La campaña de los negocios fríos (Cool Biz Campaign)

Me he permitido traducir libremente Cool Biz Campaign como Campaña de los negocios fríos porque, en esta época del año y después de haber sabido que el mes de junio pasado ha sido el más caluroso en el último siglo, me parece más que apropiado: el Ministro de Medioambiente japonés, en el año 2005, se puso en contacto con dos diseñadores -Makoto Kakoi y Naoiki Ito-, para que le ayudaran a trasladar a la población los compromisos que se habían adquirido en la cumbre de Kyoto y para imaginar, sobre todo, la manera en que podían contribuir a su consecución.

La cuestión era, como en casi todo, de qué manera generar interés y adhesión, de qué forma propiciar la implicación y el sentimiento personal del deber, de qué manera eliminar toda sombra de imposición burocrática para hacer comprender a los ciudadanos que sus acciones cotidianas eran decisivas para combatir el cambio climático. Se listaron al menos, inicialmente, 400 activididades cotidianas que, de alguna manera, generaban alguna clase de impacto indeseable sobre el entorno pero, conscientes de que ese registro era excesivo, se simplificó a seis: regular adecuadamente el termostato del aire acondicionado, nunca por debajo de los 28ºC; conducir de manera menos agresiva, con menos acelerones; seleccionar en las tiendas productos ecológicos; dejar de utilizar bolsas de plástico; apagar los electrodomésticos cuando no se utilicen, y no malgastar el agua. Me quedo, pues, con la primera, por la época…

El cambio en la indumentaria fue, seguramente, lo que más afectó y trastornó al comportamiento cotidiano de los japoneses, rigurosos en la etiqueta laboral: el primer ministro del momento, Junichiro Koizumi, apareció repetidamente en los medios de comunicación desafiando la etiqueta tradicional, transmitiendo a los confundidos oficinistas japoneses que podían y debían saltarse las reglas tradicionales en beneficio del medioambiente. Es cierto que, entre tanto, no han faltado los críticos que han dicho que 28º es una temperatura excesiva que generaba el justamente el efecto contrario al perseguido, pero quizás lo más importante no sean tanto los grados exactos como el hecho de que 30.000 empresas firmaran voluntariamente el compromiso y que 2,5 millones de japoneses asumieran un nuevo hábito, entendieran que con un ligero gesto podían contribuir a una reducción global de460.000 toneladas de CO2, el equivalente a lo producido por un millón de hogares durante un mes.

Cool Biz es una campaña todavía vigente que propone un profundo cambio cultural, un profundo cambio de actitud, una redefinición del papel que la sociedad civil puede jugar en la lucha contra el cambio climático global. Algo que a nosotros no nos vendría nada mal… teniendo en cuenta que el Informe de Escenarios Climáticos de la Agencia Estatal de Meteorología alerta, claramente, de un cambio irreversible a no ser, claro, de que practiquemos una drástica reducción en nuestras costumbres de gasto energético, a no ser, quizás, que nuestras empresas desarrollan y asuman su propia campaña de CoolBiz, empenzando, claro, por nuestros máximos órganos de representación que, a día de hoy, no disponen de un plan propio de sostenibilidad y reducción del impacto. En fin, enfriemos los negocios este verano…

Lecciones que hay que extraer de los desastres

Ulrich Beck, uno de los sociólogos más influyentes del mundo, profesor de la London School of Economics (entre otras muchas cosas), escribía hace unos días: “sea como sea, ¿va a cimentarse el futuro en una política medioambiental global basada en la compraventa de carbono, que es como decir en la venta de indulgencias a escala mundial a cambio de los pecados de CO2? ¿O tendremos el valor de inventar y hacer realidad una nueva era de energía solar en la que la prosperidad no sea un pecado medioambiental, cuando todo, desde las vacas a los cepillos eléctricos de dientes, es culpable de contribuir a las emisiones de CO2?”. El artículo, divulgativo, titulado “Lección que hay que extraer del desastre de BP”, abogaba claramente por un nuevo modelo económico, de la misma manera que Edgar Morin había hecho antes en el “Elogio de la metamorfosis“. Después de un comienzo espeluznante -el que nos aguarda de no ser capaces de abordar de manera comprometida y valiente el reto de generar valor sostenible-, Morin cree firmemente en la voluntad regenerativa de la especie humana: “De hecho, todo ha recomenzado, pero sin que nos hayamos dado cuenta. Estamos en los comienzos, modestos, invisibles, marginales, dispersos. Pues ya existe, en todos los continentes, una efervescencia creativa, una multitud de iniciativas locales en el sentido de la regeneración económica, social, política, cognitiva, educativa, étnica, o de la reforma de vida”.

