Sostenibilidad en un mundo global en Construcción sostenible

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Wikilibro: Construcción sostenible > Capítulo 8: Urbanismo

Sección 1

Sostenibilidad en un mundo global
La construcción de los actuales territorios, tanto en las áreas de naturaleza protegida como de los centros de las ciudades tradicionales, ha constituido el quehacer de los dos pasados siglos. Sin embargo, este quehacer debería de cambiar en sus parámetros básicos porque la irrupción de un elemento nuevo, de una potencia espectacular los ha hecho cambiar.

Este elemento nuevo aparece en las zonas de interfase entre la ciudad tradicional y la naturaleza. Estas zonas de interfase que, en principio, eran relativamente pequeñas se han convertido, de facto, en las áreas de mayor superficie en muchos de nuestros municipios. Lo que se haga en ellas es vital para conseguir ciudades más eficientes. De hecho, la planificación tradicional se ve impotente para controlar estas inmensas áreas en las que el problema básico es el de la fragmentación. Pues bien, este nuevo territorio urbano del siglo XXI está induciendo cambios irreversibles tanto en las áreas de naturaleza como en la ciudad tradicional.

De forma que son muchos los temas relacionados entre sí lo que nos indica la necesidad de intentar una visión comprensiva de los mismos. La sociedad del siglo XXI, la sociedad global, obliga a realizar algunos ejercicios de análisis que superan las formas tradicionales de razonar en términos territoriales. Quizás haya tres que destacan sobre los demás. El análisis debería ser: holístico, complejo y no determinista.

Habría que advertir que el análisis que se va a intentar sólo es válido para áreas muy concretas del territorio europeo. El resto tardará todavía unos años en encontrarse en esta situación. Pero todavía estamos a tiempo en muchos sitios de actuar en forma adecuada. Para concretar voy a utilizar datos de la Comunidad de Madrid pero podrían servir igual para buena parte de los territorios europeos.

Por ejemplo, en la Comunidad de Madrid, entre los años 1993 y 2001 el crecimiento del VAB ha sido del 34,3%, el empleo entre 1993 y 2004 ha crecido un 51,7% y la población se ha incrementado casi un 20%. Pero este crecimiento lo ha sido exclusivamente en una dirección: el sector terciario. Entre 1993 y 2004 se han creado cerca de 680.000 empleos casi todos en servicios terciarios avanzados. Por ejemplo, la intermediación financiera y las actividades inmobiliarias y de alquiler han crecido un 116%. Algunas cifras de la variación del empleo pueden ser significativas. Entre los años 1993 y 2005 en el empleo en la construcción ha aumentado un 74,0%, en la industria un 5,1%, en actividades logísticas un 46,1%, en actividades comerciales un 38,8%, en empleo terciario para servicios a la producción un 116,1% y en servicios públicos a la comunidad un 22,7%.

Parece claro que la construcción es uno de los motores del desarrollo en la región (aunque no el único). De todas formas las enormes ganancias y el capital acumulado por las empresas constructoras les han llevado, de forma casi inmediata, a un proceso de diversificación basado en la intermediación y los servicios financieros. Además, al proceso de diversificación, deslocalización y ampliación de mercados (sobre todo en América Latina) se ha unido otro de descentralización física de las sedes empresariales en el área urbana. Y ya empezamos a entrar en el tema. Esto se ha hecho mediante una emigración masiva de las sedes empresariales a los cinturones de alta accesibilidad que se han multiplicado estos años. Por ejemplo, y continuando con el caso madrileño, entre 1997 y 2004 se concedieron 168.000 m2 de licencias para oficinas en el área central, mientras que en las zonas situadas en torno a la m-30 m-40 y radiales se concedieron 206.912 m2. Y fuera del municipio de Madrid, en el área urbana, en el mismo período se han consolidado actuaciones por un total de 2,3 millones de metros cuadrados.

