La ciudad fragmentada en Construcción sostenible

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Wikilibro: Construcción sostenible > Capítulo 8: Urbanismo

Sección 2

La ciudad fragmentada
Para poder analizar racionalmente el tema probablemente sería adecuado remontarnos a los ritos fundacionales de la ciudad. Y de todos ellos, uno que presenta un especial interés: la apertura del surcus primigenius. El rito lo describe Rykwert de forma extraordinaria. Dice refiriéndose a este surco inicial en la fundación de Roma:

“Lo trazaba el fundador sirviéndose de un arado de bronce al que, según Catón, que a su vez depende de Servio, se uncían una novilla y un toro blancos, el toro por la parte de fuera y la novilla por el lado de dentro del surco. De creer los diversos relatos del camino seguido por Rómulo, la procesión habría avanzado en sentido contrario a las agujas del reloj empezando desde el extremo suroccidental del solar. El fundador se reuniría con su comitiva en el lugar convenido llevando el arado oblicuamente de forma que toda la tierra cayera de la parte de dentro del surco… si algo de tierra caía fuera los de la comitiva la echaban dentro del límite de la ciudad. Al llegar a los puntos en los que se abrirían las puertas del recinto levantaba el arado de la tierra y lo llevaba así levantado hasta sobrepasar el ancho de la puerta. Los muros que seguían la línea trazada en el terreno por el arado del fundador se consideraban sagrados, mientras que las puertas estaban sujetas a la jurisdicción civil”.

Podríamos extraer incontables enseñanzas de este párrafo. Sin embargo ahora simplemente nos centraremos en el hecho del establecimiento de un límite. Un límite que separaba una parte del territorio de otro. La importancia de este límite era manifiesta, simplemente por la solemnidad y el ritual con el que se desarrollaba el acto. Lo que iba a quedar encerrado dentro de esos límites era territorio humano, era ciudad. Fuera estaba la naturaleza incontrolada, el miedo, la barbarie. El territorio se limitaba (la ceremonia se llamaba limitatio) para poder controlarlo, para poder establecer un orden distinto al orden exterior. Esta es la esencia de la urbanización. Sin embargo la ciudad no se podía encerrar, encapsular de forma completa, necesitaba sistemas de comunicación con el exterior ya que para poder mantener su orden urbano necesitaba del orden de la naturaleza. Por eso estaban las puertas. Y por eso Rómulo levantaba cuidadosamente el arado cuando fijaba el límite de la ciudad.

Por supuesto que ninguna ciudad es autosuficiente. El mantenimiento del orden urbano requiere recursos que no se pueden encontrar en los límites de las murallas. Pero ello no quiere decir que la ciudad no sea sostenible. Prueba evidente de que la ciudad así planteada era sostenible es que se sostuvo hasta hoy. Y no solamente se sostuvo, tuvo un éxito bastante importante. Para poder sostenerse contaba con el resto del territorio de forma que se estableció una relación ciudad-territorio que funcionaba bastante bien.

Pero antes de existir como tal fueron necesarios muchos pasos que incluían la creación de sistemas y estructuras intermedios. Uno fue la ganadería. Otro la agricultura. La agricultura también introducía un orden distinto en el territorio. Pero era un orden de diferente intensidad al orden urbano. Durante muchos siglos estos tres órdenes caminaron juntos y bastante bien avenidos. En la Edad Media encontramos ciudades igualmente amuralladas o cercadas (¿para qué una cerca sino era capaz de defender a la ciudad de los ataques?¿acaso por qué seguía significando lo mismo, un límite?), luego los campos cultivados y, por último, la naturaleza.

Este orden se ha mantenido en un complicado equilibrio hasta el momento actual. Se podría entender la naturaleza como el orden más estricto posible compatible con la energía que recibe la Tierra. Y las ciudades como el establecimiento de un orden distinto, creándose un subsistema dentro del peculiar sistema Tierra. Un subsistema de entropía más baja que el sistema naturaleza. Es decir es un subsistema en el cual el orden estadístico es mayor. Y en medio está el orden agrícola y la utilización forestal y ganadera del territorio.

