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Tres cosas hacen al prodigio: inventiva, gusto y juicio

Son las máximas cualidades para ejercer cualquier cargo u oficio. Que tu inventiva sea fecunda, tu gusto relevante y tu juicio profundo. Es gran ventaja concebir bien las cosas, perfeccionarlas para que produzcan agrado, y aplicarlas con el mejor entendimiento. La destreza debes tenerla en la mente más que en el cuerpo. Has de superar las debilidades de la juventud: a los veinte años, mandan tus ímpetus innovadores; a los treinta, la pasión de tus inclinaciones; a los cuarenta, la serena meditación. Hay asuntos oscuros y difíciles que demandan ser enfrentados con la serena luz de la inteligencia. Otros, son de tranquilo bienestar, en que puedes dar rienda suelta a tu inventiva imaginación. El buen gusto y juicio para distinguir una y otra y responderles bien, hace feliz la vida.

 

 

Decidir para actuar, siempre presentes en la vida del profesional. Procesos que nos sitúan ante escenarios diversos en los que las reglas de acierto-error en la solución de problemas varían.

La felicidad, la armonía en la profesión se ve estimulada con la percepción de acierto, de éxito en la decisión, en el desempeño de la actividad, la realización personal percibida mediante la acción, el control interno o la necesidad de autonomía e independencia.

¿Qué nos conduce o, al menos nos acerca al acierto? Nuestras “herramientas” intangibles de trabajo, una compleja combinación de atributos: valores, conocimiento, actitudes, habilidades y motivaciones.

¿Cómo medir el acierto? Observando el crecimiento de las entidades vivas sobre las que actuamos profesionalmente: nuestra empresa, que hemos creado, que gestionamos o en la que trabajamos por cuenta ajena y que sobrevive con el esfuerzo colaborativo de medios y recursos humanos.

La transformación de ideas (inventiva fecunda) en oportunidades de crecimiento, en crecimiento económico, requiere transformar el nuevo conocimiento en conocimiento económico. Esto significa que el conocimiento por sí mismo es solo condición necesaria pero no suficiente para el ejercicio de una actividad exitosa.

Cuando necesitamos determinar el valor esperado de las nuevas ideas cobran protagonismo los dos atributos mencionados adicionalmente: gusto relevante y juicio profundo, que no están presentes en el profesional sólo por predisposición genética, o como atributos de personalidad, sino que pueden ser fomentados y orientados.

La clave: el convencimiento racional por parte de un individuo de que debe adquirir los conocimientos y habilidades requeridos para actuar. Aquí la capacidad de aprender de la experiencia previa y la formación recibida son los elementos clave a este respecto. La formación de calidad que no ha de estar sólo basada en la experiencia de la enseñanza-aprendizaje, no solo en la innovación científica e investigadora, sino también en la importancia de su “naturaleza cultural”, que facilite al profesional la construcción de su propio sistema de ideas y convicciones, ambas constitutivas del entramado del vivir humano.

Los atributos personales del profesional pueden determinar el resultado de las actividades desarrolladas, en la medida en que es el individuo en sí mismo quien logra con sus características idiosincrásicas y habilidades llevar al éxito sus iniciativas. De cualquier modo, no es el único factor relevante a apreciar para determinar el éxito de una actividad, de un proyecto. En este sentido, las condiciones del entorno en el que se desarrolla el proceso de generación de ideas-elección y desarrollo temporal de las acciones- influyen las condiciones del entorno y posesión de habilidades y conocimientos para afrontar cada proceso de toma de decisiones orientado a la actuación.

Hoy me he dicho en voz alta: tener un cargo u oficio no es suficiente para poder responder a la pregunta sobre mi estado emocional: soy feliz. La forma de desempeñar nuestra dedicación profesional retroalimenta ese estado que, a veces creemos relacionado básicamente con la esfera personal, por contraste con la llamada profesional. Pero en el espacio de las emociones no existen fronteras, como en nuestra agenda, que refleja la adscripción de nuestro tiempo.

 

Ana Mª Montes Merino

Profesora del Área de Economía Financiera y Contabilidad de la Universidad de Jaén

Aun en tu intimidad, actúa siempre como si todos te vieran

Ese es el varón responsable, que mira que le miran o que le mirarán. Las paredes oyen, y lo mal hecho revienta por salir a la luz. Aun estando a solas, actúa como si estuvieses a la vista de todos, pues sabes que todo se sabrá. Mira ahora como testigos a los que por la noticia lo serán después. No has de tener recato a que observen tu casa desde las ajenas, pues debes desear que todo el mundo la viese, ya que en ella notarán tu honestidad.

 

 

Tengo para mí que este aforismo resume, de modo especialmente significativo, algunos aspectos fundamentales del pensamiento de Gracián; de los rasgos claves de la España de su tiempo, y parece hecho a propósito para suscitar la reflexión de cualquier emprendedor o futuro hombre de empresa, siempre, y por supuesto también en nuestros días. Veamos:

En primer lugar nos encontramos con que el autor se refiere a un hombre en relación con otros. No es en sí mismo o, al menos no sólo, y por consiguiente está sujeto a la consideración de los demás, vive en sociedad. Se mira en un espejo construido con los valores colectivos y en ellos debe reflejarse; entre otras cosas porque le resulta prácticamente imposible evitarlo. Todo se sabe y actuar según las reglas resulta más rentable, en todos los sentidos, y permite incluso magnificar nuestra existencia, a través del esfuerzo por proyectar lo mejor de nosotros mismos. La gran posibilidad que se le ofrece existencialmente al hombre es la de concordar apariencia y realidad y, ese ejercicio, puede realizarse con mejor o peor estilo.

Este último resulta finalmente algo tan decisivo que acaba convirtiéndose en las señas de identidad personal. Tengamos en cuenta que lo aparente subordina incluso a lo real. Lo más importante, por encima incluso de cómo somos, es la forma en que nos ven; la imagen, construida según determinados rasgos. La manera de ser es un segundo ser; una oportunidad del hombre para crearse a sí mismo en el mundo.

En la España en la que Gracián publicaba su Oráculo manual y arte de prudencia, en 1647, la fama y el honor eran los valores superiores. En aquel país de hidalgos, agotado por la Guerra de los Treinta Años y que consumía sus penúltimos recursos; derrotado emblemáticamente en Rocroi, enfrentado a la sublevación de Cataluña y Portugal, asediado por todas partes, se podía ser pobre, pasar hambre e ir sin otra ropa visible que la destinada a tapar los andrajos de un vestido gastado por el tiempo. Y otro tanto podría decirse respecto de la ostentación de los caracteres morales. Había que mantener la apariencia en público por encima de todo, incluso de la vida.

