Contabilidades fantasmas y biodiversidad

Imaginemos que un grupo de jóvenes emprendedores desean montar una editorial, un pequeño negocio independiente que satisfaga, a partes iguales, sus expectativas intelectuales, sus convicciones estéticas y políticas y, cómo no, sus legítimas aspiraciones económicas, por muy parcas y medidas que sean. A la hora de contabilizar los gastos fijos en los que la pequeña editorial incurrirá para sacar adelante su modesto catálogo, aparecerán, cómo no, los gastos asociados al papel y a la producción industrial de sus libros. En general, lo que tenderá a suceder es que negocien con un impresor que tendrá unas cuantas resmas de papel almacenado que intentará colocar al mejor precio. Llegarán final e inevitablemente a un acuerdo, buscando una solución lo más airosa posible dentro de los estrechos márgenes que la economía independiente permita.

Ese papel, en más del 90% de los casos, será barato a costa de no tener certificación de origen ni tipo alguno de trazabilidad. La contabilidad, en cualquier caso, como a todos nos han enseñado, solamente multiplicará el coste unitario de producción por el número de ejemplares que componen la tirada. ¿Qué sucedería si, en lugar de esa práctica contable parcial y artera se incluyera el coste real de los árboles talados, de las pastas de bósques primarios que se siguen importando y utilizando sin control alguno? Es decir, ¿qué ocurriría si en la contabilidad editorial -en cualqueir contabilidad de cualquier negocio que utilizara maderas y pastas, en realidad- debiéramos sumar el coste real de un árbol, el hecho de que sea un ser vivo que transforma el CO2 en oxígeno, que es morada y refugio para muchos seres vivos, que evita la descomposición del suelo fijándolo, que contribuye a que el metabolismo biológico de toda la cadena trófica siga funcionando al asimilar minerales y nutrientes diversos? Pues que cada libro saldría por una pasta, sería, simplemente impagable.

De hecho, en estas circunstancias, sería mucho más económico y sensato adquirir directamente papeles certificados, pastas FSC que cumplen con todos los criterios de sostenibilidad, ecoeficiencia y acreditación que la Unión Europea establece.

Es de hecho la Unión Europea la que quiere acabar con las contabilidades fantasmas incluyendo en todos los balances los costes asociados a la pérdida de la biodiversidad: el comisario de la Agencia Europea del Medioambiente, Karl Falkenberg, ha dicho: “el valor de los ecosistemas debe incluirse en todas las agendas financieras. El progreso”, afirma sin dobleces, “no sólo debe medirse económicamente, sino también a nivel de biodiversidad”, explicó. “La economía de cada país”, concluye taxativamente, “debe incluir en su PIB el valor de sus ecosistemas. Queremos que en 2012 haya indicadores económicos que reflejen este valor”.

Esa sería una contabilidad abierta y sin sombras, alejada de las lobregueces y negruras tradicionales.

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