Una visión estratégica de la formación

Las empresas (de cualquier tamaño) saben que el mayor esfuerzo estratégico con cierta repercusión en el futuro pasa por las personas de la organización y, concretamente, por el desarrollo de sus capacidades personales y profesionales. Con esta visión, la formación es una herramienta estratégica de alto valor.

Aquellos empresarios que piensan que la formación representa un gasto inútil en lugar de una inversión rentable, que ven en los empleados que se han formado un riesgo de posibles abandonos o nuevas exigencias en lugar de gestionar su potencial, se equivocan tan severamente que dañan la competitividad e hipotecan el futuro.

Desde una visión estratégica, la formación:

Sin embargo, formar por formar no tiene sentido. La formación ha de tener una finalidad concreta. Ha de integrarse en un esquema pensado, equilibrado y técnico que permita no solo cubrir las carencias detectadas sino mejorar los puntos fuertes. Es en este concepto en el que quiero profundizar.

Los empresarios o los responsables de la formación en las organizaciones saben (o han de saber) que nadie es capaz de hacer bien todas las cosas. El don de la perfección integral no existe. Es mucho más importante y más rentable mejorar lo que hacemos bien, para poder hacerlo de manera excelente, mejor que los demás. Llegar a diferenciarnos por ser los mejores en algo.

La formación ha tenido más éxito cuando se ha planificado desde la gestión del conocimiento y mucha menos eficacia cuando se ha implementado a través de un programa general (café para todos). Los métodos de desarrollo formativo, sea cual fuere el elegido, tienen que tener en cuenta que la pluralidad de las ‘formas sustantivas individuales’ son el mejor sistema de transportar el conocimiento al quehacer de todos los días. Esto solo se consigue si se cumplen algunos principios que autores y profesionales consolidados (Peña, Bazton, Albert, Peñalver, Jiménez, Gasalla, entre otros) comparten y que podemos resumir:

Merece la pena tener siempre presente lo que Alejandro Hale expresaba en su obra Summa Theologies: “Formar es una vocación, una profesión, un destino, pero sobre todo es un arte”.


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