Últimas entradas

Conoce en qué oficio eres estrella, y descubrirás tu estrella

No hay nadie tan poco dotado que no tenga una vocación especial; y si es poco dotado es por no conocerla. Algunos llegan a ser príncipes poderosos sin saber cómo ni por qué lo consiguieron. Una suerte, una fuerza desconocida, una fuerte vocación les facilitó el logro, y después sólo tienen que trabajar para ayudarla y conservarla. Otros son alcanzados por la gracia de ser sabios. Muchos son mejor recibidos en un país que en otro, o en una ciudad mejor que en otra. También hay gente que se siente más feliz en una profesión que en otras, a pesar de ambas gustarle igual, y tener semejantes méritos y habilidades. El azar se mueve como quiere y cuando quiere. El deber tuyo es conocer la tuya, así como medir el alcance de tu inteligencia, para saber dónde puedes perder o ganar. Aprende a seguir y ayudar tu destino, tu azar, tu suerte, tu estrella. No trates de cambiarla, pues sería equivocar el camino de tu destino que te llama.

 

 

En 1658 a Baltasar Gracián se le prohibió escribir y se firmó la orden para que fuera encerrado. Sin embargo, en 2011, probablemente, Gracián sería un escritor de best sellers que llegaría a mercados de todos los continentes. Una glosa del aforismo 196 podría ser: “Conócete a ti mismo para ser feliz, para ‘descubrir tu estrella’. Si te conoces, sabrás/sentirás cuál es tu vocación porque todo el mundo tiene una. Si te crees poco dotado, es porque no te conoces a ti mismo, ya que siempre hay algo para lo que cada ser humano está dotado”. Estas palabras, que ahora escribo parafraseando el texto de Gracián, podrían estar sacadas de un libro contemporáneo de auto-ayuda. Como si de un libro de este género se tratara, el autor da consejos que bien pudieran aparecer en los últimos manuales terapéuticos de las estanterías de una librería de cualquier gran ciudad. Cabe preguntarse qué diferencia hay entre este aforismo escrito en el s. XVII y los consejos para aumentar el “auto-conocimiento y la “inteligencia emocional” tan de moda en la actualidad, ya que los consejos que este aforismo ofrece sobre los oficios, el éxito y el destino son similares a los de las páginas web del tipo “cómo conseguir disfrutar más del trabajo”, lo que conduce a una reflexión sobre Gracián como adelantado para su época, o bien sobre la intemporalidad y universalidad de algunos principios relativos al éxito.

Este aforismo se centra en tres temas: alcanzar éxito, ser feliz con el trabajo y ponerse de parte del destino. Sobre el primero, si sustituimos “ser príncipe” por “tener éxito” tendríamos un texto que, como he dicho, podría ser sacados de cualquier de estos manuales de auto-ayuda: en donde en vez de “algunos llegan a ser príncipes poderosos” se diría, “algunos llegan a tener éxito sin saber cómo ni por qué lo consiguieron”. Sobre la felicidad en el trabajo, Gracián vuelve a ser un precursor, esta vez de los terapeutas gestálticos, destacando la importancia del aquí y el ahora. En cuanto al azar y al destino, el principio taoísta de “menos es más” está implícito en este aforismo. “No trates de cambiar tu destino”, dice el autor, en consonancia con las enseñanzas budistas y taoístas de que no hay que luchar contra la corriente del río porque solo conduce al desgaste y la infelicidad; hay que darse la vuelta y hacer que la corriente te empuje para que todo sea más fácil; o, en palabras de este aforismo se trataría de no intentar cambiar la suerte, que es la estrella de cada uno.

Es relevante el vínculo entre éxito y felicidad; así como que se vincule el éxito a una opción individual de elección, una vez más, igual que suelen hacer los libros de autoayuda, que dejan el plano individual de acción como el decisivo. Sin embargo, coexistiendo con este plano individual, también hay patrones que modelan nuestras acciones, formando un plano supra-individual que interesa especialmente a la antropología. Este aforismo cruza varias líneas de especialización dentro de esta disciplina: por una parte, las facetas relacionadas con el trabajo se han estudiado en una especialidad llamada “antropología del trabajo”. Por otra, el contenido de este texto entronca directamente con la “antropología de los sentimientos”, ya que, en el fondo, el texto trata de “cómo ser feliz” y la vinculación de la felicidad con el éxito y el trabajo.

La antropología de los sentimientos analiza las bases sociales, los patrones culturales, que canalizan lo que se siente y cómo se siente, más allá de las explicaciones que provienen de la psicología. En cuanto a la antropología del trabajo, esta especialidad se centra en gran medida, en el análisis de las nuevas formas productivas de la llamada “sociedad del conocimiento”. En este tipo de sociedad, se promueve la flexibilidad integral: flexibilidad a nivel salarial, contractual, funcional, geográfica, de horario. Los comentarios de Gracián podrían ser aplicables para sociedades basadas en una economía industrial y pre-industrial, pero, el aforismo deja abierta la incógnita de si estas ideas son igualmente aplicables a las sociedades basadas en una economía del conocimiento en donde los beneficios que supone la flexibilidad para las empresas, son ampliamente conocidos pero las consecuencias éticas para la “felicidad” del trabajador, a la que hace mención Gracián, aún están por analizar.

 

Cristina Sánchez-Carretero

Investigadora del Centro de Ciencias Humanas y Sociales – CSIC

Si das mucha paz, recibirás mucha vida

La clave del feliz vivir es dejar a los demás vivir. Los pacíficos, más que vivir, reinan, pues su bondad produce la confianza por la que son respetados y queridos, y se les escucha. El secreto de todo es oír y ver, pero no opinar. Día sin pleito, noche de buen sueño. Vivir mucho y vivir con gusto es vivir doble, y es fruto de la paz. Todo lo consigue quien no se mete en nada de lo que no le importa. No hay mayor despropósito que tomarlo todo a propósito. Y la peor necedad es que hieras los sentimientos de quien no lo merece, y que no pongas en su sitio a quien te falta.