Para mantener el orden urbano sólo hay dos soluciones: o bien conseguimos aportes adicionales de energía, o bien utilizamos parte de la energía que se utiliza en conseguir el “orden de la naturaleza”. La segunda que es lo que en la literatura ecológica se conoce como “ceder entropía positiva al medio”. Por ejemplo dice Bettini (independientemente de la mezcla de conceptos que se produce en el párrafo): “un sistema abierto (una ciudad) puede por lo tanto mantenerse en un estado ordenado cediendo entropía positiva al medio ambiente circundante (es decir, desordenándolo) en forma de calor y de substancias químicas degradadas, al tiempo que captura entropía negativa”. Algo parecido sucedía con el llamado “campo”, aunque con menor intensidad.

Como consecuencia se fueron consolidando dos modos de vida que han caracterizado nuestro territorio durante muchos años (en los lugares más desarrollados del planeta aproximadamente hasta mediados del siglo pasado): el modo de vida urbano por una parte, y el modo de vida rural, por otra, que servía de amortiguador entre la naturaleza y la ciudad. El urbanita casi siempre ha considerado al campesino de una forma idílica como el buen salvaje, que tenía una cierta relación con ese Paraíso de la Naturaleza que perdió al recluirse en la ciudad. Es lo que sucedía al principio: la sociedad rural (a pesar de todo) como sociedad de solidaridad, y al sociedad urbana como sociedad alienada.

Para que esta sociedad de solidaridad funcionara era imprescindible que se dieran, entre otras, dos condiciones: la primera, que tuviera un tamaño adecuado para que la mayoría de sus miembros se pudieran conocer; y la segunda, que fuera una sociedad “completa” en la mayor medida posible. Es decir, que la mayor parte de las actividades pudieran realizarse en el círculo cerrado de la aldea, con incursiones esporádicas a centros de mayor nivel.

Tenemos, por tanto, en este momento evolutivo, un territorio rural caracterizado por pequeños asentamientos en el que los aldeanos realizaban la mayor parte de sus actividades con incursiones esporádicas a “la ciudad”, y con un modo de vida en el que el reloj era un objeto casi inservible y donde el tiempo discurría con ritmos distintos a los urbanos.

Todo el territorio para la ciudad

Una de las carencias más significativas de la ciudad ha sido, evidentemente, el contacto con la naturaleza. Este problema se ha concretado específicamente en una de las formas que se han inventado los urbanistas para construir la ciudad. Me estoy refiriendo al movimiento de las “ciudades jardín”. Esta orientación, suficientemente conocida y utilizada hasta la actualidad por muchos urbanistas, presenta algunas características peculiares: Las bajas densidades, la descentralización, y (aunque no tan específica de este movimiento) la separación de funciones. Es decir, la zonificación. Estas tendencias, originadas en el último cuarto del siglo XIX y comienzos del XX, llevadas al límite y deformadas convenientemente con las posibilidades producidas por la movilidad proporcionada por el automóvil privado han dado lugar a lo que muchos autores llaman “ciudad difusa”, “ciudad a trozos” o, simplemente “anticiudad”. A mi me parece que la expresión adecuada sería el de ciudad fragmentada.

Hasta ahora, las ciudades se habían limitado a ocupar espacios más o menos concentrados y, más allá de los últimos bloques o de los más lejanos suburbios, se extendía aquello que genéricamente era “el campo”. En esta nueva y perversa modalidad, la ciudad tiende a ocuparlo todo apoyándose en las infraestructuras y basando su supervivencia en la movilidad originada por el automóvil.

Esto empieza a suceder de forma significativa con importantes implicaciones sobre el territorio a partir de la Segunda Guerra Mundial.

Se percibe la tendencia a vivir en pequeñas comunidades residenciales, separadas unas de otras, todas habitadas por personas de parecidas categoría económica y social, que van a trabajar a los grandes centros especializados o al interior de la ciudad tradicional, compran los fines de semana en grandes hipermercados donde, además, ya pueden ir al cine, bailar o cenar en un restaurante más o menos caro. La ciudad se va haciendo así a trozos, ocupando áreas de campo, y dejando espacios libres entre estos trozos. Pero esta progresiva rotura de la ciudad en partes pequeñas no da lugar a espacios de solidaridad como eran las antiguas aldeas, porque en cada trozo no se integran todas las funciones vitales sino al contrario, la separación se hace cada vez mayor: entre funciones, entre clases sociales, incluso entre espacios.

Este planteamiento no está todavía consolidado, pero se advierte claramente una mayor fragmentación social, mucho más dura e impermeable que lo hasta ahora conocido, con la población ocupando pequeñas islas de territorio, defendidas en algunos casos incluso por cuerpos de seguridad propios, y con un desconocimiento y, en gran medida, desprecio, por todo aquello que no les afecte directamente.

