Coches y otras distopías cotidianas
“Imagínase que ha aterrizado en un planeta muy parecido a la tierra hace un siglo y se le ha asignado la misión de diseñar el modo de transporte principal para que la gente pueda moverse. Sus criterios para realizar ese diseño deben ser: el sistema debe maximizar el consumo de carburantes y la superficie útil del planeta (utilizando toda la tierra cultivable y urbanizable posibles). Su sistema debe producir todas las toxinas posibles y utilizar todos los recursos materiales físicos a su alcance (acero, cristal, caucho, piel, materiales sintéticos) en lugar de otra clase de alternativas que pudieran estar disponibles. El sistema debe arrojar como resultado la generación del mayor número de muertos y heridos posible (consejo: promueva la libre circulación de los coches con conductores amateurs al volante). Debe ser, además, el sistema menos predicible, de manera que los pasajeros no tengan ni idea del tiempo que un trayecto de regreso a sus casas pueda durar. Cuanto más gente lo utilice, además, debe generar atascos e inmovilidad, una enorme pérdida de tiempo y energía. Podrá obtener puntos de bonificación adicional si consigue enfrentar a sus conciudadanos en disputas y peleas constantes por la prioridad o cualquier otro asunto relacionado con la circulación”.

Don Tapscott es el autor de eso que puede parecer una distopía con componentes oníricos pero que, desafortunadamente, es nuestra realidad cotidiana. En una entrevista concedida a La Vanguardia a finales del mes de enero sostenía que “Esto no es sólo una crisis económica, estamos ante un momento de cambio histórico: la era industrial y todas sus instituciones se han quedado sin energía”. Efectivamente, sin energía, porque sabemos ya desde hace unos años que hemos alcanzado el pico de producción de las energías no renovables, de los carburantes fósiles, y que todo a partir de ahora -como demuestra la curva de Hubbert- no será más que declive, aumento de precios y dependencia incrementada.
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Si esta aparente distopía cotidiana amenaza con hacernos más pobres y dependientes, ¿qué cabe hacer? Los alemanes y los canadienses utilizan la web para crear plataformas que incentiven el compartir coches y trayectos: Mitfahrgelegenheit (la posibilidad u oportunidad de compartir un trayecto), es la versión en red alemana de una antigua práctica que se venía coordinando telefónicamente desde hace al menos dos décadas y que hoy desarrolla Widgets específicos para incrustar en plataformas móviles donde cualquier interesado pueda compartir un itinerario cualquiera. De Canadá proviene otra de las iniciativas más conocidas: Zipcar, que a cualquiera que utilice un ordenador le sonará a conducción comprimida, a compartir con otros viajeros un recorrido en el mismo espacio reducido, al menos. Como en el caso alemán, se han desarrollado Apps para terminales móviles a través de las que cualquier potencial cliente pueda compartir viaje. No es ya conducir a menor velocidad, sino reducir diractamente a la mitad el consumo en combustibles fósiles, un cambio de hábitos nada desdeñable.

Pero, ¿y si fuéramos más allá y optáramos por concebir el transporte como un servicio de movilidad y no como la propiedad de un objeto extraordinariamente caro y contaminante? ¿Y si las grandes compañías automovilísticas desarrollaran modelos de negocio basados en el coche eléctrico compartido? ¿Y si pensáramos los coches como nodos de una red inteligente a la que estuvieran conectados para recibir información sobre los trayectos más adecuados para llegar a un destino, sobre las puntos de abastecimiento eléctrico más cercanos, sobre las estaciones donde pueden cambiarse o reponerse sus baterias? ¿Y si la propia red de carreteras fuera la red de energía renovable de la que los nuevos coches se abastecieran? ¿Y si los fabricantes de coches se dieran cuenta de que el futuro pasa por crear plataformas abiertas de software compartido y trabajo colaborativo, como GENIVI, sobre la que desarrollar más y mejores servicios? ¿Y si eso no fuera una utopía sino formara ya parte de los planes de negocio y de trabajo de empresas como Ford, Hertz, Better Place, SolarRoadways o BMW?
El futuro del transporte será una combinación de transporte público, de conducción compartida en coches eléctricos que formen parte de una red de la que se abastecen y a la que proporcionan información, de alquiler de servicios de movilidad y de compañías que trabajan sobre plataformas abiertas y colaborativas a partir de la que desarrollarán más y mejores servicios, limpios y sostenibles.
Necesitamos una revolución
El 28 de enero de 2011, Ban Ki-moon, el Secretario General de las Naciones Unidas, subido al podio de la reunión del World Economic Forum en Davos, dijo a un público quizás poco acostumbrado a las afirmaciones taxativas y a los llamamientos revolucionarios: “aquí en Davos -en esta reunión de los fuertes y los poderosos, representados por algunos países clave-, podría sonar extraño hablar de revolución. Pero eso es lo que necesitamos ahora. Necesitamos una revolución. Pensamiento revolucionario. Acción revolucionaria. Una revolución del mercado libre para la sostenibilidad global. Es fácil hablar de “desarrollo sostenible”, pero para hacer que suceda tenemos que estar preparados para afrontar grandes cambios -en nuestros estilos de vida, en nuestros modelos económicos, en nuestra organización social y en nuestra vida política-”.
Peter Senge, profesor de la MIT Sloan School of Management y Presidente de la Society for Organizational Learning (SOL), publicó en el año 2008 una obra crucial para entender el devenir de la economía global en los próximos decenios: The necessary revolution. Working together to create a sustainable world. La revolución necesaria que hace de la sostenibilidad el valor central en torno al que las economías se reconstruyen y se desarrollan. “La crisis actual”, escribe Senge, “ha revelado hasta qué punto es frágil la burbuja creada por la expansión industrial global ─no solamente la burbuja más reciente de crédito ilimitado, stocks crecientes, y derivados financieros basados en hipotecas basura, sino la burbuja de toda nuestra Era Industrial─. Ha mostrado que las presunciones tras las que más profundamente nos atrincheramos ─que el crecimiento del PIB, el progreso material y la expansión de los negocios por medio de la maximización a corto plazo de los beneficios es todo lo que importa, y que las nuevas tecnologías, de alguna manera, resolverán cualquiera de los problemas que encontremos─ han perdido el contacto con la realidad ecológica, social y económica”.