 

 

Paz tiene ¿cómo no? muchos significados. Desde el más obvio, de servir para reflejar el no estar en guerra o en una situación turbulenta y cruenta -afecte a familias, tribus o estados-, hasta otros más sutiles, pero no menos importantes. Entre ellos, el que se asocia al sosiego y buena sintonía de unas personas con otras. No es fácil vivir en paz, ciertamente. Pero todavía lo es menos vivir poniendo paz. Algo que debemos intentar siempre, al menos en nuestro entorno; en ese espacio, tiempo y circunstancias más próximas, que si bien no podemos controlar, sí debemos y podemos influir en él.

Al igual que se dice, y se percibe, que celebramos más el regalo hecho a alguien querido que aquel recibido por compromiso, el dar paz, en cualquiera de sus formas, aporta tanto a quien la paz da como a quien la recibe. Desgraciadamente no estamos exentos de picapleitos; esas personas liantes, que enredan por naturaleza o por beneficio propio. En la vida, como en la abogacía, vale más quien activamente pone paz en la contienda o en la disputa que el que simplemente defiende a su parte en el litigio, ya no digamos aquel que estimula o incluso crea conflicto donde no lo había. No en vano se dice, como colmo de mal fario: ¡pleitos tengas y los ganes!

Quien es capaz de poner paz donde antes hubo enfrentamiento, pelea, riña, conflicto… tiene más mérito, y debería tener más recompensa, que quien es simplemente capaz de vivir en paz. Quien reconcilia a otros vale más que quien vive en concordia con cualquiera. Vivir con el ánimo tranquilo está bien, pero no por vivir sin pasión, en atonía frente al mundo y siendo insensible a lo que a otros ocurra, pensando que a uno mismo pueda no afectarle. Vivir en paz es, por tanto, vivir esforzándonos por conseguirla. El empeño en lograr la paz colectiva es la única garantía de la paz propia.

Si bien es verdad que no debemos meternos en lo que no nos importa, también lo es que casi nada nos es ajeno y, por tanto, casi nada debería ser transparente a nuestro saber, opinar y actuar. No podemos simplemente cerrar los ojos y los oídos para no tener que abrir la boca. Como dice Gracián, y me gusta especialmente esa parte del aforismo: “la peor necedad es que hieras los sentimientos de quien no lo merece, y que no pongas en su sitio a quien te falta”. Vivir en paz y poner paz no se consigue ni pisoteando a otros, ni siendo felpudo de los demás. Estar en paz con los demás, en justo equilibrio de palabra y obra, es sano para uno. Poner paz en los demás es bueno para todos.

Hace años, cuando concurrí a las elecciones a rector de mi universidad, decidí hacer del diálogo uno de los ejes principales de mi actuación en el gobierno de la misma. Se trataba de ser consecuente con mi forma de pensar y de actuar, pero también de un ejercicio de pragmatismo. Y así fue y sigue siendo, unas veces con mejores resultados que otras, bien es cierto. Intento poner paz donde percibo convulsión, incluso cuando esta ni ha sido creada ni siquiera propiciada por mí; incluso cuando ni tan siquiera yo haya sido un agente pasivo o espectador de la tranquilidad perdida y de las causas de ello. Ahora, incluso más que antes, sigo pensando que vivir en paz es vivir más y que dar paz es vivir más intensamente.

 

Senén Barro Ameneiro

Ex rector de la Universidad de Santiago de Compostela y Presidente de RedEmprendia

Trae tus buenas nuevas, en vez de hablar del pasado

Es muestra de tu buen gusto, de tus elevados sentimientos, y de que les debes respeto a los que te escuchan. Quienes supieron reconocer las glorias del pasado, sabrán reconocer las del presente. Por eso, en vez de hablar del pasado, es mejor que traigas tus buenas nuevas, y te conviertas en el tema de agradables conversaciones, y tratarán de imitar tus correctas maneras. Es una táctica forma de valorar las bondades del presente. No hagas como otros que, contrario a esto, se dedican a insultar al antecesor y a dar vanas lisonjas al actual, cometiendo el abuso de despreciar al que está ausente y no puede defenderse. Esto sólo sale bien si tratas con ignorantes y torpes, que no se dan cuenta la maledicencia que es hablar mal de una persona con otra. Que no te confundan los que estiman más las mediocridades de hoy que las grandezas de ayer. Usa tu inteligencia para descubrir las sutilezas del que llega. Así no te causará sorpresa oír la exageración de él ni las lisonjas de algunos necios que lo reciben. Porque ambos usan del mismo falso truco: cambiar la dirección de sus huecas palabras para ajustarse al lugar en que se hallan.

 

 

Un gran consejo para historiadores: traer buenas nuevas y no hablar del pasado. Es difícil no sentirse interpelado por la voz de Gracián, quien siempre te habla con la rectitud de un Marco Aurelio y la cercanía de un Montaigne, como si fuera un padre y al tiempo un hermano. Me gusta su estilo, la cadencia de su frase. Conoce el alma humana y sus pliegues. Retrata los arabescos de la corte y los gestos de quienes tienen poder y quienes tratan de obtenerlo. Te habla al oído, como sólo hacen los grandes. Por eso cuesta leerle y olvidarte de quién eres.

Pero no, podemos descansar, no nos habla a los historiadores, sino a todos. Nos advierte sobre la inutilidad del reproche, la queja. No merece la pena hurgar en las heridas del pasado. Es una prédica contra el chisme y la maledicencia. Luego viene lo mejor, porque Gracián siempre matiza y sorprende. No cae en el tópico ni resulta previsible. Tampoco te fíes –nos dice- de quienes elogian los tiempos presentes. Conviene distinguir el oro de la ganga, saber destilarlo allá donde aparezca. Gracián persigue la equidistancia, busca la virtud y la practica. Es intemporal, por eso, clásico. Ten cuidado –apura- tampoco caigas en las trampas de los advenedizos, ni en quienes les adulan. Las cortes también son intemporales. Gracián es una voz interior. Nos habla de cómo conducirnos por la selva social y por la otra, la que llevamos dentro.

 

Juan Pimentel

Investigador del Centro de Ciencias Humanas y Sociales – CSIC

No arriesgues todo en una sóla jugada

Si no te sale bien, lo perdiste todo, y el daño es irreparable. Con frecuencia es probable errar en la primera, pues no siempre estás en tus mejores condiciones. Ya se ha dicho, ocasiones hay en que “ese no es tu día”. Deja siempre recursos para una segunda partida, y ella te salvará de la posible pérdida de la primera. Y si aciertas en la primera, podrás decir que ganaste dos veces: la primera salvó a la segunda y se salvó ella misma. Siempre debes guardar una reserva para recuperarte en caso de perder, y tener de dónde sacar. Todo depende del azar, y lo raro es que todo salga bien desde el principio.

