Hombre de buen dejó (fin)

En casa de la fortuna, el que entra por la puerta del placer
generalmente sale por la del pesar, y viceversa.
Busca en tu vida más la felicidad en la salida
que el aplauso en la entrada.
Un desaire común de muchos afortunados es tener
favorables principios y trágicos finales.
A la gente común y corriente suele vitoreársele en la entrada,
pero a quienes se aplaude en la salida es a unos pocos elegidos.
La fortuna es así: si se muestra simpática cuando vienes,
suele ser descortés cuando te vas.

 

Cuando uno repasa esta formidable obra de pensamiento del siglo XVII, se da cuenta de que, cuando Baltasar Gracián escribió estos aforismos, describía las profundidades del ser humano, sus comportamientos, sus bajezas, y los caminos que podían ayudarlo a llevar unavida sensata y noble. Y, leyéndolos en el marco de la época, uno se da cuenta de que ya fue capaz de entender y dibujar cómo debía vivir el hombre, qué sendas debía escoger para llegar a ser una buena persona, la máxima finalidad del ser humano. Sus reflexiones tienen hoy toda la vigencia de cuando fueron escritas, lo que nos hace pensar que el hombre siempre ha actuado bajo las mismas tentaciones y se mueve bajo los mismos perímetros: de dudas, de placeres inmediatos, de búsqueda del equilibrio y la perfección.

No tenemos que inventarnos nada nuevo, nuevas teorías, ni nuevos bestsellers, tan sólo ser capaces de pensar, de pararnos en nuestras frenéticas vidas, y enfrentarlas a estas sabias reflexiones de quien nos quiso enseñar un camino hacia la esencia del ser humano.

Baltasar Gracián, al igual que Epicteto, san Agustín o Séneca, dedicaron toda su vida a indagar en la esencia más profunda de la persona, escribiendo sus modelos, sus teorías y principios de lo que podía ser una vida de serenidad, equilibrio y plenitud como individuos.

El aforismo 59, al igual que otros muchos, ha sido un referente en mi vida personal y profesional. Veinticinco años de andadura en la empresa le dan a uno una perspectiva en la que se recuerda muy bien cómo ha ido saliendo de los proyectos, con cuántos amigos se quedaba, a cuántas personas se ha empujado y eliminado sus miedos ha ayudado, a cuántos ha podido enseñar los valores y destrezas que éste poseía, cuántas sonrisas ha descubierto, cuántas noches de sosiego o de angustias ha proporcionado, cuántas páginas de afecto se ha llevado y, hoy, forman parte de su viejo diario.

Poco recuerda uno, y mucho menos los demás, de esos días de entrada, donde se le proporcionaba el cargo, el poder, el mandato y todo se encontraba por hacer. Qué importante es no apoyarse ni valerse del mismo, ya que, al final, no será ésta tu «unidad de medida» y mucho menos el recuerdo que dejamos.

Tristemente se piensa mucho en nuestra sociedad en los que tenemos por encima, en el qué dirán, por cuánto tiempo me apoyarán, quién será mi nuevo valedor, a quién tengo que agradar.

¡Qué confundidos estamos!; somos efímeros; tan sólo sirven nuestros actos y por eso nuestro objetivo debe ser construir una constante y responsable suerte de actos nobles que edifiquen y hagan crecer, donde nos ganemos el reconocimiento de los hechos y de los afectos, no de nuestras vanidades, que siempre poseen fecha de caducidad. Lo que es permanente es nuestra inteligencia y nuestra alma, y ésas han de ser duraderas, reales, creíbles, sostenibles.

La gente nos va a recordar no por nuestra posición, nuestro título, ni siquiera por lo que dijimos a la gente; lo harán por cómo se sintieron contigo, si les abriste los ojos, los ayudaste en el esfuerzo, los abrazaste, les rectificasteis para aprender, para mejorar, les sonreísteis alguna vez. Cuánto bien puede hacer un gesto con nuestros ojos, nuestra mirada, nuestras manos, y qué poco lo utilizamos; nos enseñaron que eran debilidades del «buen management».

De ahí la recomendación, y deja huella Baltasar Gracián en este aforismo, de no buscar honores —«buscar valores», no buscar posiciones; «buscar un propósito» por el que trabajar, vivir.

Transitamos momentos donde la inteligencia común se hace más necesaria que nunca, y ésta debe acompañar al esfuerzo y responsabilidad personal, donde el talento buscará al igual con el que quiera trabajar; no se asumirá un jefe si no te aporta valor; las capacidades de ofrecer visión, dar juego, entrenar, ayudar al aprendizaje serán las que marquen las trayectorias de los directivos, y éstos valdrán si, al finalizar sus proyectos, lo que dejan a su sucesor contiene más valor económico, más principios y sentido que lo que él recogió cuando llegó. Y es ahí donde se medirá la grandeza del profesional, en su aportación a la sociedad a la que tanto debemos, a los individuos, que nos hicieron grandes, que nos enseñaron, a la organización y entorno en general, que depositaron su confianza en nosotros.

Ése debe ser nuestro fin, y ése sólo se construye en cada presente, teniendo un mantra que recordemos cada mañana: “Nosotros estamos al servicio de los demás”, donde lo que cada uno gestionamos es un lujo, es un privilegio, un regalo, y no porque no nos lo merezcamos sino porque la realidad de todos los que influimos o hemos influido sobre otros es que asumimos una enorme responsabilidad y, al mismo tiempo, una gran oportunidad de desarrollarnos y desarrollar a los demás, y eso constituye un gran regalo. Este sentimiento nos ha de motivar para dar lo mejor de nosotros mismos, con honradez, generosidad, valores que te permitan luego una retirada en la que te encuentres «lleno» y no nos encontremos, como estamos viendo, en muchos profesionales del mundo de la empresa, de la medicina, del arte o del deporte que, cuando «no son», se sienten vacíos, se les viene el mundo abajo, porque ya no tienen el «áurea» temporal que una posición distinguida les otorgaba. Se enfrentan así a su nueva realidad y no la aceptan, normalmente por no haber sabido valorar y vivir lo efímero como se tiene que vivir, como algo temporal que nos trasciende, que debe servirnos para agrandar lo que a nuestro alrededor vive, y no valernos de lo que tenemos alrededor para hacernos a nosotros mismos grandes. Si vivimos por y para ese poder efímero, sabemos que éste desaparecerá poco a poco y, sin duda, lo haremos también nosotros.

 

Eduardo Sicilia
EOI y socio director de Thinkium