Daniel Peña Sánchez de Rivera
DOCTOR INGENIERO INDUSTRIAL POR LA UNIVERSIDAD POLITÉCNICA DE MADRID
La década de los setenta del pasado siglo XX es una de las más señaladas de la historia reciente de España. El acontecimiento que marcó este periodo, fue, sin duda, la muerte de Franco y la llegada de la democracia a nuestro país. La Escuela de Organización Industrial tuvo su papel en la transición a la democracia, ya que alguna de las reuniones de la Junta Democrática y de la Plataforma de organizaciones democráticas, que englobaba a la mayoría de los partidos políticos entonces en la clandestinidad, tuvieron lugar en sus locales. Los frutos consecutivos de la tran-sición fueros las primeras elecciones democráticas (1977) y la Constitución (1978), junto con la Ley de Partidos Políticos y la libertad sindical.
El despertar de la democracia coincidió con una profunda crisis económica, provocada por el encarecimiento del precio del petróleo, que se multiplicó por 10 en doce meses, y una inflación que llegó a ser del 40%, para la que las fuerzas políticas y sindicales encontrarían una salida mediante los Pactos de la Moncloa, propiciados por Enrique Fuentes Quintana, vicepresidente del Gobierno de Adolfo Suárez. El clima de consenso y acuerdo entre todas las fuerzas políticas democráticas fue la simiente del país pujante en el que se convertiría España en las décadas siguientes, a la vez que un modelo que se intentó aplicar en otras latitudes, sin el mismo éxito.
La transición fue posible también gracias a cambios sociales subyacentes. En primer lugar, la demografía: sólo 20 años antes, casi el 70% de la población residía en municipios de menos de 20.000 habitantes, pero al entrar en los setenta la proporción había bajado al 51%. Esto se debió a la migración del campo a la ciudad, cuya consecuencia fue el crecimiento de los suburbios y un complejo fenómeno de ordenación del territorio, con las consiguientes demandas de infraestructura. En Madrid y Barcelona, más de una tercera parte de la población procedía en 1970 de la migración interna.
En paralelo, la distribución de la población activa mostraba el declive de la agricultura y el ascenso de la in-dustria, que daba trabajo a 1,2 millones de españoles más que 20 años antes. El nivel de vida mejoró, con el consi-guiente aumento de la demanda interior. El concepto de consumo se extendió a nuevas capas sociales y se abrió a los bienes duraderos: la producción de automóviles, televisores, lavadoras y otros electrodomésticos se multi-plicó. Otros inventos de la década -los primeros microor-denadores, el código de barras, el walkman, la maquinilla de afeitar desechable o los sistemas de vídeo Betamax y VHS- llegaron a España con retraso, pero llegaron. La bre-cha tecnológica, que aún hoy repercute sobre la economía española, tiene su origen en aquellos años en los que la prioridad era salir voluntariosamente de la crisis.
Los primeros signos de globalización se manifesta-ron en aquella primera crisis del petróleo desatada por los países de la OPEP entre 1973 y 1975. Este componente externo fue agravado por las incerti-dumbres que planteaba el fin del régimen franquista. El ciclo ascendente originado en el Plan de Estabilización de 1959 se cortó de golpe: decayó la inversión, y la balanza de pagos entró en un déficit creciente, que el turismo no lograba compensar. Como corolario, el crecimiento del PIB se desaceleró, hasta llegar a ser negativo al inicio de los ochenta. El panorama económico se completa con la inflación disparada, hasta que el pacto con los sindicatos, en 1979, permitió ponerla bajo control.
La crisis económica internacional tendría efectos perdurables, con una transferencia de renta hacia los países productores de petróleo. El final de la década coincidirá con una segunda crisis energética, signo de una vulnerabilidad que tendría nuevos episodios. En el plano político, el escándalo Watergate (1972) y el fin de la guerra de Vietnam con la caída de Saigón (1973) iniciaron la decadencia del papel de Estados Unidos en el mundo, sin que ello implicara un re-forzamiento del otro protagonista de la guerra fría, la Unión Soviética, si no más bien los albores de un sistema multipolar.
En esta década comienza la integración de China en el sistema de relaciones internacionales, con su entrada en la ONU (1971) y la visita de Richard Nixon a Pekín al año siguiente. La muerte de Mao y la caída de la “banda de los cuatro” cerró el prolongado pulso ideológico entre las dicta-duras china y soviética. Fue entonces, con la rehabilitación y ascenso al poder de Deng Xiaoping, “el pequeño timonel”, cuando se abrió el camino a las reformas que han transformado a China en lo que es hoy, una potencia económica global.
En América Latina, tuvo singular repercusión para España el surgimiento de regímenes milita-res, a partir del golpe de Pinochet (1973), que ahogó en sangre la efímera experiencia de socialis-mo en democracia, abriendo paso a una etapa de autoritarismo en los países vecinos, prólogo de lo que eufemísticamente se ha conocido desde entonces como “década perdida”.
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