Emprendimiento, algo más que voluntad: talento, entorno, capital (TEC)

242. Todo lo que comiences, no pares hasta culminarlo. Toda la vida se le va a algunos en comenzar cosas que no acaban: tienen carácter inestable. Nunca consiguen que los admiren, porque nada terminan. Líbrate del defecto español de la impaciencia, y ten la virtud belga de la paciencia. Estos acaban las cosas, aquellos acaban con ellas. Luchan y sudan hasta vencer la dificultad, pero sin alcanzar la victoria de culminarlas bien: prueban que pueden, pero no quieren. Siempre es un gran defecto la débil voluntad y el no pensar bien antes de decidir si se hará o no algo. Si la obra es buena, debe acabarse. Y si es mala, no debió comenzarse. Termina, pues la casa que haces, y no se te vaya la vida en terminarla.

B. Gracián. El Arte de la Prudencia

 

Gracián nos enfrenta a un compromiso moral; actuar. Llama la atención la actualidad del debate que nos plantea y con la radicalidad que lo hace. Radicalidad que surge de la visión moral que imprime a la necesidad de actuar, a la obligación de hacer, de transformar la realidad. Emprender es un deber no una opción.

Frente a la improvisación y la precipitación, el reto no es otro que mantener la capacidad crítica; revisar los valores de la convivencia, evaluar las amenazas y fijar referencias sostenibles, y por ello compartidas. En definitiva, superar las restricciones que imponen la ansiedad o la codicia. Despacio, sí; pero seguro. Emprender, reflexionar, aprender sin pausa, sin dilación. El riesgo inasumible es quedar paralizados ante la incertidumbre.

Es evidente que vivimos una situación en la que se acumulan las paradojas conduciéndonos a un momento crítico. Nunca nos hemos sentido tan poderosos y a la vez tan frágiles. Cuando vamos a buscar soluciones en el libro de instrucciones sólo encontramos una frase que nos dice: “Consulte a los que lo están haciendo”. Las oportunidades se dibujan con agua sobre planchas calientes. Nunca hemos podido acceder a tanto conocimiento y a la vez nos ha resultado tan difícil valorar los riesgos que asumimos. Cooperar, compartir; aumentar la red y la intensidad de sus flujos es la única manera de poder adaptarse a una realidad en continuo y vertiginoso cambio, es la única manera de poder contribuir a su configuración, en definitiva es la única manera de ser.

Recientemente leía un tweet que decía “Si controlas la situación, es que vas demasiado despacio”. Toda una declaración. Exagerada; sí. Cierta; seguramente. Vivimos en un momento en donde todo parece posible, a cambio, nada se nos muestra seguro. El sentido común se desvanece como el gato de Cheshire antes de tener la ocasión de consolidarse, dejándonos en manos de la creatividad para atender los retos cotidianos.

No debemos olvidar que el inicio del siglo XX también vino acompañado de profundos cambios tecnológicos que facilitaron la expresión de mutaciones que transformaron de raíz las relaciones sociales, el arte, la política, la economía… La electricidad, los coches, los aviones, el cine, la química industrial y farmacéutica, la radio y el teléfono propiciaron la emergencia de nuevos territorios humanos. Los hombres y mujeres de la época también sufrieron la desazón de enfrentarse a un mundo cuyas reglas no les habían sido dadas; también tuvieron que encontrar un orden improbable en una realidad incierta, para terminar propiciando el periodo de mayor y más estable crecimiento económico en la historia en occidente. El lado inasumible de esta historia son dos guerras mundiales y 50 años de guerra fría para destruir el mito del totalitarismo y alcanzar la común aceptación del mercado, la ciencia y la democracia como soportes de la creación de bienestar social.

En pocos sitios se vive el compromiso moral con el emprendimiento como en la Bahía de San Francisco. “La Bahía” es por encima de todo un estado de ánimo, una decisión colectiva, y por lo tanto imparable e inimitable, pero también, incierta e inestable. Una emoción unida a un proyecto, conquistar el nuevo mundo que está surgiendo de la hibridación entre el hombre y la tecnología. Conquistarlo a través de la única forma posible que es su creación.

Detrás de los emprendedores de la Bahía hay una innegable ambición de innovación social por mejorar el mundo. Basta pasear por sus ciudades para absorber estos valores; la ecología, la diversidad, la globalidad. Basta recorrer sus calles para sufrir sus contradicciones; la pobreza y la marginación. Es erróneo pensar que la energía que mueve a este laboratorio de la realidad es la codicia, o el simple ansia de conocer.

La tecnología es una materia prima que se incorpora desde allá donde se produzca, a ser posible con la persona de su creador. En la mayor parte de los caso no deja de ser una commodity tan necesaria como secundaria en relación con el modelo de negocio. Lo determinante no es la capacidad de crear conocimiento sino su integración en organizaciones para crear y atender demandas sociales. El elemento diferencial de la Bahía está en su capacidad para la creación y transformación de empresas. Y es así porque la empresa es la organización más eficiente para conseguir y gestionar recursos en una economía libre y la más adecuada para prototipar iniciativas y lanzarlas a una iteración permanente con el mercado. Cada empresa es un nuevo camino en el mapa de un futuro más próspero.

La fiebre del oro atrajo hacia el oeste, hacia lo desconocido, a la conquista de un nuevo mundo hace ciento cincuenta años a muchos de los emprendedores más capaces. Entonces como hoy San Francisco actúa como una frontera de un destino que se ha vuelto irremediablemente global. Millones de personas en todo el mundo de manera paralela, con formación e información semejante y a tiempo real están construyendo la “Global Mind” de la que nos habla Tim O’Reilly. La Bahía es, si no el lugar, al menos uno de los lugares en los que esta realidad se encarna y proyecta al resto de la Humanidad. Esto es así porque al menos convergen tres elementos singulares Talento, Entorno, Capital (TEC). Disponer de TEC es lo que hace posible un ecosistema disruptivo y prescriptivo.