 

 

Se trata este de un aforismo muy adecuado para el entorno de cualquier emprendedor. En realidad todos somos emprendedores en algún sentido, y siempre hemos necesitado oportunidades para afrontar muchas situaciones de la vida, aún siendo muy básicas. Porque la vida es un proceso de aprendizaje continuo y como tal da una segunda oportunidad, aunque a veces lo que esperamos no esté siempre disponible.

Siempre he creído que la vida es un conjunto de acciones integradas y dirigidas hacia la excelencia que desarrollamos de forma voluntaria en sus diferentes facetas evolutivas. Desde que nacemos nos vamos dando oportunidades de forma inconsciente; nos damos oportunidades para andar, nos damos oportunidades para tener autonomía, para ir pasando cursos en la escuela, al fin y al cabo nos damos oportunidades para progresar en la vida. La propia amistad no es más que una oportunidad que nos damos casi constantemente para optimizar nuestro grado de socialización y poder estar conectados con lo que nos rodea. No siempre es posible esta socialización, pero repetidamente buscamos la circunstancia favorable para conseguir nuevas amistades que cultiven y enriquezcan nuestra existencia.

A medida que el sistema humano gana en complejidad por las oportunidades que se le presentan, empieza a contemplar la posibilidad del fallo. Porque somos humanos fallamos, y la vida no se detiene por ello, sino que nos vuelve a retar a sabiendas de que tarde o temprano perderá. A la firmeza y la perseverancia en nuestros propósitos la llamamos constancia; no hay ninguna lucha que podamos perder si contamos con ella, pero la constancia también se alimenta de oportunidades.

Todo el mundo conoce el clásico dicho “el hombre es el único animal que tropieza dos veces en la misma piedra”. Tropezamos más de una vez porque somos precisamente humanos, y porque disponemos de una inteligencia que nos hace entender que debe haber alguna otra alternativa para no tropezar de nuevo. Por eso lo volvemos a intentar con el peligro de volvernos a tropezar, para finalmente terminar consiguiéndolo. Los animales carecen de esa psicología, de la doble o múltiple oportunidad, y si tropiezan una vez asocian el fallo a la mecánica de no volver a intentarlo. ¡En realidad el hecho de concedernos nuevas oportunidades es uno de los aspectos que nos hace humanos!

Por ese motivo, precisamente sabemos que podemos tropezar varias veces, pero también tenemos que saber que podemos “levantarnos” y continuar porque ¿qué es la vida si no un proceso de superación continua?

Emprender es una necesidad más del ser humano, pero yo la calificaría como una necesidad “rara” y explico el motivo por el que me parece una necesidad “rara”. Según el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española, la definición de rara/o es: “Que se comporta de un modo inhabitual” o “Extraordinario, poco común o frecuente”. Emprender es algo muy poco habitual, por eso me parece raro. Nunca tenemos la información suficiente como para asegurarnos de que realmente vamos a tener éxito y esa falta de garantías provoca muchas deserciones que lo convierten en raro.

Además, conforme más se moderniza y globaliza la sociedad, tenemos porcentualmente menos acceso a la información completa por una simple cuestión de limitación en nuestra capacidad. De hecho en la actualidad la mezcla de exceso de información y necesidad de llegada al mercado en cortos espacios de tiempo hace que haya que tomar decisiones con informaciones incompletas en todas las situaciones. El hecho de no disponer de toda la información introduce necesariamente un elemento de azar en cualquiera de las acciones que podamos llevar a cabo.

El azar en cualquier aspecto de la vida nos hace perder el control de las situaciones, unas veces de forma completa y otras veces de forma parcial. Entiendo que en la mayoría de las ocasiones donde emprendemos la pérdida de control es siempre parcial, pero siempre se produce, por eso tenemos que ser humanos más que nunca, tenemos que comprender que podemos tropezar varias veces en la misma piedra, porque siempre es posible por muy preparados que estemos, y tenemos que saber levantarnos y seguir andando. En gran medida esa capacidad es una justificación en la vida a esa minoría con tendencias “raras” en la búsqueda de la excelencia personal.

 

Joaquín López Lérida

Profesor de EOI

Con un grano de audacia, mostrarás tu gran cordura

Debes tener un concepto moderado de los demás para no hacerte una idea tan alta de ellos que queden como invencibles. No dejes que los excesos de tu imaginación dominen tu corazón, pues muchos aparentan ser muy grandes, y cuando te le acercas, puedes ver su pequeñez; te desengañas y pierdes la estimación que les tenías. Todos no somos más que simples humanos. Todos tenemos altas y bajas, unos en el conocimiento, otros en la inteligencia. Los altos cargos dan una autoridad que hace pensar que quienes los ocupan son de verdad excepcionales seres, pero en realidad pocas veces están dotados con verdaderos atributos de grandeza. Suele ser paradójica la suerte, que otorga grandes cargos a los de pequeños méritos. Entonces, la imaginación se encarga de hacerlos ver muy grandes. Confunde las virtudes que ve con las que podrían ser. Prudente es que uses tu razón para desengañar a tu imaginación, y te librarás de decepciones. Es difícil de hacer, pues casi siempre la necia fantasía vence a la temerosa razón. Y si los hombres simples se ganan tu confianza, con más facilidad han de ganarla los virtuosos, sabios y notables.

 

 

Siempre me ha resultado sorprendente la fuente de aprendizaje que para los adultos suponen los niños. En ellos se hace posible invertir la afirmación de Baltasar Gracián “muchos aparentan ser muy grandes, y cuando te acercas puedes ver su pequeñez”, que me trae a la mente el dicho popular “mi jefe es tan pequeño que debo arrodillarme ante él”. Decía pues, que con los niños es posible transformarla en “muchos aparentan ser muy pequeños y cuando te acercas puedes ver su grandeza”, pues son innumerables las lecciones diarias que pueden darnos sobre gestión del cambio, del aprendizaje, liderazgo y trabajo en equipo, creatividad… En definitiva son, en palabras de Gracián, seres con “verdaderos atributos de grandeza”.

