Un duro por lo que piensas
Por uno de esos fenómenos que uno no se acaba de explicar, recordé el otro día una serie de sucesos de mi infancia, como niño que era no me daba cuenta ni me planteaba las implicaciones que tenía. Ahora, pensándolo en perspectiva, cuanto ha cambiado mi percepción de aquellos momentos, me hubiese gustado darme cuenta antes.
Ésta es la historieta.
De pequeño, solía ser un niño no demasiado hablador, pensando siempre en las musarañas, me gustaría decir que soñador, pero quizá sea juzgarme demasiado benévolamente. Un día, veníamos de ver a mis abuelos. Era un domingo por la tarde, un día de invierno. Antes de llegar a casa nos encontramos el clásico atasco de los domingueros que volvíamos a la ciudad. Mi hermana pequeña se había dormido a mi lado y yo miraba por la ventanilla del coche la luna. Una luna llena, grande, luminosa.
Estaba mirando la luna y sus manchas, quizá preguntándome la razón de que estuvieran allí. En ese momento, oigo a mi madre que me dice: “Te doy un duro por lo que piensas”.
Claro, ¿qué le iba a decir yo?, ¿qué estaba mirando la luna y preguntándome porque tenía manchas?, se reiría de mi. Como buen tímido que soy, pudo la vergüenza sobre el beneficio económico y le respondí: “Nada, no pienso en nada”. De haber sabido quien era Descartes en aquel momento quizá hubiese sido más original y le hubiera contestado: “Solo pienso que no pienso nada”, pero resulté ser bastante menos profundo.
Al cabo del tiempo, estaba haciendo cualquiera de esas cosas a los que los niños de 7 años hacen, cuando mi madre entró en el salón y mirándome me dijo: “Te doy un duro por lo que piensas”. No lo recuerdo bien, pero si estoy seguro que mi respuesta no debió ser muy diferente a la primera vez, ya que me quedé sin mi duro.
Había en mi casa una terraza que daba a un patio de luces interior, allí estaban la lavadora, la ropa tendida y una caja de zapatos con mis coches de juguete dentro, que como futuro ingeniero, me dedicaba a intentar desmontar para quitarles peso y que fueran más rápido. Cuando mi madre apareció para recoger la colada. Nuevamente me propuso el trato: “Te doy un duro por lo que piensas”. Sin embargo, esta vez le contesté: “Quiero quitar lo de dentro para que el coche vaya más rápido”. Inmediatamente, ella metió la mano en su cartera, sacó una moneda y me dio el duro. Fue el primer trabajo remunerado de mi vida.
Aque duro tuvo un curioso efecto en mi, porque me di cuenta que podía “ganar dinero” con aquello, mis pensamientos tenían un valor, aunque únicamente fuera mi madre el único cliente de aquel negocio. Supongo que de forma primitiva y rudimentaria, descubrí el concepto de propiedad intelectual.
A partir de aquel momento, mi financiación parecía asegurada, si quería dinero, lo único que tenía que hacer es decir lo primero que se me pasaba por la cabeza. Me convertí, casi de la noche a la mañana en un niño increiblemente hablador. Claro, cobraba por palabras.

Un día, que seguramente quería comprar chucherías, me acerqué a mi madre y le solté lo que había hecho en el colegio y a lo que había jugado en el recreo. Mientras esperaba con la palma de la mano abierta mis honorarios, mi madre se giró y me dijo: “Me parece muy bien, pero eso que dices no vale un duro”. Yo estaba indignado, ¿cómo no podía valer aquello un duro?.
Ella me explicó, de esa forma paciente y condescendiente que únicamente las madres saben, que hay pensamientos que valen un duro y otros que no los valen. Parecía que contar un día de colegio sin acontecimientos especiales, no tenía valor contable.
Tras pensarlo un momento, me di cuenta de la lógica del planteamiento. Sin embargo, yo quería mi recompensa, los niños somos así.
Volví donde estaba ella y muy grave le expuse un razonamiento que recordé que hacía algún tiempo me había dado beneficios. Ella me sonrió y me dijo: “Esta muy bien y por eso mismo ya te di el duro”.
Vaya, parecía que ella también se acordaba. Añadió: “Te di el duro en aquel momento, porque me pareció original. Ahora ya no es original y no es justo que te recompense”. ¡Qué lección me dio!, claro, no fue eso lo que pensé. Más bien fue al contrario.
Ahora, en perspectiva, me doy cuenta que mi madre es una pionera de la innovación. No sale en libros, ni es gurú del marketing, ni da conferencias por el mundo. Aún así, es una auténtica pionera.
Me enseñó el valor de una idea, por tanto me introdujo en el concepto de la propiedad intelectual y del copyright, también me enseño que no todas las ideas son igualmente valiosas. Únicamente aquellas que satisfagan al cliente tendrán valor.
Además, una idea valiosa hoy puede no serlo mañana, el valor marginal de una idea disminuye con el uso. Siendo muchas veces una magnitud binaria, una idea de usar y tirar. Por tanto, si quiero generar valor con mis ideas, deberé esforzarme. Y esforzándome, innovaré.
Finalmente, hay una última enseñanza que he extraído, el valor de la equivocación. El valor que tiene el equivocarse y aprender del error, que junto con la perseverancia, harán que el esfuerzo sea rentable.
Es una lástima que uno sea tan lento, que haya tardado 24 años y haya tenido que venir a una escuela de negocios para apreciar lo que mi madre me enseño. Voy a llamarla y pedirle disculpas por no haberle reconocido el mérito antes.
Dani, este post te lo dedicamos tu compañeros. Enhorabuena y muchisima felicidad para tí, para tu mujer y para esa niña, Paula, que acabais de traer al mundo. Un abrazo muy fuerte.
LA QUE FALTABA
Miguel Rodrigo nos envía este post sobre el nuevo plan del Gobierno para el fomento de la innovación
“Todos hemos oído hablar de la reforma laboral que están negociando Gobierno, patronal y sindicatos o del pacto de Estado en materia de Educación que discute el ministro Gabilondo con el resto de grupos parlamentarios.
Es evidente que las medidas que se articulen derivadas de estos dos importantes pactos buscarán mejorar la escasa productividad española, pero dado que el diferencial en esta materia con los países con los que competimos es tan grande, cabría preguntarse: ¿es esto todo lo que podemos hacer?