Greenzone

Eso es lo que debió pensar, hace algún tiempo, Per Carstedt, el dueño en los años 90 de un concesionario de coches en una población del norte de Suecia. Después de asistir en el año 92 a la cumbre de Río, se dio cuenta de que el modelo de transporte occidental, abastecido con combustibles y energías no renovables, era de todo punto insostenible (sin necesidad de esperar a catástrofes como la de BP): “comencé a leer vorazmente”, recuerda, “y pronto me di cuenta de que no podíamos continuar de esta manera. Simplemente, no es posible. La raza humana está en este planeta desde hace unos 200000 años. En los primeros 190000 fuimos, esencialmente, cazadores-recolectores. En los 10000 siguientes, nos convertimos en granjeros. Entonces, hace unos 150 años, sucedió una increíble explosión de la población humana y de su actividad, originada por el acceso a la energía barata. En 1900, había unos 1500 millones de personas en la tierra… habrá 6000 millones en el año 2000. Es casi imposible entender las consecuencias de la velocidad y la magnitud de estos cambios”. Esa convicción le llevó a importar coches -de la marca que representaba- que se abastecían de flexi-fuel (coches que pueden funcionar con gasolina, ethanol o una mezcla de ambos). Pero eso no era suficiente: el proyecto GreenZone, uno de los casos más extraordinarios de creación de valor sostenible, ha generado un entorno completamente verde en el que los combustibles, los automóviles, los edificios, las estaciones de abastecimiento, se construyen basándose en el principio innegociable de la sostenibilidad a largo plazo, de la práctica de una economía regenerativa basada en los principios del funcionamiento de la naturaleza. La mayor región de Biofuel del mundo se ha creado, además, gracias a los esfuerzos colaborativos de empresas como Ford, McDonals y Statoil.

Carstedt dice: “Much of the knowledge needed to attain sustainable long-term solutions already exists. History has shown that market forces are a superb tool for the development and dissemination of innovative approaches and new technologies. On the other hand, what we haven’t learned is how to get short-sighted economic and political systems to liberate the powers that could expedite the transition to long-term sustainable development. It’s more a mental challenge than a matter of technology and finance”. La lección que todos debemos extraer es que se trata más de un reto mental, de romper con un modelo económico periclitado, para poner la tecnología y la innovación al servicio de una nueva economía limpia y regenerativa.

La naturaleza no negocia

Prevalece todavía la idea en los negocios tradicionales de que podemos, de alguna manera, negociar con la naturaleza, trapichear, intentar, de alguna forma, retrasar los efectos irreversibles del cambio que estamos provocando, gestionar el impacto que generamos sobre la naturaleza y la sociedad como si se tratara de externalidades desechables. Es posible que, durante mucho tiempo, los altos ejecutivos de Coca-Cola pensaran lo mismo, que mientras la cuenta de resultados -centrada, exclusivamente, en los beneficios financieros- generara un margen de contribución razonable, no había lugar para preocupaciones medioambientalistas. En el año 2007, sin embargo, el por entonces CEO de la compañía, E. Neville Isdell, en una alocución dentro del UN Global Compact (el Pacto Mundial promovido por las Naciones Unidas que la EOI ha suscrito), dijo: “we should not cause more water to be removed from a watershed than we replenish”, no debemos desecar los acuíferos, utilizar más recursos de los que somos capaces de reponer.

El primer aviso se lo habían dado a la multinacional en la India: aun cuando la compañía utilizaba acuíferos -para la elaboración de la bebida y para el funcionamiento de las plantas embotelladoras- a profundidades que excedían la de los pozos que utilizaba la población para su abastecimiento-, las ONG denunciaron un uso abusivo de los recursos naturales. En lugar de contraponer la fuerza a la acusación, de enrocarse en los despachos o de utilizar la eficacia disuasoria de los lobbys, Coca Cola lanzó un comunicado de prensa en el que decía: “Coca-Cola reaffirms its commitment to Water Stewardship and Community Development in India”, un proyecto de compromiso con el medio y con su entorno social circundante que, a partir de aquel momento, se ha tornado en ejemplo de sostenibilidad económica, medioambiental y social. Sus equipos de investigación publicaron poco tiempo después un estudio extensísimo y ejemplar titulado “Quantifying watershed restoration benefits in community…“.