Como apoyo a lo afirmado en el párrafo anterior se suministran algunos datos sociales extraídos de una encuesta realizada en la zona de la nacional VI a la salida de Madrid (que puede considerarse uno de los paradigmas de la ciudad fragmentada): el 72% de las relaciones personales se establecen entre habitantes del mismo fragmento. El 28% restante, a través del trabajo y otros lugares. Los espacios de relación personal eran: los propios de la urbanización, los del trabajo, y en algunos casos puntuales hipermercados, gimnasios, boleras o discotecas. Esto significa la práctica eliminación de contactos entre “desiguales”. Una parte importante de los nuevos espacios de relación entre desiguales se encuentren en ámbitos no físicos (Internet, móviles, etc.) y habría que analizar como afecta esta nueva tendencia al diseño y disposición de los espacios públicos tradicionales.

La cuestión de la movilidad es otro de los problemas más obvios. Quizás se pueda entender mejor si se habla, por ejemplo, del transporte. Está más que comprobada la imposibilidad de mantener un transporte público rentable con las bajas densidades de las modernas periferias. Esto también pasa, claro, con una biblioteca. O una escuela (a menos que se haga recorrer a los niños largas distancias en autobuses).

En cualquier caso, aunque fuera posible para una sociedad, una ciudad o un país determinados, el planeta no lo puede soportar. También en este caso puedo aportar algunos datos de un muestreo realizado con cuatro tejidos distintos en los que se buscaban 19 equipamientos y servicios esenciales. Para ello se determinaron ámbitos con un radio de 500 metros en las distintas muestras de los cuatro tejidos distintos. Los resultados fueron espectaculares. En el tejido de la ciudad compacta tradicional se encontraron, como media de las diferentes muestras, 620 equipamientos y servicios mientras que en la Ciudad Jardín de la interfase fragmentada no llegaban a 60 y eso contando siempre con tejidos construidos continuos. Entre los 620 estaban todos los necesarios para vivir en un radio de 500 metros, es decir, al alcance de un paseo a pie. Para encontrar el mismo número en el tejido de Ciudad Jardín hay que dibujar un radio de 1,7 kilómetros. De una distancia máxima de 1 kilómetro se ha pasado a 3,5. Pero es que además el tipo de equipamiento y servicios que en el tejido de ciudad compacta tradicional estaba muy disperso entre los 19 equipamientos buscados, en el de la Ciudad Jardín estaba muy concentrado en sólo 3 o 5 tipos de los cuales, eso sí, había muchos.

La consecuencia es que la organización del territorio urbanizado de la interfase es muy poco eficiente. Lo es socialmente, debido a la segregación espacial producida y a la falta de movilidad social. Lo es desde el punto de vista del transporte de mercancías y de personas, con una altísima tasa de generación de viajes, la imposibilidad de trasladarse a pie o en bicicleta para realizar la mayor parte de las actividades, o la nula rentabilidad del transporte público en la periferia fragmentada que hace imposible su mantenimiento sin subvenciones públicas. Y también la disminución en la calidad de vida de los habitantes al invertir una parte importante de su tiempo en los traslados.

Mientras tanto, ¿qué ha pasado con nuestras aldeas? Por supuesto, estos rápidos cambios han afectado también a la vida de las aldeas. Por una parte ha llegado la mecanización. Incluso determinadas labores que requieren aparatos muy especializados y costosos, como la cosecha o el rociado de insecticidas mediante avionetas, las empiezan a realizar empresas que contratan los propios interesados para esas labores específicas, con lo que el agricultor, cada vez más se convierte en un empresario. Así que el concepto tradicional de aldea también se va deshaciendo y, los pueblos se van pareciendo cada vez más a las islas urbanas que comentábamos al ver la evolución que se estaba produciendo en las ciudades.

De forma que la ciudad y la aldea la irse aproximando, se van pareciendo más y más. El proceso no es el mismo que hace un siglo. Entonces, la ciudad al crecer de forma compacta absorbía las aldeas, rehaciéndolas e integrándolas en la trama urbana. Ahora, normalmente la ciudad llega a ese campo rota en decenas de esquirlas urbanas mimetizadas por las aldeas en su crecimiento de manera que las modas, las construcciones arquitectónicas o las formas urbanas son similares. Es decir, que la aldea se convierte en una esquirla más de la ciudad aunque sus habitantes se dediquen a la agricultura o a la ganadería.

