SE PUEDE PENSAR CUALQUIER DÍA DEL AÑO

Es muy sugerente, incluso romántico pensar que las ideas, la inspiración, los nuevos proyectos o las oportunidades se nos presentan en las épocas de vacaciones, cuando tenemos el cuerpo y el espíritu relajado, cuando estamos rodeados de espacios naturales y podemos leer un libro, cuando nada ni nadie nos interrumpa. La realidad está a años luz de este sentimentalismo que sistemáticamente gurús, libros de éxito, falsos profetas o filósofos maniqueos reproducen los meses de junio y julio recomendándonos tal o cual actividad.

Bryan Mattimore, autor de “Idea stormers” mantiene que: “Las vacaciones son de las pocas ocasiones, sobre todo si alguien tiene un trabajo a tiempo completo, en que somos capaces de pensar profundamente acerca de un tema y crear algo nuevo”. En total desacuerdo con esta frase. Parece, según Mattimore, que el resto del año los profesionales son unos robots idiotas sin capacidad para pensar y crear.

Es verdad que la rutina del trabajo supone una tupida venda que ni deja ver, ni deja comprobar que hacer otras cosas o hacer las cosas de otra manera supone incrementar exponencialmente la eficacia. También es verdad que el trabajo y el roce diario con el jefe, los compañeros y el engranaje organizativo (evidentemente no es todos los casos) merma la motivación y el impulso.

A pesar de ello, para poder prosperar, hay una receta infalible que combina el esfuerzo, el pensamiento, la inteligencia, la gestión del tiempo y la capacidad creativa.

Se puede y se debe pensar siempre. Pensar en nada, es nada. Un cero a la izquierda que invalida y pudre. Pensar siempre porque antes o después obtendremos una idea, un concepto, un equilibrio. De pensar surge el pensamiento. Del pensamiento la creatividad y la razón. Habrá que encontrar la oportunidad y el momento para poner en práctica el abstracto pensamiento creativo. Livingston nos introdujo en la práctica del “emprendimiento posible” y explicaba que: “No es necesario tener un gran compromiso que condicione el resto de nuestra vida y de nuestro pensamiento, no es necesario arrancar una startup, ni siquiera llevar a la práctica un plan de negocio por el mero hecho de ver si funciona. Sin embargo sí es necesario testar la idea con potenciales usuarios, comprobar que se cuenta con los conocimientos técnicos y recursos económicos necesarios y asegurarse de gestionar las capacidades que se requieren para emprender”.

Si decidimos pensar y acometer el emprendimiento cabe recordar tres máximas que han inundado las redes a este respecto.

  1. Vamos a centrar nuestra actuación en la estrategia. La estrategia de Coco recomienda conocer la verdad y la diferencia de estar arriba o abajo. De numerador y denominador. Entre ingresos, gastos y costes.
  2. Actuar en un mercado competitivo. No se te ocurra entrar allí donde solo hay tres o cuatro operadores. La política de P. Serrahima proclama que una compañía sensata tiene que ser cercana, humilde y su núcleo de la verdad ha de ser únicamente su cliente.
  3. Diferenciarte en aquello que has de hacer. El triángulo de Godin señala que solo hay tres maneras de diferenciarse: ser el mejor, ser el único o ser el más barato.

 


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