De entre todos ellos, quisiera destacar, el de la creatividad. Recientemente, mi hija de cuatro años estaba sentada dibujando en el jardín con una de sus amigas del colegio. Cada de una de ellas tenía delante una caja llena de brillantes colores y un magnífico folio. Parecían entusiasmadas con la actividad y al preguntarles me dijeron que dibujaban un árbol. ¡Grata sorpresa! Cuando me acerco a contemplar el dibujo de mi hija, aparece ante mí un magnífico árbol con el tronco pintado a rayas verticales con los colores del arco iris y la copa con un flamante fondo naranja lleno de figuras geométricas de colores diversos. Aún estaba deleitándome en el dibujo, cuando oigo que su amiguita le dice: “¡Así no son los árboles. Tienes que dibujar el tronco de color marrón y las hojas de color verde. Eres una niña pequeña…!”

Aún recuerdo la cara de desconcierto de mi hija, mientras yo desilusionada sabía que ese momento sería sólo el primero de una larga ristra de situaciones que desgraciadamente acabarían minando su natural creatividad. Probablemente a partir de ese momento todos los árboles que pinte mi hija en el futuro tengan el tronco marrón y la copa con hojas verdes… uno más entre miles de árboles.

Rápidamente me ha venido a la mente el primer capítulo del libro El Principito, delicioso personaje creado por Antoine de Saint-Exupéry, y su primer dibujo nº 1 y nº 2, de una “serpiente boa que digería a un elefante”.

Cuando el Principito enseñaba a los adultos su dibujo y les preguntaba si éste les asustaba, ellos contestaban: “¿Por qué habrá de asustar un sombrero?” Y así, dice el entrañable niño, “fue como, a la edad de seis años, abandoné una magnífica carrera de pintor. (…) Debí pues elegir otro oficio y aprendí a pilotar aviones. (…)”.

Si a los cuatro o seis años de edad, ya se nos han dado nuestras primeras lecciones sobre “cómo matar la creatividad”, ¿qué ocurre conforme vamos cumpliendo años? Dieciséis, veinte, treintaidós…

Afortunadamente, cuando nuestros universitarios, se incorporan al mundo de las organizaciones, en torno a los veintitrés/veinticuatro años (en el más optimista de los casos), el panorama les deja perplejos: “se precisa innovar”. Es la nueva consigna. ¡Paradojas de la vida…! La creatividad es el paso previo imprescindible de la innovación.

Sin duda, algo falla en un sistema que lentamente se encarga de aniquilar una actitud innata en el ser humano, para luego invertir gran cantidad de recursos en recuperarla.

Para los que “sobrevivieron” al sistema y mantuvieron a flote sus capacidades creativas, tampoco resulta más fácil, pues una cosa es el dicho y otra el hecho: ¿cómo ser un pájaro de diferente plumaje y no morir en el intento? En este sentido, es altamente recomendable la lectura del libro Un pavo real en el país de los pingüinos, una fábula acerca de la creatividad y la valentía, publicado por primera vez en 1995, y que se ha convertido en un referente en conferencias y seminarios sobre creatividad e innovación.

Estamos a tiempo con nosotros mismos, pero también con las generaciones con nos suceden y ¡por supuesto…! con las que nos preceden. Hay técnicas para desarrollar nuestra capacidad de ser creativos. El libro Thinkertoys, juegos para pensar de Michael Michalko nos revela una gran cantidad y diversidad de herramientas, lineales unas e intuitivas otras, para desarrollar y favorecer nuestro potencial creativo.

Pero, vayamos un poco más allá, y aprovechemos la sabiduría popular recogida en el refrán que afirma: “la vida es del color del cristal con que se mira”. ¿Qué ocurriría si nos ejercitásemos para mirar siempre nuestra vida/organizaciones en cada momento y situación, con una sucesión de cristales de colores diversos? Esta es la propuesta que hace Edward de Bono en su libro Seis Sombreros para pensar, al facilitarnos una herramienta para alcanzar el “pensamiento deliberado”:

Sombrero blanco: Pensamiento objetivo (hechos objetivos y neutros). Sombrero rojo: Pensamiento con un punto de vista emocional. Sobrero negro: Pensamiento con un juicio negativo. ¿Por qué, desde mi punto de vista, algo no va a funcionar?. Sombrero amarillo: Pensamiento con un juicio positivo. ¿Por qué, desde mi punto de vista, algo sí va a funcionar? Sombrero verde: Pensamiento creativo. Sombrero azul: Control y organización del proceso de pensamiento, y del uso de los otros sombreros.

Defiendo fervientemente que para desarrollar personas completas y profesionales con mentes “bien amuebladas”, debemos sin duda favorecer un pensamiento completo, que permita afrontar las situaciones y problemas con una mente sistémica. Es por ello, que actualmente, y en palabras de Daniel Goleman, “en la actualidad no sólo se nos juzga por lo más o menos inteligentes que podamos ser, ni por nuestra formación y experiencia, sino también por el modo de relacionarnos con nosotros mismos y con los demás” (en su libro La práctica de la Inteligencia Emocional). Ya lo decía Gracián: “todos tenemos altas y bajas, unos en el conocimiento, otros en la inteligencia”….Y es que además, como aconsejaba Don Quijote a Sancho Panza (capítulo XLII): “has de poner los ojos en quien eres, procurando conocerte a ti mismo, que es el más difícil conocimiento que puede imaginarse. Del conocimiento saldrá no hincharte como la rana que quiso igualarse con el buey, que si esto haces, vendrá a ser feos pies de la rueda de tu locura la consideración de haber guardado puercos en tu tierra”.

El secreto ya nos lo había facilitado el amigo Baltasar: “con un grano de audacia, mostrarás tu gran cordura”.

 

Mª Ángeles Plaza Mejías

Profesora Titular de Organización de Empresas de la Universidad de Huelva

Di sólo una parte de la verdad

No hay cosa que requiera más cuidado que decir la verdad, que es abrir el corazón. Tan necesario es saberla decir cómo saberla callar. Con una sola mentira que digas, pierdes toda tu credibilidad. Si al engañado se le considera torpe, al engañador se le ve como falso, que es mucho peor. No todas las verdades pueden decirse: unas porque te afectan a ti, otras porque afectan al otro.