Si nos fijamos en la relación de la urbanización con el territorio veremos que las antiguas ciudades (las ciudades tradicionales) aparecían como una especie de quistes en el territorio. Claramente separadas del campo mediante murallas, cercas o fosos, constituían una especie de anomalía, a diferencia del mundo rural mucho más integrado en la naturaleza. Sin embargo, desde mediados del siglo XIX se empiezan a tirar sistemáticamente las murallas, desaparecen las cercas y se rellenan los fosos. Un siglo después, la irrupción del automóvil permite la extensión casi ilimitada de la urbanización y la ciudad se desparrama literalmente sobre el territorio de forma centrífuga haciendo suyas las aldeas, los cultivos, los vertederos, las granjas porcinas y avícolas, las áreas naturales, los establos… De forma que ha sido necesario enquistar las escasas áreas poco antropizadas que quedan.

En el momento actual la situación se ha invertido y ya es todo suelo urbano o urbanizable (hasta legalmente) excepto el reservado. Incluso a estos quistes de naturaleza en me-dio de un territorio urbano o pendiente de ser urbanizado tenemos que vallarlos y dotarlos de sistemas de seguridad para que los urbanitas no los hagan suyos.

Pero ¿qué ha pasado con las relaciones entrópicas entre urbanización y naturaleza? Está claro que el orden digamos de “la naturaleza” ha ido perdiendo territorio a favor del “orden urbano”. De todas formas este crecimiento no se puede producir de forma ilimitada. En algún sitio el “orden urbano” tiene que volcar la entropía que le sobra. Hasta ahora el “orden natural” la ha ido absorbiendo como ha podido y la ciudad ha tenido que ir captando sus recursos y cediendo sus desechos cada vez más lejos.

Parece evidente como he tratado de demostrar, que estamos llegando a un límite en el cual no existe ya suficiente territorio que sea capaz de absorber la entropía generada por el orden urbano (estamos hablando en términos de entropía, o lo que es lo mismo: consumo de energía, de suelo, de materiales, contaminación, etc.) Esto no quiere decir que el orden urbano vaya a entrar en colapso, ni mucho menos. Lo único que quiere decir es que el orden urbano de París o de Nueva York será cada día más perfecto mientras que el de las ciudades africanas y parte de las de América latina o de Asia simplemente no podrá funcionar. El problema es, simplemente, un problema de justicia.

Veamos que sucede con la llamada “naturaleza”.


La naturaleza confinada

Hasta ahora hemos invertido mucho tiempo analizando la zona de interfase porque esta zona es, de hecho, la parte más importante del área urbana de las grandes ciudades. Pero esta forma de ordenar el territorio va a tener una incidencia muy importante en la organización de los otros dos: la ciudad tradicional y las áreas de naturaleza. Naturaleza con comillas claro, porque ya en los años 70 del pasado siglo XX el ecólogo español Margalef afirmaba que en España sólo quedaban unas 100 hectáreas de terreno natural en Isaba (Navarra). Hoy no queda ni una sola hectárea. A pesar de todo el territorio español es el tercero del mundo en espacios declarados reserva de la biosfera con 27 (después de Estados Unidos que cuenta con 47 y Rusia con 34). En el caso de la Comunidad de Madrid que estamos tomando como ejemplo cuenta (lo mismo que sucede con muchas otras comunidades españolas), por supuesto, con muchas hectáreas de espacios protegidos pero todavía no se ha planteado el establecimiento de una red ecológica que permita su funcionamiento conjunto.

Son dos los elementos básicos a los que deberían responder estas áreas poco antropizadas. El primero tendría que ver con su dimensión mínima. Determinados ecosistemas necesitan unas dimensiones que permitan el establecimiento de las relaciones necesarias entre sus elementos. En algunos casos, si no las tienen, se puede forzar su funcionamiento para que subsistan de forma más o menos precaria. Pero su funcionamiento deja de ser natural y se convierte en pseudonatural. Una especie de imitación o parque temático de la naturaleza. De manera general su estado nos lo marca el grado de fragmentación del territorio y su evolución.