“Nuestro crecimiento económico”, escribe Joseph Stiglitz, Premio Nobel de Economia en el año 2001, en Caída libre, “ha estado basado demasiado en tomar prestado del futuro: hemos estado viviendo más allá de nuestras posibilidades. La mayoría de nuestro crecimiento ha estado basado en el agotamiento de los recursos naturales y en la degradación del medioambiente -un tipo de préstamo tomado del futuro más injusto porque las deudas que tenemos no resultan tan obvias. Estamos convirtiendo a las futuras generaciones en más pobres como consecuencia de nuestro comportamiento, y el indicador del PIB no lo refleja”.
“Es el momento”, concluía Ban Ki-Moon en su intervención ante los poderosos atónitos del mundo, “de generar una revolución de la energía limpia. La agenda para el desarrollo sostenible es la agenda del crecimiento para el siglo XXI. Para llegar allí, necesitamos su participación, su iniciativa. Necesitamos intensificarla. Encender la chispa de la innovación. Dirigirla mediante la acción”.
Necesitamos una revolución. ¿Te apuntas?
El futuro de las Escuelas de Negocio
A lo largo del año 2010, el GMAC MET Fund (Management Education for Tomorrow), decidió asignar una sustanciosa parte de su presupuesto a indagar en abierto, públicamente, sobre las ideas y tendencias sobre las que se deberían fundamentar las Escuelas de Negocio en la segunda década del siglo XXI. Para poner en funcionamiento toda esa inteligencia colectiva al servicio de un propósito concreto, puso en funcionamiento una plataforma digital en abierto que movilizó la experiencia y la inteligencia de profesionales, profesores y estudiantes de 60 países diferentes. El Crowdsourcing, la inteligencia de las multitudes, la inteligencia colectiva, al servicio de un problema que nos afecta y atañe colectivamente: el de cómo deberá ser la educación en este siglo, cómo deberá acreditarse y legitimarse, cómo deberá gestionarse.
Son 20 las ideas que se han seleccionado de entre las 650 respuestas que se recibieron, y aunque cualquier síntesis pueda simplificar al profundidad de su contenido, al menos tiene la virtud de proporcionar una primera orientación. Quizás cabría destacar tres ámbitos principales de cambio y mejora:
- en primer lugar, no parece que los currícula autosuficientes y cerrados sobre sí mismos, en torno a una única materia, puedan dar una respuesta satisfactoria a la naturaleza compleja e interdisciplinar de los problemas a los que los alumnos deban enfrentarse: más que programas cerrados con contenidos divididos en materias compartimentadas necesitamos espacios de encuentro entre disciplinas diversas que ataquen combinadamente problemas importantes para la sociedad o las personas. Eso, forzosamente, nos llevaría a diseñar un currículum diferente no tanto en torno a contenidos como a procesos y competencias que podrían adquirirse de otra forma. El ejemplo del Poverty Action Lab o el D-Lab (Development through dialogue, design and dissemination), ambos en el MIT, sumado al de la D-School de Standford, son claros ejemplos de cómo saltarse las barreras rompiendo el currículum puede ser un ejercicio extremadamente fructífero;
- en segundo lugar, la Escuela o el centro ya no es el único lugar, ni siquiera el principal, donde las cosas deban o puedan transcurrir: las plataformas digitales de trabajo abierto y colaborativo, las bibliotecas de recursos compartidos, el teletrabajo digital o el encuentro síncrono o diferido gracias a aplicaciones informáticas gratuitas. La educación es expandida y móvil por dos razones: porque contamos con los mecanismos para hacerlo pero, sobre todo, porque esos mismos mecanismos nos ponen en contacto con multitud de fuentes de información diversas que podemos consultar y explotar y porque nos permiten construir una red sólida de trabajo colaborativo. Y no se trata, solamente, de experimientos más o menos radicales, como el de la WikiUniversity o el de la ITunes University, que ponen en solfa los procedimientos de acreditación tradicionales, sino de aprovechar el poder transformador y emancipador de las redes;
- en tercer lugar, sólo cabe aprender haciendo, algo que las Escuelas de negocio, por su decidida orientación pragmática, tienen claro hace ya tiempo: los proyectos no son distintos a los contenidos sino que solamente puede haber proyectos al servicio de los que se ponen conocimientos, herramientas, recursos y contactos. La Team Academy en Finlandia o el laboratorio de proyectos de la D-School, son dos ejemplos extraordinarios de un proceso de generación de ideas rápidamente prototipado y puesto al servicio de un problema social previamente identificado que se convierte en un negocio viable.