La naturaleza no entiende de negociaciones y la dilapidación de un recurso como el agua hubiera supuesto cercenar la materia prima con la que la compañía trabajaba. Su propia viabilidad económica dependia de una gestión inteligente de ese recurso fundamental, pero para hacerlo comprendieron que resultaba imprescindible comprender el funcionamiento de los propios acuíferos para preservarlos, y que resultaba no menos indispensable integrar en los procesos de gestión y decisión a las comunidades indígenas propietarias y -más sorprendentemente todavía, al menos por entonces, cuando nadie podía pensar que esa práctica fuera plausible- a las organizaciones no gubernamentales que había puesto sobre alerta a la población. De ahí surgió el acuerdo firmado entre Coca Cola y la WWF (World Wilde Foundation), cuya directora general, Marcia Marsh, consciente también del reto que se les planteaba y de lo decisivo que podía resultar para el futuro de todos el trabajo colaborativo, dijo: “The simple fact is that we are failing relative to our larger goals. Despite our successes in raising public awareness and funding, species are disappearing at historic rates. Habitat continues to be destroyed. Working alone, NGOs are simply unable to reverse the tide of global change. To do this, we will have to develop new partnerships with businesses and governments, partnerships whose scale of impact is commensurate with the problem we face”.

Coca cola

La naturaleza no negocia. Nosotros estamos forzados a hacerlo.

Los peces y los negocios

Juguemos:

Simulación pesquerías

Esta juego de simulación, desarrollado inicialmente en los años 90 en la Universidad de NewHampshire y perfeccionado, después, por el Cloud Institute for Sustainable Education y la MIT Sloan School of Management, pretende poner de manifiesto algo que el sentido común acepta de buen grado pero que la práctica habitual de los negocios suele desmentir: cuando todos los buques pretenden maximizar simultáneamente sus capturas en un caladero cualquiera, sus beneficios a corto plazo, en una lucha extractiva sin cuartel, todos acaban perdiendo. El fundamento mismo que sustenta su negocio -los peces, en este caso- y, por tanto, el negocio mismo, pueden verse abocados a la desaparición simultánea por una forma de incomprensión anclada en una visión estrecha y cortoplacista del sistema en el que operan. Uno de los informes que el Worlwatch Institute publicó a finales de los años 90, La situación en el mundo. La crisis pesquera española, ya ponía claramente de manifiesto que nuestra industria había elegido la vía de la extractividad incontrolada y el esquilmamiento de los caladeros.

02_Pesquería

Sigamos jugando: si reparamos en la circunstancia de que dependemos de un recursos finito y común, regenerable pero potencialmente agotable, y que compartir información sobre el estado de los caladeros puede conducir al beneficio colectivo y que convenir periodos de suspensión de las capturas puede contribuir a la autoregeneración del recurso común, es posible que comenzáramos a comprender que todos formamos parte de un sistema mucho más amplio y global en el que la gestión del procomún es indispensable.

Unilever. La mayor empresa del mundo en comercialización de productos derivados del pescado.  Ya no jugamos. En el año 1997 caen en la cuenta de que tienen que aprender a gestionar de manera conjunta un procomún fundamental para sus negocios pero, también, para el mundo entero: los océanos. Dan un paso inusitado hasta ese momento: se asocian con la WWF (World Wilde Foundation), una ONG que algunos hubiera tenido por refractaria y que se convierte en el socio y aliado perfecto. Se dan una visión compartida que gobierna todo su proceder: “nuestra visión es aquella en la que los océanos de todo el mundo están rebosantes de vida y en la que las reservas de productos del mar están garantizados para ésta y futuras generaciones”; y generan la primera y más comprehensiva certificación internacional sobre pesca sostenible, una ecoetiqueta que distingue a aquellos que han comprendido que todos formamos parte de la cadena de  valor y aprovisionamiento que comienza en los océanos y termina en nuestros platos.

André van Heemstra, miembro de la cúpula directiva de Unilever,  funda tiempo después el Sustainble Food Laboratory, un espacio creado para pensar la gestión de los fundamentos (suelos, mares, etc.) de un procomún global: el alimento. En una de sus primeras declaraciones dice: “La conciencia sobre la sostenibilidad ha venido creciendo porque el pensamiento sistémico, en sus diversas manifestaciones, nos permite observar más interdependencias de las que habíamos visto en el pasado. Esas interdependencias nos hacen concluir que es más que estúpido -es temerario e imprudente- pensar en la sostenibilidad comercial al margen de la sostenibilidad social y medioambiental”.

Juguemos… para dejar de serlo.

