La necesaria e inaplazable paridad

Dos tercios del trabajo del mundo lo desarrollan, desempeñan y ejecutan las mujeres. La fullería es que las contabilidades no suelen computarlo como tal ni concederle, por tanto, el valor cuantitativo y cualitativo que tiene.  Las mujeres reciben a cambio un décimo del salario y poseen, tan sólo, el 1% de la propiedad. La discriminación obra con saña y alevosía. Para colmo, siendo las que sostienen la economía, son las más pobres: el 70% de los menesterosos del mundo son mujeres y niñás. El informe mundial de la población 2009 no deja lugar a dudas sobre la contundencia de estas cifras.

La visión androcéntrica de la división sexual del trabajo y de la división del trabajo sexual es la que domina el mundo desde que tenemos memoria histórica, naturalizando diferencias que no tienen nada de natural y todo de segregación social, de postergación de género, de apartamiento que acaba viviéndose o somatizándose como una relación de dominación natural. Cuántas veces las mujeres, sobre todo las más desfavorecidas, viven esta exclusión como un designio inapelable, como una voluntad inexcrutable. Pierre Bourdieu, en ese libro imprescindible que es La dominación masculina y que hoy, Día internacional de la mujer, adquiere su más pleno sentido, lo dijo de manera irrefutable hace tiempo: la sociodicea masculina está basada sobre dos fundamentos que se refuerzan mutuamente: legitima una relación de dominación inscribiéndola en la naturaleza biológica que es, a su vez, una construcción social naturalizada.

Si eso es así, si las diferencias provienen de una forma de exclusión intolerable, que repercute sobre las posibilidades de formación y de progresión educativa y social, el fomento de la igualdad de oportunidades desde el inicio y de la paridad obligatoria en la ocupación de puestos sociales claves en la sociedad (como hace, por ejemplo, el parlamento sudafricano , donde el 43% de sus componentes son mujeres), es una medida no sólo comprensible, sino estrictamente necesaria, de justicia.

Es necesario regresar sobre lo que puede parecernos incluso evidente porque no todo el terreno está ganado: los propios Millenium Development Goals (MDGs) discutidos en el año 200 por 189 naciones, no son ninguna garantía de que esa convergencia vaya a producirse, incluso resultan más conservadores y cautelosos que los aprobados en el año 1995 en Peking en la cumbre mundial de mujeres. Esto resulta incomprensible aunque lo tratáramos desde un punto de vista estrictamente cuantitativo, porque según los cálculos realizados por la Confederación para la Igualdad de UGT, si la mujer se integrara plenamente en el mercado de trabajo, el PIB nacional podría crecer hasta en un 19%.

Para que pueda operarse una modificación duradera de la relación inestable de fuerzas (y para evitar tener que poner en funcionamiento mecanismos adicionales y enojosos de fomento de la paridad), es necesario operar e imponer una transformación de las categorías impuestas y heredadas de percepción (de los esquemas de pensamiento) a través de la educación, y en eso tenemos todos todavía mucho que hacer. “El futuro del mundo”, dijo Kofi Annan, “depende de las mujeres”.

Buzz y el tribunal constitucional alemán

Francis Pisani contaba ayer en “La precipitación de Google Buzz” cómo la cuestión de fondo en el lanzamiento malogrado de la nueva herramienta de Google (que pone al descubierto, sin tapujos ni recortes, a todos nuestros contactos y a todos los mensajes que intercambiemos) es la privacidad o, más bien, la falta de privacidad, la exposición pública y sin cortapisas de nuestra intimidad. En el debate consiguiente el Consejero Delegado de la firma norteamericana, Eric Schmidt, parecía tenerlo claro:  “si hay algo que no desee que alguien conozca, para empezar, no debería hacerlo”.

No parece que la comprensión norteamericana del derecho inviolable a la intimidad sea compartida por la Unión Europea o, al menos, por uno de sus países principales: el Tribunal Constitucional Alemán viene de condenar el almacenamiento indiscriminado de datos personales de los usuarios de internet sin motivo justificado, ni siquiera los seis meses que antes se consideraban preceptivos, lo que ha dado la razón al Partido Pirata alemán, que venía reclamando hace tiempo lo que los circunspectos jueces del constitucional han reconocido: que el acopio indiferenciado de datos privados (no de las IPs, que son dinámicas, y que sí pueden recogerse porque no delatan tendencias ni propensiones) puede socavar gravemente la confianza de los ciudadanos en los medios de información digital al sentir un difuso sentimiento de amenaza o vigilancia permanente.