Bien, la región urbana madrileña ha dado un salto realmente espectacular en los años inmediatamente anteriores a la actual crisis, avanzando a gran velocidad y poniéndose por delante de muchas de las regiones europeas, sobre todo si se mide en términos de crecimiento porcentual. Pero en su avance desaforado Madrid se ha dejado en el camino muchísimos desgarros, ha sufrido amputaciones, se ha roto, es como un ser vivo sangrante que ha sufrido experiencias traumáticas en muchas partes de su cuerpo. Y lo mismo ocurre, aunque la velocidad de consolidación haya sido diferente y el proceso haya comenzado antes, con la mayor parte de las ciudades europeas. De forma que los que nos dedicamos a organizar el territorio nos encontramos con la necesidad de recomponer, en la medida de lo posible, todo lo que se ha roto.

Los costes han sido altísimos. Costes en términos ambientales, costes sociales y costes financieros.

La huella ecológica

Vamos empezar por el principio. Es decir, por una cuestión que nos afecta a todos. En el año 1996, Rees y Wackernagel proponen el concepto de “huella ecológica” como "el área de territorio productivo o ecosistema acuático necesario para producir los recursos utilizados y para asimilar los residuos producidos por una población definida con un nivel de vida específico, donde sea que se encuentre este área". La introducción de este concepto, con todos los problemas, críticas, inconvenientes e inconveniencias que trajo consigo, significó sin embargo que ya contábamos con algún instrumento (todo lo tosco y rudimentario que se quiera) para cuantificar las relaciones entre territorio y consumo. Se trata justamente del negativo fotográfico de otro concepto muy usado en ecología y que se conoce con el nombre de capacidad de carga que suele definirse como la población máxima de una especie que puede sobrevivir en un territorio sin deteriorar los recursos de los que se nutre.

Mathis Wackernagel, Alejandro Callejas, Diana Deumling, María Antonieta Vázquez, Susana López y Jonathan Loh, en el año 2000 calcularon la huella ecológica de la totalidad del planeta atendiendo a siete indicadores y los resultados fueron espectaculares: resultó que se utilizaban alrededor de 164 unidades de medida pero que la bio-capacidad del planeta era sólo de 125 millones, lo que significaba un exceso del 31%.

Esto no siempre ha sido así. En realidad el problema es bastante reciente. Los cálculos indican que en los años sesenta del pasado siglo (el XX) la actividad humana consumía el 70% de lo que el planeta era capaz de producir, pero ya a principios de los años ochenta se alcanzaba el 100%, y en estos momentos estamos por encima de nuestras posibilidades, es decir utilizando los ahorros obtenidos a lo largo de los siglos.

Según la edición 2006 del “Ecological Footprint and Biocapacity” del Global Footprint Network (datos de 2003), la huella ecológica de la Tierra es de 2,2 hectáreas globales por persona con un déficit ecológico de -0,5 hag/hab, lo que indica un sobreconsumo de planeta del 23% (una hectárea global es una hectárea con la capacidad mundial promedio de producir recursos y absorber desechos). Dependiendo de los diferentes sistemas de cálculo de la huella ecológica este porcentaje es variable pero todos los autores lo fijan en un mínimo de un 20%.

Con ser grave el problema habría que añadirle otro: esta excesiva explotación del medio no se hace de forma uniforme en la totalidad del planeta. Los Emiratos Árabes Unidos tienen el record con una huella ecológica de 11,9 hag/hab y un déficit ecológico de -11,0 hag/hab. Le sigue USA con 9,6 y -4,8 respectivamente. En el lado opuesto Afganistán tiene una huella de 0,1 y un superávit de +0,2. Sin embargo, otros países con mayor huella ecológica tienen balances más positivos. Así Gabón (1,4 y +17,8 respectivamente), o Congo (0,6 y +7,2).