La creación de valor sostenible y la inevitable transformación de los negocios

Business as usual es la fórmula que sintetiza esa forma de obrar que percibe los recursos como externalidades, como costos que, aunque existan, no se reflejan en las contabilidades, porque se suponen, en el mejor de los casos, inagotables; en el peor, meros recursos al servicio de quien quiera o pueda extraerlos, explotarlos (incluso rapiñarlos). Los más conspicuos defensores de tal afirmación defienden que las cotas de bienestar a las que la civilización occidental se ha aupado requiere la inevitable destrucción de los recursos naturales sobre las que se sustenta. Ni siquiera los incontestables datos aportados por el Intergovernmental Panel on Climate Change arredran a quien no quiere entender que esquilmar los recuros naturales no es un buen negocio. José Manuel Naredo, acreditado analista económico, es quizás, entre nosotros, quien mejor ha retratado cuáles son las Raíces económicas del deterioro ecológico y social.

En el año 2003 dos profesores del Departamento de Economía Aplicada de la Universidad de Cornell, Stuart L. Hart y Mark B. Milstein, escribieron un artículo titulado” Creating sustainable value” que supuso -al menos, a mi me lo parece-, un punto de no retorno respecto a la concepción tradicional del business as usual: no cabe ya que nos refugiemos en una actitud reactiva que percibe los imperativos de la sostenibilidad como una mera imposición legal, como una cortapisa regulatoria, como una barrera antes que como una posibilidad. Debemos sobrepasar esa concepción tan vinculada a los negocios tradicionales, más allá de la disconformidad, para convertir la sostenibilidad en el principo que conduzca -multidimensionalmente- la manera en que concebimos y hacemos los negocios, anteponiéndola ante cualquier otra consideración previa:

Matriz 2

DuPont se convirtió en una empresa famosa en todo el mundo cuando los activistas de Greenpeace se encaramaron a las chimeneas de algunas de sus fábricas para denunciarla como una de las empresas más contaminantes del mundo. Fue, en sus inicios, una empresa dedicada a la fabricación de explosivos; luego, cuando los anónimos escaladores de Greenpeace llamaron la atención sobre sus secreciones, una empresa dedicada a la fabricación de productos petroquímicos; hoy es la empresa más ecoeficiente de los Estados Unidos (tal como certificó la revista Business Week). Su CEO (Chief Environmentalist Officer, según dejó establecido el propio Edgar Woolard), dio un golpe de timón de 180º cuando los medios de comunicación dieron pábulo a la acción de Greenpeace y cuando comprobó que la matriz de multidimensional de Hart y Milstein le permitían concebir los negocios de una manera completamente distinta.

Environmentally cool

“Nunca olvidamos” -dijo Woolard-, “que somos un negocio y que nuestra primera responsabilidad es crear valor para nuestros accionistas. El crecimiento sostenible significar crear valor para nuestros accionistas y para la sociedad mediante el desarrollo de productos que el mercado demanda -y que son, también, buenos para el medioambiente y para la salud, seguros y adecuados para el bienestar de las personas-. Muchas empresas dicen que lo que es bueno para el medioambiente puede ser también bueno para los negocios. Nuestra visión es que lo que es bueno para los negocios tiene que ser bueno para el medioambiente y para las personas del mundo entero. De lo contrario, no estarás moviéndote hacia el desarrollo sostenible”.

Be environmentally cool! Make business as unusual!

Tecnología y educación: la era de los polialfabetismos y la participación

No soy nativo digital. Lo confieso. Nací antes de que las tecnologías que ahora manejo se inventaran y, en consecuencia, en cualquiera de mis reflexiones prepondera un tipo de narratividad, la vinculada al libro, por encima de cualquier otra, incluida la digital. Eso puede que muchos de mis juicios y puntos de vista estén lastrados, de partida, por ese apego insoslayable a un tipo de soportes, de exposición, de racionalidad, que no tiene por qué corresponderse con la lógica de lo digital, con la manera de hacer, ver y comprender de los nativos digitales. Quizás no se trata de pensar la tecnología sino de pensar con la tecnología. He terminado hace poco de leer un libro que me ha costado conseguir (la paradoja de la importanción de libros entre España e Iberoamérica y de sellos transnacionales que no traen aquí lo mejor que producen en otros países): Nativos digitales. Dieta cognitiva, inteligencia colectiva, y arquitecturas de la participación.

La principal virtud del libro, entre otras muchas que lo adornan, está de la hacernos reflexionar a los nativos de la tinta y el papel sobre la inconviencia de pensar un fenómeno digital nuevo con las anteojeras analógicas precedentes, sobre la impropiedad de pensar la creación, transmisión y uso del conocimiento en un ecosistema digital de la información con las antiparras de los mecanismos y tecnologías de la comunicación unilateral tradicionales. Tengo mis dudas, mis pegas razonables, mis disensiones basadas en la pertinencia de mantener dentro de la necesaria polialfabetización contemporánea una atención prioritaria a la alfabetización tradicional (como recomiendan Maryanne Wolf o Stanislas Dehaenne), pero, qué duda cabe: necesitamos pensar con la tecnología, no sobre la tecnología; necesitamos generar prácticas tecnoeducativas para el aula, no reflexiones teóricas sobre tecnología y educación, algo que el propio Piscitelli -atrevido maestro de lo digital-, ha llevado a cabo recientemente en el Proyecto Facebook.