La reponsabilidad de que estas medidas se cumplan, según el Constitucional, recaen en las operadoras telefónicas -inspeccionadas por las autoridades públicas-, que si bien deben correr con los costes que de eso se deriven también se benefician con creces del tráfico digital. Al mismo tiempo, el Parlamento alemán publica una encuesta entre los miembros de sus diferentes partidos como fundamento común de una política consensuada sobre el papel del Estado en la sociedad digital: su función, se dice en el documento, debe ser la de “garantizar el funcionamiento y la integridad (de Internet) como bien común”, ni más ni menos. Cada partido insiste en un aspecto concreto de esa comunalidad (la CDU gobernante en que Internet es un espacio sujeto a derecho; la FDP en garantizar la privacidad; los Verdes en el uso de estándares abiertos y software libre), pero todos comprenden que Internet es el procomún moderno por antonomasia.

La computación en nube, herramientas como Buzz y otras muchas, se sitúan en un limbo legal que atenta contra garantías fundamentales del Estado de derecho. ¿Cuál es nuestra política en este sentido?

Contabilidades fantasmas y biodiversidad

Imaginemos que un grupo de jóvenes emprendedores desean montar una editorial, un pequeño negocio independiente que satisfaga, a partes iguales, sus expectativas intelectuales, sus convicciones estéticas y políticas y, cómo no, sus legítimas aspiraciones económicas, por muy parcas y medidas que sean. A la hora de contabilizar los gastos fijos en los que la pequeña editorial incurrirá para sacar adelante su modesto catálogo, aparecerán, cómo no, los gastos asociados al papel y a la producción industrial de sus libros. En general, lo que tenderá a suceder es que negocien con un impresor que tendrá unas cuantas resmas de papel almacenado que intentará colocar al mejor precio. Llegarán final e inevitablemente a un acuerdo, buscando una solución lo más airosa posible dentro de los estrechos márgenes que la economía independiente permita.

Ese papel, en más del 90% de los casos, será barato a costa de no tener certificación de origen ni tipo alguno de trazabilidad. La contabilidad, en cualquier caso, como a todos nos han enseñado, solamente multiplicará el coste unitario de producción por el número de ejemplares que componen la tirada. ¿Qué sucedería si, en lugar de esa práctica contable parcial y artera se incluyera el coste real de los árboles talados, de las pastas de bósques primarios que se siguen importando y utilizando sin control alguno? Es decir, ¿qué ocurriría si en la contabilidad editorial -en cualqueir contabilidad de cualquier negocio que utilizara maderas y pastas, en realidad- debiéramos sumar el coste real de un árbol, el hecho de que sea un ser vivo que transforma el CO2 en oxígeno, que es morada y refugio para muchos seres vivos, que evita la descomposición del suelo fijándolo, que contribuye a que el metabolismo biológico de toda la cadena trófica siga funcionando al asimilar minerales y nutrientes diversos? Pues que cada libro saldría por una pasta, sería, simplemente impagable.

De hecho, en estas circunstancias, sería mucho más económico y sensato adquirir directamente papeles certificados, pastas FSC que cumplen con todos los criterios de sostenibilidad, ecoeficiencia y acreditación que la Unión Europea establece.

Es de hecho la Unión Europea la que quiere acabar con las contabilidades fantasmas incluyendo en todos los balances los costes asociados a la pérdida de la biodiversidad: el comisario de la Agencia Europea del Medioambiente, Karl Falkenberg, ha dicho: “el valor de los ecosistemas debe incluirse en todas las agendas financieras. El progreso”, afirma sin dobleces, “no sólo debe medirse económicamente, sino también a nivel de biodiversidad”, explicó. “La economía de cada país”, concluye taxativamente, “debe incluir en su PIB el valor de sus ecosistemas. Queremos que en 2012 haya indicadores económicos que reflejen este valor”.

Esa sería una contabilidad abierta y sin sombras, alejada de las lobregueces y negruras tradicionales.

¿Qué son las obras intelectuales libres?