A mí, al menos, me faltaba un componente de la ecuación, un componente del que nadie parecía hablar y al que incluso parecía que se le había esquinado en los Presupuestos Generales del Estado para este año… Pero me faltaba solo hasta ayer, cuando en una jornada sobre usos energéticos de microalgas, un representante del Ministerio de Ciencia e Innovación destapó algo que, al menos yo, desconocía: es inminente la aprobación de una Estrategia Estatal en materia de innovación, E2i, que parece que realmente pretende ser un instrumento potente de dinamización de la economía.

La estrategia, entre otros, busca potenciar el liderazgo de España a nivel mundial en determinados sectores (con especial hincapié en las tecnologías “verdes”: energías renovables, gestión de residuos, aguas y suelos, etc.) así como promover la internacionalización de las empresas españolas que aún no se han atrevido (o no han podido) salir a competir fuera.
Además, se pretende que empresas de capital riesgo participen más activamente en el sector. Tan importante como esto, me pareció que se hablaba de un cambio de mentalidad en la investigación, desarrollo e innovación española que, sin descuidar la investigación de “bata blanca”, parece al fin asumir su capacidad y potencial para traducir en resultados en los mercados las inversiones en innovación. Ya existen estudios del Banco de España que vinculan directamente las inversiones en innovación que hacen nuestras empresas con su capacidad para exportar (y no solo en cuanto a cantidad, sino también en cuanto a duración en el tiempo y ámbito geográfico).
Resumiendo, que la Estrategia Estatal de Innovación que se aprobará en Consejo de Ministros en las próximas semanas, parece orientar más que nunca la inversión en innovación a los mercados, con todo lo que ello puede implicar, si se es efectivo, en cuanto a reducción de nuestra deficitaria balanza de pagos.”
Para más información sobre este asunto, pincha aqui.
En el siguiente enlace, encontrareis un documentación adicional: PDF
El estigma de la productividad
Durante mucho tiempo hemos estado oyendo que el problema del mercado de trabajo español es su falta de productividad y competitividad.
“Oído cocina”, dijeron los empresarios. ¿Qué hicieron entonces? Pues poca cosa, aumentar las horas de trabajo no remuneradas, reducir los beneficios sociales o retributivos y restringir (si no cortar) el acceso a Internet. Curiosamente, ni la productividad ni la competitividad aumentan. Bueno, quizá no es tan curioso.

Es significativo ver cómo nos confundimos en los términos, ser poco productivo no significa trabajar poco, ni significa ganar mucho, creo que debe ser uno de esos “false friends” que tiene el inglés.
En realidad, después de consultar las definiciones en inglés y en español, me he dado cuenta que resulta que son iguales. Resulta lógico pensar que si las definiciones son similares, la diferencia estriba en la percepción subjetiva del individuo. Entonces, ¿por qué pensamos que somos “menos” que alemanes, franceses, americanos y japoneses?
Durante mi vida profesional, especialmente los últimos 6 años, he tenido la oportunidad de trabajar con personas de otras nacionalidades en diversos proyectos y siempre, fuera de España. En todos esos proyectos he trabajado, precisamente, con alemanes, franceses, norteamericanos y japoneses; creo que puedo decir sin temor a equivocarme que tenemos comportamientos similares en lo esencial, dejando de lado nimias diferencias como la hora a la que comemos o cómo nos guste el café, lo cierto es que todos dedicamos una parte del tiempo en comer, todos hacemos pausas para tomar un café, todos consultamos el correo personal y todos entramos en “facebook”. Pensamos que somos muy diferentes, pero no lo somos tanto, curioso, ¿verdad?