En realidad hablamos del futuro de las Escuelas de negocio pero, de lo que realmente estamos hablando es del futuro mismo de la educación superior y de postgrado. En un reciente artículo de Juan Freire se resumía perfectamente lo esencial del asunto con el que lidiamos: “La emergente cultura digital representa un nuevo paradigma en que se modifican prácticas, valores y organizaciones y en particular los procesos de producción y uso de conocimiento. Esta transformación genera una necesidad de cambio en las instituciones de educación superior desde modelos pedagógicos de transmisión masiva y estandarizada de contenidos a otros basados en procesos y competencias en que los objetivos sean «aprender a aprender», el desarrollo de pensamiento crítico y capacidades de innovación y colaboración. Esta nueva Universidad debe ser interdisciplinar (capaz de afrontar los problemas emergentes que exceden las disciplinas tradicionales) y expandida (que integre los procesos educativos informales)”.
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Este es el final de la universidad y de las escuelas de negocio tal como las conocíamos, sin duda alguna, porque cuando se fomenta la autogestión entre los alumnos del proceso de enseñanza y aprendizaje, favoreciendo la reflexividad y la autoaprendizaje; cuando los profesores ya no son estrictamente necesarios como transmisores de contenidos o, al menos, son más intermediadores y guías que inspectores o interventores; cuando los currícula autosuficientes y ensimismados carecen de sentido en ámbitos cambiantes que requieren de una inteligencia cada vez más transversal e interdisciplinar; cuando nos urge contar con proyectos y soluciones que no sean meramente la conclusión de un proceso sino el proceso mismo; cuando Internet nos permite generar redes expandidas de trabajo colaborativo y mallas de inteligencia distribuida; cuando la escuela o la universidad ya no acaban en sus campus; cuando el poder de acreditación y legitimación de esas nuevas formas de conocimiento ya no tiene porque estar solamente en manos de las instituciones que fueron concebidas una vez para ese propósito, hasta el punto que, como en el caso de la Universidad P2P, no existe otra garantía que la que los particulares se dan entre sí… Cuando todo eso está sucediendo, simultáneamente, conviene que pensemos cuál es el futuro de las escuelas de negocio, de las universidades y de la propia educación.
Crecer por crecer
Bernard London, un acaudalado comerciante norteamericano, propuso en los años 30 una fórmula magistral para procurar el crecimiento continuo de la economía y con él, supuestamente, el acrecentamiento del estado general de bienestar. En un libro titulado Ending the depression through planned obsolescence, puso las bases de lo que es en buena medida el mito sobre el que se basa nuestra economía actual: sólo mediante la obsolescencia programada de los bienes y servicios que produzcamos, su caducidad inducida, su mal funcionamiento proyectado, podemos garantizar que la maquinaria fabril siga en funcionamiento y, con ella, la sociedad de consumo. Basta añadir a esa obsolescencia la generación continua del deseo de consumir, instilar en los consumidores la pretensión de afianzar su identidad mediante la compra de nuevos bienes y servicios.
En el fantástico documental Comprar, tirar, comprar, de Cosima Dannoritzer, se narran estas y otras historias fundacionales y se plantea una pregunta que debería concernirnos muy estrechamente: ¿es viable una economía sin obsolescencia programada y sin el impacto brutal que genera sobre los recursos naturales y el medioambiente? Cada cual dispondrá de su respuesta, pero vale la pena ver este documental para comprender que, como todos los sitemas productivos, este en el que vivimos tiene una historia muy breve que, sin embargo, ha ocasionado en ochenta años un impacto sobre su entorno que, quizás a lo largo de la historia de la humanidad, ningún otro llegó a tener.
Crecer por crecer, como dice Serge Latouche en el Pequeño tratado del decrecimiento sereno, es nuestro mito civilizatorio fundacional, muy apegado a la generación de trabajo y, por eso, tan difícil de erradicar del vocabulario político, porque si la única manera aparentemente posible de contar con un puesto de trabajo es integrándose en una maquinaria que debe producir crecimiento al coste que sea, se genera un círculo vicioso difícil de romper. En todo caso, vale la pena replantearse, a la vista de este documental, algunas cuestiones básicas: ¿no deberíamos ser capaces, siendo conscientes de las anomalías de un sistema económico relativamente reciente, de las contradicciones estructurales que se revelan con el paso del tiempo, de construir un nuevo sistema productivo verde adecuado a nuestras verdaderas necesidades, por muy difuso e impreciso que ese término de necesidad pueda parecer?


¿No deberíamos ser capaces de refundar nuestras sociedades modernas recapacitando sobre lo que realmente significa el bienestar y la felicidad, tal como nos enseña el Happy Planet Index, una medida que demuestra hasta qué punto por encima de determinado límite de acumulación de bienes materiales no crece la satisfacción sino, a menudo, la frustración por no contentar el deseo que el sistema genera?
Comprar, tirar, comprar. Vale la pena verlo y pensar si vale la pena crecer por crecer…
Feliz y sostenible 2011