Esa España de Felipe IV tenía un acusado sentido de la representación social; de la teatralidad y del gesto; de la imagen. Aquella sociedad era un escenario donde cada uno debía representar su papel y el guión de la obra colectiva terminaba por dar sentido a la vida. Aunque fuese al elevado precio de una forma de “esquizofrenia”, que acabaría siendo insoportable. Ese esfuerzo se mantuvo hasta el agotamiento porque realzaba la categoría de “ser español”. Si finalmente hubo que ceder en el empeño fue más por la corrupción de los gestores, que por la decisión de las gentes. Algo que también merece una reflexión en todo tiempo.

En cualquier caso lo sustancial y lo circunstancial coexisten permanentemente y no deben hacerlo de modo que lo último distorsione negativamente lo primero. Desde aquel mundo barroco al de la postmodernidad un largo camino de siglos discurre en la reafirmación de la trascendencia de la imagen En nuestros días lo virtual, más que nunca, prolonga o suplanta lo real. La imagen potencia decididamente la realidad. Pero para evitar paradojas insufribles no ha de ocultarla sino mejorarla. Realidad e imagen no son dos caras obligadamente contrapuestas. Pueden representar, hasta la antítesis, la “verdad” y la “mentira”. Pero también, una y otra, incluso por caminos distintos a los de la lógica cerrada, pueden conviene que compartan la “verdad”. Esta es la propuesta de Gracián, utilizar la imagen para comunicar a los demás lo mejor de nuestra realidad. La construcción de esa imagen verdadera se asienta en la trasparencia y se convierte en la base del prestigio.

El hombre como esencia y el personaje que le hace existir resultan inseparables. Vivimos en la sociedad de la comunicación, al menos en términos de imagen, hasta extremos nunca conocidos. Poco saben realmente, de forma directa, como somos. De nuestra apariencia; de la percepción exterior depende el aprecio de los demás y, en buena medida, el acceso a una u otra posición social. El esfuerzo lícito por mejorar la imagen propia supone una tensión positiva para el desarrollo de nuestras capacidades. Con dos límites que no debemos traspasar, el de la angustia generada por la excesiva dependencia de lo que parecemos, y el del narcisismo.

La preocupación porque nuestra imagen transmita lo mejor de nosotros nos obliga a actuar correctamente y demanda la autoexigencia precisa para lograrlo. A cambio nos proporciona la tranquilidad de conciencia que acarrea la obra bien hecha y la seguridad de que seremos respetados; pues el que actúa en todo momento como si estuviera siendo observado por los demás, vive sin temor. En idéntica medida aumentará, de modo simultáneo, a la tranquilidad nuestra autoestima y confianza. Además los beneficios derivados de la honesta correspondencia entre lo que hacemos y lo que se espera que hagamos, no redundan solamente en el individuo sino, a la vez, también en la sociedad; tanto en el dominio material como en el espiritual, unidos más estrechamente de lo que pudiera creerse.

Por último, según el esquema al que aludíamos al principio, una consideración final, sobre imagen actividad empresarial, en relación con las lecciones de aforismo de don Baltasar. No todo vale, ni para los particulares, ni para las instituciones. La falta de credibilidad acarrea graves sanciones. Ahora, cuando el mercado se convierte en el espacio público por antonomasia, la transparencia tiende a ser cada vez más necesaria para lograr la confianza de todos; en ella se asienta uno de los factores claves del triunfo empresarial. Obrar siempre como a vista ofrece una advertencia moral útil para llegar al éxito o si se quiere evitar el fracaso. La misma exhortación que de la mano de Gracián difundieron después por diferentes países europeos La Rochefocauld, Voltaire o Schopenhauer.

 

Emilio de Diego García

Profesor de Historia Contemporánea de la Universidad Complutense de Madrid. Miembro de la Real Academia de la Historia, Académico de la Academia Portuguesa da História y de la Real Academia de Doctores de España

Si tus triunfos son grandes, mayores han de ser tus virtudes

Las elevadas virtudes son las que hacen grandes a los hombres. Una de ellas equivale a todas las de uno de mediano alcance. Gustaba un héroe antiguo que todas sus cosas fueran grandes, hasta las alhajas que usaba. ¡Pero mejor es que el varón grande aspire a tener grandes prendas, no en el cuerpo, sino en el alma! Así como en Dios todo es grande e infinito, en un héroe todo ha de ser grande y majestuoso, de forma que sus acciones y razones lleven el sello de la trascendente y grandiosa majestad.

 

 

Ante de la invitación de mi Escuela de comentar el aforismo de Baltasar Gracián, “Si tus triunfos son grandes, mayores han de ser tus virtudes”, no he podido no sólo no negarme sino de permitirme hacer una reflexión sobre dicho aforismo en la doble condición de investigador y docente.

Este aforismo en particular hay que situarlo en el propio contexto de la figura de Baltasar Gracián, pesimista, inmerso en el barroco, donde todo es excesivo –que se lo digan a mi ciudad de Sevilla ya la forma que tenemos de vivir la Semana Santa donde el barroco y el neobarroco siguen viviendo su Edad de Oro-.

Esta manifestación de lo excesivo se muestra en su plenitud en las palabras sobre las que he tenido que meditar. Si un héroe, quiere ser grande, debe aspirar a elevadas virtudes. Debe buscar el sello de la grandiosidad y majestad. En la investigación y en la docencia es totalmente aplicable.

En el primero de los terrenos no podemos caer en la sentencia unamuniana del “¡Que inventen ellos!”. En España debemos buscar la excelencia investigadora y apuntar a lo más alto. No valen ya las excusas de antaño de la falta de medios y la dificultad en el acceso a grupos de investigación internacionales. Las nuevas tecnologías nos permiten realizar tareas investigadores con cualquier colega del planeta sin movernos del despacho. La internacionalización de la investigación, con la creación de redes estructuradas están siendo determinantes para posicionar a España en el mapa investigador. “¡Pero mejor es que el varón grande aspire a tener grandes prendas, no en el cuerpo, sino en el alma!”.