 

 

Tras recordar la conocida máxima de Baltasar Gracián –“lo bueno, si breve dos veces bueno”- puede parecer osado ampliar cualquiera de sus aforismos porque lo sustancial ya está dicho. No obstante, acepto el reto de comentar el aforismo 181 puesto que supone una buena ocasión para reflexionar sobre los conceptos de mentira y verdad, tan presentes en nuestras relaciones sociales.

Nótese que Gracián comienza su aforismo haciendo hincapié en el “sin mentir”, asumiendo, por tanto, que la veracidad es imprescindible. La credibilidad y la confianza son la base de las relaciones humanas, y ambas se asientan en nuestra seguridad de no ser engañados. Se trata de atributos que una persona ha de ganarse día a día con un comportamiento coherente, ya que puede perder con una sola mentira el crédito ganado en años. Si bien el concepto de “verdad” parece difícil de definir, la “mentira” se nos presenta más fácilmente delimitable debido a su principal característica: decir lo contrario de lo que se piensa o de lo que se sabe con el objetivo de inducir a error a otra persona. Sin embargo, la verdad, si bien implica decir lo que se piensa o se sabe, puede ser compleja, polifacética y subjetiva, por estar basada en nuestros pensamientos y emociones.

En el ámbito de las relaciones humanas, el consejo de Gracián se viene aplicando con asiduidad para evitar un dolor inútil. Así, por ejemplo, en casos desgraciadamente frecuentes, en el que un enfermo con cáncer terminal solicita información veraz sobre la evolución de su enfermedad, podemos considerar dos respuestas reales y diferentes: “Lamento tener que decirle que le quedan pocos meses de vida”, o bien: “La enfermedad es grave pero debe estar tranquilo porque hay tratamientos nuevos muy eficaces y no dude que vamos a hacer todo lo que esté en nuestras manos”. Ambas respuestas son ciertas, si bien la segunda -aunque oculta algún aspecto importante de la realidad- implica una mayor empatía y una consideración hacia el probable estado emocional del paciente.

Ahora bien, como recalca el aforismo, el límite habrá de ser siempre no caer en la mentira. En muchas ocasiones, ocultar una faceta de la verdad conlleva la posibilidad de inducirnos a error, bien por falta de información, bien por nuestra tendencia natural a evitar la disonancia cognitiva. Así, ¿quién no ha oído cantar las excelencias de un producto e ignorar su mínima cualidad negativa? ¿Quién no ha leído titulares de periódicos o escuchado opiniones de políticos que al comunicar el mismo hecho, llevan a extraer ideas opuestas? ¿Cuántas veces, en fin, nos enfrascamos en discusiones manteniendo argumentos veraces a sabiendas de que son parciales y de que la verdad tiene aristas? Por ello, es importante hacer referencia a la intención perseguida en la transmisión de información para valorar la mentira o la verdad desde el punto de vista ético. Si algo salva a una mentira inevitable, que lleve al error a su receptor, es la buena intención de no perjudicar a alguien. Si algo hace repugnante a la mentira o a la media verdad, es la intención de inducir a error o de hacer daño al otro por motivos espurios como el oportunismo, la obtención de beneficios o el rencor.

En el campo científico, al que me dedico, la búsqueda y la comunicación de la verdad sin matices son objetivos prioritarios, si bien aceptamos que no hay verdades absolutas en ciencia, sino sólo verdades probables e incompletas. Por nuestro tipo de trabajo, en el que toda afirmación ha de avalarse con datos científicos basados en experimentos repetidos y comprobados, somos poco dados a la mentira. No es que seamos mejores, sino que existe una razón poderosa para ello: la comunicación de teorías interesadas u opiniones infundadas, que no se correspondan con los hechos, acabará siendo descubierta y conllevará el desprestigio y marginación del investigador. Como dice Gracián: “con una sola mentira que digas, pierdes toda tu credibilidad.”

En otros campos –historia, filosofía, literatura, economía, periodismo, etc.- en los que la interpretación y la opinión personal tienen mayor peso, la verdad es más difícil de contrastar. No es raro, por tanto, encontrar explicaciones contrapuestas de los mismos hechos. La necesidad de un respeto escrupuloso a la verdad, es decir, la honradez intelectual, resulta muy necesaria en estos profesionales, por cuanto ejercen una gran influencia en las ideas y valores de nuestra sociedad.

En resumen, la prudencia puede exigir en muchas ocasiones callar alguna faceta de la verdad. No obstante, callar la verdad o parte de ella puede también ser, en el fondo, la peor de las mentiras. Es fácil observar que, actualmente, la mentira o la media verdad gozan de una cierta impunidad en nuestra sociedad, sin que tengan consecuencias negativas trascendentes para quien incurre en ellas. Espero y deseo, por último, un mayor respeto a la verdad, por cuanto ello tendrá como consecuencia una mejora en la confianza en los demás y, con ello, una mejora en nuestra convivencia.

 

Carmen Dobarganes

Profesora de Investigación del Instituto de la Grasa – CSIC

En lo que callas está tu poder

Pecho sin secreto es carta abierta. El espíritu profundo posee secretos hondos. Tiene espacio para guardar sus tácticas y planes. Para saber callar hay que tener gran dominio sobre sí, saber vencer las pasiones y deseos, y este es el verdadero triunfo. Por algo pagan al que se delata. La serenidad interior es la mayor virtud de la prudencia. Guardar secretos tiene sus riesgos: buscando que los digas, tratan de confundirte, de contradecirte para desvirtuar tus palabras; te amenazan: a todo esto se cierra el hombre cuidadoso. Las cosas que vas a hacer, no debes decirlas. Las cosas que digas, no debes intentar hacerlas, pues tus contrarios estarán ya prevenidos.

 

 

Hablando de arte y aprendizaje, el aforismo de Gracián me sugiere una reflexión sobre “los silencios” y el poder de la educación. Y quizás, mejor, que me callara, pero usemos de la paradoja y hablemos.