El clima y la tragedia de los comunes
El texto es bien conocido pero vale la pena recordarlo: Garrett Hardin, un ecologista norteamericano nacido a principios del siglo XX, publicó en la revista Science, en el año 1968, un influyente artículo titulado The tragedy of the commmons, la tragedia de los comunes, donde planteaba una paradoja tan común como difícil de resolver: ante la tesitura de gestionar coordinadamente un recurso común necesario para la supervivencia de un colectivo —los pastos comunales de la campiña inglesa— y la miopía de la competencia enconada que incitaba a la explotación individualista y desmedida, parece que la balanza siempre tendía a escorarse por el peor de los lados, el de una concurrencia aniquiladora que acababa esquilmando el fundamento de la supervivencia colectiva. Otro tanto hizo algún tiempo después la Premio Nobel de Economía Elinor Ostrom. En un libro que es compendio de todo su trabajo, El gobierno de los bienes comunes. La evolución de las instituciones de acción colectiva, la autora trasladaba el problema de la acción depredadora y descoordinada a otros ámbitos del procomún: la pesca, la gestión del agua, etc. Si, tal como demuestran los juegos de simulación derivados de sus descubrimientos —Fishing games—, varios colectivos de pescadores pretenden explotar simultáneamente el mismo caladero sin prestar atención a sus ciclos naturales de regeneración y a la confluencia de intereses aparentemente enfrentados de quienes pretenden ganarse la vida, acabará pasando lo mismo a los peces que a las ovejas y, de paso, a quienes pretenden vivir de esos recursos. Claro que Ostrom se atreve a apelar a algo más que el altruismo o la confianza como fundamento de la cooperación: deben existir reglas consensuadas para la gestión de los bienes comunes, principios claros de vigilancia y control, de atribución del crédito y el reconocimiento, de reparto y prorrateo para que todos y cada uno puedan sustentar razonablemente sus vidas dentro de los límites que los recursos establezcan.
En The vulnerability monitor 2010. The state of the climate crisis, un estudio presentado en la cumbre del clima de Cancún por los países miembros del Climate vulnerable forum, podemos leer que cerca de un millones de personas morirán anualmente a partir del año 2030 como consecuencia directa del cambio climático y el ascenso de las temperaturas; que antes de que esa fecha llegue, en los próximos diez años, morirán en torno a cinco millones de personas como consecuencia directa de las mismas razones denunciadas por una mayoría incuestionable de la comunidad científica; que de esas 350.000 muertes anuales el 80% se producirá entre los niños que habitan en África y el continente subasiático; que el 99% de todas las muertes predecibles sucederán en países en vías de desarrollo; que en torno a 10 millones de personas vivirán en condiciones depauperadas y drásticas por los efectos de la desertificación, algo que corrobora de manera fehaciente las cartografías públicas difundidas en la web por Earthtrends, que avisan con antelación de las zonas de stress hídrico grave donde la falta de agua conducirá a la migración, al conflicto por su usufructo o a ambos; que las pérdidas financieras inmediatas generadas por el cambio climático serán de 150.000 billones de dólares; que al menos 170 países, quizás más, son altamente vulnerables a los efectos del cambio climático y padecerán una u otra forma de escasez o catástrofe; que más de la mitad de las pérdidas financieras directamente atribuibles al impacto del cambio climático se producirán en los países industrializados. Al mismo tiempo, por si no llegáramos a sentirnos lo suficientemente concernidos, el informe The Emissions Gap Report, publicado por la United Nations Environment Programme, nos enfrenta a la evidencia de que aunque a día de hoy se llegara a un compromiso global para limitar estrictamente las emisiones de CO2 y metano, invirtiendo de manera sistemática en un Green New Deal global, seguiríamos emitiendo a la atmósfera 5000 millones de toneladas más de lo necesario para limitar el aumento de la temperatura a un máximo de 2º C. Ese aumento de temperatura, que se presume por tanto superior —del orden de 3º o 4º C—, representará un punto de retorno irreversible que podría llevar al planeta a la extinción de la especie. Y esto no es lo mejor: la Royal Society británica, con ocasión del encuentro, ha publicado un estudio en el que demuestra que en los próximos 50 años la temperatura subirá 4º C y que eso representará un reto insalvable a los límites de la adaptación humana y de los ecosistemas naturales.

¿Vivimos en un planeta de estúpidos, tal como refleja en el título de su último libro Juan López de Uralde? ¿No hemos reunido evidencias suficientes como para caer en la cuenta de que nos encontramos ante el mayor reto de gestión del procomún de la humanidad, desafío que requiere del concurso de todos no tanto por razones filantrópicas como por la palpable evidencia de que estamos erosionando irreversiblemente el fundamento de nuestra supervivencia? “La misma regla de cálculo económico autodestructivo gobierna todos los ámbitos de la vida. Destruimos la belleza del paisaje porque los esplendores de la naturaleza, de los que nadie se ha apropiado, carecen de valor económico. Seríamos capaces de apagar el sol y las estrellas porque no dan dividendos”, dejó escrito John Maynard Keynes, y seguramente el problema siga siendo ese, que creemos que podemos poner precio al sol y a las estrellas, a los mares, a los acuíferos, a la tierra.
¿Es que no existen alternativas factibles que pudieran aminorar el impacto y que, más allá de esa sanación temporal, generaran una alternativa real a un modelo económico productivista cuyo único indicador de referencia es la brutalidad del producto interior, de la ficción destructora del crecimiento infinito? Claro que las hay: Joseph E. Stiglitz y Amarty Sen, premios nobeles de economía ambos, acaban de entregar al gobierno francés un documento titulado Report by the commssion on the measurement of economic performance and social progress donde abogan por la adopción de un conjunto de nuevos indicadores que reflejen el bienestar real: “la disyuntiva entre la promoción del PIB y la protección del medio ambiente es una falsa opción”, dicen Stiglitz y Sen, “una vez que incluimos la degradación ambiental y sus efectos, adecuadamente, en nuestras mediciones sobre rendimientos económicos”. Así es: bastaría con utilizar cualquiera de las muchas métricas alternativas vigentes, como la Integrated environmental economic accounting, promovida por las Naciones Unidas, para despertar de la ficción de nuestros cálculos. Tim Jackson, presidente de la Sustainable developtment commision del gobierno británico, autor del informe Prosperity without growth? The transition to a sustainable economy, aboga por la promoción de un acuerdo global de gestión de los recursos comunes, un Green New Deal, una nueva macroeconomía ecológica, que aparque para siempre un modelo económico dañino que nos ponga en la senda de una verdadera prosperidad. Mientras tanto, Sony Kappor, presidente del Think tank Re-define, propone en Tackling Climate Change: Tools to Fund Adaptation and Mitigation, un conjunto de herramientas financieras que nos permitirían sufragar esa operación de gestión global del procomún: el impuesto sobre las transacciones financieras internacionales es, obviamente, uno de ellos. ¿Significa todo esto que nuestra manera de hacer negocios y concebir nuestro bienestar y prosperidad deben cambiar? Claro, no cabe la menor duda: en algunas de las grandes escuelas de negocios del mundo, como la que dirige Peter Senge, en los Estados Unidos (MIT Sloan School of Management), hace tiempo que inculcan a los alumnos el principio con el que esta tribuna comenzaba: los negocios del futuro estarán basados en la gestión del procomún (del commons) o, simplemente, no serán, lo que entraña un ingente esfuerzo por redefinir y reconstruir las cadenas de valor de la mayoría de los negocios tal como las hemos concebido hasta ahora, siendo la sostenibilidad el valor fundamental alrededor del cual debemos comenzar a erigir esta nueva convivencia.
¿No está por tanto el clima preparado para el cambio, para que seamos capaces de cimentar una modernidad verde, tal como reclama Ulrich Beck? Sabemos que en Cancún, finalmente, se han conseguido acuerdos no vinculantes sobre la reducción de emisiones, la supervisión sobre su crecimiento o decrecimiento, la provisión de fondos desde los países ricos a los países en desarrollo para la financiación del cambio y el nombramiento de las instituciones responsables de conducir ese crédito (el Banco Mundial). Son pasos en la dirección que tenemos que recorrer pero seguimos necesitando políticas generosas y comprometidas que procuren el bienestar compartido y alienten la gestión coordinada de nuestro procomún fundamental, que es el entorno que somos y del que formamos indisolublemente parte. ¿Asistiremos a la definitiva tragedia de los commons y, con ella, en esta ocasión, a la extinción de la especie o, al menos, a la de sus representantes más débiles? En nuestra mano esta el evitarlo. No dejemos que nadie ponga entonces precio al sol y a las estrellas.
Despiértate y muévete
Leo en Algo va mal de Tony Judt: “no podemos seguir viviendo así. El pequeño crac de 2008 fue un recordatorio de que el capitalismo no regulado es el peor enemigo de sí mismo: más pronto o más tarde está abocado a ser presa de sus propios excesos y a volver a acudir al Estado para que lo rescate. Pero si todo lo que hacemos es recoger los pedazos y seguir como antes, nos aguardan crisis mayores durante los años venideros”.
¡Despiértate y muévete! from Leo Murray on Vimeo.
Ayer 29 de noviembre, comenzó, tras la fracasada esperanza de la Cumbre de Copenhague, la Cumbre de Cancún. Pocos días antes de su inicio pudimos saber, a través del informe The Emissions Gap Report publicado por la United Nations Environment Programme, que aunque a día de hoy se llegara a un compromiso global por limitar estrictamente las emisiones de CO2 y metano, invirtiendo de manera sistemática en un Green New Deal global, seguríamos emitiendo a la atmósfera 5000 millones de toneladas más de lo neceario para limitar el aumento de la temperatura a un máximo de 2º C. Ese aumento de temperatura, que se presume por tanto superior -del orden de 3º o 4º C-, representará, tal como el video de Leo Murray muestra en la página de inicio de la Cumbre Climática, un punto de retorno irreversible que podría llevar al planeta a la extinción de la especie.