Pues al igual que tenemos que ser capaces de aspirar a lo máximo en el intelecto, debemos ser capaces de aspirar a lo máximo en la difusión del mismo. La docencia debe ir unívocamente conectada con la investigación y también debe atravesar fronteras físicas. Como profesor universitario debo decir que el Tratado de Bolonia, a pesar de las críticas que ha recibido y recibe, no es más que hacer posible que un estudiante español sea compatible con un estudiante italiano o letón. Debemos ser capaces los docentes de que “aprendan a aprender” y que su formación sea permanente, más allá de las aulas universitarias. Si somos cortos de miras y sólo nos centramos en el “intramuros”, nunca romperemos la dinámica negativa y decreciente que tanto daño ha hecho en el pasado. Incluir en la formación, el acercamiento a la realidad empresarial y del mercado, con prácticas obligatorias e integradas en los programas docentes, es hacer operativas y útiles la formación, que a veces se queda en clases magistrales sin ninguna transmisión de conocimientos, mas que una continuidad de conceptos obligados a ser recordados como mero ejercicio memorístico. “Una de ellas –las virtudes- equivale a todas las de uno de mediano alcance”.

Debemos romper, y de hecho lo estamos rompiendo, nuestro complejo de países periféricos. No existe razón objetiva para ello. Lo que debe existir es el deseo real de ocupar los primeros lugares y no contentarse con la mediocridad. Hace años plantearse desde universidades españolas o centros de investigación, la posibilidad de competir en investigación era algo descabellado. Sólo en algunas ramas de la ciencia, donde había existido secularmente tradición investigadora, potenciada por científicos que habían tenido la perspectiva del largo plazo y de la internacionalización, habían logrado posicionarse a cierto nivel. El resto de las ciencias, entre las que se encuentra la mía, la Economía, no estaba el mundo científico hecho para nosotros. Los tiempos van cambiando e investigadores españoles dirigen Centros de Investigación por el mundo y pertenecen a los consejos editoriales de los journals de calidad con índices de impacto. Y esto se ha producido gracias al lento viraje de las últimas generaciones que han apostado por la investigación básica y aplicada buscando la cuna de cada ciencia e integrándose en equipos científicos internacionales. La España decadente en la que vivió Baltasar Gracián y que su obra recoge, puede seguir siendo válida en nuestros días –más con la crisis económica que nos acucia–. Aprender e investigar deben ser la base de una salida garantizada y sostenible de esta crisis. Que no sólo es económica sino que también ha sido de valores, donde el ganar dinero rápido, fácil y especulando, ha sido la base frágil de nuestra última y más larga época de bonanza económica.

Aprender y saber enseñar a aprender, en pleno siglo XXI, pasa por algo más que la transmisión de conocimientos. La Red está llena de ellos. Pasa por saber transmitir como discernir entre lo bueno de lo malo, lo justo de lo injusto, lo innovador de lo repetitivo, lo esperanzador de lo decadente, lo científicamente aceptable de lo éticamente inmoral. “Las elevadas virtudes son las que hacen grandes a los hombres”.

 

Manuel Alejandro Cardenete Flores

Profesor Titular del Departamento de Economía Aplicada de la Universidad Pablo de Olavide

Cuando hagas una hazaña no quieras presumirla

Juegan a ser muy notables los que tienen menos hechos para pretenderlo. Por todo lo que hacen quieren que les den gloria. Son camaleones en busca de aplausos, que provocan la burlesca risotada de todos. Los afectados por la banal vanidad siempre producen enfado, y dan risa: son hormiguillas hambrientas de honor. No te preocupes por hacer notar tus excelencias. Satisfácete en hacer, y deja a otros el decir. Haz que tus hazañas se vendan solas. Nunca hagas como el mediocre, que alquila plumas de oro para que escriban lodo, basuras que dan asco a la cordura. Aspira a ser admirable y no sólo a parecerlo.

 

 

¡Cuánto han cambiado las cosas desde los viejos tiempos de Gracián! Los ejércitos pasan ahora –o quieren pasar- por ONGs pacificadoras, y las conquistas y degüellos de masas que en aquellos días se tenían por hermosas y admirables hazañas nos parecen del todo condenables: hoy Pizarro y Cortés habrían acabado en la Corte Penal Internacional, como Wallenstein o Barbarroja (incluso Churchill y Roosevelt deberían haberse precavido del TPI, de haber vivido lo suficiente). Sin duda es importante este progreso de los valores humanitarios, pero sea como fuere el caso es que hoy las hazañas admiradas y el heroísmo aceptable han pasado, casi en exclusiva, al mundo del deporte. Vivimos tiempos de “antiheroísmo”.

Como mucho se aplauden, y casi siempre tarde o póstumamente, a esos que Enzensberger llama “héroes de la retirada” o de la renuncia: políticos como Gorbachov, Suárez o Jaruzelski, que desmontaron sistemas o impidieron desastres. Como mucho admiramos el heroísmo de Nelson Mandela, que supo renunciar a la venganza contra el apartheid. Mientras, los ditirambos y elogios reservados por sus hazañas a los deportistas parecen no tener límite alguno. Y sólo muy por detrás se reserva alguna admiración menor a ciertos literatos y científicos, de todos modos bajo la sombra de la sospecha del verdadero valor de sus logros y las dudosas consecuencias de sus esfuerzos. ¡Signo de los tiempos! Los antaño tan valorados Premios Nobel apenas impresionan, especialmente el de la Paz, tantas veces concedido últimamente a esos camaleones que denuesta Gracián.

Así pues, hoy no haría falta que el clérigo aragonés recomendara humildad y recato a los héroes porque el heroísmo está mal visto: es sospechoso de impostura. Si alguien quiere medrar socialmente no le conviene presumir de hazañas, sino más bien de lo contrario: de ser alguien muy normal, buena gente, un colega. ¿Triunfo de un igualitarismo despreciable en tiempos de Gracián, o imposición de la impostura? Me parece que más bien de la segunda. Presumir de no haber hecho nunca nada notable, o de no tener enemigos, o de ser muy pacífico, es un homenaje a la mediocridad típico de una sociedad reblandecida donde la virtud heroica no es creíble por principio: “nadie es más que nadie”, pero no porque seamos realmente iguales o porque sea cierta la imposibilidad de “hacer hazañas”, sino porque no se aceptan los actos excepcionales como cosas valiosas ni ejemplares, y el desprevenido enredado en algo heroico pagará cara su osadía si llega a saberse: sus móviles serán objetados y sus actos inquisitorialmente escrutados, y las consecuencias de los mismos relativizadas o deploradas. En fin, la filosofía popular de la deconstrucción.

Pues bien mirado resulta que Baltasar Gracián tenía razón. Su consejo de prudencia sigue estando igualmente vigente: si tienes la mala suerte de haber perpetrado algo heroico –el genuino heroísmo no se busca, aparece como una fatalidad a la vuelta de la vida, ¡no se te ocurra proclamarlo a los cuatro vientos! Pocos te admirarán si tu conducta pone en evidencia la conducta habitual de la mayoría. Así pues, haz lo que debas pero no se lo digas a nadie. Entonces igual te admiran algunos. ¡Los clásicos siempre tienen razón!