TEC es talento. La Bahía es un agujero negro del talento emprendedor. Se da la paradoja de que hasta los países pagan porque su talento emprendedor se desplace allí. Talento con el que se integra la tecnología y experiencias globales y diversas. En definitiva personas que se diferencian, parafraseando a Gracián, por su paciencia activa. El talento emprendedor no se mide en saber académico, sino en saber hacer. Sus indicadores son la perseverancia ante la incertidumbre, la iteración como método de conocimiento o el emprendimiento como actitud. Visitar IDEO o perderse por la D-School de Stanford hace tangible cómo el pensamiento y la acción se confunden en el proceso creativo a través del talento de las personas.

El emprendimiento es una realidad social casi obsesiva en la Bahía. Las condiciones laborales, reputacionales y económicas invitan a emprender desde el colegio hasta inclusive después de la jubilación. Cuando hablamos de emprendedores pensamos en aquellos que quieren crear una empresa, pero el concepto transciende a esta realidad. San Francisco también es la tierra de los emprendedores sociales cuya tarea goza de reconocimiento social equivalente al de los emprendedores empresariales. Por otra parte, los modelos de innovación en abierto, la movilidad o la organización del trabajo hacen que la noción de intraemprendedor no sólo se presuma en los directivos, sino que abarque a todas las personas implicadas en un proyecto, en una organización, pública o privada, con o sin ánimo de lucro.

TEC es entorno. El entorno de la Bahía actúa como un caldo primordial que propicia la emergencia de vida, de nuevas realidades organizativas complejas en sus más distintas formas. Con frecuencia hemos asistido a cómo las administraciones gastan para comprar talento fundamentalmente académico que se instale en su territorio, inversión que estamos acostumbrados a que sea baldía. La Bahía ofrece las condiciones para la adecuada expresión de los genes emprendedores del talento que atrae, y además en la interacción con su medio mejora sus competencias.

La epigenética de la Bahía nos acerca a sus valores. Un mundo imprevisible necesita de valores inquebrantables y en San Francisco los encontramos. La cultura abierta nos sugiere que la mejor manera de guardar un secreto suele ser compartiéndolo. La cultura que hizo posible la creación de Internet y la subsiguiente revolución en el consumo, la política, la comunicación o la formación, en pocos lugares se encarna mejor que en San Francisco. La Bahía es ante todo conectividad; infraestructuras y mentes abiertas a aprender compartiendo. Que el tiempo es oro se aprende rápido, como que el mejor uso que se puede hacer de él es invertirlo en compartir relaciones y experiencias.

Hacia dentro y hacia fuera de una organización, existe la certeza de que el triunfo de uno siempre beneficiará a todos. Cada éxito lo es individual, lo es del equipo y lo es de la Bahía. La idea de equipo, de complementariedad, de excelencia y responsabilidad compartida, es clave en cualquier proyecto. Como señala Jonathan Franzen en Libertad, “la respuesta es el equipo y los insignificantes problemas personales quedan al lado”

El sueño de la Bahía es global, como los valores que defiende. La verdadera fuerza del talento no está en la capacidad de gestionar conocimiento, sino en los valores que promueve. La preocupación por la sostenibilidad es consustancial a la experiencia de San Francisco. El empoderamiento de la ciudadanía a través de las redes y de sus prácticas de consumo es ejercido de manera natural y constante. Lo orgánico, el reciclaje, la innovación social, la diversidad como riqueza, la responsabilidad individual, el consumo como opción política… conforman una manera de entender la vida con ambición global.

TEC es capital. Sin capital no hay empresa, ni proyecto. La Bahía es el dominio de los bussines angels, el capital riesgo y el crowdfounding. Siempre hay un inversor dispuesto a compartir un riesgo en un proyecto interesante. Todos los días hay presentaciones en distintas rondas de financiación en un sinfín de lugares en donde se convierte al “elevator picht” en una ciencia. En los bares se discute de los 49th y de los planes de negocio con la misma vehemencia.

El éxito empresarial goza de un sincero reconocimiento social. La contrapartida es el deber moral de los que lo han tenido, de hacer llegar recursos y de transmitir experiencias a aquellos que quieran iniciar nuevos proyectos, creándose de esta manera un círculo virtuoso característico de la Bahía. Entidades inversoras, y emprendedores que vendieron sus empresas, comparten su riqueza y conocimientos con nuevos emprendedores en un juego en el que el error forma parte del proceso de aprendizaje, y en el que los beneficios surgen del número de operaciones. Frente a la irracionalidad destructiva del poder financiero global, muchos inversores de la Bahía implican su saber en operaciones que conocen y valoran. Operaciones en las que se busca el impacto económico real y la viabilidad de las empresas en proyectos sostenibles a medio y largo plazo.

Capital que al igual que se financian proyectos empresariales, financian iniciativas de cambio social y equidad global con criterios igualmente rigurosos y métricas precisas, a través del denominado filantrocapitalismo o de crowdfounding.

Hacer es aprender. Aprender es emprender. El arte de la prudencia hoy es el arte de emprender, y el arte de emprender conduce al arte de aprender. En este entorno la recomendación de Gracián cobra una vigencia radical, “Todo lo que comiences, no pares hasta conseguirlo”. ¡Invéntate el futuro! Todo es posible porque antes ha sido soñado.

 

Alfonso González Hermoso de Mendoza



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