Vale la pena, para no empeñar su propio discurso, echar un vistazo a una de sus últimas intervenciones, conferencia cuyo título recoge perfectamente su visión de la transición radical que vivimos: “De las pedagogías de la enunciación a las de la participación”, donde la colaboración, la cooperación, la agregación sucesiva de las inteligencias de los participantes, pone en solfa el modelo de comunicación tradicional del conocimiento.

Ese es, también, el objetivo que persigue el video elaborado por los alumnos del departamento de “Innovation in Mass Communications” de la Kansas State Universtiy, uno de los lugares más activos en los últimos tiempos en la implementación y experimentación con tecnologías digitales en el aula. Los propios alumnos, autores de la puesta en escena, rodaje y montaje finales, parodían los métodos de comunicación tradicionales, el sopor que la transmisión tradicional origina, abogando por una modalidad más participativa e inclusiva de práctica docente.

¿Seremos capaces de crear entornos de aprendizaje capaces de conjugar la experiencia profunda de la lectura tradicional con las exigencias de entornos multimediales participativos, dirigidos por profesores mediadores, problematizadores, maestros seductores de la comunicación, tal como quiere Piscitelli? No soy nativo digital, lo reconozco, pero como antropólogo que soy de formación, intento comprenderlos.

Ética y negocios

Cuando me preguntan por la ética y los negocios pienso siempre, invariablemente, en Lorenzo Perrone. La memoria de Lorenzo, un albañil piamontés recluido en el mismo campo de concentración en el que estuvo detenido Primo Levi, Auschwitz, ha llegado hasta nosotros porque el escritor aludió reiteradamente en sus páginas a la bondad y rectitud de su obrar. Y no me refiero solamente a que con su comportamiento desprendido y magnánimo, ajeno a los peligros que le rodeaban y los castigos que hubieran podido recaer sobre él, salvara literalmentne la vida de Levi, no. Me refiero, sobre todo, a la integridad de su proceder aún en las circunstancias más brutales e inicuas: Perrone formaba parte del equipo de albañiles italianos del campo de concentración al que fue encomendada la construcción de un muro que lo rodeara. Cualquier otro hubiera maquinado alguna treta para debilitar una parte del muro, restándole consistencia, y que esa hubiera podido ser una puerta a la esperanza. Pero no, su entereza profesional se lo impedía. Primo Levi, de hecho, le preguntó por qué no lo hacía, por qué no adulteraba el fruto de su trabajo en circunstancias tan justificables, por qué no disminuía de alguna forma la calidad de su fábrica, pero para Perrone era simplemente inconcebible hacer algo mal, traicionar la ética de su oficio, la rectitud inherente de su proceder profesional.

Levi escribió palabras de elogio a Lorenzo Perrone, quien representaba para él el ideal del hombre puro “no tanto por su ayuda material sino tan sólo por recordarme constantemente –por su presencia, por su manera natural y sencilla de ser bueno– que aún existía un mundo justo fuera del nuestro, algo y alguien todavía tan puro y completo, no corrupto, no salvaje,… para lo cual valía la pena sobrevivir… Gracias a Lorenzo, yo logré no olvidar que yo mismo era un hombre.”

La Comisión para la Designación de los “Justos entre las Naciones” otorgó el título de Justo entre las Naciones a Lorenzo Perrone, cumpliendo con un pedido del Dr. Renzo Levi (el hijo de Primo Levi, llamado así en honor al benefactor de su padre). Una medalla y un certificado de honor fueron entregados a la embajada israelí en Roma. Su nombre forma parte hoy del Diccionario de los Justos.