Para averiguar el grado de fragmentación del territorio en el ejemplo madrileño que estamos siguiendo, hace unos años aplicamos la metodología de Kevin McGarigal y Barbara Marks para intervalo temporal entre el segundo y el tercer inventario forestal (1993 y 2003). A grandes rasgos se puede ver que el número de fragmentos de suelo libre aumenta casi en un cincuenta por ciento: de 791 a 1137 teselas. Además, la gran diferencia que existe entre la media y la mediana de la distribución indica que la superficie de la Comunidad de Madrid se compone de un pequeño número de fragmentos de gran extensión y un gran número de fragmentos de pequeña extensión. La variedad de su tamaño disminuye y esto dificulta la coexistencia en el territorio de fauna con diferentes necesidades en cuanto a extensión mínima de hábitat. La densidad de bordes se incrementa en casi 1,5 metros por Ha., haciendo las teselas de territorio más vulnerables a la influencia de núcleos urbanos, carreteras o ferrocarriles. Por el contrario, disminuye el perímetro medio por fragmento: no debido una disminución de bordes totales sino al gran aumento del número de teselas. Todo ello implica un deterioro evidente, en el periodo de diez años considerado.

El segundo de los elementos sería la posibilidad del funcionamiento conjunto de estas áreas de naturaleza. En otro trabajo también realizado por nuestro grupo de investigación tratamos de dar respuesta a esta pregunta que no es otra que la viabilidad de establecer una red ecológica con los espacios preservados. Los espacios que deberían conformar la red ecológica de la Comunidad de Madrid (y que fueron los que, efectivamente se consideraron) serían los que se relacionan a continuación.

  • En primer lugar aquellos sin variación apreciable en los dos períodos temporales considerados:
  • Parques naturales
  • Montes protegidos
  • Cauces de ríos y arroyos (que podrían ejercer una doble función)
  • Vías pecuarias (también podrían ejercer una doble función)
  • Y luego los preservados por el planeamiento que sí han sufrido variaciones apreciables:
  • Suelo no urbanizable protegido en 1996
  • Suelo no urbanizable protegido en 2006
  • La segunda labor consistió en situar las barreras que impedían la consolidación o formación de la red. Esto se hizo a partir de los siguientes elementos:
  • Carreteras radiales y nacionales en 1996 y en 2006
  • Anillos de circunvalación con la consideración de autovías en 1996 y 2006
  • Carreteras de peaje en 1996 y 2006
  • Trazado de las líneas de ferrocarril de alta velocidad en 1996 y 2006
  • Trazado de las líneas de ferrocarril de largo recorrido en 1996 y 2006
  • Suelo urbano o urbanizable (justamente el negativo del no urbanizable protegido) en 1996 y 2006.

Fue necesario buscar, delimitar, georreferenciar y, en su caso interpretar, todos estos espacios y elementos volcando la información en un SIG para su posterior tratamiento.

La fragmentación del territorio de la Comunidad de Madrid producida en los últimos diez años no sólo por las áreas urbanas sino, sobre todo, por los canales de infraestructuras de comunicaciones, hace inviable la unión entre sí (mediante conectores suficientemente potentes) de sus más importantes espacios naturales protegidos. La única solución para que estos espacios no se conviertan es relictos cada vez más aislados es el establecimiento de redes ecológicas de menor entidad que aumenten las posibilidades de funcionamiento conjunto de estas áreas. También parece imprescindible la colaboración con otras comunidades limítrofes ya que fuera de los límites administrativos de la comunidad madrileña podrían todavía encontrarse conectores de potencia suficiente.

La naturaleza en estas grandes áreas urbanas aparece por tanto confinada por las grandes infraestructuras y dividida cada vez en fragmentos más pequeños que imposibilitan su funcionamiento como verdadera naturaleza convirtiéndose en muchos casos en un verdadero parque temático de la naturaleza, un remedo que, de ninguna forma puede cumplir el papel que tiene asignado que no es otro que actuar absorbiendo la entropía que las áreas antrópicas generan para poder funcionar como ciudades.


Espacio público tradicional

Ahora vamos a volcar nuestra mirada a la tercera de las zonas: la ciudad tradicional. Para entender lo que realmente sucede vamos a partir del análisis de Bauman (un sociólogo) sobre los cambios en los modos de vida.


La sociedad del siglo XXI

El objetivo de la modernidad era la emancipación, la libertad individual, el despegue de una sociedad controladora, totalitaria, uniformadora, homogeneizante. Asignar a sus miembros el rol de individuos es la marca de clase de la sociedad moderna. En pocas palabras “la individualización consiste en transformar la “identidad” humana de algo “dado” en una “tarea”, y en hacer responsables a los actores de la realización de esta tarea y de las consecuencias (así como de los efectos colaterales) de su desempeño. En otros términos, consiste en establecer una autonomía “de iure” (haya o no haya sido establecida una autonomía “de facto”).