Hoy hemos sabido por la prensa que quizás Rowling hubiera tomado alguna de las ideas que inspiraron a su mago adolescente de una obra preliminar. En principio, nada punible si no fuera porque ella se empeñó en perseguir judicialmente a todos los adolescentes que pretendieron generar obras derivadas a partir de una idea que ella misma tomó prestada. En realidad, ni la una ni los otros cometieron acto ilegal alguno, porque no cabe proteger las ideas, tan sólo su expresión formal particular. La fan fiction es una de los fenómenos más conocidos de la web: a partir de una obra cualquiera que haya aglutinado suficientes admiradores, se generan obras derivadas que toman como excusa un personaje, una situación, cualquiera de los elementos que la compongan, para desarrollar un argumento original de expresión personal. En sitios como The Leakey Cauldron, Fiction Alley o Virtual Hogwarts, pueden encontrarse multitud de ejemplos que representan lo que Henry Jenkins llamó la cultura convergente.

En realidad, internet es una plataforma que invita a la colaboración y a la creación cooperativa, poniendo de manifiesto una de las propiedades fundamentales de cualqueir obra, sea esta literaria, científica o profesional: que la invención pura no existe sino que procede, siempre, de uno o varios precedentes relevantes. Así, una obra literaria, como decía Borges, no es más que un cruce de caminos y su sentido último no es de quien se reclama autor, sino de quien la necesite y la utilice. Y otro tanto cabría decir del resto de las creaciones, sean estas de la naturaleza que sean. Esta posibilidad de desarrollar obras participativas, que siempre existió, se ve ahora aumentada y multiplicada por la naturaleza colaborativa de la red, y se ve respaldada por el uso cabal de la ley de propiedad intelectual, que siempre ofertó, por otra parte, la posibilidad de aventar el resultado de los trabajos de cualquier autor si así lo deseaba.

La web desarrolla como lenguaje propio el de la remezcla, el del uso de materiales predentes de manera abierta y franca, como fundamento sobre el que construir nuevas narraciones, nuevos objetos, nuevos productos. Como muchas veces ha contado Lawrence Lessig, Walt Disney no sería el mismo si no hubiera construído sus primeras obras sobre las cenizas de los hermanos Grimm. Y esta posibilidad no se ciñe a la de la creación artística, sino que puede abarcar cualquier otra dimensión que implique intercambio de ideas, de propósitos y de proyectos: de hecho, algunos de los más innovadores e interesantes proyectos que discurren por la web son los que se dedican al intercambio de capital intelectual, los que permutan ideas aplazando su recompensa económica hasta que ese beneficio llegue: Ideas4all o Worthidea, son algunos de los casos más relevantes.

Eso no quiere decir o no implica, obligatoriamente, como adujera Jason Epstein en la conferencia de clausura del (por ahora) último TOC New York, que el creador solitario y la obra individual desaparezcan. Yo tampoco lo creo, ni lo deseo. Son dos formas distintas y complementarias de alcanzar objetivos similares.

De estas y otras muchas cosas similares se hablará en el TOLr3: taller sobre obras libres r3, el próximo martes 23 de febrero, en la EOI de Madrid, a partir de las 15.30 de la tarde, bajo la batuta de Jesús M. González Barahona y otros destacados representantes de la cultura libre.

Etica, economía y política

Hace más de un siglo Max Weber dejó establecido de una vez para siempre que el fundamento de una determinada práctica ecónomica históricamente fechada, el incipiente capitalismo alemán, se construía sobre un cimiento ético, el protestantismo, y sobre una visión política del mundo determinada que consistía en creer en la perfección del obrar individual como soporte del bienestar social. El libro se titulaba La ética protestante y  el espíritu del capitalismo y entre tanto parece que a todos se nos ha olvidado que existe un vínculo irrompible entre tres dimensiones inseparables de un mismo fenómeno: la ética, la economía y la política.

Los alemanes creían -y siguen creyéndolo, en gran medida- que el obrar ascético y el esfuerzo individual, además de ganarles una parcela en el edén, podía procurar una forma de convivencia saludable, de manera que sus prácticas económicas eran indisocialbles de las fórmulas de coexistencia política y de sus convicciones éticas. No es que eso haya cambiado o que los ingredientes sean ahora separables: lo que ha venido ocurriendo en el transcurso del siglo pasado es que se ha pretendido que cabe concebir las prácticas económicas como si no tuvieran repercusiones éticas ni políticas, como si atropellar derechos humanos fundamentales en países en desarrollo, violentar el medioambiente hasta extenuarlo o convertir el afán de lucro desmedido en único baremo mensurable, fueran prácticas y acciones neutrales.