Siempre hay un tiempo en el que los maestros son, y perciben que sus estudiantes, con gran dominio de sí, controlan sus “silencios” para que no griten ávidos de conocimiento: ¡Quiero saber! ¡Quiero aprender a pensar! Y el maestro sabe que todos entienden que vale la pena aprender, y que no hay tarea más noble que la de participar del proceso de educar mentes perseverantes que dominen las formas del conocimiento. Siempre hay un tiempo en el que los maestros sienten que su labor intelectual se abraza con el arte, y, entonces, prestigiosos ciudadanos, callan y son poderosos porque saben que participan en cuadros que perduran.

Para ello, el maestro es prudente y cuidadoso, logrando, al menos, que los estudiantes no odien el amor por el conocimiento, reconociendo que el aprendizaje humano es un proceso complejo y valorando el pensamiento crítico, la creatividad, la curiosidad, el compromiso ético…

Porque es misión del maestro prevenir al estudiante de los caminos que anduvo en falso y llevarlo a un cruce en el que la elección de la ruta en solitario se convierta en nuevas ilusiones por explorar y descubrir. Otras veces, puede dejarlo en un lugar extraño y misterioso en el que el estudiante está obligado a crear nuevas posibilidades de trayectos vitales (inveniet viam, aut faciet, encontrará un camino o lo hará, -Séneca, Hercules Furens). En ambos casos, el maestro tiene el compromiso de optimizar los periodos de formación ilusionante y minimizar los silencios de frustración de su alumnado. Por ello, el maestro domina los secretos del aprendizaje y sabe cómo vencer las pasiones y los deseos de sus estudiantes. Silencio y reflexión, pues, para que fluya en el aula la serenidad interior del maestro.

Asimismo, el profesor experimentado sabe detectar “los silencios del aula” en la que todo parece ralentizarse cuando, fuera del esquema tradicional transmisor de información en la enseñanza, empieza a inquietar con sus preguntas sobre desarrollo intelectual y personal. Los jóvenes estudiantes, sin olvidar que el trabajo es un pilar insustituible de la felicidad, solicitan profesores que les creen expectativas que vayan más allá de recetas y les abran motivaciones de acercamiento a la cultura para fundamentar desarrollos personales integrados en un aprendizaje excepcional. Porque los jóvenes solicitan que sus profesores influyan positiva, sustancial y sostenidamente en sus formas de pensar, actuar y sentir. Sólo en esos casos coincide en la misma persona profesor y maestro. Todo un arte.

Porque algún día esos jóvenes tendrán que decidir. Los resultados de su acción o inacción formarán parte de la experiencia de todos. Sería conveniente que profundizaran en las ideas, los criterios y las convicciones que sustentan la base cultural en la que se basan sus acciones o inacciones. Y mal nos irá si nadie les habla de la componente sentimental que respalda su acción. El secreto del maestro. Y eso merece una reflexión serena y profunda, allí donde el camino nos parezca digno de llamarse prudencia y brote la sensibilidad artística que habita en el maestro. Porque gran parte de lo que nos rodea es una nueva realidad confeccionada por la humanidad sobre otra realidad más primitiva, en la que los maestros tienen una alta capacidad de modificación.

La preparación para la vida del estudiante en la que influye el maestro, como la obra de arte, busca adentrarnos en otras realidades más agradables que nos permitan sentirnos mejor. El conocimiento transmitido justifica, pues, el artista que debe dirigir las aulas, ese dominador de un espacio con riesgos en el que aparecen las ganas de actuar, se descubren las contradicciones y se fomentan las controversias razonadas. Un espacio en el que florezca el secreto de la virtud de las palabras y el joven observe que, allí donde la proporción áurea se hace belleza, todos esperan su pincelada de color: un espacio de silencios, previo a todo aprendizaje, que nos mejore.

Estamos en tiempos de silencios sociales en los que los profesores están, pero están en un mercado del conocimiento, en la oferta y la demanda de la educación, en aulas desmotivadas, en procesos de aprendizaje enmarcados de problemas económicos… Silencio y reflexión, pues, para que el espíritu profundo descubra los secretos hondos de nuestro sistema educativo, y analice el poder del pensamiento crítico de los maestros. Esos que todos necesitamos.

Siempre debe perdurar el tiempo en el que los maestros hablen y hagan. Permítanme un silencioso pero ingenuo optimismo. En lo que aprendes está tu poder.

 

Luis Francisco Vilches Arenas

Profesor Titular de Ingeniería Química de la Escuela Técnica Superior de Ingeniería de la Universidad de Sevilla

Tómate tu tiempo, vive sin prisa

Saber repartir es saber disfrutar. Muchos tienen larga vida, pero sin felicidad. Dañan los momentos de alegría en vez de gozarlos, y luego quieren volver atrás cuando ya es demasiado tarde. Convierten el vivir en un largo dolor, y usan el paso del tiempo para atropellarse y sentirse mal. Quieren después devorar en un día lo que no degustaron en toda su existencia. Viven desesperados por ser felices, en una alocada carrera en que desperdician sus años, y como van tan de prisa, acaban pronto con todo, incluso su vida. Aun para la sabiduría hay que tomarse su tiempo, para no saberla mal sabida. Los días son más que las dichas. En el gozo, ve despacio; en el trabajo, a buen paso. Lo bueno de las hazañas es cuando están ya hechas. Lo bueno del contento es cuando no se ha acabado.

 

 

Los aforismos que componen el Oráculo manual y arte de la prudencia elaboran una doctrina moral, que Gracián propone para conducir al hombre, reflejo de su época, convulsa y en crisis. Comentar una de estas normas implica adoptar una postura, basada en el conocimiento, sobre esta moral.

Aprender, en sus dos acepciones transmitir y adquirir conocimiento por medio del estudio y la experiencia, es para una académico la esencia de su oficio. El aprendizaje es una actividad que requiere sosiego, tiempo y humildad. Sosiego para analizar el conocimiento recibido, tiempo para asimilar lo analizado y humildad para comprender que trascender es contribuir al desarrollo de los que vendrán y que tu conocimiento es la trascendencia de los que te antecedieron. El conocimiento es, por tanto, una tarea compartida que se extiende en el tiempo a la que la prisa le es, por naturaleza, ajena.

Sin embargo, moral y conocimiento no son equivalentes. La moral propone normas y el conocimiento proporciona premisas para la reflexión y herramientas para la acción. Se puede compartir la doctrina pero el corolario puede ser radicalmente distinto. El conocimiento se sustenta sobre tres ejes; lo aprendido, lo experimentado y lo inferido del conocimiento de los otros individuos que conforman mi realidad social. Entorno que modela en cierto grado las premisas con las que el hombre actúa y determina su moral.