En España es de 5,4 y la media de la Unión Europea de 4,8. Bien, si alguien quiere calcular su propia huella ecológica puede hacerlo en la siguiente dirección de internet:

http://www.myfootprint.org/

Existen, por tanto, dos problemas diferentes pero perfectamente interrelacionados: el primero se refiere a que hemos sobrepasado la capacidad de carga del planeta. Pero el segundo, cada vez más acuciante es que esta explotación excesiva se hace de unos terrícolas a costa de otros. Esto hace que la percepción de las urgencias haya cambiado notablemente desde el año 2000, orientándose probablemente en una dirección más social el concepto de sostenibilidad. Parece que estas dos cuestiones son las básicas que en estos momentos debe abordar la sostenibilidad aunque existen otros temas que frecuentemente se mezclan con éste, de forma intencionada o no, y que es preciso colocar en su sitio.


Expresiones que confunden

El primero de los temas que es conveniente deslindar es el de la “defensa del medio natural” que, a su vez engloba muchos otros subtipos como “lo verde”, “lo ecológico”, “lo natural”, etc. Por supuesto que la defensa del medio natural está muy relacionada con la sostenibilidad y muchos de sus objetivos son comunes. Sin embargo, el concepto no es el mismo y, por supuesto, sus objetivos finales, tampoco.

Supongamos que tenemos un arroyo que pasa por una ciudad hipotética (aunque la situación está sacada de un ejemplo real) y que nos lleva a un lugar de solaz y esparcimiento de la población llamado el Soto. El arroyo topográficamente va bastante encajonado y sus laderas suelen estar llenas de basura e inmundicias pero es el camino más corto para llegar al Soto. Al principio los habitantes tenían que dar un rodeo muy grande para llegar y la consecuencia era que iban sistemáticamente en coche. El Alcalde decidió entubar el arroyo y hacer encima un sendero peatonal de forma que ahora los ciudadanos y ciudadanas pueden ir andando al Soto. Este Alcalde aparentemente ha mejorado la sostenibilidad del planeta y puede estar orgulloso de ello. Pero los grupos ecologistas que, tradicionalmente, se encargan de la defensa de este medio natural se quejan amargamente. El Alcalde ha eliminado el arroyo, la vegetación de ribera, la flora, la fauna,... Desde su punto de vista ha ocurrido un desastre ecológico. Es un ejemplo bastante claro de que, a veces, los objetivos no son los mismos.

Otra de las cuestiones colaterales es la del “ambiente”. Muchas veces también decimos “medio ambiente” pero deberíamos disciplinarnos para hablar sólo del “medio” o del “ambiente”, aunque probablemente la situación lingüística sea ya irreversible. Al hablar del “ambiente” nos referimos a temas como la calidad del aire, del agua, el ruido, el soleamiento, el color de los pavimentos, o la cantidad de zonas verdes o espacios libres por habitante.

Y aquí sí que, en una buena parte de los casos (en los países desarrollados, claro) existe una confrontación directa entre los objetivos ambientales y los sostenibles. Veamos otro ejemplo para tratar de entenderlo.

Todos queremos que el río de nuestra ciudad discurra puro y cristalino. Cuando esto no sucede y, en realidad, es una mezcla pútrida de fecales, detergentes, metales, etc., la población decide hacer un tremendo esfuerzo y construye una sofisticada depuradora. Después de un cierto tiempo de funcionamiento parece que, al fin, vuelve a haber peces en el río. Sin embargo, esta solución choca directamente con la sostenibilidad. Consumo de energía para construir y mantener la depuradora, introducción de un orden artificial impuesto al de la naturaleza, etc., todo ello significa en realidad lo siguiente: la ciudad consume más de lo que le corresponde en detrimento de la huella ecológica de Senegal y luego, vuelve a consumir más para construir la depuradora apoderándome en este caso de parte de la huella ecológica de Gabón. Es como en el caso de los banquetes romanos, cuando ya no podían comer más porque materialmente nos les cabía en el estómago, vaciaban el estómago y seguían comiendo.