Esa pequeña o gran aberración ha dirigido los derroteros de muchas empresas en la última mitad del siglo XX pero puede que en los albores del XXI las cosas estén cambiando: Borja Vilaseca, en un artículo reciente titulado “¿Es rentable ser ético?“, afirma: “En definitiva, la gran mayoría de empresas todavía no han encontrado su razón de ser. Y eso siempre genera un gran vacío. Por eso son tan pobres y están tan enfermas. Al no tener ningún sentido lo que hacen, son víctimas de un virus letal: la epidemia de insatisfacción y malestar entre los profesionales que las componen, que merma año tras año su creatividad, su innovación y su capacidad de aportar valor añadido. De ahí su incompetencia a la hora de crear riqueza real para la sociedad. Y éste sí es un lujo que no van a poder permitirse por mucho tiempo”. Y así es, efectivamente: disociar la economía de su fundamentación ética y de su proyección sociopolítica solamente puede conducir a una forma de patología grave que resulta en la degradación del entorno que nos soporta, en la indignidad de las relaciones humanas y en la insatisfacción personal.

Darse unos objetivos claros es, por eso, esencial: hablar de economía abierta, verde, participativa, social y digital no es, solamente, una divisa al servicio del márketing y la comunicación sino, sobre todo, un programa de convivencia y una tarea civilizatoria. Ética, economía y política son una y la misma cosa, y gran parte del esfuerzo que queda por realizar es recordar, tal como Max Weber hizo en su momento, que su futuro, que nuestro futuro, es inseparable.

La importancia de compartir

Pudiera parecer que el título de esta entrada aludiera a esa forma de buenismo lánguido que nos transmitieron a alguno de nosotros en la escuela, sobre todo en algunas clases de escuelas de las que prefiero no acordarme. Sin embargo, la actualidad y pujanza de las redes sociales desmiente ese sesgo y expande su significado más allá de cualquier apropiación ideológica o religiosa.

Cuatro ejemplos bastarán para comprender la mención inicial:

1) los espías son gente poco dada a compartir información porque viven o han vivido, precisamente, de gestionar su carestía y usufructo. Cuanto menos se supiera de sus actuaciones, de sus intenciones y de sus fuentes de información, mejor. Las cosas, sin embargo, están cambiando: ante la amenaza del terrorismo internacional, la seguridad norteamericana ha puesto en pie el sistema A-Space, que no es otra cosa que una red social de espías que comparten sus  perfiles, sus ámbitos de interés y especialización y sus fuentes de averigüación. Si el bastión de los secretos y la incomunicación ha caído en la cuenta que compartir información es esencial para su negocio, ¿qué otra cosa podríamos hacer los demás?;

2) En el Foro económico mundial de Davos se dan cita las más altas autoridades de la política, los negocios y la inteligencia del mundo académico. Coordinar sus agendas debe de ser una tarea casi impracticable pero la cosa será todavía más improbable una vez que abandonan Davos. ¿Cómo continuar con el intercambio de opiniones, con las discusiones en torno a los temas abiertos y puestos encima de la mesa en el ídilico pueblo suizo? Welcom es la red social que utilizan los 5000 selectos miembros de esa comunidad para permanecer en contacto y para generar conocimiento en torno a los enormes retos y problemas que deben abordar. ¿Si las autoridades del mundo utilizan redes sociales para compartir sus inquietudes y sus quitas, qué otra cosa podríamos hacer los demás?

3) Hablando de Davos, pero esta vez centrándonos en el trabajo de las grandes empresas multinacionales: la Global Redesign Initiative es una de las más esperanzadoras actividades que se llevó a cabo en Davos, un proyecto que auna economía abierta, verde y digital: en el año 2009, en la convocatoria anterior, se puso en marcha el proyecto GreenXChange, animado por el CEO de Nike, Mark Parker. Sintéticamente, la operación consiste en dotarse de una plataforma digital común y compartida, abierta a todos los miembros que quieran colaborar, para poner a la disposición de la comunidad información concerniente a las buenas prácticas en materia de sostenibilidad, eficiencia energética y nuevos materiales.