En un libro irrepetible de Luis Landero, ¿Cómo le corto el pelo, cabellero?, relata en que consistía esa ética casi universalmente compartida por el gremio de la albañilería: “a veces va uno por el campo y encuentra paredes de piedra o de pizarra construidas por gentes anónimas muchos años atrás. Yo vi levantar algunas en mi infancia y recuerdo el cuidado con que el albañil, casi orfebre, elegía y encajaba las piezas. Cualquier pared medianamente sólida habría servido para cercar una tierra. Pero no: había que hacer las cosas con arte, con finura, con jeito. Ése era el añadido que confería brillo al instante, que hacía único e irreemplazable al hacedor. Y tal era el nudo donde raramente la estética y la ética juntaban sus fuerzas en un único y solidario afán. Con jeito se tejían los pobres los capotes de juncos para protegerse de las lluvias (y que tenían un empaque de capas pluviales en día de gran liturgia), o los garlitos para pescar en los regatos, cuyo diseño y pompa parecían más hechos para atrapar tritones y sirenas que no los insignificantes barbitos y bogas que se estilaban por allí”. Y añade, como conclusión irrebatible: “hoy, que tanto se tiende a despachar las tareas deprisa y de cualquier manera, y muy a menudo por el ansia del dinero y la fama, quizá sea un buen momento para volver los ojos a esa palabra, jeito, que tras su aspecto pobre y estrafalario esconde el programa de una utopía posible, o por lo menos verosímil. A uno no le gustan nada las moralejas, pero cierras el libro y de pronto sientes un no sé qué de pena por muchos que, pudiendo ser xeitosos, han optado por la vulgaridad de ser sólo exitosos o meramente ricos”.

Cuando me preguntan por la ética y los negocios, como si cupiera distinguirlos; cuando se ensalza o se envidia indirectamente la figura de los supuestos analistas financieros de menos de treinta años que desde la City de Londres desestabilizan la economía de un país (Grecia) y con ello el precario equilibrio político de un continente (Europa); cuando no somos capaces de transmitir que cualquier transacción, cualquier negocio, implica, explícita o implícitamente, una postura ética determinada, me acuerdo de Perrone… y solamente espero que sepamos inculcar el jeito, lejos de la vulgaridad del dinero y el éxito.

La Alianza por los Libros Libres

Peter Brantley es uno de los profesionales más acreditados del mundo de la generación y difusión de contenidos digitales en la red, un paladín de la era digital vinculado a alguna de los proyectos más señalados de la era que vivimos: Archive.org, la memoria digital libre de la web, el acceso a todo el conocimiento generado digitalmente; la Open Book Alliance, o el clamor por una cultura digital de los libros libres; la IDPF y el Epub, o la lucha por el establecimiento y la difusión de un formato abierto y universal. Todo su trabajo gira, me atrevo a afirmar, en torno a dos concpetos básicos: openness y accesibility, apertura y accesibilidad. Eso le ha llevado a ser una de las pocas voces que censuran las iniciativas editoriales de Google por su afán monopolístico y propietario. Ese empeño hace que su opinión y su trabajo trascienda el mundo de los libros, de las editoriales, archivos y bibliotecas, para alcanzar a todo el ecosistema digital y su posible evolución.

Esta tarde, jueves 14 de abril, a las 17.00, en este mismo espacio, podréis disfrutar de la entrevista que le haremos en directo:

Webcam chat at Ustream

Prefiero traducir de esa manera el título de Open Book Alliance que lidera Peter Brantley, asumiendo que open entraña libertad y que la etimología de libro nos invita a utilizarlo como sinónimo de libre. En el texto que alude a su misión se dice: “la digitalización masiva de los libros promete proporcionar un valor tremendo a consumidores, bibliotecarios, científicos y estudiantes. La Open Book Alliance trabajará para hacer avanzar y proteger esta promesa” contra el intento de monopolización que Google Books practica. El hecho, según Brandley, de que Google utilice formatos propietarios, cobre diferidamente por sus servicios y se convierta en un intermediario único a todos los contenidos bibliográficos de la historia de la humanidad, no es solamente una estrategia conservadora sino, sobre todo, una estrategia peligrosa (es cierto que en la OBA hay sospechosos compañeros de viaje, entre ellos Microsoft, Yahho y Amazon, que seguramente serán creyentes de última hora en la libertad de los formatos, pero no siempre pueden elegirse todos los compañeros de vagón).

En la página de inicio de la alianza pudimos leer hace unos días lo que hoy ha publicado la prensa nacional: Google’s Shutterbug Stumble, la denuncia que la American Society of Media Photographers, la Graphic Artists Guild, la North American Nature Photography Association y los Professional Photographers of America, han interpuesto contra Google por digitalización ilegal y falta de compensación de los derechos de la propiedad intelectual arrebatados sin permiso. En el fondo Google procede como muchos de los lugares de descarga ilegal de contenidos: atraen una gran cantidad de tráfico y se financian con el dinero que la publicidad genera. La Federación de Gremios de Editores de España argumenta hoy, precisamente, que se “han detectado alrededor de 200 webs dedicadas a la “piratería digital de libros“, lo que no es otra cosa, en términos generales, que esa gran cantidad de buscavidas digitales que buscan circulación en sus sitios mediante la distribución ilegal de contenidos protegidos. La cuestión, me parece a mi, sería saber por qué se llama defensa de la cultura libre a esos sitios de manilargos digitales y por qué no reciben el mismo trato los chicos de Google, o viceversa.