La sociedad moderna temprana desarraigaba para luego poder rearraigar. Mientras que el desarraigo era el destino socialmente aprobado, el rearraigo era impuesto al individuo como una tarea. La diferencia es que ahora no existen esas anclas donde rearraigar ya que se desvanecen en el momento en que comienza del proceso. Es como el juego de las sillas con los individuos en permanente movimiento sin poder completar jamás su estado. No hay forma de escapar ya que, antes como ahora, la individualización es un destino, no una elección. Además, la autocontención y la autosuficiencia son también una ilusión. Si los individuos se enferman es que no han sido suficientemente voluntariosos en su programa de salud, si no consiguen trabajo es porque no han sabido aprender las técnicas para pasar las entrevistas con éxito, o porque les ha faltado resolución o porque son, lisa y llanamente, vagos. El significado de todo esto no es más que se va ensanchando progresivamente la brecha entre la individualidad como algo predestinado y la individualidad como capacidad práctica y realista de autoafirmarse.

Resulta así que el ciudadano (individuo que busca su bienestar a través del de su ciudad) se enfrenta al individuo, cuyo proyecto no es el proyecto común ya que los problemas más comunes de los individuos-por-destino no son aditivos, no se pueden sumar. De forma que la otra cara de la individualización es la corrosión y la desintegración lenta del concepto de ciudadanía.

“Si el individuo es el enemigo número uno del ciudadano, y si la individualización pone en aprietos la idea de ciudadanía y la política basada en ese principio, es porque las preocupaciones de los individuos en tanto tales colman hasta el borde el espacio público cuando éstos aducen ser los únicos ocupantes legítimos y expulsan a codazos del discurso público todo lo demás. Lo “público” se encuentra colonizado por “lo privado”. El interés público se limita a la curiosidad por la vida privada de las figuras públicas, y el arte de la vida pública queda reducido a la exhibición pública de asuntos privados y a confesiones públicas de sentimientos privados (cuanto más íntimos, mejor). Los “temas públicos” que se resisten a esta reducción se transforman en algo incomprensible”.

En estas condiciones ya no se busca en la escena pública ni causas comunes ni modos de negociar el bien común, sino la posibilidad de “interconectarse”. Compartir intimidades para ver si el otro ha sido capaz de hacerlo y como lo ha hecho (igual la receta me puede valer a mí). Pero el sistema, como dice Richard Sennett, sólo da lugar a comunidades frágiles y efímeras que cambian de objetivo sin dirección, a la deriva en la búsqueda infructuosa de un puerto seguro. La cultura del blog, los reality shows, son muestras inequívocas de la situación.

El abismo que se abre entre el derecho a la autoafirmación y la capacidad de controlar los mecanismos sociales que la hacen viable o inviable parece alzarse como la mayor contradicción de la modernidad más actual. El poder público ha perdido buena parte de su capacidad de oprimir, pero también de posibilitar. En el momento actual, la posibilidad de verdadera liberación demanda más, y no menos, “esfera pública” y “poder público”. Ahora es la esfera pública la que necesita se defendida contra la invasión de lo privado, paradójicamente, para posibilitar la libertad individual.


La obsesión por la seguridad

En estas condiciones el problema básico del individuo que vive en la ciudad es la seguridad. La seguridad tradicional se basaba en la civilidad cuya esencia era la posibilidad de interactuar con extraños sin presionarlos para que dejaran de serlo. El problema es que esta civilidad está regida por normas colectivas. Ya hemos visto lo que ha sucedido con este tipo de normas en estos tiempos: han sido barridas por las pretendidas libertades individuales. Por tanto, ¿para qué aprenderlas? Según Zukin, en estas condiciones, ya nadie sabe hablar con nadie. Entonces, si no es posible dejar de tropezar con extraños, la única solución es evitar tratar con ellos. Para ello nos ocultamos en “núcleos seguros”, como veremos más adelante, frecuentemente étnicos, en los que todos son iguales y no hay posibilidad de confrontación. Es lo que vengo llamando desde hace un par de años las relaciones entre iguales.