El estudio de Naciones Unidas dice, entre otras cosas:
- Under business-as-usual projections, global emissions could reach 56 GtCO2e (range: 54-60 GtCO2e) in 2020, leaving a gap of 12 GtCO2e.
- –– If the lowest-ambition pledges were implemented in a “lenient” fashion**, emissions could be lowered slightly to 53 GtCO2e (range: 52-57 GtCO2e), leaving a significant gap of 9 GtCO2e.
- –– The gap could be reduced substantially by policy options being discussed in the negotiations: by countries moving to higher ambition, conditional pledge; by the negotiations adopting rules that avoid a net increase in emissions from (a) “lenient” accounting of land use, land-use change and forestry activities and (b) the use of surplus emission units.
“De aquí al 2020″, dice Daniel Innerarity hoy en El País, ” -un breve periodo de tiempo, apenas dos o tres legislaturas- pueden decidirse las condiciones de vida de las próximas generaciones. El cambio climático es sin ningún género de dudas el mayor problema de acción colectiva al que el mundo se ha tenido que enfrentar. Por eso se ha podido hablar de una “tragedy of commons” (Garret) y el informe Stern calificaba el cambio climático como “el mayor fracaso del mercado”.
Business as usual no es una opción, de ninguna manera, pero, ¿de qué manera podemos influir en los criterios de las personas que deberían ser conscientes de lo que nos jugamos?. Dice Tony Judt en el mismo libro que mencionaba al principio: “¿Cómo podemos enmendar el haber educado a una generación obsesionada con la búsqueda de riqueda e indiferente a tantas otras cosas? Quizá podríamos empezar recordándonos a nosotros mismos y a nuestros hijos que no siempre fue así. Pensar economisticamente, como llevamos haciendo treinta años, no es algo intrínseco a los seres humanos. Hubo un tiempo en que organizábamos nuestras vidas de otra forma”.
“Necesitamos”, asegura Innerarity, “una solución cooperativa, que sea científicamente sólida, económicamente racional y políticamente pragmática”. Eduquemos y vivamos, pues, de otra forma, contra el mito de la abundancia y el crecimiento continuo, por la supervivencia de la especie y del planeta, por la creación de negocios que aporten valor de manera indisociablemente medioambiental, social y financiera.
Tigres (celtas) de papel
Esta mañana, por enésima vez, he escuchado en la radio, mientras desayunaba, el siguiente sinsentido: “los mercados siguen castigando a los países que presentan dudas financieras”. Quizás, aunque la frase sea algo más larga y sinuosa, hubiera debido decir: los mercados, que durante más de una década traficaron con productos financieros derivados, administrados por la banca en la sombra, constituidos, en buena medida, por hipotecas subprimes y otras modalidades altamente tóxicas de apalancamiento, han llevado a algunos Estados -que les respaldaron, hipotecándose, a su vez, para salvaguardar el tejido financiero, esencial para un países- a la bancarrota y a la inestabilidad política, poniendo en peligro a las democracias y haciendo sufrir a sus poblaciones. Esos mismos mercados, no conformes con haber ocasionado ese terremoto, atacan ahora la debilidad de quienes le respaldaron. Sony Kapoor dice en su blog: ““Once again the interests of bondholders have been put ahead of the interests of taxpayers. This is unfair and regressive and undermines the basic tenets of market discipline.”
Ya digo. Esa frase es demasiado larga y, aunque haga mucho más justicia a la realidad, quizás convenga despedazarla: Irlanda, durante muchos años, fue conocida como el “Tigre celta”, por comparación con los tigres asiáticos, una economía basada en los fondos de integración europeos, en una forma de dumping fiscal tolerada por el resto de los gobiernos de la Unión (impuestos de sociedades un 12,5% de media inferiores al resto de los países, en el hipotético caso de que las multinaciones hubieran declarado beneficios en el país que los acogía) y, sobre todo, en el incontrolado juego de las adquisiciones over the counter de productos derivados basados en la adquisición de deuda y otros productos de alto riesgo. Una ruleta gigantesca de apalancamientos que tuvo que salvaguardar por primera vez el Estado irlandés en el otoño del año 2008 con una inyección directa de 286.000 millones de €, lo que generó un endeudamiento estatal del 170% de su PIB. La banca irlandesa, que esta mañana decían que “estaba en venta”, no solamente no agradeció el inmerecido respaldo de un gobierno legítimo, sino que siguió atentando contra su propia línea de flotación hasta engendrar lo que todos conocemos hoy.
Lo más flagrante -y ese fue el argumento que Federico Mayor Zaragoza (ex Director general de UNESCO), Carlos Berzosa (Rector de la UCM) y José Luis Sampedro (excatedrático de Economía de la UCM) esgrimieron en una reciente reunión-, es que quienes deben apechugar ahora con la adversidad y los ajustes son quienes no lo han provocado y deben tolerar el escarnio reiterado que supone advertirles de que “los mercados son muy sensibles” y experimentan “un efecto de contagio” que debe llevarnos a practicar ajustes estructurales más drásticos, como exigió ayer mismo Miguel Angel Fernández Ordóñez. Claro que los mercados se contagian, porque el sistema bancario está construído hoy de tal manera que todos los agentes son interdependientes, pero sus lazos son muy endebles y frágiles porque los productos con los que se comercia son muy volátiles, sometidos a la especulación despiadada (HFT High Frecuency Trade), y ajenos a cualquier clase de control y seguimiento. Quizás, como afirmaba Mayor Zaragoza, “ha llegado el momento de decir, pacíficamente, basta”, y eso comporta, como sugería Berzosa, entre otras muchas medidas, “el establecimiento de un sistema fiscal progresivo, la lucha contra el fraude fiscal, la recuperación del impuesto sobre el patrimonio, y el establecimiento de un verdadero impuesto (no el ridículo 1%) a las Sociedades de Inversión Colectiva, las SICAV”. Desafortunadamente, como dice Paul Krugman, “los avances de la teoría económica en los últimos 30 años fueron, en el mejor de los casos, inútiles; y en el peor, muy dañinos”.