 

Carlos Martínez Gorriarán

Responsable del Programa y Acción Política del Consejo de Dirección Nacional de UPyD. Profesor Titular de Estética y Teoría de las Artes de la Universidad del País Vasco

Haz que se reconozca el peso de tu intachable conducta

Se nota en tu rostro, pero más en tu conducta. El peso hace precioso al oro, y la moral, preciosa a la persona. De todas las virtudes del hombre, ésta es la que causa mayor veneración. La conducta correcta del hombre es el espejo de su alma. El hombre maduro se caracteriza por una sosegada actitud que inspira respeto y autoridad, algo muy distinto al necio que endurece el rostro para fingir seriedad. Las palabras del hombre sobrio son sentencias llenas de sabiduría, y sus hechos son ejemplares obras. Su presencia muestra a un caballero a carta cabal, porque tiene tanto de persona como de honorable. Ya no es un niño, sino un hombre grave y con autoridad.

 

 

Todo empieza con las personas. Sin personas valiosas no hay emprendedores.

Las principales ideas que contiene el aforismo se relacionan con los atributos de las personas valiosas para la sociedad: conducta intachable, moral, actitud sosegada, respeto, autoridad, autenticidad, sabiduría y hechos ejemplares. Nuestras actuales crisis (social, económica y cultural) requieren personas prudentes y emprendedoras -portadoras de estos atributos- capaces de provocar los cambios que la sociedad demanda.

Y lo primero es la conducta intachable. La superación de los retos, la capacidad de alumbrar algo nuevo, se construye mediante conductas o comportamientos ejemplares. Según los más recientes avances en la teoría del comportamiento, las conductas ejemplares, reconocidas y admiradas impulsan iniciativas emprendedoras. Las emociones que despiertan son la materia prima del emprendimiento. Alimentan buenas iniciativas emprendedoras, que empiezan con una pasión. Crean nuevos referentes y nuevas reglas de comportamiento.

Moral. Estas reglas y normas –la moral- que rigen las conductas de las personas y de la sociedad están sometidas al cambio y a la renovación. Los países, ciudades, empresas y organizaciones ciudadanas necesitan periódicamente la regeneración de sus normas, de su capital humano, de su capital social y relacional para “supervivir”. Nada valioso se podrá construir si no sometemos nuestras reglas del juego a una profunda revisión: por ejemplo, la tolerancia con la corrupción. Las reglas están para ser respetadas y servir al bien común. La moral no puede ser ajena a la cordura, al conocimiento acumulado objetivo y racional que nos dicta lo más conveniente para la supervivencia y sostenibilidad de nuestro mundo, al análisis sosegado de la realidad para construir un proyecto común a través de las iniciativas personales.

Actitud sosegada. Las personas emprendedoras no se dejan arrastrar por la crispación, el insulto y lo irracional. La única actitud no sosegada de las personas prudentes es el asombro y la reacción radical ante la anomalía de lo irracional. Se indignan y reaccionan ante la zafiedad y vulgaridad que invade lo cotidiano: prensa basura (News of the World, como muestra), vanidosos personajes mediáticos, especuladores corruptos, entrenadores de futbol iracundos, políticos gritones, tertulianos y otros “necios que endurecen el rostro para fingir seriedad”, conocidos por sus comportamientos estentóreos, por su capacidad de insultar, escandalizar y crear odio. Saben lo que no sirve para emprender un mundo mejor, para crear organizaciones más eficientes y renovadas, empresas más innovadoras y competitivas. Saben que se necesita sosiego, calma y respeto.

Respeto. Podemos estar equivocados. Las personas emprendedoras saben dudar y por eso respetan a los demás. Defienden con pasión sus ideas y creencias pero escuchan y aprecian el valor de lo diverso para aprender. Son, en el sentido que le da Richard Florida con sus 3Ts, Tolerantes ante lo heterodoxo y nuevo, lo cual hace a las comunidades más creativas junto con la Tecnología y el Talento. En la búsqueda de oportunidades se alimentan de la hibridación, de la mezcla de ideas “raras”. Saben que el rechazo al extraño, al que no piensa como nosotros, no es una conducta compatible con la capacidad de crear, innovar, explorar y emprender nuevos caminos. Así, generan organizaciones y empresas “ambidiestras”, capaces de “explorar” nuevas formas de hacer las cosas y a su vez “explotar” lo que saben hacer bien. Respetan el pasado y construyen el futuro.

Autoridad. Y el respeto conduce a la autoridad. Emana de la sabiduría y de las experiencias vividas, de las relaciones con otras personas y organizaciones. Esa autoridad se plasma en la capacidad de coordinar recursos y personas diversas y especializadas: función básica de las personas emprendedoras. Se sabe que los equipos directivos más heterogéneos son los más creativos y valiosos, los más requeridos en tiempos de cambio. En ellos, la autoridad se ejerce primus inter pares, junto a la sabiduría del hormiguero, sus miembros reconocen la autoridad de los otros, se complementan y saben trabajar juntos.

Autenticidad. Estas personas con autoridad y estos equipos dinámicos y diversos suelen convivir con la auténtico, con la búsqueda de lo esencial. Sus acciones descansan en objetivos precisos y claros. Apartan el ruido de lo superfluo y no se desvían de lo auténtico, de lo básico, de lo que de verdad les importa. Buscan el camino de lo sencillo (iPod). El momento es propicio, la austeridad es un buen camino para construir una sociedad que emerja de la crisis y fracaso de un modelo insostenible y despilfarrador. Los emprendedores que han descubierto el valor de la austeridad están creando nuevos modelos de negocios muy competitivos (bajos costes, redes de recursos compartidos, energías limpias, reciclaje, atención sanitaria, comidas lentas, plataformas de redes sociales 2.0, soft cities…). Lo auténtico permite descubrir y crear nuevas oportunidades. Nos conduce a una sociedad más sabia.

Sabiduría. En el camino muchas empresas y líderes sociales se pierden en la sociedad de la información. Hay demasiado ruido y el ruido no nos hace más sabios. Necesitamos intérpretes, capacidad de procesar, de encontrar sentido a lo que sucede. Personas emprendedoras que sepan discernir sobre la fiabilidad, pertinencia, significado y uso de la información. Que sepan dar un sentido general a la hiperespecialización y fragmentación de los conocimientos. Los excesos son malos consejeros en tiempos de cambios, por eso es importante saber qué es lo esencial. La sabiduría es un flujo que tiene la capacidad de añadir significado a lo que hacemos. Las personas sabias se conocen por su conducta, por la naturalidad en sus gestos, por tener criterios propios y atreverse a ser ellos mismos, por ser emprendedoras y emprendedores que interpretan la realidad, por sus hechos.