Los beneficios económicos directamente derivados de compartir la información y el conocimiento son obvios hasta para el más encarnizado competidor chapado a la antigua usanza capitalista: en lugar de invertir individualmente cantidades ingentes y prohibitivas en investigación, organización y comunicación, ¿por qué no construir una base compartida común, abierta, en la que las empresas, con productos patentados o no, intercambien información honestamente sobre sus experiencias diversas para construir una industria mejor gobernada y más efectiva? ¿qué obstáculo encontraríamos para que cada empresa, tras ese intercambio, siguiera innovando y en algunos casos patentando, siempre y cuando se estableciera claramente por escrito la obligación de compartir conocimiento en las mismas condiciones en que lo recibieron? ¿Qué nos impediría hacer eso excepto las viejas rémoras vinculadas a un sistema moribundo? ¿Cómo es que en un país como el nuestro, cuyo tejido empresarial está mayoritariamente compuesto de pequeñas y medianas empresas, que cuentan con escasos recursos propios para innovar, la cooperación basada en la tecnología no se ha impuesto ya como un principio indiscutible?

4) Los científicos siempre han sido tipos celosos de la información que transmitían a los demás porque, tradicionalmente, su prosperidad se basaba en el secretismo y en la circulación restringida de sus hallazgos. ResearchGATE es hoy una de las comunidades virtuales más florecientes de la web porque los científicos han cobrado plena conciencia de que la esencia de su trabajo se basa en la construcción de una verdadera red de conocimientos mutuamente vinculados, tanto más relevante y más visible cuanto más expuesto a los comentarios y críticas de sus pares. Si la colectividad que usufructa el conocimiento por antonomasia ha decidido abrirse a las redes sociales, ¿qué podremos hacer los demás sino abrir de par en par los nuestros?

En el penúltimo número de The Economist podemos encontrar un dossier íntegramente dedicado a “un mundo de conexiones”, a la discusión sobre el papel cada vez más creciente y relevante de la importancia de compartir en nuestras vidas cotidianas, en nuestras economías de pequeña y mediana escala, en la gestión del conocimiento que tenemos sobre el mundo y sobre los demás.

E-socracia

Los griegos acuñaron el término de isocracia paa designar el gobierno de los iguales, una forma de gobierno en la que todos los ciudadanos poseerían poderes políticos equivalentes. El término se deriva del griego “ισος” que significa “igual” y “kράτος”, “poder”, o “gobierno”. Ese sueño de una política entre iguales se desvanece en las democracias participativas hacia una forma de representación y participación diferida e inconstante. Los ciudadanos votamos, elegimos representantes que legislan y ejecutan en nuestro nombre, que nos ofrecen servicios, asistencia y prestaciones de diversa índole, al menos en los Estados occidentales más desarrollados. La visión de una forma de gobierno promovida y gestionada por iguales ha recorrido la historia y ha sido fruto de investigación y de estudio durante décadas, pero su consecusión siempre ha sido elusiva.




The Semantic Web and Networked Governance: Promise and Challenges


Jane Fountain

La profesora Jane Fountain, directora del National Center for Digital Government y autora de una de las obras de referencia fundamentales a este respecto, Building the Virtual State: Information Technology and Institutional Change, aboga por el renacimiento de esta posibilidad mediante el uso ciudadano de las herramientas digitales, es decir, mediante la constitución de un ágora virtual dentro de la que los ciudadanos pudieran expresar su opinión sin intermediaciones, en contacto directo con sus representantes o con otras comunidades de ciudadanos que encabeceran una iniciativa cívica de cualquier naturaleza. Las plataformas virtuales tienen la potencialidad, además, de congregar el haz de iniciativas ciudadanas dispersas congregándolas en un sólo punto, reforzando su presencia y su pujanza.

La dimensión e-socrática de las tecnologías digitales es una de las más llamativas y prometedoras, pero no es la única. Existen, el menos, dos dimensiones adicionales que la profesora Jane Fountain ha destacado: si la primera de ellas podría ser sintetizada en el acrónimo de G2C (Government to Citizenship), los otros dos podrían acuñarse como G2B y G2G. Government to Businees trataría del uso de las tecnologías para la generación de servicios a la ciudadanía y a las empresas; Government to Government trataría de una dimensión esencial escasamente contemplada: el achatamientro burocrático del aparato del Estado mediante la mejora de la coordinación entre instituciones públicas.