Sony Kapoor es el Presidente de Re-Define, una Think Tank internacional que “asesora a los políticos en la reforma de los sistemas financieros, , en la formulación de políticas económicas para la mejora de la gobernanza y el desarollo sostenible”. Kapoor, en su indispensable The financial crisis, causes & cures, dice: “The combination of unregulated financial actors, opaque products and non transparent jurisdictions seriously increased the dangers to the fi nancial system and ensured that if and when a serious accident were to happen, the whole fi nancial system would cease to function”. Y sugiere tres medidas -que desarrolla en su informe (promovido por la Bertelsmann Stiftung y la Friedrich Ebert Stiftung)- de subsanación inmediatas: “Transparency is the bedrock of a well-functioning fi nancial system. Regulators and supervisors need to know what goes on not just within financial institutions but also across the financial system so financial reforms would need to tackle opaque derivatives, abolish off balance sheet operations and penetrate tax haven secrecy. This would need to be accompanied by efforts to improve counterparty disclosure so other financial institutions do not lose confidence in each other at the first hint of trouble”.
Quizás debiéramos dar a leer este libro a más de uno para que la historia del tigre celta de papel no se reprodujera.
Cosas importantes que no se discuten en el G20
Los líderes mundiales del G20 están reunidos en Corea para dirimir alguno de los entresijos económicos que dictaminarán nuestro futuro. Andan enredados en asuntos sin duda cruciales, como las devaluaciones unilaterales y el incremento constante de la productividad como receta para solucionar todos los males. Me dan ganas de repetir lo que Susan George al inicio de su indispensable libro Sus crisis, nuestras soluciones: escribo “enfadado, perplejo y asustado”, pero limaré esta enfatización y me ceñiré a los hechos:

- de acuerdo con el informe “A new era of sustainability” realizado por la consultura Accenture para la Cumbre de 2010 de la United National Global Compact (Red del Pacto Mundial), el 93% de los CEOs y ejecutivos de las empresas consultadas creen que los asuntos que conciernen a la sostenibilidad serán críticos para el futuro de los negocios y el 96% piensa que la sostenibilidad deberá integrarse completamente como un factor estratégigo fundamental en las operaciones de sus compañías. En suma, y siempre siguiendo el texto del informe, los “CEOs believe that we are moving toward an era in which businesses will no longer focus purely on profit and loss as the primary means of valuation, but rather take into account also the positive and negative impacts on society and the environment”. ¿Alguien ha tenido en cuenta que los pricipales agentes económicos privados en el mundo son de la opinión que la sotenibilidad es un valor fundamental que debe figurar, de manera prioritaria, en las agendas internacionales?;

