El procomún en Propiedad intelectual

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Wikilibro: Propiedad intelectual > Capítulo 2: Historia y panorámica general de la propiedad intelectual

Sección 2

El procomún
Procomún es el término español para traducir la expresión ingresa “commons”, que también se ha traducido como “bienes comunales” o “propiedad comunal”. Una definición de procomún puede encontrarse en este trabajo de Antonio Lafuente.

Desde su origen, las ciencias económicas y sociales han dedicado una especial atención al marco institucional de los derechos de propiedad. En 1861, H. Sumner Maine, en su obra “Derecho Primitivo”, señaló cómo los regímenes de propiedad común, en manos de familias, clanes o grupos, habían estado en el origen remoto de las instituciones de propiedad, y que los regímenes de propiedad individual, como el típico del Derecho Romano, eran la excepción, y no la regla.

En los años 50 y 60 del siglo XX varios autores comenzaron a aplicar a los regímenes de propiedad común y colectiva métodos rigurosos de análisis económico. Su conclusión era que si muchas personas tenían pleno derecho a utilizar un único recurso común (pastos, pesquerías…), esto llevaría inevitablemente a la sobreexplotación, y finalmente al agotamiento y la extinción de dicho recurso.

El más conocido de estos trabajos es “La tragedia de los comunes” de Garrett Hardin, publicado en 1968. Hardin apunta como uno de los problemas principales la falta de incentivo para los participantes en invertir en la conservación del recurso: todos aprovechan sus ventajas, pero nadie aporta para conservarlo de futuro; surge la figura del “gorrón” (free rider), que es quien utiliza un recurso libre sin pagar ni dar nada a cambio, obteniendo ventaja injusta sobre los demás.

Los autores que siguen a Hardin consideran que los recursos de “fondo común”, que son finitos y limitados, desaparecen rápidamente en cuanto sus titulares maximizan el beneficio a corto plazo: cuanto más extraigo y utilizo, mejor para mí; si no lo hago ahora, otros lo harán, y me quedaré sin nada. No tengo incentivo para cooperar.

En Wikipedia se puede encontrar una buena discusión de los argumentos de Hardin, y numerosas referencias adicionales.

Treinta años después surgió una respuesta: la “tragedia de los anticomunes”, directamente relacionada con la proliferación de patentes en ciertos sectores, como por ejemplo el de la biotecnología. Heller y Eisenberg apuntaron cómo la existencia de muchos derechos de propiedad exclusivos sobre diferentes parcelas de un todo (como son las patentes sobre partes de un mismo proceso global) tiene la consecuencia de dar a muchas personas (a cualquiera de ellas) un derecho de veto sobre un proyecto común, pero ningún incentivo para cooperar. La fragmentación de los derechos de propiedad en un abanico de facultades distintas, muy pocas de las cuales tienen valor económico por sí mismas, es otro aspecto del problema.

Otra respuesta ha venido dada por los autores que, como Elinor Ostrom, cuestionan y rechazan los presupuestos básicos del argumento de Hardin. Ostrom (P. Nobel de Economía 2009) ha investigado con detalle cómo los regímenes de propiedad común o colectiva pueden funcionar adecuadamente, siempre que se den las reglas institucionales precisas. Un punto sobre el que llama la atención es que los titulares de un recurso compartido (a menudo no “abierto a todos”, sino a los miembros de un grupo) pueden organizarse correctamente entre ellos y fijar unas reglas de acción que garanticen la continuidad del recurso en el futuro.

Al analizar el gobierno de los recursos naturales comunes Ostrom traza varias distinciones importantes:

  • una cosa es que un recurso natural sea común, indivisible, y que sea difícil excluir de su uso a terceros, y otra distinta es que sobre él exista un régimen de derechos de propiedad determinado.
  • una cosa es el sistema o la estructura del recurso natural, y otra el flujo de unidades que pueden extraerse de él, y que a menudo son susceptibles de apropiación privada y de transmisión.
  • una cosa es un régimen de propiedad colectiva y otra diferente un régimen de acceso abierto.
  • por último, debe clarificarse qué facultades se entienden incluidas en el concepto de “propiedad” cuando hablamos de propiedad común.

Una de las razones por las que el Procomún ha vuelto a la actualidad es el de los Nuevos Patrimonios. Estos patrimonios tienen un carácter universal, y sólo se hacen visibles cuando están amenazados. Un ejemplo típico es el medio ambiente, la ecología, la biodiversidad… Pero Internet y las tecnologías de digitalización han puesto sobre el tapete la defensa de los bienes de información y del conocimiento, cada vez más “cercados” por los derechos de propiedad intelectual.

La economía del conocimiento reviste la máxima importancia en un contexto como el actual, en que el coste de la reproducción y distribución de información es mínimo. Sin embargo, las reglas legales vigentes en materia de PI imponen un régimen de escasez artificial, que, por un lado, asimila los activos intangibles a los bienes materiales, físicos, y por otro desconoce las enormes posibilidades abiertas por las nuevas tecnologías. Por último, otro enfoque merecedor de una reflexión es el siguiente: para muchos autores, estamos experimentando un retroceso del dominio público para ser progresivamente reemplazado por esferas privadas, exclusivas y excluyentes; lo común pasa a ser particular. Sobre ello contamos con esta intervención de Antoni Doménech.

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