Hechos. Por eso, son personas de acción. Sus hechos son obras, nuevos recursos valiosos para la sociedad. Crean referentes, alimentan los flujos de la red social, satisfacen necesidades de otros agentes sociales implicados en empresas o en proyectos sociales y organizaciones diversas.

En resumen, lo que hacen las auténticas personas emprendedoras es ofrecer valor a los demás, tienen conciencia de oferta y generan confianza. Traduciendo las palabras de Baltasar Gracián, estas personas conforman el capital humano, los recursos estratégicos de la sociedad que la hacen progresar. Estas personas ejemplares son los portadores de los valores de libertad, igualdad y justicia que han servido para emprender -iniciar y llevar a cabo algo valioso- a lo largo de la historia de la humanidad.

 

José Ruiz Navarro

Catedrático de Organización de Empresas de la Universidad de Cádiz

Tendrás gran felicidad si te aman por tus valores

Quien te ama es quien más puede faltarte el respeto. Quien te ama se atreve a decirte y hacerte más cosas que quien te odia. No es bueno que te quieran demasiado, pues afición y veneración juntas, nunca han sido buenas. No es ventaja que seas muy querido ni muy temido. El amor trae la franqueza, y al tiempo que ella entra, empieza a perderse la estimación y respeto. Sé amado porque estiman tus valores y no porque le tienen afecto a tu persona.

 

 

En esta cita, Gracián apela a una cualidad tan poco estimada como es la franqueza. Desde que el mundo es mundo, el halago se ha convertido en la falaz melodía que los aduladores emplean para endulzar el oído de los poderosos y alejarles del conocimiento de la realidad más cruda. Siglos de Historia plagada de conspiraciones y mentiras deberían habernos aleccionado suficientemente acerca de los peligros de los cantos de sirena. Sin embargo, seguimos tropezando en la misma piedra.

Abundan en nuestros días las medias verdades que, en su afán por agradar, deforman la visión del mundo; si esto sigue así, la próxima edición del Diccionario de la Real Academia de la Lengua tendrá un grueso apéndice dedicado a glosar tal abundancia de eufemismos.

Pero la realidad es la que es, poco importa cómo la nombremos. Si nos hiere, molesta u ofende, nada ganamos con enmascararla, y si en verdad queremos enmendarla, poco tenemos que aprender de los avestruces que ocultan la cabeza en el suelo.

De ahí el valor de la franqueza: permite hacer algo tan aparentemente sencillo, pero al parecer tan complejo de lograr, como es llamar a las cosas por su nombre y, de ese modo, quitarnos la venda de los ojos. Pues para solucionar un problema, primero hay que conocerlo.

Ese temor al lenguaje franco es en parte comprensible, pues la naturaleza humana es tremendamente susceptible: así, si bien es cierto que a veces una crítica aparentemente bienintencionada puede esconder malicia, muchas veces nos tomamos como una ofensa que nos digan la verdad, aunque con ello quien lo hace pretenda advertirnos de un problema y, por tanto, actúe en nuestro beneficio.

El dilema está en cómo distinguir entre quienes nos advierten y quienes buscan perjudicarnos. La clave está en otro concepto delicado: la confianza. Aunque la posibilidad de una traición siempre está presente (y de nuevo me remito a la Historia), la experiencia dicta que, en la mayoría de las ocasiones, las personas que nos son más cercanas suelen portarse de manera acorde a la lealtad que hemos depositado en ellas.

Por ello, el de Gracián es un consejo muy pertinente ahora que tanto hablamos de gobernanza. La eficacia en la gestión precisa de una evaluación certera del contexto en el que nos desenvolvemos, ya que éste determinará la toma de decisiones. Por ello, conviene ser honestos en ese análisis, aceptar las críticas si de ellas podemos extraer propuestas de mejora, y recelar de los aduladores que, con malicia o sin ella, pueden despistarnos acerca de lo que es realmente urgente e importante.

Sin embargo, lo que más cabría destacar de este aforismo es su última sentencia: “Sé amado porque estiman tus valores y no porque le tienen afecto a tu persona”. Hemos hablado de la franqueza y la confianza de los demás hacia nosotros. Pero debemos ser autocríticos: para tener derecho moral a reclamar esos conceptos, primero debemos merecerlo. No se trata de que nos ayuden por simpatía, sino porque defendemos un ideario merecedor de la afinidad del prójimo, lo cual, en los tiempos actuales, se traduce en ese concepto tan utilizado, pero a veces tan poco cumplido, como es la responsabilidad social corporativa.

Estamos viviendo tiempos aciagos, que en gran medida se han tornado tenebrosos a causa de la mala praxis de algunas instituciones, especialmente económicas y empresariales, que han actuado sin esa responsabilidad y esos valores que rijan su conducta. O peor aún: lo han hecho guiados por valores equivocados, como la codicia o la soberbia. Esos poderes económicos sin duda se dejaron engatusar por los halagos mientras denostaron las críticas que les advertían del peligro inminente.

Por eso, como rector de una institución de educación superior pública, siempre tengo presente nuestro papel como agente social. En nuestras aulas descansa parte del futuro, y en nuestros laboratorios, parte del progreso. Por ello, debemos ser cuidadosos con lo que hacemos y emplear con mesura y sabiduría los recursos con los que la sociedad nos ha dotado, con el objetivo de devolvérselos con creces en forma de docencia, investigación o activismo cultural.

Y para ello, nada mejor que seguir la senda de Gracián, aceptando la crítica y el consejo, y actuando con honestidad y humildad en pos del servicio al prójimo y no del halago vano.

 

Eduardo Doménech Martínez

Rector de la Universidad de La Laguna

Tu mayor descuido como hombre es mostrar tus debilidades de hombre

Dejarán de admirarte cuando te vean muy humano. Si eres muy fácil, simpático y liviano de carácter, perderás reputación. Así como el varón recatado y discreto es tenido por más hombres que el liviano y hablador. No hay vicio que más te quite autoridad y respeto, porque se opone a la gravedad, a la seriedad y responsabilidad. Un hombre sin sobriedad no puede ser sustancioso, ni sus decisiones están bien fundamentadas, y peor si es ya un anciano, en cuya edad todo el mundo espera que sea sensato y cuerdo. Y aunque este descuido lo tiene mucha gente, no deja de ser incorrecto.