- el gobierno francés encargó hace unos meses a dos premios nobeles de economía -Joseph E. Stigiltz y Amartya Sen-, que elaboraran un informe que proporcionara elementos de juicio para comprender de qué manera debería evolucionar la economía para facilitar y garantizar el bienestar personal y el progreso social: las conclusiones, muy resumidas, pueden encontrarse en el indispensable Report of the commission on the measurement of economic performance et social progress. Cito solamente dos de sus párrafos: “…it has long been clear that GDP is an inadequate metric to gauge well being over time particularly in its economic, environmental, and social dimensions, some aspects of which are often referred to as sustainability”. Es decir: el PIB, como índice o indicador del crecimietno está agotado, resulta incluso contraproducente, porque es agresivo con el medioambiente que nos sostiene y proporcionar una coartada inverosímil a un paradigma productivista agotado. Y dos: “the well-being of future generations compared to ours will depend on what resources we pass on to them. Many different forms of resource are involved here. Future well-being will depend upon the magnitude of the stocks of exhaustible resources that we leave to the next generations. It will depend also on how well we maintain the quantity and quality of all the other renewable natural resources that are necessary for life”. ¿Qué recursos podremos entregar a nuestros herederos, por tanto, cuando en la cumbre del G20 gigantes como China y Brasil invocan el incremento del consumo y la productivida como soluciones incontrovertibles a las amenazas que nos acucian? En lugar de eso, tal como nos recuerda Greenpace en su informe sobre la cumbre de Seul, atendiendo a las promesas que se formularon en reuniones anteriores, “To lead the world in building a green energy future, the G20 must create the financial and regulatory conditions that incentivise a green economy, and agree on the indicators and reporting mechanisms needed to monitor progress”.

- Y hablando de cuestiones financieras: el desastre financiero internacional causado por la quiebra en cadena de entidades bancarias que habían utilizado el recurso del apalancamiento y los productos derivados de alta toxicidad para obtener un lucro desmedido -como nos contaba Gillian Tett, del Financial Times, en Fool’s Gold-, pasaba por ser uno de los temas esenciales que debían ponerse encima de la mesa. Los acuerdos de Basilea I y Basilea II pretendieron moderar los riesgos de quiebra obligando a los bancos a igualar a menos el 8% de los activos ponderados por riesgo. Hoy se ha anunciado que se ha llegado a un acuerdo para poner en marcha el Basilea III, pero la decisión es ahora tan imprecisa como “que los bancos de todo el mundo tendrán que apartar en los próximos años reservas de capital superiores a las que existen hasta ahora para poder hacer frente con medios propios a una eventual crisis”. Susan George nos recuerda: “la forma más sencilla y de eludir esta norma tan general y no demasiado exigente es, o bien subvalorando drásticamente el riesgo reflejado realmente en la contabilidad, o bien [...] convenciendo a otros de que asuman el riesgo”, que no otra cosa hacen y pretenden los productos financieros derivados que no han sufrido modificación alguna. Gillian Tett, en un reciente artículo del Financial Times titulado “Calls for radical rethink of derivatives body“, decía: “ISDA ( International Swaps and Derivatives Association)became the victim of its own success. Precisely because it believed so deeply in its own free-market rhetoric, it failed to prevent the crazy abuses of the credit bubble”. Seguiremos siendo, aparentemente, vícitimas de esa burbuja.
Aunque me consta que no tendrán en cuenta este blog para confeccionar las agendas del próximo G20 francés, que se celebrará en noviembre de 2011 en París, me atrevería a sugerir algunas cosas importantes que sí deberían discutirse, ateniéndome a lo que los profesionales y los expertos reclaman:
- revisión de los indicadores de crecimiento, resultados económicos y progreso social en beneficio de otros indicadores integrales que tengan en cuenta, de manera indisociable, los beneficios sociales, medioambientales y financieros: System of Enviromental Economic Accounting (SEEA); Index of sustainable economic welfare (ISEW) o Genuine Progress Indicator (GPI);
- reintroducción de la Tasa Tobin 2.0 para gravar las transacciones financieras internacionales, en particular las conocidas como High-frecuency-trade;
- control exhaustivo de los derivados financieros tóxicos y de su composición, que siguen acechando bajo el manto de Basilea III;
- generación de una verdadera economía verde y medioambiental que ubique a la sostenibilidad en el centro de las preocupaciones económicas y constituya el fundamento de la herencia que entreguemos a las próximas generaciones.
Con eso me conformaría…
Por una nueva política del bien común (III): el turno de las empresas
Sería impensable, incluso ridículo, creer que la gestión de los bienes comunes pudiera realizarse sin ninguno de los agentes que participan e intervienen en la cadena de valor: la sociedad civil, las instituciones públicas y, cómo no, las empresas. Es cierto que los imperativos morales a los que aludía la primera entrada de esta serie o la necesidad de repensar los indicadores macroeconómicos basados en una visión estrechamente productivista, no suelen hacer demasiado mella en los planes estratégicos de las organizaciones, pero algo empieza a cambiar profundamente cuando las empresas entienden que todas ellas, sin distinción, forman parte de una frágil cadena de valor de la que dependen completamente, una cadena de valor que deben preocuparse en mantener, sustentar y gestionar coordinada y responsablemente. De otra manera, no sólo los recursos de los que se abastacen y el medio del que los extraen estarán amenazados, sino que la supervivencia y continuidad misma de la empresa se verá en entredicho. Esta evidente amenaza, que pende como una espada de Damocles sobre muchos negocios y empresas, ha hecho caer en la cuenta a muchos administradores que el futuro pasa, indefectiblemente, por el gobierno colegiado del procomún. Así lo dice Peter Senge en esa obra fundamental que es The Necessary revolution. Working together to create a sustainable world: “cuando se abandona el paradigma tradicional basado en asumirlo como un peso o un gravamen, podemos comenzar con la restauración de los bienes comunes. Las organizaciones descubrirán de manera inevitable que muchos de los límites con los que en realidad tiene que enfrentarse son commons compartidos por otros miembros de la industria y por la sociedad”.