El desarrollo de la norma moral muestra insistentemente que la vida y la felicidad tienen carácter finito. En el juego de opuestos con los que se explica el aforismo, se establece que para disfrutar de la felicidad es preferible dar a obtener. La felicidad es, además, algo que se degusta escasa y puntualmente. El pesimismo y la falta de confianza en el ser humano que inundan este aforismo son el reflejo de un mundo en descomposición. El individualismo cobra fuerza por encima de la colectividad, el poder y la gloria cosechados en el siglo anterior se transmutan en particularismos. Pau Claris, los duques de Braganza, Híjar y Medina Sidonia representan el intento de cambio del paradigma político inmersos en una situación económica desastrosa.

El profundo dolor que se trasluce en el texto es un rechazo del individualismo y una apuesta por el ensimismamiento, la contemplación. La sociedad europea, con metas colectivas, está dejando paso a la triunfante cultura luterana y a la ciencia. Prototipo que se concreta en la búsqueda de las leyes que gobiernan la naturaleza sin prejuicios morales.

En un contexto universal no existe una única norma moral, lo que nos conduce a relativizar los principios morales y construir nuestras relaciones sociales sobre el conocimiento. El conocimiento inferido conforma morales distintas que permiten conjugar el conocimiento compartido con la libertad individual al mostrarnos que la bondad y la maldad son conceptos relativos. Es posible entonces una visión optimista. El trabajo individual permite el avance colectivo. No hay éxito colectivo sin libertad individual y ésta se basa sólo en el conocimiento.

Si fuésemos capaces de analizar, siquiera sea someramente, las diferencias entre el contexto social de hace 400 años y el actual es posible que obtuviéramos claves construir la realidad actual sobre la base del conocimiento y alcanzar así la felicidad.

El pesimismo de Gracián niega nuestra libertad de conocer y nos anima a cuidarnos de la ciencia cuando afirma que “para la sabiduría hay que tomarse su tiempo, para no saberla mal sabida”. Por el contrario, Descartes plantea el discurso del método para conducir bien la propia razón y buscar la verdad en las ciencias. La sombra de Galileo, coetáneo de ambos, planea sobre los filósofos que adoptan posturas diametralmente opuestas. La sociedad española se cierra sobre sí y renuncia a inferir conocimiento ajeno a ella misma. Los resultados aparecen evidentes. En la época que nos ocupa Isaac Newton comienza su existencia y Christian Huygens acaba su formación universitaria en matemáticas. El primero enunciaría la teoría corpuscular de la luz y el segundo la teoría ondulatoria. Se tomaron su tiempo, no tuvieron prisa, discutieron entre sí y se rebatieron mutuamente los argumentos, pero en ningún caso ni ellos ni sus coetáneos Pascal, Hooke o Boyle pusieron límites a la libertad del conocimiento. Mientras, en Las Españas la ciencia se filtra con el tamiz de la moral que maneja la institución eclesiástica, guardiana de la cohesión social. La ciencia se proscribe.

La dicotomía moral-conocimiento no nos ha abandonado desde entonces. Al grito de “Viva la Pepa” los liberales quisieron educar al pueblo y a las élites rescatando las universidades de manos de la Iglesia. Fue efímero. El inicio del siglo XX supone un tímido despertar de la educación y la ciencia, nuevamente proscritas, otra vez pasadas por el tamiz de la moral. Se llega a afirmar en el editorial de una publicación científica que no se puede asegurar la veracidad de afirmaciones científicas previamente vertidas por judíos, masones y comunistas. ¡Y hablamos de física y química! Y ya en el siglo XXI cuando Occidente hasta ha olvidado que una vez tuvo que discutir la separación Iglesia-Estado, nosotros aún andamos discutiendo sobre la preeminencia o no de la moral en el sistema educativo y la libertad del individuo para construir conocimiento.

En un mundo global, como el actual, junto al conocimiento experimentado coexisten una enorme diversidad de conocimientos transmitidos e inferidos. Estos se muestran accesibles, como nunca antes, por un conjunto ingente de medios de transmisión que favorecen el relativismo eliminando en el individuo conceptos limitantes referidos a la veracidad o racionalidad de los postulados en función de la moral. El conocimiento generado sin constricciones morales por una sociedad libre, individual y colectivamente, genera metas colectivas que permiten alcanzar la felicidad. La felicidad se entiende como resultado de una tarea que perdura en el tiempo y por tanto dota de trascendencia a la colectividad.

 

José Antonio Odriozola

Departamento de Química Inorgánica. Instituto de Ciencia de Materiales, Universidad de Sevilla – CSIC

Nunca seas susceptible como el vidrio

Y mucho menos seas así en la amistad. Los que se quiebran con gran facilidad, muestran su inconsistencia. Por cualquier tontería se sienten ofendidos, provocando el enfado de los demás. Son más sensibles que la niña de los ojos, que se irrita al más suave toque. Un gran esfuerzo tienen que hacer quienes los tratan, siempre pendientes de sus delicadezas, ya que el más leve señalamiento les molesta. Son generalmente muy caprichosos, esclavos de sus deseos. Por sus querencias y malquerencias atropellan todo y a todos, pues son idólatras de su honrilla. Sé contrario a ellos, pues el buen trato y las amistades son como el diamante: la mitad de su valor está en su durabilidad y resistencia.

 

 

Este aforismo trata los problemas que plantean los individuos que desarrollan comportamientos “susceptibles” en sus relaciones con los demás. En las primeras frases Gracián define lo que entiende por “susceptible”. De las dos acepciones que tiene este adjetivo, el autor descarta la vinculada a aquello capaz de recibir impresión o de ser modificado por algo o alguien y se queda con la mas común que hace referencia a los individuos que son picajosos y quisquillosos y que “por cualquier tontería se sienten ofendidos”.

En el texto se da una visión muy negativa del comportamiento susceptible. Gracián afirma que los individuos susceptibles son “generalmente, muy caprichosos, esclavos de sus deseos”, “idólatras de su honrilla” y “por sus querencias y malquerencias lo atropellan todo”, “provocando el enfado de los demás”.