Son tantas las esperanzas como los desafíos, porque equlibrar la participación ciudadana, el principio innegociable de la privacidad o la governanza global de la propia red como el espacio de libertad en el que deben encarnarse estas expectativas, no es nada sencillo. El próximo viernes 12 de enero, a las 19.00, en la EOI, tendremos la oportunidad de escuchar a Jane Fountain y beber de las fuentes de la e-socracia.

El final de Davos y la asignatura pendiente de la governanza global

Hoy termina Davos y  los augurios no parecen halagüeños. La cumbre debería haber servido para discutir, sobre todos, los principios de una nueva gobernanza global, más transparente y efectiva. El fracaso mayúsculo de la cumbre del clima en Copehhagen y de un descenso programado de las emisiones de carbono; la crisis financiera internacional promovida por la falta de control sobre los flujos financieros y sobre la especulación desbocada; el terrorismo internacional que afecta por igual a casi todos  los Estados, serían causa suficiente para pensar que nuestra convivencia necesita de unas bases más sólidas, transparentes y consensuadas, pero nada de eso parece haber pasado.

Cuanto más sistemático es el fracaso de los gobiernos, más prósperas parecen las iniciativas particulares, las que provienen de la sociedad civil y de algunos agentes que las promueven: Generation Investment Management, un proyecto alentado por Al Gore, está dedicado a la inversión a largo plazo en sostenibilidad basada en la investigación rigurosa y aplicada sobre el cambio climático; Project Catalyst, también, acometido por la European Climate Foundation, pretende promover políticas energéticas que reduzcan las emisiones de carbono en Europa, convirtiendo al continente en el abanderado del cambio de modelo económico; Ceres, por último, pretende unir a inversores responsables y medioambientalistsas comprometidos, dos términos que parecen ser todavía antagónicos en demasiadas ocasiones.

Tal como pone de manifiesto, sobre todo, el video de Oxfam América, el reparto de las cosas siguen siendo tan inmoderadamente desigual, que la gobernanza global es cada vez más un imperativo insoslayable: según los datos que ofrece más del 60% de las personas más pobres del mundo viven en países ricos en recursos naturales, pero raramente participan en el reparto de las riquezas que se generan con ese patrimonio; 12 de los 25 países más ricos en minería y seis de los países más ricos en recursos petrolíferos, están clasificados por el Banco Mundial entre los países más altamente endeudados; más de 3/4 del comercio africano está relacionado con recursos naturales. En el año 2003, las inversiones norteamericanas en el petroleo africano alcanzaron los 10000 millones de dólares, entre dos tercios y tres cuartos del total de las inversiones en el continente; los exportadores del petróleo africano recibirán aproximadamente 400oo millones de dólares en pagos gubernamentales, lo que hará decrecer la ayuda al desarrollo a los países exportadores.

En estas circunstancias, resulta apremiante reclamar una nueva dimensión ética de la economía (vale la pena echar un ojo a The Skeptical Economist: Revealing the Ethics Inside Economics) sobre la que se cimienten nuevos principios de governanza global, algo que en Davos, una vez más, no ha sucedido.

Economía abierta, verde y digital: Davos y la esperanza de una economía colaborativa

Hoy comienza en Davos la cumbre económica anual que pasa por ser la mayor concentración de inteligencia colectiva que pueda organizarse. Davos comienza este año bajo los designios del agotamiento de un modelo económico basado en la depredación de los recursos naturales, la competencia aniquiladora, la descoordinación y el desgobierno, la más ávida de las especulaciones y la imperiosa y equivalente necesidad de transformar el sistema, de dotarnos de un modelo no solamente sostenible, sino ecológicamente eficiente, de darnos nuevas fórmulas de gobierno coordinadas y participativas que se fundamenten sobre recursos y conocimientos comunes y abiertos a todos, que repudie a los especuladores y que instale en la conciencia de los emprendedores y los agentes sociales unos principios éticos innegociables.