En todo caso, la cifra de 150 millones de euros (sin avalar, al menos todavía, por estudio empírico alguno), enmascara, a mi juicio, falta de oferta y, sobre todo, falta de ambición y coordinación en una estrategia digital global de toda la cadena de valor del libro. Mientras eso no exista, proliferará todo lo demás. Por eso cobra especial relevancia recordar empresas como la de BookServer (liderada también por Brantley), que permite localizar cualquier libro o contenido escrito allí donde esté, independientemente de cuál sea su editor o su distribuidor, en un claro intento por universalizar el acceso sin monopolios ni formatos propietarios.

Esa es la parte que más me interesa del trabajo de Peter Brantley y, si todo va como debe, el próximo miércoles nos dará una sorpresa en este mismo blog.

Ciencia contra la pobreza

Hoy comienza a celebrarse en La Granja, provincia de Segovia, la primera cumbre nacional en torno a la manera en que la ciencia puede contribuir a reducir y combartir la pobreza en el mundo: Ciencia contra la pobreza, se ha titulado el encuentro, encabezado por la Ministra de Ciencia e Innovación Cristina Garmendia.

En el Departamento de Economía del MIT se creó hace algún tiempo el Poverty Action Lab, el laboratorio de acción contra la pobreza, una iniciativa innegablemente enmarcada dentro de la ecomía social. Su cometido fundamental, tal como puede leerse en su declaración de intenciones, es el de conducir evaluaciones rigurosas sobre el impacto que las iniciativas por reducir la pobreza de gobiernos, organismos internacionales u organizaciones no gubernamentales poseen realmente. Gracias a una red deslocalizada de 44 profesores alrededor del mundo, se realizan estudios de impacto que son utilizados por el Banco Mundial o por gobiernos como el keniano, que acoge precisamente estos días la Cumbre Mundial sobre Microcréditos. Tal como relata Pere Estupinyà, “el D-Lab ya ha implantado molinos en comunidades de Senegal, prótesis más baratas y fáciles de ajustar en la India, un sistema de cloración del agua que se está extendiendo por Honduras, parábolas para cocinar con energía solar en Lesotho (África), una desgranadora manual de cacahuetes, incubadoras que no requieren electricidad para realizar análisis bactereológicos del agua …, y muchos otros proyectos que en países pobres no saben cómo abordar, ni hay empresas con interés comercial suficiente en desarrollarlos”. Uno de los proyectos más valiosos desarrollado en este espacio es el de la generación de carbón para cocinar procedente de deshechos agrícolas en Haiti, una verdadera revolución por cuanto supone que el 25% del presupuesto familiar dedicado a la adquisición de madera para combustible se destinará ahora a otros propósitos, además del abrupto descenso de la desforestación y de la mejora de la salud infantil.

En el mismo MIT, que no se andan con ambajes ni con medias tintas cuando se trata de pensar el cambio de paradigma económico, existe otro programa vinculado al Departamento de Economía, el D-Lab o el Development through dialogue, design and dissemination: “cada año”, nos cuenta de nuevo Pere Estupinyà, “la clase del D-Lab es una de las más solicitadas por los estudiantes del MIT… se hacen sorteos para seleccionar a los afortunados, cuyo proyecto será analizar las necesidades identificadas por ONG’s o miembros del D-Lab, buscar soluciones, viajar tres semanas a los países de origen, trabajar con la gente local para resolver la problemática en cuestión, y recibir la recompensa emocional que supone ayudar de forma noble a personas que lo puedan necesitar. Muchos definen esta asignatura como la más influyente de sus estudios, y algunos han decidido reorientar su carrera profesional hacia el mundo de la cooperación. Y no es un tema baladí si hablamos de estudiantes brillantes destinados a causar un fuerte impacto en las tareas que desarrollen”. La lista de proyectos con fundametno científico y proyección empresarial, consumados o en marcha, realizados por sus alumnos, es deslumbrante.

Leo en la Harvard Design Magazine del verano del 2009, en el número de hace un año, una frase del gran Bruno Latour que resume todas mis inquietudes: “¿en qué condiciones podríamos hacer habitable el mundo en tiempos de globalización” y, sobre todo, “¿cuál sería el programa ideal, el currículum o el tipo de escuela que debería formar a los arquitectos y diseñadores?” de ese futuro. ¿Cuándo veremos una escuela de negocios, entre nosotros, capaces de integrar lo que el MIT lleva haciendo tanto tiempo, la ciencia y el pensamiento contra la pobreza, la economía social como una de sus prioridades fundamentales?

