agravado aún más el colapso, que no se les permitirá comportarse como lo han hecho hasta ahora?
  4. ¿Alguien ha pensado si un Fondo de estabilidad financiera en la UE, tal como el que se ha diseñado, con las condiciones impuestas por Alemania, los instrumentos de apoyo financiero tan endebles y las tasas de penalización previstas, servirá para algo? ¿Quizás para agravar aún más la situación en la que se encuentran los tres países que han caído hasta ahora? ¿Es solidario con el espíritu de la Unión Europea el comportamiento de países con Alemania, con el espíritu reunificatorio de Helmut Kohl?

Y termino este cuestionario de finanzas para no financieros con tres dudas adicionales:

  1. ¿No cabría plantear una moratoria global sobre los dividendos y bonos de los ejecutivos?
  2. ¿No sería razonable usar el Fondo de estabilidad para eso mismo, para recapitalizar a los bancos? ¿Y generar una deuda común europea, no aminoraría los ataques especulativos?
  3. ¿No deberíamos redefinir un contrato social de la banca, en fin, para establecer cuáles deban ser sus objetivos y sus cometidos en la sociedad del siglo XXI?


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