La diferencia es que tanto alemanes, franceses, norteamericanos y japoneses entienden estas pausas como parte de la jornada laboral, tiempo que resulta necesario, ya que es imposible estar 8 ó 9 horas seguidas concentrado en la misma tarea. En realidad, es imposible estar una hora únicamente centrado en una misma tarea. Los trabajadores japoneses, quizá no en todas las empresas ya que solo tengo experiencia en colaborar con dos de ellas, aunque de las más grandes, se toman 10 minutos de descanso cada dos horas. Suena una alarma, todo el mundo deja lo que estaba haciendo y hacen una pausa, cada cual hace lo que quiere, incluso hay gente que tiene debajo de sus mesas pequeñas almohadas para echarse una breve siesta.
Entonces, ¿por qué seguimos pensando que en España trabajamos peor que en otros países o que, por ejemplo, tenemos más vacaciones?

Acarreamos ese estigma, que por otra parte, lo asumimos como parte de nuestra identidad y no estamos dispuestos a renunciar. Curioso, bastante curioso.
Cuando empecemos a entender que la baja productividad no viene de que trabajamos poco, sino de que producimos productos o servicios que no tienen valor añadido, ¿es qué ya hemos olvidado el ladrillo?, quizá podamos empezar a desarrollar soluciones. Si logro trabajar menos y ganar más, mi productividad aumentará, simples matemáticas.
En ese sentido, los primeros que deberían rectificar e intentar mejorar su gestión son los propios empresarios y directivos españoles, que deberían entender que la gente no es mala por naturaleza, sino que es lógico que se dedique cierto tiempo a actividades no relacionadas con el trabajo.
Por otra parte, hay quien dice que prefiere que el trabajador haga cualquier otra cosa que “estar mirando Internet” en los momentos en los que no tiene carga de trabajo. Bueno, es el pensamiento de quien prefiere a un trabajador desmotivado, aburrido y enfadado. No creo que sea una buena táctica, pero está claro que cada uno hace en su casa lo que quiere, tan solo es un consejo de amigo.
Dejo abajo algunos links a algunas noticias relacionadas con el mercado laboral, productividad y salarios. La verdad, personalmente las cuentas no me salen.
http://www.expansion.com/2010/01/18/economia-politica/1263810001.html
http://www.lne.es/economia/2010/01/20/economia-ceoe-achaca-elevado-paro-sueldos-mayores/861915.html
http://www.expansion.com/2010/01/20/opinion/1264021898.html
2010: Un solo paso
Nuestro primer post en el blog, el primer día del que esperemos sean muchos. En realidad, este primer post no es nada más que un primer paso.
De ahí el nombre del blog, 2010: Un solo un paso. Tampoco tenemos mucha idea de donde llegaremos con esto, pero sí que tenemos claro nuestra meta última. Este blog quiere ser un foro abierto a la colaboración de alumnos y profesores de la EOI y a través de los comentarios, a cualquiera que tenga a bien pasarse por aquí y tener la generosidad de cedernos una parte de su tiempo.
En cualquier caso, queremos agradecer de antemano la colaboración de todos. Muchas gracias.

Comentábamos hace relativamente poco, un par de meses, que no estamos acostumbrados a dar nuestra opinión y a que nuestra voz sea escuchada, nos ocurre en las empresas, nos ocurre con las instituciones e incluso, algunas veces, nos ocurre en nuestras propias casas.
Desde este blog queremos fomentar la participación de todos, el intercambio de opiniones, la discusión sana, calmada y razonada sobre temas que consideremos importantes.
Por eso, lo que diferencia a una idea de una opinión es simplemente el hecho de expresarla. Dar ese paso, es a lo que animamos. Cambiar de los planteamientos internos a planteamientos externos, que la opinión sea expresada y argumentada, sometida a debate. Desde aquí os invitamos a dar ese paso.

Está claro que cuando decidimos empezar este máster, pasamos del planteamiento del “qué quiero ser de mayor” a “qué hago para conseguirlo”. En realidad, empezamos a recorrer un camino, que no sabemos muy bien donde termina o si tan siquiera lo hace, pero nos decidimos a dar un primer paso.
Cada día, cuando nos levantamos de la cama, damos un primer paso para empezar nuestra actividad, cada día recorremos un camino, que mas o menos siempre empieza igual, con un simple paso, a partir de ahí, donde cada uno vaya es solo cuestión suya. Personalmente, este planteamiento me parece casi mágico, tenemos más libertad de lo que podamos pensar, utilicémosla.
En realidad, si queremos cambiar las cosas, si queremos cambiar nuestras vidas, si queremos mejorar en cualquier aspecto, si queremos hacer prácticamente cualquier cosa, lo único que nos separa de hacerlo, es sólo un paso.



