La parábola de Pocoyo y la propiedad intelectual

Quien haya seguido en los últimos días la polémica escrita entre Rodríguez Ibarra, Víctor Manuel y Muñoz Molina a propósito de la propiedad intelectual, entenderá que la discusión se encuentra atorada en un punto que requiere un poco de ecuanimidad y distancia. Imparcialidad y desapego que proporcionan, por una parte, la lectura de la Ley de Propiedad Intelectual, y la comprensión de la economía de la red, por otra. Me propongo, ni más ni menos, que terciar sin que me llamen en una polémica espuria y artera, sin satisfacer a unos y a otros, me temo.

La Ley de Propiedad Intelectual española dice literalmente en su Título primero, Artículo 2: “La propiedad intelectual está integrada por derechos de carácter personal y patrimonial, que atribuyen al autor la plena disposición y el derecho exclusivo a la explotación de la obra, sin más limitaciones que las establecidas en la Ley”. Es decir (sin necesidad de haber estudiado leyes en Salamanca): que es el autor quien dispondrá soberanamente del contenido que haya creado de la manera que le plazca, lo que incluye el deseo legítimo de percibir dinero por ello o el no menos genuino deseo de ponerlo a disposición de los demás, libremente, renunciado a todo derecho patrimonial, que no moral. Si esto es así (y no creo que haya catedrático salmantino que pueda rebatirlo), la elección cae del lado del autor.

El problema, sin embargo, viene por la comprensión sesgada y parcial de la propia ley, por una interpretación apegada a los intereses particulares, y lo que sigue faltando es una pedagogía integral de la propiedad intelectual que explique a todos que ambas posiciones no son solamente legítimas, sino, además, perfectamente compatibles. En el Artículo 2 de la LPI están comprendidos el copyright tradicional y la potencialidad del copyleft estricto. Su aplicación o empleo dependerá, en todo caso, del beneficio esperado que el autor pueda esperar y de la lógica específica de la acumulación del capital en el contexto en que la transacción transcurra (y me explico): es una falacia supuestamente de izquierdas invocar los precedentes históricos de una creación cualquiera para restar originalidad a una obra del presente y pretender, con ello, que debe liberarse como tributo a los antepasados. Claro que no hay obra que pueda reclamarse estrictamente original. Eso lo sabe hasta Pocoyo. Sin embargo, la originalidad existe porque construímos sobre obras antecedentes, negándolas o extendiéndolas, y en ese oficio hay mucha gente que sigue ganándose la vida y pretende seguir haciéndolo. La LPI no amordaza o acerroja la cultura por sí misma. Esa es una argucia supuestamente progresista que suele llamar acceso a lo que no es sino sustracción.

Otra cosa, sin embargo, es nuestra comprensión de la realidad digital esté condicionada por los hábitos del mundo analógico y que eso lastre las conciencias de muchos creadores que no saben que ganarían más liberando sus contenidos y haciéndolos circular sin restricciones. Hablemos, por ejemplo, de la ciencia y de la producción de contenidos científicos: si un investigador supiera que la exposición de sus contenidos a las miradas de millones de personas incrementa su impacto y su visibilidad exponencialmente y que con ello cumple con creces el precepto fundamental del credo científico, seguramente estuviera dispuesto a sacrificar las compensaciones materiales residuales que recibe por la liberación de los contenidos que ha creado. En el ámbito digital, existir es ser percibido, y nada mejor para eso que mostrarse abiertamente. Claro que los científicos son originales, extremadamente originales, aunque construyan su conocimiento sobre los hombros de los gigantes precedentes que les aupan hasta donde están: tanto es así, que Newton tuvo que inventar la gravedad para no morir aplastado por una manzana gigante. Es posible que, de no haberlo hecho él, todavía no lo hubiéramos descubierto.

Podemos poner en duda la manera en que las sociedades de gestión colectiva de derechos ejecutan sus responsabilidades, que dudemos de su transparencia y de sus contabilidades, de los algoritmos de cálculo que utilizan para el reparto, y debemos exigir alto y claro que enmienden su afán desmedido de recaudación. Podemos estar convencidos de que entramos en una nueva era en que la colaboración y la apertura, en que el gobierno de los comunes y la acción colectiva, se potenciarán mediante las herramientas digitales, y yo seré el primero en apostar por ello. Pero aunque una y otra cosa sean ciertas, siempre será legítimo que un autor desee recibir una compensación estrictamente económica por la reproducción y ejecución de sus obras, si así lo desea, o que prefiera todo lo contrario, haciendo un uso consciente e igualmente justificado de la ley que le ampara. Y para comprender esto no hace falta ser ex presidente de la Junta de Extremadura, rancio cantautor o académico de la lengua; basta con ser Pocoyo.


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