Crecimiento, decrecimiento, ecoefectividad

Es propio de nuestro sistema económico pensar que cabe concebir un futuro de permanente crecimiento basado sobre el carácter inagotable e imperecedero de los recursos naturales o, en sus versiones más cínicas o imprudentes, sobre la inevitable esencia destructora del género humano, que no podría construir su bienestar sino a costa de la destrucción del entorno que le proporciona el sustento. Esa percepción de las cosas imbuye hasta tal punto nuestra manera de comprender nuestras interacciones -con los demás y con lo que nos rodea-, que aunque el nuevo Plan 2020 de la Unión Europea base el desarrollo de nuestro continente en la resolución de esa contradicción inherente al modelo clásico de desarrollismo económico, pocos son en el mundo de los negocios que han asumido plenamente esa divisa. “Transformar la Unión Europea”, dice el texto principal de la invocación, “en una economía baja en carbono, ecoeficiente, que ofrezca grandes oportunidades para el crecimiento y la creación de trabajo. No debe existir contradicción”, afirma el texto, “entre la aspiración al crecimiento económico y la protección del medioambiente”.

Mientras tanto, ayer se clausuró en Barcelona el “II Congreso Internacional de Decrecimiento“, un movimiento cada vez más vertebrado y global, que tiene como texto de cabecera el libro homónimo de Serge Latouche, y que reclama, según establece el texto de presentación del encuentro, “construir otras formas de vida basándose en las relaciones sociales, la cercanía, la austeridad, la vida en común y la ralentización del tiempo. Elementos que lejos de ser limitantes son los que enriquecen la vida y la llenan de alegría. No son nuevos los estudios que apuntan que la felicidad subjetiva no está asociada al consumo y al dinero sino más bien a la vida comunitaria donde prima la relación”.

Quizás la experiencia de Colin Beavan, el voluntario eremita neoyorquino que quiso vivir un año en la gran ciudad ralentizando su vida sin generar impacto contaminante alguno -tal como relata en No impact man-, sea un relato al mismo tiempo de decrecimiento personal y de la imposibilidad de llevarlo a cabo colectivamente. “Al investigar diversas ideas y opciones”, escribe Beavan mientras investiga la manera de reducir el impacto de su consumo particular, “llegaba siempre a la conclusión de que, en Estados Unidos, ser un buen ciudadano equivalía a ser un consumidor agresivo. Lo patriótico es comprar. Por lo visto, enterrarnos vivos en el crédito de la tarjeta es contribuir a que la economía siga en marcha, pero hay una cosa que no entiendo: ¿por qué hemos de estar al servicio de la economía? Se suponía que era la economía la que estaba a nuestro servicio y, en tal caso, no estaba haciendo muy bien su trabajo últimamente”. Legiones de consumidores en todo el mundo, sobre todo en los Estados Unidos, acuden cada mañana a su trabajo con un vaso o un recipiente de café que arrojarán a la basura cuando terminen las abluciones matutinas. Ese consumo desmedido de materias primas no reciclabes es un hábito tan incrustado en las costumbres norteamericanas (también europeas), que no cabe pensar en que se abandone voluntariamente. Tampoco sirve que reduzcamos progresivamente la basura que producimos, dice Michael Braungart -el científico alemán- en las Research News de la Graduate School of Business de Standford:la próxima revolución industrial será precisamente aquella que resuelva el antagonismo entre dos modelos inviables, el del crecimiento desmedido y depredador y el del decrecimiento abstinente y declinante: ¿qué sucedería? -argumenta Braungart en la grabación de su conferencia en la Escuela de negocios de Standford- ¿si sustituyéramos mañana los envases plásticos de millones de consumidores por envases fabricados con biopolimeros de origen vegetal infinitamente reutilizables, permanentemente reciclabes, convertibles en abono si los arrojáramos al suelo?

Basf

Braungart propone un horizonte de crecimiento ilimitado, bueno para la industria y bueno para los ciudadanos, basado sobre la invención y desarrollo de nuevos materiales que se reintegrarían con naturalidad a su metabolismo técnico respectivo una vez que hubieran sido utilizados, sin generar residuos tóxicos, forjando bienestar global. Tal como puede verse en la presentación que Braungart realizó en Standford, la innovación es sin duda la clave del desarrollo de los negocios, pero una innovación que se dé como imperativo la armonía perfecta -como quería la Unión Europea- entre el medioambiente y el desarrollo.