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Internet, la internacionalización y la llegada del euro

Enrique Díaz-Rato Revuelta

Enrique Díaz-Rato Revuelta
MASTER EN DIRECCIÓN DE EMPRESAS INTERNACIONAL

Ingeniero de Caminos, Canales y Puertos, licenciado en Ciencias Económicas y máster en Dirección de Empresas Internacional por EOI, Escuela de Negocios (1991). Desde julio de 2006 es consejero delegado de CINTRA

 

La difusión generalizada de las computadoras personales e Internet; el tren de alta velocidad y más de cinco mil kilómetros de nuevas autovías; la relevancia adquirida por las empresas españolas y su presencia global en sectores como el financiero, telecomunicaciones, energía o infraestructuras; una moneda común con el resto de Europa, y un acercamiento significativo a los niveles de renta y de prestaciones del Estado de bienestar del resto de Europa. En España, pocos periodos pueden reclamar para sí con más justificación que la década de los noventa el haber vivido una mayor y más radical transformación.

Los cambios no son menores en el resto del mundo: en lo político, los regímenes comunistas del este de Europa colapsan desordenadamente, Alemania se reunifica y la antigua Unión Soviética y Yugoslavia se desmembran. Cae el régimen racista surafricano, se alcanza la paz en Irlanda y se acuerda un proceso ordenado de transferencia de jurisdicción de Hong Kong a China. Sin embargo, sigue sin resolverse el conflicto de Oriente Medio, en el que la tensión se incrementa tras la invasión de Kuwait y la subsiguiente guerra del Golfo, nuevos países incorporan arsenal nuclear, y en la antigua Yugoslavia y en Uganda se producen terribles genocidios.

En el campo de la ciencia y la tecnología, a la difusión explosiva de Internet y las computadoras personales, propiciada por una continua reducción de su coste y capacidades, se añade el desarrollo de los sistemas de posicionamiento global (GPS) y los videojuegos, la primera clonación de un mamífero, el inicio del proyecto del Genoma Humano, el desarrollo para uso comercial de cultivos genéticamente transformados y el descubrimiento de sustancias (inhibidores de la proteasa) que reducen la mortalidad del sida.

En economía, la década fue en general una etapa de desarrollo y mejora resultante de varios factores: una mayor estabilidad política mundial y menor militarización favorecidos por el fin de la guerra fría; los bajos precios de la energía posibles por los nuevos descubrimientos de yacimientos de gas y petróleo; un pronunciado incremento de la productividad, gracias a la difusión de las tecnologías de la información, y el fomento del libre comercio entre países.

Esta prosperidad del periodo no fue uniforme para todos los países: EE UU, Europa Occidental (en especial, Irlanda, Reino Unido y España), Corea del Sur y otros países del sureste asiático, crecen de forma significativa. Sin embargo, los países del este de Europa y de la antigua Unión Soviética sufren contracciones como resultado de la reestructuración de sus economías; los países pobres experimentan un impacto devastador propiciado por la caída de los precios relativos de los bienes que producen; otros, como algunos “tigres” asiáticos, se ven afectados por las crisis de 1997 y 1998; y Japón, 17 años después, aún no ha conseguido recuperarse de la crisis de 1991 ni muestra todavía signos de poder hacerlo.

Sin embargo, no hay un consenso unánime sobre la prosperidad de esta época, donde al menos parcialmente se basó en lo que Greenspan llamó, en Estados Unidos, “exuberancia irracional”, y cuyos excesos y desequilibrios resultaron ser en última instancia el germen de la crisis actual de la economía norteamericana y mundial. En los noventa, asistimos también al nacimiento de dos procesos que condicionan las políticas económicas actuales: de un lado, una sensibilización creciente sobre los problemas ambientales, y en particular los derivados de la actividad económica; y de otro, un movimiento de rechazo a la globalización de la economía, que goza de un apoyo social creciente. En España, la década de los noventa se inicia aún bajo el impulso de nuestra entrada en la CEE. La consiguiente apertura de la economía trajo consigo un fuerte incremento de la inversión extranjera y de la competencia exterior, lo que forzó a la empresa española, como nunca antes, a su modernización acelerada y profunda o a su desaparición. A ello se sumó un incremento sin precedentes de las inversiones públicas en infraestructura con motivo de los Juegos Olímpicos de Barcelona y la Expo de Sevilla de 1992, financiados en buena medida con ayudas de la Unión Europea, y cuya finalización coincidió con la entrada de España en una corta recesión. La economía se recuperó a partir de 1995 con un vigor creciente apoyado en la confianza de los consumidores; y la política económica se orientó desde 1992 a conseguir las metas de inflación y déficit público de los acuerdos de Maastricht para la instauración del euro en la UE.

Una de las características más notables de este proceso de modernización de la empresa española es la de su internacionalización, de la que me precio haber formado parte durante 16 años en los que residí en diferentes países de América del Sur y del Norte. Inicialmente, la empresa española se orientó por obvias razones a Iberoamérica, donde se ha consolidado como el segundo inversionista de la región, sólo superado por Estados Unidos. Sin embargo, y alentado por el éxito inicial, el proceso de internacionalización pronto se expandió a otros países, incluyendo las economías más desarrolladas de Norteamérica y Europa. Al final de la década, la empresa española había perdido los complejos para competir en “las ligas mayores”, y la inversión directa española en el exterior representaba casi un 10% del PIB.

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