Probablemente una solución sostenible y a la vez ambiental sería conseguir que esos ciudadanos consumieran menos para que contaminaran menos y el río pudiera auto regenerarse. Somos conscientes de que las concentraciones humanas muchas veces lo impiden pero esta debería ser la tendencia. El esfuerzo debería estar en rebajar el consumo y a lo mejor podría ser bueno que el ciudadano visualizara en una cloaca el resultado de su consumo.


¿Qué se puede hacer?

Así planteado el problema de la sostenibilidad, las políticas que pretenden atajarlo sólo pueden incidir en tres factores: disminuyendo la población total del planeta (mediante controles de natalidad, guerras, enfermedades o hambrunas), inventando (nuevas energías, sistemas no contaminantes, aumentando el rendimiento del sistema) o tratando de ralentizar el consumo disminuyendo las necesidades.

Respecto al primero, es decir a la disminución de la población total del planeta probablemente haya poco que decir. O somos muy cínicos (que lo somos) o pensar que el reparto masivo de condones y píldoras anticonceptivas en el Tercer Mundo es la solución, realmente no se sostiene. Habría que decirles a los benefactores de este tipo de reparto que aparentemente es mucho más efectivo aumentar el nivel de desarrollo, puesto que hay una cierta correlación entre éste último y las tasas de natalidad. Probablemente el problema se solucionaría por sí solo si el Tercer Mundo se convirtiera en Primer Mundo. En ese mismo momento, y de forma mágica, las tasas de natalidad bajarían de forma automática.

El segundo conjunto de políticas son aquellas que se refieren a la invención. Obtención de nuevas fuentes de energía, utilización de energías alternativas, etc. Hay un problema aquí que no se suele mencionar frecuentemente y es el de los materiales. Quien esté interesado puede leer el libro dirigido por Naredo y Valero titulado “Desarrollo económico y deterioro ecológico” que trata la cuestión de forma magistral. Eso en las entradas, porque en lo relativo a las salidas los problemas también son igualmente importantes, ¿qué se hace con los desechos? ¿y con la contaminación?

Y dentro de la invención, aquellas otras más técnicas y directamente relacionadas con los arquitectos y con los urbanistas. Me refiero a la necesidad de mejorar el rendimiento de nuestros edificios y de nuestras ciudades. O como a mí me gusta más: aumentar su racionalidad.

Aún con todo ello, probablemente será imprescindible cambiar los patrones de comportamiento para disminuir el consumo. El problema es que si conseguimos mejoras en la eficiencia de forma que los pluses generados con dichas mejoras se destinen a aumentar los ya altos niveles de desarrollo de los más favorecidos, tanto países como clases sociales, no se habrá conseguido avance alguno y en el peor de los casos se producirá un retroceso. Desde el punto de vista de la sostenibilidad no tendría ningún sentido que nuestros territorios y ciudades funcionaran más eficazmente o nuestra agricultura fuera más productiva si estos diferenciales se utilizaran para mejorar los niveles de confort de los que los tienen más altos, o para aumentar las distancias entre clases sociales o entre países.

La aplicación de estas mejoras a intentar disminuir las distancias entre clases o entre países (así como eliminar la marginación de determinados grupos o como modificar de-terminadas tendencias sociales que se han revelado perversas) deberían de ser objetivo político prioritario.

Desafortunadamente escasean este tipo de iniciativas en la mayor parte de los programas políticos, prueba inequívoca de una sociedad acomodada que no las reclama probablemente por miedo a perder las cotas de confort alcanzadas. El problema es que, desde los años ochenta del pasado siglo el planeta no es suficiente para todos y, dado que no se puede sacar más del llamado Tercer Mundo las clases más acomoda-das han puesto en su punto de mira las burguesías menos acomodadas de sus propias sociedades. Se ha empezado así a desmontar el llamado Estado del Bienestar porque lo cierto es que no puede haber Estado de Bienestar para todos si los que están por encima pretenden mantener sus actuales tasas de desarrollo.

Bien, ahora que nos hemos puesto de acuerdo respecto a algunas cuestiones de vocabulario va siendo hora de que revisemos qué pasa con nuestros territorios.

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La ciudad fragmentada