Efectivamente, cuando las organizaciones reparan en que la restricción en el uso de los recursos y bienes comunes no es una limitación externa y arbitraria sino una necesidad infranqueable, pueden empezar a rediseñar sus cadenas de valor para integrar a todos los agentes que, de una u otra manera, están implicados en su usufructo y en su mantenimiento. Existen múltiples ejemplos dentro de cada sector. S reparamos en la circunstancia de que dependemos de un recursos finito y común, regenerable pero potencialmente agotable, y que compartir información sobre el estado de los caladeros puede conducir al beneficio colectivo y que convenir periodos de suspensión de las capturas puede contribuir a la autoregeneración del recurso común, es posible que comenzáramos a comprender que todos formamos parte de un sistema mucho más amplio y global en el que la gestión del procomún es indispensable.
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Unilever. La mayor empresa del mundo en comercialización de productos derivados del pescado. Ya no jugamos. En el año 1997 caen en la cuenta de que tienen que aprender a gestionar de manera conjunta un procomún fundamental para sus negocios pero, también, para el mundo entero: los océanos. Dan un paso inusitado hasta ese momento: se asocian con la WWF (World Wilde Foundation), una ONG que algunos hubiera tenido por refractaria y que se convierte en el socio y aliado perfecto. Se dan una visión compartida que gobierna todo su proceder: “nuestra visión es aquella en la que los océanos de todo el mundo están rebosantes de vida y en la que las reservas de productos del mar están garantizados para ésta y futuras generaciones”; y generan la primera y más comprehensiva certificación internacional sobre pesca sostenible, una ecoetiqueta que distingue a aquellos que han comprendido que todos formamos parte de la cadena de valor y aprovisionamiento que comienza en los océanos y termina en nuestros platos.
Si hablamos de un recurso tan esencial e insustituible como el agua, quizás el ejemplo siguiente pueda darnos una idea de cómo incluso las grandes multinacionales asumen el imperativo de la corresponsabilidad de la gestión del procomún: en el año 2007 el por entonces CEO de Coca-Cola, E. Neville Isdell, en una alocución dentro del UN Global Compact (el Pacto Mundial promovido por las Naciones Unidas que la EOI ha suscrito), dijo: “we should not cause more water to be removed from a watershed than we replenish”, no debemos desecar los acuíferos, utilizar más recursos de los que somos capaces de reponer.
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El primer aviso se lo habían dado a la multinacional en la India: aun cuando la compañía utilizaba acuíferos -para la elaboración de la bebida y para el funcionamiento de las plantas embotelladoras- a profundidades que excedían la de los pozos que utilizaba la población para su abastecimiento-, las ONG denunciaron un uso abusivo de los recursos naturales. En lugar de contraponer la fuerza a la acusación, de enrocarse en los despachos o de utilizar la eficacia disuasoria de los lobbys, Coca Cola lanzó un comunicado de prensa en el que decía: “Coca-Cola reaffirms its commitment to Water Stewardship and Community Development in India”, un proyecto de compromiso con el medio y con su entorno social circundante que, a partir de aquel momento, se ha tornado en ejemplo de sostenibilidad económica, medioambiental y social. Sus equipos de investigación publicaron poco tiempo después un estudio extensísimo y ejemplar titulado “Quantifying watershed restoration benefits in community…“.

La naturaleza no entiende de negociaciones y la dilapidación de un recurso como el agua hubiera supuesto cercenar la materia prima con la que la compañía trabajaba. Su propia viabilidad económica dependia de una gestión inteligente de ese recurso fundamental, pero para hacerlo comprendieron que resultaba imprescindible comprender el funcionamiento de los propios acuíferos para preservarlos, y que resultaba no menos indispensable integrar en los procesos de gestión y decisión a las comunidades indígenas propietarias y -más sorprendentemente todavía, al menos por entonces, cuando nadie podía pensar que esa práctica fuera plausible- a las organizaciones no gubernamentales que había puesto sobre alerta a la población. De ahí surgió el acuerdo firmado entre Coca Cola y la WWF (World Wilde Foundation), cuya directora general, Marcia Marsh, consciente también del reto que se les planteaba y de lo decisivo que podía resultar para el futuro de todos el trabajo colaborativo, dijo: “The simple fact is that we are failing relative to our larger goals. Despite our successes in raising public awareness and funding, species are disappearing at historic rates. Habitat continues to be destroyed. Working alone, NGOs are simply unable to reverse the tide of global change. To do this, we will have to develop new partnerships with businesses and governments, partnerships whose scale of impact is commensurate with the problem we face”.

La World Wild Foundation en Alemania realizó en el mes de octubre de 2009 un análisis titulado Tala de bosques tropicales para libros infantiles en el que demostró que 19 de los 51 libros analizados aleatoriamente contenían pulpa de maderas de bosques tropicales sin trazabilidad ninguna, la mayoría de ellos impresos en China, país que importa el 50% de la pasta de papel producida (a menudo ilegalmente) en Indonesia. Esa constatación levantó en la última Feria del Libro de Frankfurt un revuelo comedido. En todo caso, eso hizo recapacitar a alguna de las empresas editoras más importantes de Alemania y, de paso, del mundo, como Random House-Mondadori (parte del grupo alemán de Bertelsmann), que a partir de aquel momento comenzó a utilizar pastas papeleras con certificación FSC, lo que entraña respetar los ciclos de vida naturales de las maderas empleadas en la fabricación; incluir en el diseño de las explotaciones a las comunidades donde esas masas forestales se ubican; revertir parte de los beneficios obetenidos en mejoras de los cultivos y en beneficio de la propia comunidad propietaria, etc.

Hemos llegado a un punto en que sin el concurso de todos -empresas, sociedad civil e instituciones públicas- el cambio es imposible y el desastre climático altamente probable. Lo paradójico a mi juicio parece ser, sin embargo, que buena parte de las iniciativas más dinámicas, ágiles, imaginativas y comprometidas de los últimos tiempos en pro de la gestión coordinada del procomún como fundamento de la supervivencia compartida, son las empresas, en todos los sectores y en todos los ámbitos, grandes y pequeñas, y ahí debe radicar gran parte de la fuerza de este cambio de actitud inevitable.


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