Etica, economía y política

Hace más de un siglo Max Weber dejó establecido de una vez para siempre que el fundamento de una determinada práctica ecónomica históricamente fechada, el incipiente capitalismo alemán, se construía sobre un cimiento ético, el protestantismo, y sobre una visión política del mundo determinada que consistía en creer en la perfección del obrar individual como soporte del bienestar social. El libro se titulaba La ética protestante y  el espíritu del capitalismo y entre tanto parece que a todos se nos ha olvidado que existe un vínculo irrompible entre tres dimensiones inseparables de un mismo fenómeno: la ética, la economía y la política.

Los alemanes creían -y siguen creyéndolo, en gran medida- que el obrar ascético y el esfuerzo individual, además de ganarles una parcela en el edén, podía procurar una forma de convivencia saludable, de manera que sus prácticas económicas eran indisocialbles de las fórmulas de coexistencia política y de sus convicciones éticas. No es que eso haya cambiado o que los ingredientes sean ahora separables: lo que ha venido ocurriendo en el transcurso del siglo pasado es que se ha pretendido que cabe concebir las prácticas económicas como si no tuvieran repercusiones éticas ni políticas, como si atropellar derechos humanos fundamentales en países en desarrollo, violentar el medioambiente hasta extenuarlo o convertir el afán de lucro desmedido en único baremo mensurable, fueran prácticas y acciones neutrales.

Esa pequeña o gran aberración ha dirigido los derroteros de muchas empresas en la última mitad del siglo XX pero puede que en los albores del XXI las cosas estén cambiando: Borja Vilaseca, en un artículo reciente titulado “¿Es rentable ser ético?“, afirma: “En definitiva, la gran mayoría de empresas todavía no han encontrado su razón de ser. Y eso siempre genera un gran vacío. Por eso son tan pobres y están tan enfermas. Al no tener ningún sentido lo que hacen, son víctimas de un virus letal: la epidemia de insatisfacción y malestar entre los profesionales que las componen, que merma año tras año su creatividad, su innovación y su capacidad de aportar valor añadido. De ahí su incompetencia a la hora de crear riqueza real para la sociedad. Y éste sí es un lujo que no van a poder permitirse por mucho tiempo”. Y así es, efectivamente: disociar la economía de su fundamentación ética y de su proyección sociopolítica solamente puede conducir a una forma de patología grave que resulta en la degradación del entorno que nos soporta, en la indignidad de las relaciones humanas y en la insatisfacción personal.

Darse unos objetivos claros es, por eso, esencial: hablar de economía abierta, verde, participativa, social y digital no es, solamente, una divisa al servicio del márketing y la comunicación sino, sobre todo, un programa de convivencia y una tarea civilizatoria. Ética, economía y política son una y la misma cosa, y gran parte del esfuerzo que queda por realizar es recordar, tal como Max Weber hizo en su momento, que su futuro, que nuestro futuro, es inseparable.

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