 

 

¿Qué habría escrito hoy Gracián? El mismo Gracián de entonces, ¿habría escrito lo mismo hoy? El Gracián que pudiera ser el de hoy, ¿sería como el Gracián de ayer? Con toda seguridad, no. Ni el Gracián de entonces habría escrito esas líneas hoy, ni el Gracián de hoy sería y pensaría como el Gracián de ayer.

Nuestro pensamiento se orienta en cada momento a interpretar lo que antaño nos dijeron nuestros antepasados. Ni nuestras circunstancias son las de ellos ayer, ni su objetivo de entonces coincide con el nuestro de hoy. Pero interpretamos lo que creemos que quisieron decir con nuestra mentalidad presente y sin analizar el contexto en que lo dijeron.

Así conseguimos que los maestros pasados digan cosas que se adaptan a nuestras necesidades presentes. Seguro que ellos ahora dirían otra cosa. Y hasta es posible que ni estuvieran de acuerdo con ellos mismos. Pero nosotros los usamos ahora. E interpretamos sus frases, glosamos su pensamiento y alabamos su actualidad.

Volvamos a Gracián. ¿Cómo puede reconocerse hoy a un hombre sobrio? ¿Cómo saber que sus decisiones están bien fundamentadas? ¿Cómo es hoy un hombre recatado y discreto? Y al mismo tiempo, ¿cómo eres cuando eres “liviano”, “simpático” y “fácil”?, ¿es incompatible la simpatía con la discreción? ¿lo es con la sobriedad?

Gracián quiere hombres rebosantes de recato, quizás de una pieza, erguidos como la roca que corona un monte. Sin mostrar las vetas que recorren su núcleo. Sin dejar asomar los estratos que marcan su evolución. ¿Son los hombres así? ¿deben ser sólo así?

El hombre, ¿no tiene sentimientos que cambian según los días? ¿no tiene pasiones, debilidades, flaquezas? ¿no está contento a veces? ¿no se siente miserable cuando todo le viene mal?, ¿tiene que ser siempre el mismo? Gracián parece que así le quiere.

Gracián quiere al hombre como nos le retrataron los pintores de la corte de Felipe II, como le reflejó El Greco, con el ceño adusto, la mirada al alto, la tez pálida. Quizás como vio Carreño al embajador Potemkin. O con el semblante con el que deberían contemplarse los cuadros de Valdés Leal. Nunca como en Los borrachos de Velázquez.

Y hoy, ¿qué nos diría Gracián?

No sé si hoy Gracián hubiera escrito lo que escribió hace más de trescientos años. Es posible que sí. Y si lo hubiera hecho lo podríamos encontrar entre los libros de autoayuda de los grandes almacenes, junto a las recomendaciones para enfrentarse a una entrevista de trabajo y al lado de los manuales para preparar un curriculum. Así lo entendieron en Estados Unidos cuando, a principios de los años noventa del pasado siglo, publicaron su obra con el título de The art of worldly wisdom: a pocket oracle y vendieron miles de ejemplares. Recuerdo haberlo visto en supermercados, al lado de libros para mantenerse en forma y con otros de filosofía zen. Mucho de lo que aparentemente Gracián más detestaba, le hacía compañía.

¿Detestaba todo eso Gracián? Releyendo sus líneas quizás podemos ver que no. Gracián propugna ocultar los sentimientos, aparentar lo que no se es, presentar una fachada cuando el interior puede ser otro. Pide disimular la sonrisa, para mostrar buen juicio –el que sonríe, ¿no lo tiene?–; recomienda la seriedad para sustanciar las ideas –¿sólo el gesto adusto las respalda?–; rechaza aparentar ser liviano para tener autoridad –¿sólo se puede mandar tras un semblante serio?–. Todo eso es lo que el gran teatro de nuestro mundo de hoy hace de forma habitual.

Es posible que él, ajeno al mundo externo, arremetiese, desde la columna de un diario, contra las redes sociales, contra las crónicas de sociedad, contra las campañas electorales. No entendería cómo la gente altera sus datos para aparentar ser otro. Le repugnaría el teatro que rodea a personajes sin contenido que llenan páginas de revistas. Miraría asqueado hacia otro lado cuando un candidato anuncia su programa electoral. Pero en sus escritos proclamaría el disimulo como la gran herramienta para triunfar en sociedad. Y muchos de esa sociedad, posiblemente sin saberlo, seguirían al pie de la letra sus consejos

Finalmente vendería miles de ejemplares de su obra, en edición de bolsillo y los firmaría en una gran librería, eso sí, con seriedad y mirada grave.

 

José Antonio Martín Pereda

Catedrático del Área de Tecnología Electrónica de la Escuela Técnica Superior de Ingenieros de Telecomunicación de la Universidad Politécnica de Madrid. Miembro de la Real Academia de Ingeniería

Compórtate según se presente la ocasión

Las decisiones que tomes al gobernar o al pensar, deben depender de cada caso particular. Acostúmbrate a querer sólo lo que es posible: los momentos de gran dicha no son fáciles de hallar. No apliques demasiadas teorías a la vida, porque te conducirán a ir contra la virtud, ni apliques exigentes leyes al amor, pues entonces tendrás que beber mañana del agua que hoy desprecias. Hay algunos tan contradictorios e impertinentes que pretenden que todas las circunstancias se ajusten a sus caprichos. Lo correcto es lo contrario: adapta tus caprichos a las circunstancias. Actúa siempre como el sabio, que sigue el consejo de la prudencia: comportarse en cada caso, según manda la ocasión.

 

 

Este aforismo tal cual fue enunciado por su autor mantiene todo el sentido en nuestro siglo XXI, por lo que no es necesaria su traducción desde el castellano antiguo si no es para dar otra versión del mismo según el refranero popular: “allá donde fueres haz lo que vieres”, que aunque se suele usar para definir la capacidad de adaptación a otras culturas, es posible su empleo para explicar la porosidad que las personas necesitamos para aceptar las circunstancias sin resignación sino con actividad, reacción y flexibilidad.

En ambos casos se habla de una cualidad fundamental en el entorno actual, la capacidad de adaptación y la maleabilidad necesarias, hoy en día, para sobrevivir en medio de un mundo globalizado, tecnológico y cambiante como el nuestro, donde las reglas se proponen para ser arrebatadas por la espontaneidad y la improvisación, donde las normas regulan hechos concretos dentro de una diversidad cada vez más difícil de definir, donde lo de aquí es lo de allí y lo de allí es de todos, donde no existe un criterio único, ni el nuestro ni el de los demás, porque éste se construye en común y donde nunca hemos estado más cerca del resto del mundo y por tanto, nunca hemos necesitado más la capacidad de comportarnos según se presente la ocasión.