También, se enfatiza que en las relaciones donde reina la susceptibilidad prevalecen los comportamientos desconfiados, son difíciles de mantener y se quiebran con facilidad. Por ello, Gracián, estableciendo una persuasiva analogía, sentencia: “Nunca seas susceptible como el vidrio. Y mucho menos seas así en la amistad. Los que se quiebran con gran facilidad, muestran su inconsistencia”.

Adicionalmente, se reconocen los costes en términos de esfuerzo que deben asumir los individuos (agentes económicos) que se relacionan en contextos de alta susceptibilidad. Como señala Gracián, “un gran esfuerzo tienen que hacer quienes los tratan, siempre pendientes de sus delicadezas, ya que el mas leve señalamiento les molesta”.

En este sentido Gracián ya apuntaba algunos problemas que han sido ampliamente tratados por la literatura económica con posterioridad. Se ha estudiado como los agentes económicos que operan en entornos de “alta susceptibilidad”, donde existen importantes asimetrías de información, deben asumir unos costes de transacción superiores. En mercados donde hay niveles bajos de información y elevadas dosis de incertidumbre, los agentes se sienten condicionados por lo que hagan los demás al adoptar decisiones. Por ello adquieren importancia ciertos factores psicológicos y sociológicos.

En estos contextos los agentes que intervienen suelen ser desconfiados y buscan el interés propio empleando formas sutiles del engaño ex ante (problema de selección adversa), ex post (problema de riesgo moral). Para ello ocultan, revelan parcialmente o distorsionan la información y llevan a cabo esfuerzos premeditados para equivocar, distorsionar, ocultar, ofuscar y confundir. Se ha comprobado que la generalización de estos comportamientos incrementa los costes de transacción y supervisión en la realización de las actividades económicas.

Para amortiguar estos problemas Gracián aconseja, de forma un tanto voluntarista, alejarse de estos entornos (“sé contrario ellos”) y ser confiado debido a que “el buen trato y las amistades son como el diamante: la mitad de su valor está en su durabilidad y resistencia”. En efecto, también se ha comprobado que en entornos institucionales -poco “susceptibles”- donde reina la confianza, las relaciones entre los agentes económicos son más fluidas. La confianza es un estado psicológico que reduce la incertidumbre a la que se enfrentan los individuos en relación con las intenciones y acciones futuras de otros con los que se relacionan.

La confianza genera expectativas favorables y aumenta la probabilidad de que las acciones futuras de los otros sean beneficiosas o al menos no vayan en detrimento de nuestros intereses. La confianza es una actitud de la que se deriva una conducta que opera acumulativamente a lo largo del tiempo. Cuando se confía y se coopera, los resultados positivos estimularán la confianza y el sentimiento de reciprocidad y facilitarán la cooperación posterior. Por esa razón, en relaciones económicas a largo plazo (relaciones laborales, contratos de aprovisionamiento con subcontratistas, adquisición de bienes de consumo duradero, operaciones de crédito, etc.), la confianza reduce el riesgo de comportamientos oportunistas y por lo tanto disminuye los costes de transacción y supervisión. La reducción de costes que induce la confianza puede cuantificarse a través del tiempo total que los agentes ahorran en verificar las acciones de los demás.

 

Mariano Nieto Antolín

Catedrático de Organización de Empresas de la Universidad de León y Presidente de ACEDE (Asociación Científica de Economía y Dirección de la Empresa)

Siempre guarda una reserva

Es la forma de asegurar lo importante. No debes emplear todo el caudal, ni mostrar nunca el total de tus fuerzas. Aun en lo que sabes, debes ser reservado, ya que luego sorprenderás, mostrando el doble de tus virtudes. Siempre debes tener algo a qué apelar en caso de aprieto. Más te favorecerá ser conservador que intrépido, porque guardarás valores y crédito para el momento en que los necesites. Quien obra con cordura, va por senda segura. Y en este sentido también es cierta esta hilarante paradoja: la mitad vale más que el todo.

 

 

Desde el punto de vista de la docencia este aforismo de Gracián puede parecer, en una primera lectura, contrario a lo que se espera de un buen profesor, que, deseoso de transmitir sus conocimientos y experiencias a los alumnos, no se reserva nada. Sin embargo, esto no es así. En primer lugar, el tiempo asignado a las clases es siempre escaso, mucho menor de lo que el profesor querría para poder explicar la materia en detalle. Por lo que, en la práctica, se ve obligado a elegir qué cuenta. Así mismo, las explicaciones muy prolijas pueden hacer que el alumno se pierda en aspectos secundarios, olvidando los fundamentales, o que simplemente se aburra y “desconecte”.

Por otra parte, lo verdaderamente importante es que el alumno aprenda, para lo cual es una estrategia más conveniente contar lo fundamental y motivarlo para que complete el proceso de aprendizaje. De esta manera, seguir el aforismo de Gracián beneficia el aprendizaje de los alumnos.

El docente tiene la oportunidad de sorprender a sus discípulos con nuevas explicaciones derivadas de las preguntas que éstos puedan formular como consecuencia de no haber explicado todo.

El alumno que cree haber encontrado un resquicio sin resolver y pregunta, o simplemente, se cuestiona que hay más allá de algunos aspectos sólo esbozados por el profesor, está avanzando en el aprendizaje.

Desde esta estrategia de “no contarlo todo” es muy importante la elección de los contenidos que se exponen a los alumnos, pero también de aquellos que se omiten, que se dejan abiertos a propósito, o sólo se apuntan. Evidentemente, el profesor, consciente de lo que se reserva, debe prever las posibles cuestiones y tener pensadas las correspondientes contestaciones. Esta previsión, es propia del modelo de profesor prudente que plantea Gracián, pero el autor va más allá y aconseja lo que se podría denominar en lenguaje coloquial “tener guardado un as en la manga”, es decir, en caso de apuro poder recurrir a algo. Se trata, en definitiva, de salir siempre airoso o como resume en su aforismo: “Tener reservas en todas las circunstancias”.

 

María Castro Malpica

Profesora Titular de Ingeniería e Infraestructura de los Transportes de la Universidad Politécnica de Madrid



RSS Feed  /  Blogosfera EOI  /  Archivo de blogs  /  Contacto