La constatación de la ausencia de educación cívica invalida todo el andamiaje en el que se basó tradicionalmente el funcionamiento de los espacios públicos. De forma que se han inventado otro tipo de lugares que permiten estar con mucha gente pero sin necesidad de tratar con nadie. Bauman describe cuatro: émicos, fágicos, no-lugares y espacios vacíos. Ahora no es el momento de describirlos porque pienso además, que “a priori”, no parecen demasiado interesantes (mi tesis es que resulta imprescindible su “reconversión”, no volviendo a los espacios públicos tradicionales sino dando un paso más adelante, y consiguiendo su “activación”).

El problema, como señala Davis, es “la heterogeneidad de la multitud” enfrentada al sueño de la “igualdad de mentalidades”. Esta característica de la multitud (su heterogeneidad) la solucionan las nuevas pseudociudades seguras, léase por ejemplo los centros comerciales, mediante barreras arquitectónicas, semióticas y policiales que filtran a “los indeseables” y luego

“encierran a las masas restantes y controlan sus movimientos con una ferocidad conductista. La multitud es atraída por todo tipo de estímulos visuales, es atontada con Muzak e incluso a veces, perfumada con aromatizadores invisibles” (claro, hacer esto en las calles es más complicado).

Esta obsesión por la seguridad (que procede de las áreas de la interfase periférica) está cambiando de forma radical el funcionamiento de los centros tradicionales que empiezan a imitar en la medida de lo posible la forma de vida de esta interfase. Así que se empiezan a producir fenómenos de segregación social, “gentrificación”, “ghetificación”, en definitiva, reducciones muy importantes en la complejidad de las áreas tradicionales. Pero no sólo segregación social y espacial, sino también todas las “modas” que corresponden a una forma de vida que viene de la idea de la “ciudad jardín”. Por ejemplo, la utilización del automóvil privado. Lo que voy a decir puede parecer chocante a primera vista pero si lo analizan un poco verán que es así. Los habitantes de determinados barrios de la ciudad tradicional exigen la expulsión de los coches no residentes para poder utilizar los suyos de la misma forma que lo hacen los habitantes de la interfase periférica reduciendo de esta forma la complejidad inherente a este tipo de áreas. No se busca vivir en el centro con las ventajas y desventajas del centro. Se busca vivir en el centro con las ventajas del centro y de la periferia.

Esta reconversión de la ciudad tradicional da lugar en aras de la seguridad da lugar a procesos que, en general, significan sencillamente la eliminación de esta ciudad y este tipo de vida. Según Davis, esta situación implica, a su vez, tres procesos casi simultáneos. El primero es la segregación y “amurallamiento” de las zonas ricas, tanto residenciales como de negocios o comerciales, a base de barreras físicas, cuerpos de seguridad propios y trabas administrativas y policiales. El segundo es el aislamiento y contención de las zonas pobres y marginales de la ciudad mediante sistemas parecidos. Y el tercero es la transformación arquitectónica de los edificios en artefactos blindados. Lo estudió ya hace más de veinte años en la ciudad que va por delante en todo siempre, la ciudad de Los Ángeles.

Y esto se suele hacer, además, con excelentes ganancias par los promotores. El proceso, desde el punto de vista del promotor, es el siguiente: se deja degradar un barrio (cuanto más se degrade mejor, más bajan los precios), se compran una buena parte de los inmuebles a precios de saldo, entonces se presentan como los salvadores del barrio y anuncian un proceso de rehabilitación. El proceso de rehabilitación consiste en hacer viviendas de lujo con lo que, naturalmente, los marginales o los viejecitos que pagaban una renta ínfima tienen que irse porque, sencillamente, los gastos de comunidad no los pueden asumir. Eliminada la marginalidad y los desechos los precios suben por las nubes y ya tenemos un barrio “gentrificado”. A la operación le llaman rehabilitación o regeneración urbana y todos (o casi todos) tan contentos.

Si conseguimos que nuestras manzanas estén volcadas al interior de un patio comunitario donde nos relacionemos sólo “entre iguales”, a las calles, las plazas y los jardines exteriores les quedará exclusivamente su función de tránsito (aunque, a veces, no le queda ni ésta).


Los intercambios entre desiguales

En estas condiciones, ¿dónde se producen los intercambios entre desiguales (si es que se producen)?. Llevamos varios años intentando buscarlos en la llamada ciudad digital, o en los espacios privatizados. Los espacios privatizados que, en principio, están pensados como lugares de interacción entre iguales, son en estos momentos tantos y tan variados que la sociedad empieza a encontrar resquicios para funcionar “adecuadamente” en esos resquicios.