En este contexto, el pensamiento cartesiano no es válido, la aplicación de límites al infinito no es viable, dedicarnos a intentar explicar la vida diaria con teorías no sirve sino para perder el rumbo y la dirección, de hecho, estamos cada vez más lejos de determinismos crónicos del pasado y nuestra historia actual ha dejado de construirse de forma cíclica para crearse por medio de la interacción, esa palabra que no es nueva pero que ha ganado significado en los últimos tiempos, y que no es solo conseguir la respuesta del otro o feedback, sino que culmina en toda su extensión, cuando tenemos la posibilidad de entablar diálogo activo entre más de dos personas a la vez y en tiempo real, teniendo la capacidad de entrar y salir de la comunicación y de los hechos libremente, creando nuevas realidades constantemente e incorporando lo aprendido en cada segundo, por lo que buscar el equilibrio en esta realidad solo consiste en saber reaccionar a paso corto y en el corto plazo pero sin perder de vista el horizonte.

De hecho, basta echar la vista atrás y recordar que nuestra propia existencia se ha basado en la evolución de las especies, aquellas que se han adaptado, no solo han sobrevivido sino que han mejorado, transformado y cambiado sus capacidades, y aún seguimos haciéndolo, puesto que el proceso de la evolución no ha parado, solo termina cuando se detiene la vida, lo que en gran parte puede acontecer por la imposibilidad de asumir los cambios o por perder el estado de alerta ante la transformación del entorno.

Para ejemplificar este hecho, acudimos a una fábula muy extendida: la historia de la rana y la olla. Si metemos a una rana en una olla de agua hirviendo, la rana salta e intenta librarse del peligro acaecido inesperadamente, pero si metemos a una rana en una olla de agua fría y calentamos el líquido elemento progresivamente, la rana muere porque no ha estado atenta a los cambios producidos a su alrededor. Lo curioso, es que ha muerto de bienestar y no por tortura.

Esta sencilla fábula nos alerta ante la necesidad de observar la evolución de los hechos teniendo la capacidad de reaccionar cuando los cambios ni siquiera se ven venir, y no cuando lo sucedido no tiene remedio, el consejo que podemos dar es no desatender nunca el entorno, ni siquiera en los momentos de bonanza y dicha máxima, ya que el grado de bienestar suele ser proporcional a la distracción ejercida y por tanto, a las consecuencias sobrevenidas.

Volviendo a la redacción del aforismo, la primera frase del mismo resume su esencia en gran parte: “Las decisiones que tomes al gobernar o al pensar, deben depender de cada caso particular”. Es cierto que el sentido que nos guía en las decisiones que tomamos debe girar en torno a las circunstancias de cada persona, y por tanto, a la conocida frase de “yo soy yo y mis circunstancias”, le podíamos añadir que, mis circunstancias unidas a las de los demás me obligan a adaptarme, de modo que la adaptación me hará implicarme y conseguir resultados positivos.

Así, tal como dice Gracián “Hay algunos tan contradictorios e impertinentes que pretenden que todas las circunstancias se ajusten a sus caprichos. Lo correcto es lo contrario: adapta tus caprichos a las circunstancias”, encuentra las respuestas a tus deseos dentro de los límites reales, que en gran parte son los marcados por los límites de la comunidad y del entorno en el que nos encontramos, no tener en cuenta el contexto supone aislar las decisiones sin pensar que la evolución de las cosas no se hubiera producido tal cual si los hechos hubieran sido diferentes, por lo que una buena manera de anticiparnos a los hechos es saber ver alrededor.

Esta cualidad es fundamental en los profesionales de la comunicación, con aplicaciones claras para los directores de Comunicación en particular, de hecho la improvisación y sobre todo la prevención son cualidades y capacidades que deben trabajarse en este entorno profesional de una manera notable, la capacidad de comportarse según la ocasión sin perder la propia identidad es la más valorada aptitud de cualquier gestor de la comunicación, además, la habilidad para la observación del entorno y la auditoría constante reducirán en buena parte el tiempo de reacción ante cualquier situación, independientemente del grado de convulsión que se experimente.

Por otra parte, si tenemos en cuenta que el papel de los medios es reaccionar ante la actualidad, que la publicidad debe reflejar la esencia de la sociedad en cada momento, que las organizaciones deben escuchar a sus públicos de interés, particularmente, antes de comunicarse con ellos es evidente que la necesidad de comportarse según la ocasión no es una decisión personal y libre sino sometida a las reglas de la globalización e intrínseca a nuestra razón de ser, de modo que adaptarse o morir es la máxima que rige nuestro destino como seres humanos y como profesionales.

 

Mª Victoria Carrillo Durán

Profesora Titular de Comunicación Audiovisual y Publicidad de la Universidad de Extremadura

Nunca actúes apasionado, pues errarás

No tomes decisiones cuando no estás sereno, pues la pasión siempre destierra a la razón. Deja que te sustituya o aconseje un tercero que sea prudente y desapasionado. Siempre ven mejor el juego los que están mirando que los que están jugando, pues por no estar sus intereses en riesgo, no se apasionan. Cuando sientas que estás alterado, enfurecido, fuera de ti, retírate a la cordura para que no termine de encenderse tu sangre, que luego puede ser derramada. Y en el mejor de los casos, por muchos días estarás confuso y triste y sufriendo la murmuración de la gente, en perjuicio de tu prestigio y crédito.

 

 

Del latín, passĭo, -o-nis, pasión es, según la R.A.E., “lo contrario de acción”. En la acepción que les dieron los clásicos, las pasiones son aquéllas cosas que nos subsumen en un estado pasivo y nos impiden ser la causa (principal) de nuestras conductas. Cuando actuamos apasionados o apasionadas, se nos atrofia el discernimiento, y nos movemos por impulsos ajenos a nuestra propia voluntad. Enajenados, hipnotizados o “idiotizados”, no somos realmente libres y… así, según Gracián y los clásicos, no podemos acertar. Por eso, frente a la pasión, y para la decisión, caben dos alternativas: la distancia y/o la delegación.

Alejarse física y psíquicamente (separación en espacio) y/o dejar pasar etapas (separación en el tiempo) ayudan a enfriar el corazón… y nos permiten usar mejor la cabeza. Pero, si esto no es posible, mejor “delegar” que tomar abrumados cualquier determinación.

Gracián aporta un consejo sabio bien útil para muchas de las situaciones que se nos presentan habitualmente a muchas personas. Pero, pese a lo acertado del aforismo de, me vienen a la cabeza algunas cuestiones.

