¿ Hacia una culturización de la mercancía ?

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El mundo camina absorto en sus permanentes e inmanentes crisis, saturado de imágenes, productos e informaciones, desorientado y perdido ante su abrumadora rapidez e incomprensible abundancia. Ante este “líquido”  panorama, tal y como lo lleva describiendo el sociólogo y filósofo Zygmunt Bauman, la cultura ha adquirida una preponderancia jamás conocida en la historia del hombre. Cierto es que no sabemos exactamente de qué hablamos cuando nos referimos a ella, a la gran dama Cultura; cierto es que mientras unos hablan y no paran de valores, principios y símbolos, otros, los más, entienden de actividades artísticas y actuaciones y soportes tangibles, pero es irrefutable e innegable su cenital y exclusivo papel en el mundo actual.

Hace tiempo ya que la cultura dejó de ser un sector marginal y prosaico, alejado de las urdimbres cotidianas y mercantiles de la sociedad, para convertirse en uno de los principales motores y factores de crecimiento de las naciones desarrolladas, absorbida totalmente por el gran orden comercial.  Asistimos a la paulatina y exponencial comercialización de la cultura en todas sus vertientes, formatos y disciplinas, conscientes de su impacto turístico, de imagen y de desarrollo económico.

Sin embargo, esta obvia mercantilización progresiva de la cultura, junto a sus connaturales y románticas acepciones de conocimiento, diversión, comprensión, evasión, formación y educación, supone una cara de la moneda. ¿Y la otra? El mundo es un universal supermercado en el que los productos y servicios se intercambian con urgencia y necesidad. Así, estos productos y servicios requieren para ser vendidos, para intercambiarse, para subsistir en definitiva, de una pátina más o menos profunda de culturización, de unos valores y principios culturales que los sostengan en el ecosistema económico, al reafirmarlos en las bondades tradicionales de la Gran Cultura; es decir, lo que hoy es comercial, hoy es cultural.

En este catártico trasvase de poder, no pensemos exclusivamente en las industrias culturales y en los iconos museísticos y sonajeros turísticos, sino en toda clase de industria, en cualquier sector mercantil. El cibernético mundo globalizado de la comunicación vende y consume a través de símbolos y de marcas que aportan valores y referentes a sus consumidores, bajo una suerte de paraguas artístico y cultural alejado de la clásica sacralización del arte, en una carrera imparable hacia la búsqueda por la innovación, la creatividad  y la belleza.


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