#13 La ciencia al servicio de las políticas europeas

Vincenzo Cardarelli

—Head of Unit en el Joint Research Centre de la Comisión Europea

Vincenzo Cardarelli

Existe un pedazo de Bruselas incrustado en Sevilla, donde las decisiones políticas de la Comisión Europea buscan fundamento a través del servicio de ciencia y conocimiento que acoge la capital andaluza. El Centro Común de Investigación (JRC) desarrolla una labor bastante desconocida, pero vital porque ayuda a los comisarios europeos en la elaboración de las leyes. Un equipo multidisciplinar de científicos, procedentes de distintos países miembros de la UE, se encarga de realizar estudios empíricos en áreas muy sensibles por su incidencia en el bienestar y en los derechos del ciudadano europeo.

El JRC posee una sede central en la capital europea y cuenta con cinco centros repartidos por el continente. Aunque el centro de Sevilla es el de más reciente creación, en la actualidad es el segundo más importante por el volumen de su trabajo científico. Al frente de esta unidad se encuentra Vincenzo Cardarelli, un jurista especializado en derecho internacional y experto en derecho de la tecnología. Su pasión por participar en la construcción de Europa encajan a la perfección con el puesto que ocupa en el centro del JRC en Sevilla, que él define como "la cocina interna de la Comisión".

La clave personal del éxito de Vincenzo radica en su arraigada vocación de servicio público y el secreto de sus logros nace del “estímulo intelectual del desafío y la curiosidad de testar los límites de uno mismo”.

La Comisión Europea necesita constantemente definir un cuerpo legal que permita el desarrollo de la economía comunitaria. Para tal fin, la JRC, gracias a su especialización en investigación tecno-económica, analiza la interacción entre el desarrollo tecnológico, la sociedad, la economía y la toma de decisiones políticas. Esto se traduce en “estudios que informan a nuestros compañeros de Bruselas de las opciones relacionadas con un determinado problema político. Les ofrecemos datos sobre ventajas e inconvenientes de cada opción”, explica Vincenzo. Los trabajos de investigación se concentran en varias áreas de trabajo: la agricultura y los mercados agrícolas, la energía y cambio climático, el transporte, la política de ciencia e innovación, la economía digital y la economía sostenible.

“La explosión de la tecnología en el último siglo deja claro que hay una diferencia entre lo que es posible tecnológicamente y científicamente y lo que es aceptable y deseable para la sociedad.”

El trabajo de la JRC encierra un valor añadido al contribuir al logro de acuerdos en un marco multilateral de 28 estados miembros con derecho a voto. Mientras en un ámbito nacional una mayoría puede imponer una visión política, para que las propuestas comunitarias alcancen el consenso suficiente necesitan de la solidez que aporta la evidencia científica. Hay que añadir que esta labor investigadora se enmarca en el plan europeo Horizonte 2020 que apuesta por la excelencia en investigación e innovación.

Una de las grandes aportaciones del centro de Sevilla ha sido asesorar en la redefinición de la política europea de desarrollo regional. Frente al anterior modelo basado en la demanda de fondos por parte de los países, se ha implantado un sistema para que las regiones desarrollen una política de especialización inteligente a largo plazo, sobre todo para sus sistemas de ciencia, tecnología e innovación. Esto ha ayudado a maximizar el impacto de cada euro del contribuyente europeo y ha contribuido de manera efectiva a la política de cohesión de la UE.

La JRC ha sido también pionera en la cuantificación del impacto económico del cambio climático, a través de sus especialistas en movilización geofísica y los modelos matemáticos, con cifras exactas sobre la repercusión de este fenómeno en Europa. “Esto implica para los decisores políticos no solo la macro política de reducción del impacto, sino la adaptación hacia el impacto inevitable”.

Este trabajo ha sido fundamental porque “nos ha permitido llegar a los Acuerdos de París instalando una visión a largo plazo en la comunidad mundial. Algo que sin Europa no se hubiera conseguido”, defiende desde una profunda convicción europeísta.

Otro campo de batalla es la implantación de la sociedad digital y la necesidad de articular un marco regulatorio supranacional que proteja los derechos de los ciudadanos europeos en cuestiones como la privacidad. También amparar a la UE frente a las corporaciones, que aprovechan las dispares legislaciones de los países miembros para eludir su tributación fiscal. Además, con la irrupción del e-commerce, urge ayudar a las pymes europeas para su expansión, más allá del ámbito nacional, en un mercado común de 500 millones de consumidores.

Uno de los programas del centro, “Aprendizaje en la era digital”, pone el foco en la educación del futuro. En concreto, existe un proyecto –Selfie– para recoger datos en miles de colegios europeos y comprobar la penetración de la tecnología en las aulas.

Los retos a los que se enfrenta Europa son múltiples y el trabajo de la JRC se antoja titánico: el big data reducirá los costes de la Administración y mejorará el servicio al ciudadano, pero generará vulnerabilidad en sus derechos; la inteligencia artificial tendrá un impacto brutal en la destrucción de empleo y la avalancha de información falsa por internet interferirá en la construcción en libertad de la opinión política del ciudadano. Además, el proceso de elaboración de las leyes impone un ritmo lento frente al empuje frenético de la tecnología.

“Quizás haría falta una directiva europea para obligar a la gente a apagar el móvil”, ironiza Vincenzo para reivindicar la necesidad de reflexionar ante la vorágine tecnológica que nos invade. Explica que la tecnología solo es una herramienta que hay que aprender a utilizar bien, pero de la que, en ocasiones, hay que defenderse. “La explosión de la tecnología en el último siglo deja claro que hay una diferencia entre lo que es posible tecnológicamente y científicamente y lo que es aceptable y deseable para la sociedad. Esto será un desafío fundamental para las sociedades en el futuro y cada vez será más complejo encontrar la respuesta correcta. La ciencia se limita a testar y a descubrir, y lo que los humanos quieren lo tienen que decidir en base a sus valores”.