Edgar Morin, uno de los grandes sociólogos franceses de finales del siglo XX y de la primera década del que llevamos vivido, dice en “Elogio de la metamorfosis“, un artículo publicado hace pocos días en la prensa nacional: “la orientación crecimiento-decrecimiento significa que hay que potenciar los servicios, las energías verdes, los transportes públicos, la economía plural -y por tanto la economía social y solidaria-, las disposiciones para la humanización de las megalópolis, las agriculturas y ganaderías biológicas, y reducir los excesos consumistas, la comida industrializada, la producción de objetos desechables y no reparables, el tráfico de automóviles y de camiones en beneficio del ferrocarril”. La política es el instrumento que los seres humanos nos damos para organizar nuestra convivencia siguiendo reglas y principios consensuados, y a eso no puede escapar ningún ámbito de lo humano, menos aún la economía. Por eso los conceptos de economía abierta, verde y digital tienen una clara carga política, como no podría ser de otra manera, porque tienen que ver con la manera en que queramos organizarnos, gobernarnos, convivir y comunicarnos.

La Global Redesign Initiative es una de las más esperanzadoras actividades que se llevará a cabo en Davos estos días, un proyecto que auna economía abierta, verde y digital: en el año 2009, en la convocatoria anterior, se puso en marcha el proyecto GreenXChange, animado por el CEO de Nike, Mark Parker. Sintéticamente, la operación consiste en dotarse de una plataforma digital común y compartida, abierta a todos los miembros que quieran colaborar, para poner a la disposición de la comunidad información concerniente a las buenas prácticas en materia de sostenibilidad, eficiencia energética y nuevos materiales.

Los beneficios económicos directamente derivados de compartir la información y el conocimiento son obvios hasta para el más encarnizado competidor chapado a la antigua usanza capitalista: en lugar de invertir individualmente cantidades ingentes y prohibitivas en investigación, organización y comunicación, ¿por qué no construir una base compartida común, abierta, en la que las empresas, con productos patentados o no, intercambien información honestamente sobre sus experiencias diversas para construir una industria mejor gobernada y más efectiva? ¿qué obstáculo encontraríamos para que cada empresa, tras ese intercambio, siguiera innovando y en algunos casos patentando, siempre y cuando se estableciera claramente por escrito la obligación de compartir conocimiento en las mismas condiciones en que lo recibieron? ¿Qué nos impediría hacer eso excepto las viejas rémoras vinculadas a un sistema moribundo? ¿Cómo es que en un país como el nuestro, cuyo tejido empresarial está mayoritariamente compuesto de pequeñas y medianas empresas, que cuentan con escasos recursos propios para innovar, la cooperación basada en la tecnología no se ha impuesto ya como un principio indiscutible?

Existen otros muchos ejemplos de iniciativas de agregación de conocimiento en red en torno a la acuciante necesidad de desarrollar economías verdes: la pionera Cradle to Cradle puso en marcha la creación de una plataforma compartida de información en torno a nuevos materiales, a materiales concretamente que deben cumplir la condición de ser enteramente reciclables, capaces de reintegrarse sin generar basuras al ciclo metabólico tecnológico o biológico; el extraordinario Designers Accord, que fue destacado en el año 2009 por la revista Time como una de las iniciativas merecedoras del calificativo de “Héroes del medioambiente”, pretende, básicamente, crear una extensa comunidad internacional consciente de la necesidad de compartir abiertamente normas y procedimientos, para hacer de nuestro mundo un lugar algo mejor.

Eso es economía abierta, verde y digital, y en Davos se discutirá sobre estos asuntos. Las escuelas de negocio somos responsables de hacernos eco de ello, porque la economía no es otra cosa que una de las dimensiones de nuestra convivencia. Debemos rediseñar globalmente nuestro futuro y además, por eso, trasladar esta ineludible necesidad a nuestros profesores, nuestros programas y nuestros alumnos con la esperanza de que seamos capaces de concebir un mundo mejor.


