Un paseo por Santiago de los Caballeros

santiagoHemos estado en Santiago de los Caballeros, o mejor, en la ciudad de los Caballeros de Santiago, que es como en español se escamotean los nombres de las ciudades que le deben su origen a alguien. Condesa de Venadito o Venadito de la Condesa. Igual que el Marqués de Las Navas o Las Navas del Marqués. Esta vez, se trataba de adquirir un mejor manejo de técnicas de comunicación, una de las asignaturas que la PUCMM imparte a lo alumnos inscritos en el Master de Dirección de Proyectos, en colaboración con la EOI.

Si alguien quiere salirse de la ruta turística convencional, aquí encontrará el ejemplo más típico y más auténtico de la cultura y del arte coloniales. Una sugerencia: atreverse a recorrer unas cuantas cuadras del centro de la ciudad, cuando el sol apenas comienza a despuntar. Pueden verse cosas que no se distinguen nada más que cuando la antigua ciudad caballeresca se despierta. A esa hora en que los ojos apenas pueden librarse de los rayos oblicuos del sol, la ciudad adquiere unos colores que sólo puede apreciar el ojo acostumbrado. La gama va desde el azul celeste con el que se decoran muchas puertas y fachadas, hasta los ocres de una tierra roja que deja vislumbrar la presencia de la bauxita tan abundante en las islas del Caribe.

Santiago de los Caballeros, la de los Caballeros de Santiago, puede robarnos el alma. El sol del trópico despunta por el horizonte con una fuerza inusitada, de la misma forma en que muere apenas en un cuarto de hora, dejando el camino libre a las luces nocturnas alegres del trópico. Ese trópico que invita a la conversación y a la tertulia, y tal vez al baile.

Cuando pasa el humedal de la noche y aún queda encendido algún farol, la ciudad cobra nueva vida, y vuelve a llenarse de color. Los primeros que se despiertan son los vendedores ambulantes. Antes de que los centros comerciales abran sus puertas, aquellos que no tienen un puesto fijo en la calle, van buscando su acomodo. A lo largo del día, irán vendiendo su mercancía de la mejor manera que puedan. Normalmente, es la mujer haitiana emigrada a Santo Domingo, la que transporta la mercancía sobre la cabeza. Es la única excepción de origen francés en un mundo netamente español, aunque allí también se reconocen apellidos libaneses y árabes, ingleses y de otras muchas partes del mundo.

Esa cabeza que soporta el peso del día y del calor, y sobre cuyo recio cuello se transporta la mercancía que luego se afanará por vender.

El casco viejo de Santiago de los Caballeros es en sí una paleta de colores. A la isla llegan todos los tonos. No es ni más ni menos que una imitación de la naturaleza, que allí no prescinde de ningún color. El cielo plomizo del Caribe difunde la luz ideal para que no haya sombras y para que los colores puedan vivir en armonía. Lo que parecen calles desiertas a esas horas tempranas del día, se convierten más tarde un puro bullicio de taxis repletos de personas que no se conocen pero que hacen un breve trayecto juntos, de autos que tocan la bocina en cada cruce, por precaución; de familias de cuatro miembros que viajan en una sola motocicleta, por necesidad.

Incluso a la hora temprana del alba, los conductores de los autos se acercan a los cruces con una cierta precaución. La misma que hay que tomar cuando cae inopinadamente, esa lluvia generosa del Trópico, que cala pero que refresca el ambiente, y reduce la temperatura. Esa lluvia es la que vuelve verde las islas del caribe, pero sin llegar a ser tan machacona y persistente que convierta la vegetación en selva. El bosque dominicano es amable, se deja penetrar y recorrer. Sin embargo, la naturaleza hace acto de presencia brotando en los lugares más insospechados, como es una pared agrietada. Plantar un árbol en La Española es algo que merece un estudio previo. La parte central de Santo Domingo está llena de villas en cuyos jardines apena penetra el sol, porque las hojas recias de las especies arbóreas caribeñas le cierran el paso. Para un europeo, el caribe es olvidarse de las especies tradicionales de su tierra y reconocer que las acacias de su juventud, tienen ancestros gigantes originarios de estas tierras. Entonces es cuando reconocemos las hojas y las cortezas de los troncos de especies que nos son familiares, pero que llegaron del otro lado del mar.

Es fácil que a uno le guste Santiago. Toda la ciudad es una mezcla fuerte de tradición, melancolía del pasado y deseo ávido de proyectarse hasta el futuro. Como pasa con frecuencia en otras partes, no siempre una ciudad acierta a conservar el pasado mientras encuentra el futuro. Eso es algo que no lo decide ella, ya que eso lo decide el tiempo. Pero a los hombres nos gusta decidir sobre nuestro futuro y hacemos planes de cómo queremos que suceda. También a veces solemos reinventar nuestro pasado, porque no estamos seguros de entender bien cómo vivieron nuestros ancestros y de por qué inventaron sus tradiciones. La tradición es conservar lo que hay de viejo aunque uno no lo encuentre muy acorde con lo actual. En el fondo, es darle un voto de confianza a nuestros ancestros. Si vosotros lo hicisteis así, sería porque convenía. Y, también en el fondo, es pedir a nuestros sucesores que sean condescendientes con nosotros. Quien no perdona a sus abuelos, será duramente juzgado por sus nietos, sería una forma simple de explicarlo. Nos gusta la perfección hasta el último detalle. Y, a veces, en nuestra historia hay solares que se derrumbaron, porque no encontraron la forma de que alguien construyera en ellos.

Todo esto nos recuerda el complejo entramado de la distribución eléctrica en América. Nos referimos a esa complicada madeja de cables que recorre las calles y que se convierte en una fiesta de fuegos artificiales cuando cae una lluvia torrencial y los polos eléctricos se juntan por culpa del agua. Apenas un espectáculo que dura unos segundos, pero que nos saca de la rutina de la perfección: las cosas nunca son perfectas, porque son cosas.

Pero Santiago, que es algo más que una cosa, busca su acomodo de mil maneras. Es una ciudad de caballeros, lo sigue siendo. Pero busca su sitio en un tiempo en que ser caballeros no es precisamente la aspiración del común de los mortales. Supone que tiene que navegar con los tiempos, y lo hace a su manera, tal y como lo haría cualquier otra ciudad del mundo.

Lo cierto es que, con todo, uno piensa que la sombra de aquellos caballeros fundadores, está todavía presente –y de qué manera– en el temperamento, en el carácter y en la personalidad de la ciudad moderna.

Manuel Candela

Profesor EOI

 


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