Para terminar me voy a centrar en uno de estos espacios de sustitución privatizados, probablemente el más paradigmático, el centro comercial.

Según Margaret Crawford, los centros comerciales han ido evolucionando hasta constituir verdaderos remedos urbanos seguros, ya que la multitud heterogénea se convierte en ellos en consumidora homogénea. Y, por tanto, no peligrosa. Para ello se recurre a las técnicas más sofisticadas casi todas basadas en el llamado “principio de atracción adyacente” que dice: los objetos más diversos se apoyan entre sí cuando son colocados uno al lado del otro.

Una característica importante es el aumento en calidad y cantidad los servicios incorporados hasta el punto que por ejemplo, según Margaret, la Orquesta Sinfónica de Chicago toca regularmente en el centro comercial de Woodfield. Para ver este tipo de cosas ya no es necesario acercarse a USA (cosa por otra parte un tanto incómoda por las medidas antiterroristas en los aeropuertos), ayer en el Centro Comercial Getafe 3 había un concurso de interpretación pianística. En medio del espacio central y rodeado de estantes de gafas, señoras arreglándose las uñas (de las manos y de los pies), el kiosco de Vodafone, un coche usado en venta, los ascensores, las escaleras mecánicas y todas las tiendas que dan a la plaza central, un piano y unos altavoces esperaban ansiosos a los concursantes. La evidencia del principio de atracción adyacente era notoria.

Según Margaret Crawford “Pasar el rato en un centro comercial ha sustituido el paseo por las calles. En la actualidad, los centros comerciales representan, para los chavales, auténticos centros sociales, y muchos de ellos encuentran allí su primer trabajo. Además se están convirtiendo también en centros sociales para los adultos. La Galleria de Houston ha alcanzado gran prestigio como lugar seguro y benévolo para los encuentros entre personas solas y los “paseantes de los centros comerciales” –personas de la tercera edad con problemas afectivos que acuden a un lugar seguro para hacer ejercicio- llegan a los centros comerciales antes de que abran las tiendas, para realizar un calculado itinerario a pie por sus pasillos”.

Además, cuanto mayores son los centros comerciales, las simulaciones que presentan son más variadas y sofisticadas de forma que esta reproducción de la ciudad en un contexto seguro, claro y controlado fue otorgándole cada vez más valor como lugar comunitario y social. Este mundo de consumo que en otras ocasiones he descrito como el claustro materno (seguro, temperatura constante, suave música de fondo) podría entenderse como un parque temático de la ciudad auténtica. Hasta tal punto que se recrean situaciones que rozan el esperpento. Hace unos días, en un periódico de esos que dan ahora gratuitamente en los aviones (volvía de dar una charla en Irún) encontré la siguiente noticia (copio textual):

“Crean un aparca – maridos en un centro comercial.- El Centro Comercial Gran Vía 2 de la localidad barcelonesa de L´Hospitalet de Llobregat ha puesto en marcha un espacio en el que los clientes pueden descansar y entretenerse, mientras su mujeres realizan las compras, y que se ha bautizado como aparca – maridos (…) La nueva zona está equipada con sofás, televisiones y prensa y se plantea como un espacio para desconectar, descansar o bien empezar a mirar la jornada deportiva del fin de semana. Según fuentes de la dirección del complejo comercial, será una zona en continua evolución, puesto que irá incorporando nuevos servicios”.

Se trata de una noticia extraordinaria. Parece que han conseguido reinventar el bar para hombres en un contexto seguro y de consumo. Supongo que la evolución consistirá en ver el fútbol (en directo o diferido), jugar a las cartas o al dominó, beber un carajillo… Eso sí, el marido está perfectamente controlado y seguro mientras la mujer compra (si existe algún hijo del matrimonio estará en la guardería infantil). Falta poquísimo para que la ciudad cree el parque temático de sí misma y pueda funcionar perfectamente entre iguales. Ni las mentes orwellianas más calenturientas podían haberlo imaginado.

Y sin embargo… existen resquicios por donde se cuelan los desiguales. Los centros comerciales no están exentos de robos o delincuencia. Hace unos días Robert Hawinks asesinó a ocho personas en un centro comercial de Nebraska. Para ello consiguió introducir un rifle a través de todos los controles de seguridad. La cuestión es que, para hacerse famoso no fue a la calle principal de Omaha y se lió allí a tiros. Se fue a un centro comercial, era su “espacio público”.

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