En primer lugar, ¿son las decisiones exclusivamente racionales siempre las mejores decisiones? Es más, ¿existen decisiones exclusivamente racionales? Recientes corrientes, como las de la inteligencia emocional plantean la importancia de reconocer los sentimientos y de poder manejarlos para acertar. Las emociones son, también, información…

En segundo lugar, ¿sopesamos todos los medios de los que disponemos para conseguir nuestras metas? Es más ¿somos siempre conscientes de las metas que persiguen nuestras acciones?

A veces, son precisamente las pasiones que, ni buenas ni malas, se presentan como motores externos la que nos empujan a escenarios que no habríamos podido ni soñar. Y, la vida es vida porque hay pasión…porque es pasión. Teniendo en cuenta su acierto, conviene por tanto, y no obstante,  matizar el aforismo de Gracián diciendo: Vive… actúa, en la medida de lo posible, libremente. Apasionado sí, pero nunca sometido por una pasión. Ejerce el arte de la prudencia y, escucha, tus sentimientos y emociones con el corazón pero evita que te dominen. Toma después, pertinentemente, con tu razón, las decisiones que correspondan.

 

Marta Martín Llaguno

Catedrática de Comunicación Audiovisual y Publicidad de la Universidad de Alicante

No lo comprometas todo, ni con todos

El que compromete sus bienes será esclavo de aquel a quien le debe. Si te comprometes con todos, serás esclavo de todos. Parecen haber nacido unos más dichosos que otros: unos para hacer el bien, otros para que se lo hagan a ellos. Tu libertad es más valiosa que tus bienes, aunque al tú comprometerte, ambas se pierden. Es mejor que muchos dependan de ti, que tú de uno. La principal ventaja que tiene quien gobierna es que nadie tiene más capacidad que él para hacer favores. Y el que hace favores, compromete. Un buen consejo: Nunca consideres lo que te dan por obligación como si fuese un favor que te hacen. Los astutos querrán hacerte creer que te hacen un favor, para convencerte de que estás comprometido con ellos, que bien saben que te obligan.

 

 

¿Se trata de indecisión? “No me comprometo. No vaya a ser que…”

¿Se tratará del pensamiento pesimista de la época? “El mundo es perverso conmigo.”

¿Se refiere a un contexto como el actual donde todos pedimos pero nadie se compromete?

¿Será que se ha perdido el significado de trueque donde realmente se valora aquello que se da por aquello que es necesario recibir?

¿Será que el ser humano es capaz de liberarse de su conciencia?

Todas nuestras actuaciones influyen en nuestro entorno y deberían estar sujetas a un compromiso de uso adecuado y lícito.

Las acertadas palabras del sabio tienen sentido si valoramos desde el “yo” y la vara de medir es la regla de la posesión. Hoy somos más conscientes de que todo está interrelacionado. Pisamos un planeta limitado y nuestra supervivencia como especie depende de “la vida”, más limitada aún. El balance no podría salir peor; la Humanidad no paga sus deudas y no puede pedir prestado.

El desconocimiento de nuestros compromisos no exime de su cumplimiento. Seguimos siendo las obedientes y trabajadoras hormigas de siempre, pero debemos de redirigir el comportamiento de nuestro descontrolado hormiguero; que ensucia y nos ensucia. ¡Limpieza! Comer alimentos limpios, limpiar nuestras basuras y depurar nuestros deseos.

Me he atrevido a enumerar una serie de conceptos que bullen en mi interior, sin pretender sacar conclusiones. Cada uno que saque las suyas.

Individuo. Es la unidad mínima. Todo individuo tiene como objetivo básico la búsqueda de su propia felicidad. No una felicidad conceptual, sino biológica. Perseguimos el sentirnos químicamente felices.

Grupo. Un conjunto de individuos dotado de un sistema de relaciones. Es usual que un grupo tenga uno o varios objetivos. Conseguirlos hace feliz a los individuos que lo integran, porque son éstos, y no el grupo, los que tienen la capacidad de sentir.

Un grupo tiene un gran poder, dado que los objetivos que se pueden abordar son más ambiciosos que los individuales. Esto trae consigo que los integrantes sean capaces de renunciar a parte de sus metas particulares, al encontrar mayor recompensa en los hitos del grupo. Un grupo no puede establecer un objetivo ni un sistema de relaciones que hagan infeliz a alguno de sus miembros.

Emprendedor. Persona con un objetivo, que es capaz de transmitirlo a los demás y conseguir que lo conviertan en propio. En otras palabras, es el germen de un grupo, o lo que es lo mismo, alguien que consigue sincronizar la búsqueda de la felicidad ¡Casi nada! Un emprendedor no disfruta exclusivamente con el éxito, sino que se satisface con cada paso que da en su camino hacia él. Toma los objetivos como referencia, pero lo que llena su vida es la lucha permanente.

Compromiso. Todo aquello que tienes la obligación de reponer. Un proyecto tiene que destinar parte de sus logros a reponer los medios empleados.

Cadenas. Si hemos incumplido un compromiso, difícilmente podremos adquirir nuevos. Igualmente, si han incumplido con nosotros, tendremos dificultades para cumplir con los nuestros. Estas situaciones, si se prolongan, condicionan nuestro comportamiento y objetivos. Estamos encadenados.

Sostenibilidad. Es sostenible un proyecto si pudiera repetirse indefinidamente en caso de necesidad. Es sostenible un grupo si pudiera existir siempre. Todo lo que cumple con sus compromisos es sostenible. Ya sabemos que la humanidad no actúa como grupo, si lo fuera, uno de sus compromisos sería el de restituir a la naturaleza lo que extrae de ella. Nuestra capacidad de restitución es el límite de los compromisos que podemos adquirir.

Peligros. La descoordinación de la humanidad conlleva a su destrucción por insostenibilidad. Los grupos que se forman no están conformados atendiendo al ideal, por lo que crean infelicidades y compromisos incumplidos, y, aunque existen grupos que compensan la acción de éstos, no son suficientes.

Solución. Durante muchos milenios hemos seguido a líderes que fundamentan su éxito en premiar a unos despojando a otros. No es fácil de cambiar. La urgencia es tal, que no podemos esperar a cambios culturales o educacionales que orienten nuestros deseos personales hacia la sostenibilidad total. Hacen falta, como siempre, líderes concienciados y comprometidos. Quizás, reeducar a los líderes sea más sencillo que a todos sus seguidores. ¿Será una solución permitir solamente liderazgos sostenibles?

 

Begoña de la Roza-Delgado

Investigadora del Área de Nutrición, Pastos y Forrajes del SERIDA



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