EL CEREBRO EMOCIONAL I.

El hipotálamo y la amígdala

En lo más profundo de nuestro cerebro y en las entrañas de los lóbulos temporales se encuentran la amígdala cerebral y el hipotálamo. Ellos son los encargados de controlar nuestro mundo emocional y el regulador central de nuestras funciones viscerales y endocrinas. Constituyen el cerebro emocional y nos conducen a través de sentimientos, ya sean primarios o no, hacia conductas y comportamientos que para muchos autores y estudiosos se oponen a las conductas y comportamientos racionales.

¿Enfrentamos el mundo emocional al mundo racional? Nada de eso, al contrario, se complementan y enriquecen.

Etimológicamente, Hipotálamo, directamente del griego, significa lo más profundo, el dormitorio, el tálamo nupcial. Quizá por ello, Descartes llamara al hipotálamo el “hogar del alma”, el asiento donde descansa el alma, tiempo atrás, Aristóteles decía que en el hipotálamo se concretaba la personalidad del hombre porque en él se reunían los sentimientos.

El Hipotálamo y la amígdala cerebral son dos fantásticas estructuras que proporcionan la visión equilibrada de los riesgos, los miedos, las pasiones y las carencias. Constituyen nuestro capital emocional.

Las emociones nacen de la actividad de nuestro sistema nervioso. Proporcionan lo más intrínseco de los comportamientos y por supuesto son imprescindibles para la vida.

La emoción es un conjunto complejo de sensaciones, sentimientos y percepciones que tiene dos integrantes esenciales: el primero es subjetivo y se refiere a todo aquello que sentimos internamente y que nos conmueve el alma y el cuerpo. El segundo afecta a la forma y manera en que exteriorizamos esa emoción, es decir, la “carga emotiva”.

Igual que no se puede vivir sin emociones (el animal más fiero que se le extirpa la amígdala cerebral se convierte en manso) es peligroso una sobredosis emocional que nos nuble la razón y el pensamiento. Hay que reconocer la inmensa labor que realizan permanentemente estos centinelas de nuestras emociones.

Resulta aquí especialmente oportuna la teoría John Mayer por lo cual las actuaciones de nuestro cerebro reticular, que es la primera reacción que siempre nos asalta, es la más adecuada a cada momento y sentimiento. Frente a ella el córtex nos dice que esa reacción debe ser la adecuada al momento y la razón. El sabio refranero español decía: “La primera impresión es la que importa”. De nuevo el hipotálamo y la amígdala cumplirían su función y convertirán la emoción en el elemento generador de valor de nuestros comportamientos.

Santiago Ramón y Cajal adelantó con su científico pensamiento la importancia de las emociones en la vida del hombre, y dejó algunas frases muy interesantes:

– Las ideas no duran mucho, hay que hacer algo con ellas.

– Observar sin pensar es tan peligroso como pensar sin observar

– Todo hombre puede ser, si se lo propone, escultor de su propio cerebro.

– Hay que hacer vibrar a las neuronas dormidas con emociones y sentimientos.

 


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