EL VALOR DEL FRACASO

La actitud de gran parte de nuestra sociedad ante  alguien que trata de reponerse tras una iniciativa profesional o empresarial malograda es frecuentemente de  recelo. No solemos concebir que alguien pueda ser capaz de arriesgar lo poco o mucho que tenga en aras de un éxito incierto y por lo menos lo tacharemos de inconsciente, si no de loco.

Es más,  si  este tipo de personaje osa hacer constar en su curriculum que no sólo no ha tenido suerte en su primera iniciativa sino que además lo ha vuelto a intentar con el mismo resultado e incluso que está dispuesto a volverlo a hacer sin que se vislumbre signo alguno de arrepentimiento, entonces ya no nos cabrá duda de que estamos en presencia de un perturbado, que nunca podrá gozar no solo de nuestra admiración o reconocimiento sino que tan siquiera de nuestra  confianza o respeto. Muchos incluso llegarían a pensar que están en presencia de un inadaptado social que lejos de aprovechar lo que le brinda la sociedad, lo dilapida y se pone en peligro a sí y a los que le rodean.

Me parece obvio que la  actitud que niega por sistema el valor del emprendedor que no ha triunfado es absolutamente reprobable  pero tampoco hay que hacer de esta figura patente de corso y llegar a la conclusión de que todo aquel que arriesga es un genio que debe ser protegido cual especie en peligro de extinción, todo lo contrario este tipo de perfiles en cierto modo transgresores debe poder ser juzgado del mismo modo que lo son los conformistas que hacen milagros con lo poco que tienen, los intelectuales, los comunicadores, o cualquier otra categoría humana.

Toda habilidad humana, incluida la emprendeduria, cuando se hipertrofia, deja de guardar el necesario equilibrio respecto a las demás destrezas y es llevada a un extremo tal que se convierte en un fin en sí misma se puede llegar a hacer patológica y como tal debe ser evitada y corregida,  mas por esta misma razón cuando no confluyan estas circunstancias deberíamos tener en consideración  a todo aquel que con el preceptivo respeto por los demás, esté dispuesto a explorar nuevas vías de actuación que la postre nos permitirán evolucionar y mejorar a todos.

Cualquier persona que con independencia del valor intrínseco de la idea por la que se pone en marcha es  capaz de asumir el riesgo de perder lo que tiene para luchar por algo mejor debe gozar como mínimo del beneficio de la duda y que su conducta sea sometida a un juicio social imparcial y libre de prejuicios.

No debemos quedarnos en el eventual valor de los propósitos en sí mismos, es cierto que el progreso material y social de la humanidad ha tenido como motor casi siempre  las teorías más o menos transgresoras  de algunos locos e iluminados  que a lo largo de la historia abandonaron la comodidad de lo establecido para acometer proyectos quiméricos a los ojos escrutadores de sus coetáneos, pero no es menos cierto que la mayoría de los proyectos ni siquiera  trascendieron su época  por no decir que  fracasaron rotundamente pero es que deberíamos convenir  que el verdadero valor del emprendedor y sobre todo del que no triunfa y más aún del que fracasa dos o más veces no es tanto el valor  de sus ideas, sino el entusiasmo con el que aborda los proyectos y su capacidad para sobreponerse y recuperarse de los fracasos.

Esa actitud ante la vida  que nos hace capaces de sustraernos de la frustración y emerger cual  ave fénix de nuestras  cenizas, es lo que necesitan la mayor parte de las empresas para mantenerse, crecer y expandirse por el mundo. Con mucha mayor frecuencia de lo que cabría pensar, no se necesitan tanto ideas geniales como personas con tesón, inmunes al desaliento que colaboren en el desarrollo de las de los demás.

En definitiva, el éxito de cualquier empresa que acometamos dependerá de la habilidad de su protagonista para conjugar adecuadamente factores intelectuales, cognitivos y volitivos. Es imprescindible  conocer el escenario, tener buenas ideas, luchar por ellas y tomar decisiones inteligentes y además  gozar de una coyuntura favorable para nuestros propósitos,  pero el que no concurran todas estas circunstancias no debe suponer que tengamos que despreciar las demás y menos aún las relativas a la voluntad y la capacidad de sobreponerse ya que son estas las verdaderas catalizadoras sin las cuales ninguna de las otras gozaría de viabilidad alguna.

 

 

 


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Comentarios ( 3 )

Gran artículo.

Antonio Gutierrez enviado el 30/06/13 4:54 am

Muy bien plasmado, pienso que las victorias nunca vienen solas, siempre vienen precedidas de algún que otro fracaso. El aprender de errores anteriores te hacen más fuerte para desarrollar futuros proyectos. No hay que caer en la desesperanza y luchar día a día estando comprometido al cien por cien y el éxito está asegurado.

Consultor Seo enviado el 11/06/14 6:39 pm

Sin fracaso estamos evocados al mismo. En mi opinión son más valiosos los fracasos que los triunfos. Excelente artículo. Un saludo.

Daniel Bocardo. Consultor SEO. enviado el 01/10/14 12:05 pm

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