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Impropiedad intelectual

Ayer se hizo público el informe que la Comisión Nacional de la Compotencia elevará, con carácter no vinculante, al Ministerio de Cultura para que enmiende algunas de las impropiedades e irregularidades largamente denunciadas en el funcionamiento de las Sociedades de Gestión Colectiva de Derechos, sociedades que se engloban habitualmente en una sola bolsa pero que podrían y deberían distinguirse en el rigor de su funcionamiento. Sea como fuere, la nota de prensa emitida por la propia Comisión no deja lugar a dudas e introduce un elemento más en una discusión ya de por si caldeada y poco ecuánime: “La posición monopolística de las entidades de gestión reduce sus incentivos a operar de modo eficiente, facilita el establecimiento de tarifas inequitativas y/o discriminatorias por la utilización de los repertorios y obstaculiza las actividades que realizan los usuarios, tanto los que operan en mercados tradicionales como los que explotan obras y prestaciones en el entorno online. La CNC considera que es posible un modelo más favorable a la competencia, donde las entidades enfrenten mayor presión competitiva en la prestación de servicios a titulares y usuarios y los mecanismos de mercado puedan organizar esta actividad, dictando cuántas entidades deben existir, qué categorías de derechos deben gestionar y cómo deben gestionarlos.Por este motivo, la CNC considera en su Informe que debe realizarse una revisión integral de la Ley de Propiedad Intelectual”.

El diario Público, como muchos otros, alude hoy con vehemencia al porrazo dialéctico: “Competencia, en guerra contra el poder de la SGAE“, titular algo bélico para mi gusto, henchido de ecos de guerra santa, que acaba rematado por un texto titulado “Toda la transparencia” en el que he tratado de resumir expeditivamente, en 1700 caracteres, más o menos, mi opinión al respecto:

“La Ley de la Economía sostenible y la Propiedad Intelectual optó hace unas pocas semanas por una solución discutible a un problema enrevesado: conculcar de hecho el principio de presunción de inocencia que a todos nos ampara, convirtiéndonos en potenciales sospechosos de practicar atropellos contra la propiedad intelectual y los legítimos derechos de los autores que demandaran el cumplimiento del copyright.  Entre nosotros: no les faltaba algo de razón, porque los programas de intercambio de archivos entre particulares convierten en un juego de niños la difusión de un contenido entre miles o millones de receptores, lesionando de esa manera los intereses de aquellos que pretendan, legítimamente, lucrarse con la distribución controlada de sus obras. Pero una cosa es desplegar medidas contra la lesión de la propiedad intelectual y otra muy distinta encomendar a las Sociedades de Gestión modalidades de control, por lo menos, discutibles: no son conocidos los algoritmos de reparto de las cantidades que recaudan; tampoco lo son las listas de los autores que componen sus carteras, de forma que eso fomenta una forma de saqueo consentido; sus tasas son hilarantes, porque conciben el entorno digital como si se tratara del papel; se niegan a gestionar licencias de otra índole que no sea el copyright, cuando deberían ponerse al servicio de los intereses de los autores, no de la mera cobranza, facilitando las diligencias para utilizar Creative Commons; por si fuera poco, ni siquiera son los autores quienes viven del reparto de las compensaciones, sino las academias de oposiciones.

A la espera de la reforma
Falta la voluntad de divulgar una pedagogía integral de la propiedad intelectual que explique que en el Artículo Primero, Título 2 de nuestra Ley de Propiedad Intelectual, están contenidas todas las potencialidades del copyleft.  No comparto, con las posiciones más vehementes del libre acceso, la reclamación de primar el acceso irrestricto a las obras, por encima de la propiedad de quienes pretendan disfrutarla. También están abiertas las puertas de las panaderías y no robamos las barras de pan. El Tribunal de la Competencia ha puesto de manifiesto algo que todos sabíamos: la propiedad intelectual es mucho más ancha que el copyright, y su gestión requiere transparencia, modelos de reparto objetivables y amplitud de miras para que la sociedad digital pueda desarrollarse”.

En la última la última conferencia Ludwig Erhard, Viviane Reding, la Comisaria europea para las Telecomunicaciones y los Medios Digitales, habló, precisamente, de nuevas formas de regulación de la propiedad intelectual; de la imperiosa necesidad de invitar e incitar a los nativos digitales a que se sumen al trabajo colaborativo en la web, abandonando cualquier forma de represión legal; de un impulso decidido de la digitalización de los libros; de propiciar un acceso más sencillo y atractivo, en suma, a contenidos de alta calidad sobre conexiones de alta velocidad, fijas o móviles, en un nuevo escenario de economía digital que puede propulsar lo que Erhard hiciera en su tiempo, crear una nueva economía social de mercado en la red de la que todos nos beneficiemos. La Comisión de la Competencia no hace en esto sino alinearse con el texto de Europe’s Fast Track to Economic Recovery The Ludwig Erhard Lecture 2009.

Unos cuantos deberán tomar nota de la impropiedad intelectual con que han procedido hasta ahora.